El día que murió el FCAS

Merz y Macron han decidido el final del FCAS

El fracaso del caza común europeo deja a España ante una decisión inaplazable: seguir esperando a que otros definan su papel o asumir que la sexta generación exigirá una política industrial y militar propia, clara y defendida sin complejos

Jorge Estévez-Bujez

Ayer, día de autos, se exponía al fin sobre la mesa el cadáver, y se anunciaba lo que muchos llevaban meses evitando decir con todas las letras: el FCAS, al menos como caza común tripartito, ha muerto. Sin vela en el entierro, España, de la que no consta presencia en la reunión en que se certificó la defunción, conoció ayer que el canciller Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron habrían acordado cancelar el desarrollo conjunto del avión de combate, tras constatar que Dassault y Airbus no han sido capaces de alcanzar un acuerdo sobre el reparto industrial y los derechos de patente. Insisto, no pregunten por España. Ya conocen la respuesta.

 

Adiós a un símbolo que nunca dejo de ser un render

 

No ha sido un accidente. No ha sido un susto de última hora. No ha sido una tormenta pasajera en el cielo europeo. Ha sido el desenlace lógico de una enfermedad largamente diagnosticada y tratada sin acierto.

Durante meses, en esta casa se escribió que el programa estaba entrando en una zona terminal. Se dijo con prudencia, con datos y con la desesperanza de quien no celebra tener razón cuando lo que se hunde es una capacidad, una inversión y una promesa de futuro. El pasado mayo, aquí se resumía la situación con una frase que hoy pesa más que entonces: Sin fecha para una reunión decisiva, sin acuerdo industrial y sin una dirección política reconocible, el FCAS vuelve a demostrar su colapso. No era tremendismo. Era observación. Era mirar al enfermo sin perder de vista la deriva.

Ahora se nos dice que Macron y Merz han paralizado el proyecto del caza común porque las empresas no han logrado cerrar un pacto. La fórmula es diplomática en exceso, pero vale como epitafio de oportunidad; el fondo, devastador. Europa no ha perdido un avión por falta de talento técnico, ni de dinero. Lo ha perdido por falta de mando político, por cálculo nacional, por vanidad industrial y por una incapacidad ya casi cultural para distinguir entre cooperación y reparto de botín. Hace meses lo escribí así en lo que terminó siendo un inopinadamente polémico artículo en X: si el FCAS/SCAF se muere, no se muere solo un avión. Se muere un método de cooperación europea; se muere la posibilidad de que Europa -una parte de ella- evite elegir entre dependencia externa o duplicación interna; y se muere, sobre todo, la confianza de que eran adultos quienes estaban al mando. Da igual quién tenga “más” culpa cuando el resultado es el mismo: tiempo perdido, sobrecostes, credibilidad erosionada, y una necesidad operativa que no espera a que los socios resuelvan sus egos, perdiéndose en años de trabajo defenestrados en gran medida.

 

  

Eric Trappier (Foto: ERIC PIERMONT / AFP)

 

El FCAS nació para substituir al Rafale francés y al Eurofighter alemán a partir de 2040. Nació como símbolo de independencia tecnológica frente a Estados Unidos. Nació como escaparate de la defensa europea. Y muere porque Francia y Alemania han comprobado que no querían exactamente el mismo avión, ni el mismo reparto, ni la misma autoridad, ni la misma Europa. Ahora, casi 10 años después, me van a disculpar, pero es del todo imposible de creer que 2 de los socios no fueran conscientes de lo que firmaron hace una década.

Francia necesitaba un aparato con capacidad nuclear y apto para operar desde portaaviones. Alemania no. Alemania propuso recientemente explorar una solución con 2 aviones. Francia la rechazó. Dassault quería preservar el control del caza. Airbus no aceptaba quedar reducida a comparsa. Y España, mientras tanto, aparecía una y otra vez en el texto como lo que formalmente es —socia del programa a través de Indra (y Airbus España)—, pero no como lo que debería haber sido en el desenlace, es decir, un actor político tratado con el peso que corresponde a quien también financia, arriesga y compromete su futuro industrial.

España duele en el FCAS

Duele porque no se puede fingir sorpresa. En agosto de 2025, cuando Macron y Merz se reunían en Brégançon para hablar del futuro del programa, en DYS escribimos que España no estará en una reunión donde se deciden sus inversiones, su futuro y su defensa. Aquella frase no era una pataleta. Era una descriptiva advertencia sobre la forma en que se estaba gestionando el destino de un programa supuestamente trilateral.

Duele porque en abril de este año, se advirtió contra la degradación de España a mero acompañante industrial que sugería algún medio alemán. Entonces dijimos, con toda la claridad necesaria: «España no está para ser subcontratista de nadie en un programa de este tipo”. Y también recomendamos no entrar por la puerta de servicio en ningún programa de futuro que también contribuimos a sostener con dinero, industria y legitimidad política. Hoy, frente al cuerpo yaciente del FCAS, esas líneas ya no suenan a defensa preventiva. Suenan a acta notarial. No estábamos tan errados en nuestra denuncia, por más que sirviera de nada.

Duele porque David Cardero Ozarín lo había dejado escrito hace apenas unas semanas con una precisión cruel en «Crónica de una muerte anunciada«. Y añadía el refrán que hoy parece escrito para el epitafio del programa: Entre todos lo mataron, y el solito se murió. Cardero no hablaba desde el gusto por la ruina, sino desde la constatación de que las necesidades nacionales, los recelos empresariales y la incapacidad política habían convertido el gran caza europeo en el gran “quiero y no puedo” de la defensa continental.

Duele porque Roberto Escámez también había explicado la alternativa real con una frase que ahora queda clavada sobre la mesa, cuando dijo aquello de que no había más camino que consolidar los acuerdos originales del programa o ver perder el tren del desarrollo de la sexta generación”, como así ha ocurrido. Eso era todo. No había tercera vía mágica. O Europa protegía el acuerdo, o el tren se iba. Y, según parece, el tren acaba de salir sin el avión.

Duele porque un país que participa en un programa de esta dimensión no puede enterarse de su entierro como quien lee la esquela de otro.

En todo caso, mejor no engañarse con el consuelo que ya hace meses se viene sugiriendo. Distinguir entre el caza común y el FCAS como arquitectura más amplia. La Combat Cloud, la interconexión de sensores, plataformas, drones y sistemas de armas, podrían seguir adelante. Bien. Mejor eso que nada. Pero el corazón político e industrial del programa era el NGF, el caza de nueva generación. Hace unas semanas, a propósito de las palabras de Guillaume Faury, volvimos a prevenir que ese pilar es el caza. El NGF. El corazón del FCAS. Y cuando el corazón no late, de poco sirve presumir de que el resto del cuerpo conserva buen aspecto.

Se podrá conservar el nombre. Se podrán salvar paquetes tecnológicos. Se podrán vestir de continuidad los restos del naufragio. Pero si el caza común desaparece, el FCAS deja de ser aquello que se prometió. Y cuando un programa deja de ser lo que justificó su coste, sus discursos y sus cesiones, lo honesto no es seguir administrando siglas. Lo honesto, al menos en nuestro caso, es reconocer la obviedad, hacer las maletas y buscar trabajo.

Y ahora, ¿qué?

Cabe preguntarse si, a pesar de todo, tendrán el valor de tomarla con los eufemismos durante el largo velatorio que nos espera. Que no es una cancelación, sino una reorientación. Que no es una ruptura, sino una reformulación. Que no es un fracaso, sino una adaptación a requisitos divergentes. Que el sistema sigue. Que la nube sigue. Que los drones siguen. Que Europa sigue. Quizás tengan el valor de hacerlo, y, por qué no, puede que algo de ello sea cierto. Pero también es verdad que, con ser aprovechables algunos de los derivados del FCAS, ninguno de ellos substituye al caza. Y sin avión, el FCAS se convierte en otra cosa.

España debe sacar una conclusión fría, no histérica. Tan calmada como sea posible, a pesar de que las prisas estén ahí. No podemos volver a hipotecar nuestro futuro aéreo a una promesa que otros administran en lugares donde España no decide. No podemos seguir confundiendo paciencia con influencia. No debemos aceptar que nuestro papel se mida sólo en retornos industriales mientras las grandes decisiones se cocinan entre París y Berlín. No queremos esperar a que la ruina ajena nos deje, por descarte, una silla en otra mesa.

La defensa europea ha recibido hoy uno de sus golpes más graves desde que empezó a hablar de autonomía con voz adulta. Porque el problema no es que un programa se retrase. Eso ocurre. El problema es que el programa que debía demostrar que Europa podía construir poder común ha demostrado que Europa sigue teniendo enormes dificultades para compartirlo, cuando no hace demasiado éramos (en esencia, los mismos, o parte) capaces de sacar grandes programas de defensa adelante.

No hay alegría en escribir esto. No debería haberla. Quien celebre la muerte del FCAS no entiende lo que se acaba de perder. Pero quien intente maquillarla tampoco. Aquí no ha muerto sólo un avión. Ha muerto una ficción, la de que bastaba pronunciar “soberanía europea” para que Francia, Alemania y España fueran capaces de producir juntas el sistema aéreo que debía protegerlas durante medio siglo.

España, otra vez, debe decidir si aprende o si espera.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

6 respuestas

  1. Con este programa se demuestra que en España nunca ha habido dirección política de los programas en los que participemos, ni aunque sean nacionales. Da la impresión de que tan solo nos comprometemos con la inversión financiera y nos conformamos con una participación industrial proporcional … y punto.
    Alemania y Francia pierden, pero tengo la impresión de que ganan sus industrias nacionales, que son las que han provocado el óbito.
    En el caso de España, perdemos más, porque desde el punto de vista aeronáutico (porque el deceso confirmado es el del NGF … por el momento) éramos un socio sin voz y sin voto, consecuencia de que nuestra mayor «Industria Aeronáutica» (Airbus DS España) pertenece a otros y nos tiene cautivos; porque sólo tenemos el 4,1% de participación en Airbus y nos conformamos con que la plantilla de Airbus en España sea del 7,6% (12.700).
    Se constata que nuestro plan de rearme ante la situación mundial actual es tan solo lo que su nombre indica, «Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa», un plan industrial en el que poco importan las capacidades militares de que nos dotará, sino el número de puestos de trabajo que creará, aunque eso incremente enormemente el precio.
    Lo importante no es qué se producirá y si cubre los requisitos del EMAD, sino quién y cuántos puestos de trabajo producirá y dónde; ni siquiera importa el coste, siempre y cuando haya una industria propia que se cree y operarios que la doten …. porque, alguien ha oído hablar oficialmente de cuál de la versión de los dos cazas es la que nos interesaba militarmente hablando … o sólo nos preocupaba qué parte nos tocaría producir en cada opción?

    … y ahora qué?
    …tenemos plan B?

  2. Sinceramente, me revienta ver cómo muchos (que van de patriotas por la vida) aprovechan cualquier ocasión para desprestigiar o, incluso, despreciar a España, su gobierno, su industria o sus FF AA. Se dice que España no pintaba nada en el programa, que era un simple «pagafantas», que no tenía ni voz ni voto, a pesar de poner el mismo dinerito que los demás, que se nos ha ignorado y nos han dejado de lado.
    Todo esto es radicalmente falso. El FCAS es más que un avión (eso ya se sabía), constaba de siete áreas o pilares y, de ellos, seis han funcionado perfectamente y, es más, seguramente seguirán funcionando.
    Como se ha dicho está es una «guerra» entre Dassault, especialmente, su CEO Trappier y Airbus DS. Y qué tenía que decir España y/o Indra al respecto? Y, en cualquier caso, alguien sabe y puede afirmar que España no ha dicho nada? El planteamiento de algunos es sencillo: yo no sé si España ha intervenido y, por tanto, España NO ha intervenido.
    Se menciona (de forma tendenciosa) una reunión entre Macron y Merz, en la que no estaba invitado Pedro Sánchez. Pero no se indica que en aquella reunión se intentaba solucionar un problema entre una empresa francesa y otra «alemana» (por decirlo de alguna manera).
    Tampoco se acuerdan de que Merz ha estado en España y se ha reunido con Pedro Sánchez y también hablaron del programa. No sé si alguien en Francia puso el «grito en el cielo» diciendo: «miren, se reúnen españoles y alemanes a nuestras espaldas para ningunear a Francia».
    Qué el gobierno de España haya mantenido una postura discreta, no implica que no haya hecho nada o se haya dejado ningunear. Y, por otro lado, ha seguido financiando a las empresas españolas involucradas. Y el conocimiento adquirido ahí está y no se puede considerar que se haya tirado el dinero o que se haya financiado a los otros países.
    Y, finalmente, se repite mucho eso de que: Nos han dejado tirados. Y ahora qué?Tenemos un plan B? Por supuesto, dando por hecho que los responsables son unos inútiles y no han planificado ni han hecho nada de nada. Nuevamente, el planteamiento es sencillo: No sé si hay un plan B, por tanto NO hay un plan B.

    1. El gobierno se desprestigia solo. Es cierto, no sabemos si ha hecho algo de forma discreta… pero es todo lo que parece. Aunque la guerra sea entre Dassault y Airbus, España debería haber estado representada en cada paso, porque el FCAS era (es) vital para nosotros, y hemos hecho una apuesta muy fuerte por él hasta el punto de retrasar la actualización de la fuerza aerea y el ala embarcada hasta un punto de no retorno y andar poniendo parches. El gobierno es el gobierno, y debe gobernar no solo calentar el asiento de la poltrona.

  3. Vamos a hablar en clave española. Yo lo veo así:
    Los diversos gobiernos de España, y en especial el que tenemos ahora, no tienen ningún interés en mejorar nuestra defensa y mucho menos en decirlo públicamente. Como ya dice otro comentario, lo que cuenta son los puestos de trabajo. Así que nada podemos esperar por ese lado.
    No veo tampoco un análisis serio por parte de el alto mando militar de cuáles son nuestras amenazas y nuestras necesidades. Los nuevos programas de armamento son básicamente más de lo mismo y es evidente que la guerra ha cambiado drásticamente.
    Hay que ser realistas y la posición y peso internacional que tenemos es el que es, fruto de malas decisiones durante muchos años.

    Y esto es lo que hay.

  4. Hasta que no cambie el gobierno y tengamos alguno decente, con las ideas claras y que no esté vetado en el 90% de los países decentes, no hay nada que hacer. Afortunadamente, todo indica que pronto se acabará la pesadilla.

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