GCAP: condena antes del despegue

Una columna en The Telegraph carga contra el futuro Tempest usando los fiascos del Tornado y del Eurofighter como aviso de lo que podría repetirse

Redacción

Lewis Page no escribe una crítica templada. Rara vez lo hace, y es fácil comprobarlo. Tampoco está exento de criterio, todo lo contrario. Pero lo que escribía ayer fue, más bien, una enmienda casi total a medio siglo de política aeronáutica británica. Su tesis, publicada ayer, como decimos, en The Telegraph, es sencilla, dura, descarnada: el Reino Unido no habría aprendido lo suficiente de sus programas de combate anteriores —Tornado y Eurofighter Typhoon— y estaría a punto de repetir con el GCAP/Tempest los mismos errores de siempre: cooperación multinacional compleja, costes crecientes, retrasos, baja disponibilidad y una brecha insalvable entre lo prometido y lo realmente entregado.

El artículo merece leerse con calma, no porque todas sus conclusiones sean necesariamente indiscutibles, sino porque condensa el malestar real de quienes ven en el GCAP no sólo un avión futuro, sino otra prueba de estrés para la industria, el Ministerio de Defensa británico y la RAF. Una prueba que quien firma en el diario londinese está seguro que no superarán. Page está enfadado, y se nota. Pero sería injusto decir que enfado nace de la nada. Lo apoya en una lectura muy severa de los antecedentes británicos en aviación de combate. Quizá excesiva, implacable, pero no exenta de argumentos.

 

 

Su primer blanco es el Tornado, al que presenta como un avión caro, especializado en una forma de penetración a baja cota que pronto quedó cuestionada por la realidad operativa. Page recuerda las pérdidas sufridas en 1991 durante la guerra del Golfo (8 de 48 cazas derribados) y sostiene que su versión de defensa aérea fue, directamente, un fracaso. A su juicio, el Tornado consumió demasiados recursos para ofrecer una disponibilidad y una utilidad por debajo de lo esperado, especialmente cuando el Reino Unido tuvo que sostener operaciones prolongadas en Afganistán, Libia y contra el Estado Islámico.

El segundo gran acusado es el Eurofighter Typhoon. Page lo describe como un programa larguísimo en su gestación, carísimo en su desarrollo y operación, y de maduración lenta. Recalca que llegó tarde, cuando Estados Unidos ya operaba el F-22, y que sus primeras capacidades aire-tierra fueron más teóricas que prácticas durante años. En su relato, el problema no fue sólo el precio de adquisición, sino el coste de sostenerlo, la falta de repuestos, la escasez de horas de vuelo, los aviones canibalizados y la dificultad para disponer de pilotos plenamente formados. Así dicho, todo un diagnóstico mortífero para la RAF. La imagen que proyecta es demoledora: una flota moderna sobre el papel, pero con una utilidad real limitada durante buena parte de su entrada en servicio.

Dentro de esa crítica, Page reserva sus elogios para 2 plataformas que considera más sensatas desde el punto de vista operativo: el Harrier y el F-35. El primero, pese a su veteranía, aparece en su columna como un avión flexible, disponible y útil en escenarios reales. El segundo, aunque tampoco sea barato, sirve al autor como contraste frente al Typhoon: una aeronave de origen estadounidense, de quinta generación, que según su comparación resultaría menos onerosa por hora de vuelo que el caza europeo. La conclusión implícita es quizá poco halagüeña para Londres: cuando Reino Unido ha ido solo o acompañado por europeos en grandes programas de combate, el resultado habría sido decepcionante; cuando se ha apoyado en diseños de raíz norteamericana, habría obtenido más valor militar.

El salto al GCAP es, por tanto, casi automático. Para Page, el futuro Tempest corre el riesgo de convertirse en el tercer acto de la misma obra: un programa multinacional ambicioso, políticamente atractivo, industrialmente conveniente, pero vulnerable a sobrecostes, retrasos y expectativas infladas. Reino Unido, Italia y Japón quieren tener un caza de nueva generación en torno a 2035. Sobre el papel, el planteamiento es lógico: repartir costes, conservar tejido industrial, evitar dependencia total de Estados Unidos y construir una plataforma adaptada a las necesidades de los 3 socios. Pero Page no compra esa narrativa. Su pregunta es corrosiva, al tiempo que determinista: si Tornado y Typhoon salieron como salieron, ¿por qué habría de ser distinto el Tempest?

Ahí está la fuerza y también el límite de su columna. Es una condena preventiva bajo pretexto de antecedentes pasados. Quizá algo excesiva, quizá profética, quizá demasiado visceral. Pero tampoco es una ocurrencia. Llega en un momento en el que el GCAP quiere estar cerca de dejar de ser una maqueta, y evolucionar desde promesa industrial a prototipo. Es un programa sometido a presión política, presupuestaria y diplomática, pero como todos. Japón observa con inquietud los plazos y la solidez del compromiso británico. Italia ya ha mostrado malestar por cuestiones de reparto tecnológico y acceso industrial. Londres, por su parte, debe encajar el GCAP dentro de un presupuesto de defensa tensionado y de un plan de inversión largamente esperado que aún no llega.

Conviene, no obstante, no confundir advertencia con sentencia. El GCAP no es el Tornado ni el Eurofighter. Japón no es Alemania. El marco tecnológico, industrial y operativo tampoco es el de los años setenta, ochenta o noventa. La integración digital, la ingeniería colaborativa, los sistemas no tripulados asociados, la arquitectura abierta y la presión del calendario chino en el Indo-Pacífico introducen factores nuevos. Además, el programa nace con una conciencia mucho mayor de los errores cometidos en generaciones anteriores.

 

La Armada aún mantiene un puñado de ejemplares de Harrier en vuelo

 

Por todo ello, cabe cuestionarse: ¿Puede el Reino Unido dirigir o codirigir un programa de combate avanzado sin que el coste, la complejidad burocrática y la política industrial devoren la utilidad militar? Esa es la duda que Page plantea, aunque lo haga con martillo pilón. Y es una duda razonable, especialmente en un país que necesita modernizar sus fuerzas armadas, reponer existencias tras la guerra de Ucrania, invertir en defensa aérea, misiles, drones, ciberdefensa, guerra electrónica y capacidades navales, sin disponer de una bolsa infinita de dinero.

La columna de The Telegraph no debe probablemente leerse como la última palabra sobre el GCAP, sino como una advertencia áspera. Su valor está en recordar que un avión de combate se mide por 3 cosas: cuánto cuesta, cuándo llega y cuántos aparatos están realmente disponibles cuando se les necesita. Si el GCAP responde bien a esas 3 preguntas, la crítica de Page quedará como una demolición prematura. Si no lo hace, quizá terminemos leyendo su artículo no como un arrebato, sino como una señal temprana que muchos prefirieron no escuchar. En cualquier caso, el sesgo condenatorio puede resultar prematuro.

 

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