Marruecos construye un relato sobre Ceuta y Melilla que cambia de forma, pero no de propósito. La cosoberanía, la permanencia de miles de asaltantes y la progresiva internacionalización de una crisis creada en la frontera española forman parte de un escenario que España cometería un grave error aceptando siquiera como objeto de discusión

Jorge Estévez-Bujez
Hay trampas políticas que comienzan mucho antes de que alguien caiga en ellas. Comienzan cuando se acepta el vocabulario del adversario, cuando se admite como discutible aquello que no lo es y cuando una pretensión de parte consigue transformarse, por repetición, en una controversia. Eso es exactamente lo que empieza a ocurrir con Ceuta y Melilla. No porque exista hoy una negociación conocida sobre su soberanía —no existe constancia pública de ella y el Gobierno español la niega rotundamente—, sino porque Marruecos está consiguiendo colocar nuevamente en circulación una idea que le interesa enormemente, la de que el futuro de las 2 ciudades puede discutirse, asociarse a un diálogo.
Y no puede.

- MARRAKECH (MARRUECOS), 11/05/2022.- El ministro de Exteriores español, José Manuel Albares (i), durante la reunión que mantuvo con su homólogo marroquí, Naser Burita en Marrakech, con motivo de la cumbre que se celebraró en la ciudad marroquí de la coalición internacional contra el Estado Islámico. EFE/twitter/Ministerio Asuntos Exteriores
La españolidad de Ceuta y Melilla, huelga decirlo, no constituye un litigio pendiente entre España y Marruecos que requiera de imaginación diplomática, mediadores, comisiones de expertos, fórmulas novedosas de convivencia o de ingeniería geopolítica para territorios en conflicto. Es Marruecos quien reivindica territorio español y es Marruecos quien pretende convertir esa reivindicación unilateral en un conflicto bilateral. La diferencia es sustancial. El primer éxito de quien reclama lo ajeno consiste precisamente en conseguir que el propietario acepte sentarse a discutir cuánto está dispuesto a conservar y cuánto a ceder.
Por ello resulta preocupante la sucesión de mensajes aparecidos durante estas semanas. No porque Marruecos haya descubierto ahora la cosoberanía, sino porque asistimos a un nuevo intento de otorgarle respetabilidad intelectual, apariencia de solución y, finalmente, categoría de posibilidad política.
El relato cambia; el objetivo permanece
Han transcurrido apenas 3 semanas desde la gigantesca entrada irregular -invasión- del 30 de julio. Desde entonces, el escenario ha mutado a una velocidad extraordinaria. Primero fue la irrupción masiva de decenas de miles de personas procedentes de Marruecos. Después llegó la emergencia humanitaria, la saturación de Ceuta, los muertos, los menores, los campamentos improvisados, las reclamaciones de organizaciones internacionales, la sarna y la disputa sobre devoluciones y acogida. Ahora aparece, cada vez con menos disimulo, la cuestión de la soberanía.
No afirmaremos lo que no podemos demostrar. No sabemos quién ordenó abrir o cerrar qué puerta, cuáles fueron exactamente las decisiones adoptadas en Rabat durante aquellas horas ni qué objetivo último persigue el pulso actual, por más que sea evidente. Sí sabemos lo ocurrido y podemos observar lo que ha venido después. Y la secuencia merece bastante más atención que cada uno de sus episodios contemplado aisladamente.
Porque el relato cambia, evoluciona, cubre unas partes mientras descubre otras, pero mantiene un elemento cohesionador extraordinariamente visible: el pulso de Marruecos sobre Ceuta y, por extensión, Melilla.
El 5 de agosto, apenas unos días después de los sucesos fronterizos, Hespress publicaba un artículo enormemente revelador bajo el título Los acontecimientos de Ceuta y la célula de reflexión. No se trata una declaración del Gobierno marroquí, es cierto. ni falta que hace. Es un artículo firmado por Fouad Abed Allah. Pero el interés reside precisamente en comprobar qué ideas empiezan a circular en el espacio público marroquí y en qué momento lo hacen.
El texto recupera la propuesta realizada por Hassan II en 1987 para crear una comisión hispano-marroquí que estudiara el futuro de Ceuta y Melilla. Habla de fórmulas flexibles, recuerda Hong Kong, sostiene que éstas podrían preservar durante un periodo determinado intereses económicos, sociales y culturales españoles y acaba proponiendo la recuperación de aquella denominada «célula de reflexión». Más adelante va aún más lejos: plantea expresamente un escenario inspirado en Gibraltar que conduciría a fórmulas de «soberanía compartida», integración progresiva de las ciudades en su entorno marroquí y, finalmente, recuperación de lo que el propio artículo denomina territorios ocupados.
Ahí está, de nuevo, la cuestión fundamental.** La cosoberanía no aparece como reconocimiento permanente de 2 soberanías equivalentes, sino como instrumento de tránsito**. Por eso, especialmente en materia diplomática, es oportuno no enamorarse nunca de las palabras.
Ya lo dijeron en 2021
Tampoco estamos ante una idea nueva. En julio de 2021, durante la anterior gran crisis entre España y Marruecos, El Español publicó una información cuyo titular no dejaba lugar a demasiadas interpretaciones: «Marruecos sube la apuesta y pide la cosoberanía de Ceuta y Melilla». Aquella crisis había incluido ya el empleo de la presión migratoria sobre Ceuta, con la entrada de más de 10 000 personas en mayo de ese año.

Pero lo verdaderamente interesante de aquella información era una declaración realizada desde el ámbito político marroquí. La formulación era extraordinariamente clara: se debía «trabajar por la cosoberanía» como fórmula de convivencia «durante unos cuantos años» para caminar posteriormente hacia la adhesión de Melilla.
Es difícil encontrar una explicación más transparente. La cosoberanía, desde esa perspectiva, no era el punto de llegada. Era el camino.
Por eso produce cierta perplejidad comprobar que 5 años después volvamos a escuchar en España el término como si se tratase de una sofisticada construcción diplomática recién salida de algún laboratorio de relaciones internacionales. No necesitamos nuevos seminarios para comprender aquello que quienes la defendían ya explicaron perfectamente en 2021.
El error consiste en discutirlo
Que Marruecos plantee la cosoberanía resulta coherente con sus intereses. Que la defiendan intelectuales, periodistas o medios marroquíes no sorprende. Lo verdaderamente inquietante comienza cuando desde España se compra el planteamiento de parte y se le concede marchamo de materia discutible.
No me refiero a quienes denuncian su existencia, la estudian o advierten sobre ella. Eso forma parte de la obligación del periodismo. Me refiero a quienes empiezan a presentarla como una posibilidad razonable, una fórmula imaginativa, una solución de futuro o un eventual punto intermedio entre 2 posiciones supuestamente equiparables. No lo son.
España ejerce su soberanía sobre Ceuta y Melilla. Marruecos las reclama. No estamos ante 2 títulos equivalentes pendientes de que una comisión determine cuál pesa más. **Convertir una reivindicación marroquí en una controversia hispano-marroquí constituye ya una victoria conceptual para Rabat. **De ahí que tampoco tenga demasiado sentido perder otro minuto en relacionar Ceuta y Melilla con Gibraltar o Hong Kong.
La comparación lleva décadas formando parte del argumentario marroquí y vuelve a aparecer de manera explícita en estos artículos. Podemos dedicar cientos de páginas a explicar las diferencias históricas, jurídicas, demográficas y políticas entre Gibraltar, Ceuta y Melilla. Sería posible hacerlo y, probablemente, hacerlo muy bien. Pero sería también aceptar el terreno de juego. Y por supuesto que tampoco vamos a aceptar un escenario, un terreno de juego donde disputar nada de lo anterior.
Un minuto invertido en demostrar que Ceuta no es Gibraltar es un minuto empleado en contestar a una pregunta que España no tiene por qué hacerse.
Ouahbi termina de levantar el velo
Pocos días después de aquellos artículos llegó algo bastante más importante que cualquier columna de opinión. Los lectores, toda España, lo recordará. El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, aseguró en una entrevista con Asharq News que la cuestión de Ceuta y Melilla «sigue sobre la mesa» y afirmó que Marruecos la plantea en sus encuentros con España. Rabat, dijo en esencia, continúa reivindicando esos territorios y pretende resolver el asunto mediante el diálogo.
Es decir, mientras algunos intentan presentarnos la cuestión como una elaboración periodística española, un ministro del Gobierno de Marruecos confirma públicamente que la reivindicación continúa viva y que Rabat pretende introducirla en la relación bilateral.
La respuesta de Exteriores fue correcta y debería constituir la única doctrina posible: «La españolidad de Ceuta y Melilla está fuera de toda duda» y «la integridad territorial de España ni se ha tratado ni se tratará nunca con nadie». Margarita Robles había expresado poco antes lo mismo con palabras todavía más comprensibles: «Ceuta y Melilla no se tocan».
Convendría que ahí terminase el debate. Pero no lo hará… por supuesto que no lo hará.
La «gazificación» de Ceuta
Pero existe todavía otra dimensión más del problema, acaso más peligrosa por cuanto se está construyendo sobre el terreno.
Algunos analistas han comenzado a emplear un término deliberadamente áspero: «gazificación» de Ceuta, o incluso «libanización». La expresión pretende describir la transformación de una cuestión de soberanía y seguridad fronteriza en una crisis humanitaria permanente, con miles de personas instaladas durante semanas, meses o años en un territorio minúsculo, campamentos improvisados, presión asistencial, organizaciones humanitarias, periodistas internacionales, menores, víctimas, denuncias y una sucesión constante de imágenes dramáticas. El término está circulando ya en el debate público español.
No es necesario compartir la expresión para comprender el fenómeno que pretende describir.

A fecha de hoy continúan varios miles de asaltantes en Ceuta, existen asentamientos improvisados y el sistema de recepción se encuentra sometido a una presión extraordinaria. Algunas agencias describían ayer campamentos improvisados alrededor de instalaciones saturadas y estimaba entre 5000 y 8000 las personas que todavía permanecían en la ciudad.
Y aquí, de nuevo, aparece otra trampa. Porque la consolidación de un gran campo de refugiados —formal o informal, permanente o presentado inicialmente como provisional— no sería únicamente un problema humanitario. Cambiaría la naturaleza política del problema.
Ceuta dejaría de aparecer ante las televisiones occidentales principalmente como una ciudad española cuya frontera exterior ha sido violentada, para convertirse progresivamente en el escenario de una crisis internacional de refugiados. Las imágenes harían el resto, porque es materia conocida: tiendas blancas arremolinadas en un escenario insalubre, niños, asistencia humanitaria, disturbios, mujeres, enfermos, ONG, fuerzas de seguridad, periodistas y organismos internacionales.
La soberanía desaparecería poco a poco del plano. El campamento ocuparía su lugar. Y entonces vendrían inevitablemente las preguntas internacionales. Catecismo de informativo de sobremesa. A saber: qué hace España, por qué devuelve, por qué no acoge, quién administra, quién entra, quién sale, dónde se trasladan esas personas, qué responsabilidad tiene Marruecos, qué debe hacer Bruselas. La internacionalización estaría servida.
El hecho consumado
Por eso, el mero debate español sobre la conveniencia de consolidar un campo de refugiados corre el riesgo de conducirnos directamente hacia el lugar al que no deberíamos llegar. No porque España pueda desentenderse de sus obligaciones humanitarias o jurídicas. Naturalmente que debe cumplirlas. **El Estado de derecho no se suspende cuando resulta incómodo. **Pero una cosa es asistir, identificar, proteger a quienes legal y merecidamente corresponda y aplicar la legislación española y europea, y otra muy distinta normalizar la permanencia de miles de personas introducidas irregularmente en Ceuta hasta convertir la excepción en estructura.
Cuanto más tiempo permanezca esa realidad, más difícil será desmontarla. Y cuanto más se institucionalice, mayor será su dimensión política, mediática e internacional; mayor el problema para España y menor su capacidad de respuesta.
La Comisión Europea acaba además de señalar que el marco comunitario permite el retorno a Marruecos de inmigrantes irregulares y contempla también procedimientos aplicables a menores no acompañados, siempre sometidos a las garantías correspondientes. No estamos, por tanto, ante una situación en la que España tenga necesariamente que resignarse a convertir Ceuta en un gigantesco espacio permanente de acogida. No tiene por qué, y no sabemos exactamente por qué lo está haciendo.
El verdadero peligro es crear un hecho consumado de difícil extirpación y descubrir meses después que aquello que nació como respuesta provisional a una emergencia se ha transformado en un elemento estructural de presión sobre la ciudad y sobre el país entero.
Primero los hechos; después, si acaso, las intenciones
No sabemos todavía qué provocó realmente el pulso marroquí ni cuáles son sus objetivos últimos. Conviene tener cierta modestia intelectual para reconocerlo, al menos en mi caso, por más, insisto, que puedan deducirse las razones.
Pero tampoco hace falta conocer todas las órdenes emitidas en Rabat para analizar lo que vemos.
Vemos una entrada masiva desde territorio marroquí el 30 de julio. Vemos miles de personas que continúan en Ceuta semanas después. Vemos la emergencia humanitaria instalada en las calles. Vemos artículos marroquíes que, inmediatamente después de la crisis, recuperan la soberanía, a Hassan II, una comisión bilateral, Gibraltar, Hong Kong y fórmulas de soberanía compartida. Y vemos finalmente a un ministro marroquí afirmar que Ceuta y Melilla continúan siendo una cuestión pendiente para Marruecos.
Cada hecho, contemplado aisladamente, admite explicaciones diferentes. Todos juntos dibujan un contexto. Y sería irresponsable ignorarlo.
Lo que seguimos esperando
Mientras asistimos al vals que interpretan unos, comentan otros y amplificamos entre todos, existen cuestiones bastante menos sofisticadas que continúan pendientes.
Seguimos esperando la salida de quienes hayan entrado ilegalmente y no tengan derecho a permanecer en España, que son todos los que lo hicieron, sin excepción. Éso sí, con todas las garantías individuales exigibles. Seguimos esperando la restitución completa de la seguridad fronteriza. Seguimos esperando una investigación rigurosa de lo ocurrido el 30 de julio y una explicación convincente de cómo pudieron decenas de miles de personas alcanzar simultáneamente una frontera exterior de España y de la Unión Europea.
Seguimos esperando firmeza frente a cualquier nueva agresión, presión o instrumentalización de personas contra territorio español.
Y, sobre todo, seguimos esperando que España reconsidere su relación con Marruecos de la A a la Z.
No para romperla.. el otro día lo decía, e insisto en ello. Marruecos es nuestro vecino, seguirá siéndolo y existen intereses enormes que obligan a mantener cooperación económica, comercial, policial, antiterrorista, migratoria y de seguridad. Precisamente por eso necesitamos una relación seria. Y una relación seria no consiste en confundir cooperación con dependencia. Una relación que Marruecos entienda perfectamente, de la que no tenga, en adelante, la menor duda; ante la que jamás titubee ni sienta tentación alguna. Será la mejor forma de ayudar a nuestro vecino y de evitar malos entendidos a futuro.

Hay otras fronteras; otras formas de protegerlas
España debe preguntarse qué ámbitos estratégicos ha colocado en manos de la voluntad marroquí; qué capacidades necesita recuperar; qué vulnerabilidades fronterizas, económicas y políticas debe reducir; qué mecanismos de presión posee Rabat; y cuáles puede construir España para equilibrar una relación que periódicamente demuestra una preocupante asimetría.
No comprar el marco
La cosoberanía volverá a aparecer. Probablemente bajo nombres distintos. Gestión compartida. Administración conjunta. Solución imaginativa. Marco transitorio. Espacio de cooperación. Integración regional. Comisión bilateral. Realismo geográfico. Da igual, porque el nombre es accesorio.
Lo fundamental es comprender que España no está obligada a discutir sobre la soberanía de territorio español porque otro Estado la reclame. Tampoco está obligada a convertir una emergencia provocada por una entrada irregular masiva en una estructura permanente capaz de alterar la realidad social, política y estratégica de Ceuta.
Marruecos puede construir su relato. Está, insistiré siempre, en su derecho. Puede reivindicar, escribir, presionar diplomáticamente y tratar de convencer al mundo de que existe una cuestión pendiente. Lo que España no puede hacer es ayudarle a convertir ese relato en realidad política.
Porque quizá ésa sea la verdadera batalla que se está librando estas semanas alrededor de Ceuta, la de conseguir que lo que hasta ayer era una pretensión marroquí mañana aparezca como un problema internacional y pasado mañana como una cuestión negociable.
Y cuando eso ocurra, alguien propondrá generosamente una solución intermedia. La llamará cosoberanía. Y pretenderá que olvidemos que ya nos explicaron en 2021 para qué servía.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

