Las dudas sobre la capacidad industrial británica y estadounidense comprometen la transición submarina australiana y devuelven al debate el programa francés que Canberra abandonó en 2021

Redacción
Australia dejó atrás los submarinos franceses para procurarse una capacidad superior. Cinco años después del anuncio de AUKUS, aquella decisión sigue pendiente de su prueba decisiva: que los submarinos lleguen, que lo hagan a tiempo y que, entretanto, la Armada australiana conserve una fuerza capaz de cumplir sus misiones. La ambición estratégica permanece, aún no se ha desvanecido. Pero la certidumbre industrial, en cambio, continúa siendo objeto de advertencias que Canberra difícilmente puede despachar como una simple resistencia al cambio, porque no lo es.
La elección de la plataforma pudo generar controversia, pero el problema de la entrega merece atención por sí mismo, con independencia de que se considere acertada la apuesta por la propulsión nuclear.
El 2 de octubre, el contralmirante retirado Peter Briggs, antiguo comandante de submarinos y de la escuadrilla submarina australiana, publicaba en Navy Lookout una severa evaluación del componente británico del programa AUKUS y de la capacidad industrial de Londres. Se trata de una valoración profesional firmada por un marino una con vasta experiencia, por lo que es interesante valorarla con independencia de su pronóstico. Sus advertencias merecen nuestra atención, manteniendo siempre la distinción entre los hechos que describe y los pronósticos que sostiene.

Briggs afirma que el Reino Unido no está en condiciones de entregar un submarino cada dieciocho meses, y menos aún de apoyar otra línea de construcción en Australia. En sus palabras se describe a la industria británica por completo absorbida en el mantenimiento de los Vanguard y las dificultades de los Astute. A su juicio, la escasa disponibilidad de sumergibles disponible de la Royal Navy también deteriora la formación de futuros comandantes, ya que la crisis industrial termina comprometiendo la continuidad del conocimiento operativo de las dotaciones.
Su segunda advertencia afecta de lleno al diseño. Briggs recuerda que la revisión preliminar prevista para septiembre se habría retrasado sin nueva fecha. Iniciar el corte de acero en 2027 sin superar ese hito es ya un pronóstico aventurado, y expondría el programa a rehacer trabajos, acumular demoras y encarecerse, según su análisis. Australia podría entonces heredar un diseño inmaduro. Para Briggs, invertir en recuperar la industria británica requiere un tiempo que Canberra no tiene.

Botadura de un Barracuda francés. Imagen: Naval Group
La inquietud alcanza también al otro extremo del acuerdo. Un análisis del Center for Strategic and International Studies, publicado el pasado 14 de septiembre, recuerda que los astilleros estadounidenses difícilmente alcanzarán una producción sostenida de dos Virginia anuales antes de 2032, según el testimonio del jefe de Operaciones Navales ante el Congreso. Esa previsión se había situado anteriormente en 2028. La adquisición australiana depende, por tanto, de una recuperación industrial cuyo calendario ya ha retrocedido. Estados Unidos debe atender las necesidades de su propia flota y generar, además, el margen necesario para transferir submarinos a Australia.
La prensa australiana, que viene realizando un seguimiento especial del programa, recoge las dificultades incluso entre quienes defienden el acuerdo. ABC informó el 18 de septiembre de que tres de sus principales artífices —Kurt Campbell, Greg Moriarty y Stephen Lovegrove— mantenían su confianza en AUKUS, pero reconocían problemas importantes de personal y construcción. Hay avances y respaldo político, pero también obstáculos materiales que ese respaldo, por sí solo, no elimina.
El itinerario oficial prevé el primer SSN-AUKUS británico para finales de la década de 2030 y el primer ejemplar construido en Australia para comienzos de la siguiente. Hasta entonces, Canberra necesita los Virginia estadounidenses y la continuidad de sus añosos Collins. En junio supimos que Australia adquiriría tres Virginia en servicio, en lugar de dos usados y uno nuevo. El Gobierno defendió la conveniencia de operar unidades semejantes; el cambio vino a confirmar, en cualquier caso, que la fórmula de transición sigue ajustándose.
Y el puente hacia esa nueva flota tampoco está libre de riesgos. La Australian National Audit Office (ANAO), en su auditoría de 2026 sobre la prolongación de vida de los Collins, concluyó que Defensa no había adaptado adecuadamente su planteamiento tras la cancelación del programa Attack. En su evaluación señaló gastos adicionales, retrasos acumulados y riesgos de capacidad persistentes. A mayo de 2026, el departamento no estaba bien situado para demostrar que el proyecto alcanzaría sus objetivos o proporcionaría una adecuada relación entre coste y resultado. Era una advertencia oficial sobre el instrumento destinado a evitar una discontinuidad de la capacidad submarina.
Aquí se hace inevitablemente necesario volver sobre el recuerdo francés. En 2016 Australia seleccionó a DCNS, hoy Naval Group, para desarrollar doce submarinos convencionales Shortfin Barracuda, posteriormente denominados clase Attack. Eran una adaptación para Australia del concepto francés, con propulsión convencional; no los submarinos nucleares Suffren de la Marine nationale. Cinco años después, Canberra canceló el programa. Fue en septiembre de 2021 y, en 2022, se acordó con Naval Group una compensación de 555 millones de euros.
No sería justo reconstruir aquella alternativa como un camino sin dificultades, porque lo cierto es que no lo fue. La auditoría australiana de 2020 ya había documentado riesgos y problemas en la transición al diseño del programa francés. No sabemos qué habría sucedido de haber continuado. Pero sí sabemos que Australia abandonó un proyecto en desarrollo para asumir otro de mayor complejidad tecnológica y con dependencias decisivas de las industrias británica y estadounidense.
Richard Marles, viceprimer ministro y ministro de Defensa de Australia, defendió en mayo la perseverancia y rechazó la búsqueda de un «plan B», argumentando que otro cambio de rumbo pondría en peligro la adquisición de una nueva flota. Su razonamiento tiene peso, porque los programas submarinos necesitan continuidad. Pero esa continuidad exige, si no un plan B, sí mecanismos de contingencia, calendarios contrastables y una vigilancia rigurosa de la capacidad disponible.

Un Collins australiano
A tenor de estas informaciones, podemos concluir que AUKUS se enfrenta a serias dificultades, pero sería prematuro dar el proyecto por perdido. Del mismo modo, sería igualmente imprudente tratar su cumplimiento como una certeza. Está lejos de serlo. Australia ha comprometido buena parte de su futuro submarino en una secuencia cuyos eslabones deben funcionar. Los Collins, pese a sus años, habrán de resistir durante una prolongación exigente de su vida operativa; los Virginia deberán estar disponibles y el SSN-AUKUS tiene que convertirse en un submarino construible y entregable. El precedente francés debería servir para exigir algo más que confianza. Porque una nación puede revisar sus alianzas, sus contratos y sus preferencias industriales, pero lo que no puede recuperar con la misma facilidad son los años y el dinero perdidos entre una flota que envejece y otra que todavía no llega.

Jorge Estévez-Bujez
DYS

