El ex primer ministro australiano cuestiona la viabilidad industrial de los Virginia y del SSN-AUKUS, denuncia una pérdida de soberanía y reclama al Parlamento australiano una fiscalización que, a su juicio, nunca ha existido. Su posición tiene un antecedente singular: fue su Gobierno el que eligió a Francia para construir los 12 submarinos convencionales que Canberra canceló posteriormente para entrar en AUKUS

Jorge Estévez-Bujez
Puede decirse que Malcolm Turnbull no es un observador más, un opinador cualquiera de AUKUS. Fue primer ministro de Australia entre septiembre de 2015 y agosto de 2018, dirigió el Gobierno que escogió la propuesta francesa para substituir a los submarinos Collins y convirtió aquel programa en una de las grandes apuestas industriales y estratégicas de su mandato. Ahora, 10 años después de aquella decisión, y cinco después de que Scott Morrison rompiera el acuerdo con Francia para sumarse junto a Estados Unidos y Reino Unido a AUKUS, Turnbull ha comparecido en Sídney para formular una de las críticas más severas que el programa submarino australiano ha recibido desde dentro del propio establishment político del país.

Ex primer ministro Turnbull
Lo hizo el 10 de agosto ante la Public Inquiry into AUKUS, una investigación independiente y financiada mediante aportaciones privadas, encabezada por el exministro laborista Peter Garrett y constituida fuera del Parlamento. La naturaleza del lugar y la oportunidad deben quedar clara, puesto que no estamos ante una comisión oficial del Estado australiano. Sin embargo, por ella han pasado antiguos ministros de Defensa, responsables políticos, militares, académicos y especialistas de posiciones muy distintas, lo que convierte las pesquisas del evento, cuando menos, en merecedoras de atención informativa.
Lo verdaderamente relevante no es únicamente que Turnbull se oponga a AUKUS —lo lleva haciendo desde hace años—, sino la argumentación industrial, política y de soberanía con la que sostiene ahora esa oposición en un momento en que Australia ya ha comprometido decenas de miles de millones, está construyendo infraestructura específica, prepara el HMAS Stirling para recibir submarinos estadounidenses y británicos y ha iniciado la formación de su personal para operar propulsión nuclear.
«¿En qué mundo de fantasía política va a hacerlo un presidente?»
El primer frente abierto por Turnbull afecta a los Virginia estadounidenses, que deberían proporcionar a Australia su primera capacidad submarina de propulsión nuclear a comienzos de la próxima década.
Ahora sabemos que el planteamiento oficial ha cambiado durante 2026. Australia ya no prevé recibir una combinación de unidades nuevas y usadas: el acuerdo anunciado el 30 de mayo establece como propuesta simplificada la adquisición de 3 submarinos Virginia actualmente en servicio, mientras se mantiene posteriormente la transición al SSN-AUKUS construido conjuntamente con Reino Unido. El Gobierno de Anthony Albanese sostiene que el programa continúa en marcha y que Australia comenzará a operar sus primeros Virginia a comienzos de la década de 2030.
Turnbull plantea el problema desde la otra dirección. Estados Unidos, nadie lo dudaba, debe satisfacer primero las necesidades de su propia Marina y la legislación norteamericana condiciona la transferencia a que ésta no degrade la capacidad submarina estadounidense. Ante la Public Inquiry, Turnbull resumió la contradicción con una pregunta:
«¿En qué mundo de fantasía política va a certificar eso un presidente si ellos mismos ya tienen escasez de submarinos?»
Y añadió una precisión más, importante a efectos de advertencia: si Washington finalmente no realiza la transferencia, Australia difícilmente podrá afirmar que ha sido engañada, porque, según Turnbull, «los estadounidenses han sido absolutamente transparentes» acerca de las condiciones.

Hace escasas fechas informábamos de las cuantiosas inversiones australianas en el programa AUKUS
El problema industrial que señala tampoco es desconocido. Sabido es que la producción estadounidense de Virginia se mantiene muy por debajo del ritmo considerado necesario para atender simultáneamente a la US Navy y a Australia. El desfase ya había sido reconocido públicamente mucho antes de esta comparecencia y constituye precisamente una de las razones por las que Canberra está aportando miles de millones de dólares a la base industrial submarina estadounidense. DYS ha venido siguiendo este problema y señalábamos recientemente que el reajuste hacia 3 Virginia procedentes de la flota estadounidense reducía algunas complejidades del plan original, pero no eliminaba el problema fundamental de disponibilidad industrial.
Turnbull ha utilizado una expresión particularmente gráfica para describir la actitud que percibe en Canberra:
«Existe una mentalidad de culto supersticioso sobre los submarinos Virginia: parece que si se reconoce el riesgo de que no lleguen, eso impedirá que lleguen; así que hay que seguir creyendo».
Su conclusión es mucho más grave que una eventual demora, y sentencia sin pudor el futuro del programa:
«Si el objetivo de este proyecto es adquirir submarinos de propulsión nuclear, todo indica que no los conseguiremos».
Es decir, Turnbull no está planteando simplemente un problema de calendario. Está sosteniendo que el escenario final puede, será, a su juicio, el fracaso de la propia adquisición.
Reino Unido: la segunda vulnerabilidad
La segunda mitad del problema conduce, cómo no, a Reino Unido. Tras los Virginia, Australia pretende construir en Osborne los futuros SSN-AUKUS, un nuevo submarino basado en el diseño británico de nueva generación e integrado con tecnología estadounidense y australiana.
Canberra continúa defendiendo esa hoja de ruta, como no puede ser de otra manera. El Gobierno australiano confirmó en mayo pasado que el diseño y desarrollo del SSN-AUKUS continúa avanzando y mantiene como horizonte para los primeros submarinos australianos la década de 2040. También está invirtiendo cantidades extraordinarias en Osborne. Como explicamos recientemente en DYS, Australia ha comprometido 8500 millones de dólares australianos sólo en las primeras fases del nuevo astillero submarino y prevé que el complejo termine costando alrededor de 30 000 millones; con cantidades sumadas en inversiones relacionadas que superarán los 80 000 en fases posteriores y que alcanzarán totales estratosféricos de 130 000 millones, según el Integrated Investment Program.

Turnbull cuestiona que el segundo pilar industrial sea más seguro que el primero. Ya en mayo, durante una intervención en Chatham House, había afirmado que la industria británica de construcción de submarinos se encontraba «en completo desorden» y lamentó expresamente la cancelación de la solución francesa. En su comparecencia de Sídney volvió a colocar la capacidad industrial británica entre los factores sobre los que Australia carece de control.
Su razonamiento forma una cadena sencilla que resulta, también, fácil de explicar: los Virginia dependen de una decisión política estadounidense y de una industria estadounidense saturada; los SSN-AUKUS dependen en gran medida de un programa británico que debe construir simultáneamente la nueva generación de submarinos para la Royal Navy y ayudar a desarrollar la australiana. Australia, mientras tanto, paga e invierte antes de disponer de ninguno de esos submarinos.
De ahí una de sus afirmaciones más duras: Canberra corre el riesgo de transferir «miles y miles de millones de dólares a Estados Unidos y Reino Unido» y terminar sin submarinos estadounidenses y sin submarinos británicos durante mucho tiempo.
«Nosotros ponemos los cheques y asumimos el mayor riesgo»
Pero probablemente la crítica más profunda de Turnbull no sea industrial, y acaso lo sea institucional.
El antiguo primer ministro contrapuso el grado de escrutinio existente en Washington y Londres con el que, a su juicio, ha ejercido Canberra. Aseguró que prácticamente toda la información significativa sobre la evolución del programa procede de comparecencias y documentos estadounidenses, mientras el Congreso de Estados Unidos recibe información detallada porque protege, naturalmente, los intereses norteamericanos. Reino Unido, recordó, también ha realizado investigaciones parlamentarias sobre AUKUS.
Australia, sostiene, ha hecho mucho menos:
«Nosotros ponemos los cheques. Nosotros asumimos el mayor riesgo. Pero somos los menos curiosos y los menos informados. Y, se esté a favor o no de AUKUS, eso es una vergüenza».
ABC recogió igualmente su petición de que el Parlamento australiano abra su propia investigación parlamentaria sobre AUKUS, porque considera que Australia es el socio que más tiene en juego y, sin embargo, el que menos ha fiscalizado el acuerdo.

Los Collins australianos recibirán más inversión para mantenerlos a flote durante el tiempo necesario hasta la llegada de los Virginia. Imagen: RAN
La acusación enlaza directamente con su concepto de soberanía. En su documentación para la investigación, Turnbull describe AUKUS en términos muy graves, adjetivándolo como una «abdicación de la soberanía australiana en cuestiones de defensa nacional» y sostiene que Canberra ha colocado decisiones fundamentales para su futura capacidad submarina en manos de Washington, de la industria estadounidense y del programa británico.
HMAS Stirling: «No se llama base estadounidense, pero lo es»
Turnbull también abordó uno de los asuntos políticamente más sensibles de AUKUS: el crecimiento de la presencia estadounidense en HMAS Stirling, en Australia Occidental.
DYS también explicó, en junio pasado, la reactivación del Submarine Squadron 3 de la US Navy precisamente para apoyar la futura Submarine Rotational Force-West. El Gobierno australiano prevé invertir hasta 8000 millones de dólares australianos en la base australiana de Stirling y desde 2027 está previsto que roten por allí submarinos estadounidenses Virginia y un Astute británico. Canberra insiste en que se trata de una presencia rotacional, por invitación australiana y compatible con la soberanía del país.
Turnbull ofrece una lectura diferente:
«La realidad es que esto será una base estadounidense. No se llama base estadounidense, pero es una base estadounidense».
Su argumento se apoya en la nueva infraestructura de apoyo estadounidense y en el grado de presencia operacional que alcanzará la US Navy en Australia Occidental. El actual Gobierno australiano, como era de esperar, rechaza esa caracterización y mantiene formalmente que HMAS Stirling seguirá siendo una instalación australiana y que las fuerzas aliadas estarán allí de manera rotacional. No es semántica, pero toca directamente el debate sobre hasta dónde llega la integración militar con Estados Unidos y dónde comienza la pérdida de autonomía que denuncia Turnbull.
Estados Unidos y Trump
Turnbull llevó ese razonamiento al terreno político, e insistió en que su preocupación no reside únicamente en depender de Estados Unidos, sino en hacerlo, según argumentó, en un momento en que considera menos previsible la política estadounidense bajo la égida de Donald Trump.
Su formulación fue tajante. Sostuvo que Australia está aumentando precisamente ahora su dependencia de Washington cuando, a su juicio, Estados Unidos se ha vuelto deliberadamente menos fiable como socio. La conclusión política de Turnbull es que una alianza sólida no exige subordinación; al contrario, considera que Australia obtendría más respeto de Washington manteniendo una mayor capacidad de decisión propia.
Su crítica a la actitud australiana llegó también al terreno de las relaciones personales entre gobiernos, y advirtió contra la tentación de adular o someterse sistemáticamente al socio más poderoso, porque entiende que semejante comportamiento no fortalece una alianza entre Estados soberanos.
No es una opinión nueva en Turnbull. Pero adquiere una dimensión diferente ahora porque AUKUS ya no es un concepto. Australia está gastando cantidades crecientes, formando submarinistas, construyendo instalaciones nucleares, preparando astilleros y convirtiendo Stirling en uno de los principales centros de actividad submarina aliada del Indo-Pacífico.
El hombre que eligió a Francia
Existe además una ironía histórica difícil de ignorar.
El 26 de abril de 2016, siendo Turnbull primer ministro, Australia anunció que la francesa DCNS —actual Naval Group— había vencido a la alemana TKMS y a la propuesta japonesa en el Competitive Evaluation Process para el Future Submarine Program. El Gobierno seleccionó a Francia como socio internacional preferente para diseñar 12 submarinos, derivados conceptualmente del Barracuda francés pero adaptados a propulsión convencional para satisfacer el requisito australiano.

Submarino clase Barracuda francés. Francia y Australia separaron abruptamente sus caminos submarinos hace ahora 5 años. Imagen: Naval Group
Aquel día Turnbull calificó la decisión como un «momento trascendental de alcance nacional» y afirmó que los submarinos serían construidos en Osborne por trabajadores australianos, con acero australiano y para sostener durante décadas una industria naval nacional. El programa representaba entonces una inversión anunciada de unos 50 000 millones de dólares australianos (unos 30 000 millones de euros).
En cualquier caso, Turnbull no firmó el Strategic Partnering Agreement definitivo de 2019, porque ya no era primer ministro. Pero su Gobierno seleccionó a DCNS, firmó en septiembre de 2016 el Design and Mobilisation Contract y, en diciembre, Turnbull y Francia formalizaron el acuerdo intergubernamental que proporcionaba el marco político y jurídico para desarrollar el programa. Por tanto, podemos considerar a su Gobierno el arquitecto político de la opción francesa y a Turnbull su ejecutor.
Pasaron apenas 2 años desde la firma del Strategic Partenring Agreement cuando el recién elegido primera ministro, Scott Morrison, cancelaría posteriormente aquella asociación. Fue en 2021, acompañada la decisión del anuncio del acuerdo AUKUS, junto a Joe Biden y Boris Johnson.
Turnbull, ni ahora, ni entonces, ha ocultado lo que piensa ahora sobre aquella ruptura. En mayo de este mismo año resumió su posición sin ambigüedad: «No deberíamos haber cancelado el acuerdo con Francia».
La necesaria objeción a Turnbull
Un análisis riguroso obliga también a señalar algo que resulta óbice, y es que su diagnóstico no es compartido por el Gobierno australiano ni por buena parte de la comunidad estratégica del país.
La experta australiana Jennifer Parker recordó tras la comparecencia que Turnbull fue precisamente el primer ministro que seleccionó el diseño francés y que, cuando fue cancelado, el programa Attack afrontaba ya interrogantes sobre coste, calendario, riesgo técnico y participación de la industria australiana. Parker considera conocidos los problemas de producción estadounidense, cierto, pero rechaza que conduzcan necesariamente al fracaso de AUKUS y sostiene que el programa continúa siendo la mejor opción disponible para Australia.
El Gobierno de Albanese mantiene una posición igualmente clara, y radicalmente distinta a Turnbull. En mayo, los ministros de Defensa de los 3 países AUKUS reafirmaron que el Pilar I continúa encaminado hacia la adquisición de submarinos nucleares australianos. Canberra seleccionó posteriormente a Lockheed Martin Australia como integrador preferente del sistema de combate de sus futuros Virginia y continúa desarrollando Osborne, Stirling y Henderson.

Serán 3 los Virginia (ex US Navy) con los que habrá de contar Australia en la próxima década. Imagen: US Navy
Incluso algunas de las decisiones que Turnbull presenta como síntomas del problema pueden interpretarse de otra manera. Podría deducirse, por ejemplo, que substituir la combinación prevista de Virginia nuevos y usados por 3 unidades ya en servicio reduce la presión de construir cascos específicamente para Australia y simplifica configuración, mantenimiento y cadena logística. De hecho, y como cabía esperar, el Gobierno australiano presenta precisamente el cambio en esos términos.
AUKUS, por tanto, no está paralizado. Materialmente ocurre más bien lo contrario, porque nunca había tenido tanta infraestructura en construcción, tanto personal en formación ni tantas inversiones comprometidas.
La cuestión es acaso otra, por completo sumida en la incertidumbre de un programa tan complejo y tan extremadamente caro, y es que cabe preguntarse si toda esa estructura terminará proporcionando a Australia los submarinos soberanos que justifican su existencia.
AUKUS entra en la fase en la que las promesas necesitan cascos
Muy probablemente es ahí donde reside el verdadero valor de la comparecencia de Malcolm Turnbull.
Porque el ex primer ministro no puede demostrar que AUKUS vaya a fracasar, ni convertir en certeza que Estados Unidos vaya a negar los Virginia, ni tampoco que Reino Unido sea incapaz de producir el SSN-AUKUS. Son conclusiones políticas de Turnbull, aunque, bien es cierto, algunas se apoyen en dificultades industriales reales y perfectamente documentadas.
Pero tampoco resulta posible despacharlas como simples palabras de un adversario del programa. Quien las formula fue primer ministro de Australia, estuvo directamente implicado en la anterior solución submarina del país y conoce de primera mano el proceso político, industrial y estratégico que llevó a Canberra a escoger a Francia. Y quizá más importante aún, porque algunas de sus preguntas son objetivamente comprobables.
Porque es cierto que Estados Unidos tiene que elevar su producción submarina; que Reino Unido debe transformar su propia industria para cumplir simultáneamente sus necesidades y las obligaciones derivadas del SSN-AUKUS; que Australia tiene que prolongar los añosos Collins mientras espera los Virginia de segunda mano; y que debe además construir prácticamente desde cero una infraestructura para operar y fabricar submarinos nucleares y está destinando para ello cantidades excepcionales de dinero. En DYS, donde hemos seguido cada una de esas piezas: desde la prolongación de los Collins hasta la ampliación de Osborne y el despliegue progresivo estadounidense en HMAS Stirling, creemos que el AUKUS está aún muy lejos de concretarse, que debe luchar, en efecto, con una serie de incertidumbres excepcionalmente grandes; pero que, a pesar de todo, y por el momento, goza de impulso político y económico, lo que le provee del favor político (al menos por ahora).
AUKUS ha dejado, por tanto, la etapa en que bastaba con juzgar la bondad estratégica de la idea. Ha entrado en la etapa industrial. Y en ella las palabras importan cada vez menos que los cascos disponibles, los astilleros capaces de producirlos y los calendarios que realmente puedan cumplirse.
Por eso quizá la frase más importante de Turnbull no sea la más dramática de su intervención. Es la que obliga a Canberra a mirar hacia dentro:
«Nosotros ponemos los cheques. Nosotros asumimos el mayor riesgo. Pero somos los menos curiosos y los menos informados».
A favor o en contra de AUKUS, una operación de esta dimensión merece que esa pregunta quede abierta.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

