Marruecos acaba de expresar con una claridad imposible de ignorar que Ceuta y Melilla continúan formando parte de sus objetivos políticos. Después de lo ocurrido en Ceuta, España tiene la obligación de escuchar exactamente lo que su vecino está diciendo
Jorge Estévez-Bujez
En ocasiones, un Estado debería conceder a las palabras de otro Estado el valor exacto que tienen, y comportarse en consecuencia; no con arreglo a lo que querría que el vecino hubiera dicho, sino conforme a lo que ha dicho, y todos hemos oído. Ni más ni menos. Y esta es una de esas ocasiones.

El ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi, acaba de decir públicamente que la cuestión de Ceuta y Melilla continúa abierta para Rabat. No ha hablado un tertuliano, un activista o uno de esos personajes que periódicamente aparecen en la prensa marroquí reclamando las 2 ciudades españolas para desaparecer después durante algunos meses. Ha hablado un ministro del Gobierno de Marruecos, y casi sería mejor que España escuchara, porque lo que ha dicho es extraordinariamente serio. Seguramente ya lo habrán leído en estas últimas horas.
«Este asunto sigue sobre la mesa. Cada vez que nos reunimos con los españoles planteamos la cuestión».
Después añadió que «nuestra política respecto a este asunto es de largo aliento», antes de explicar cuál es el objetivo:
«Seguimos reivindicando nuestros territorios y queremos resolver el problema mediante el diálogo».
Nuestros territorios. No existe demasiada ambigüedad en esas 2 palabras. Para el ministro de Justicia del Reino de Marruecos, Ceuta y Melilla son territorios marroquíes cuya soberanía debe modificarse algún día. Podremos envolverlo en toda la diplomacia que queramos; podremos añadir después diálogo, paciencia, relaciones excelentes, cooperación estratégica y amistad entre pueblos. Pero al final queda exactamente eso: «nuestros territorios».
Y creo que España debe comenzar a acostumbrarse a escuchar a Marruecos cuando Marruecos habla.
Cada vez que nos reunimos
Hay, sin embargo, una frase todavía más importante, quizá la más importante de todas. Ouahbi afirma que la cuestión se plantea «cada vez que nos reunimos con los españoles».
Si esas palabras describen fielmente el contenido de los contactos bilaterales —y no existe razón para atribuirlas simplemente a un desliz semántico— estamos ante una información de enorme trascendencia política, porque significaría que Ceuta y Melilla no son para Rabat únicamente una reivindicación histórica depositada en algún cajón de su política exterior. Formarían parte de la conversación con España de manera recurrente.
Y entonces el Gobierno español debería explicar algo. ¿Es cierto? ¿Plantea Marruecos la soberanía de Ceuta y Melilla en sus reuniones con España? ¿En cuáles? ¿Ante quién? ¿Qué responde España? ¿Se deja constancia de ello? ¿Se rechaza expresamente cualquier discusión sobre la soberanía española? ¿Se pospone el asunto? ¿Se concede algo? ¿Se negocia…?
No son preguntas partidistas. Son preguntas de Estado, para un Estado, para su gobierno. Y tiene derecho a formularlas exactamente igual un ciudadano de Cádiz, uno de Oviedo, uno de Barcelona o, con bastante más motivo, una familia que vive en Ceuta y que hace menos de 2 semanas contempló cómo decenas de miles de personas atravesaban su frontera.
Porque después de lo ocurrido el 30 y el 31 de julio, las palabras tienen otro peso. Y ya es suficiente.
Largo aliento
También merece detenerse en otra expresión: «largo aliento». No mañana, no el año próximo, no necesariamente durante este Gobierno marroquí. Largo aliento.
En política exterior, las naciones que disponen de objetivos permanentes tienen una ventaja extraordinaria sobre aquellas cuya política cambia con cada legislatura. Pueden esperar, avanzar cuando las circunstancias son favorables y detenerse cuando dejan de serlo. Tomar aliento. Pueden también combinar cooperación económica, presión diplomática, relaciones personales, control fronterizo, comercio, inteligencia, influencia social y paciencia. Sobre todo paciencia.
No hace falta imaginar conspiraciones para entenderlo. Basta con escuchar lo que ellos mismos dicen. Marruecos considera Ceuta y Melilla una cuestión pendiente y está dispuesto a esperar. España, por tanto, debería preguntarse si dispone de una política igualmente permanente para garantizar que jamás lo sean y neutralizar las ganas de esperar de Marruecos por algo por lo que no es legítimo esperar.
Porque la soberanía no consiste únicamente en desplegar soldados cuando existe una emergencia. También consiste en construir carreteras, colegios, hospitales, viviendas, infraestructuras, empleo, comunicaciones, presencia administrativa, seguridad y futuro. Consiste en lograr que un niño nacido hoy en Ceuta pueda mirar hacia 2050 sin preguntarse qué ocurrirá con su ciudad.
Eso también es Defensa. Probablemente una de sus formas más importantes.
Y entonces aparece lo que llaman inmigración
La entrevista de Ouahbi contiene todavía otra cuestión que no pasa en modo alguno inadvertida. El ministro niega que Marruecos utilice la inmigración como instrumento de presión, y conviene reflejarlo exactamente:
«Nosotros nunca hemos utilizado esta cuestión como una herramienta y no tenemos intención de hacerlo».
Esa es su afirmación. Dicho de esa manera, sin asomo de pudor alguno, provoca sonrojo. Pero en la misma conversación introduce después un razonamiento extraordinariamente delicado sobre la política migratoria española. En esencia, viene a plantear que, si España termina regularizando o concediendo protección a quienes consiguen entrar, Marruecos puede preguntarse por qué debería impedirles salir.
La formulación recogida por medios ceutíes es contundente. Provocadora como pocas. Desafiante hasta lo chulesco, pero no carente de sentido:
«Si vais a regularizar la situación de todos los que llegan a vosotros o concederles asilo, es mejor que nosotros no impidamos a nadie desde Marruecos»
Sea como fuere, hay que leer ambas afirmaciones juntas. Marruecos asegura que no utiliza la inmigración como herramienta política, pero recuerda simultáneamente a España que la contención de esa inmigración depende en buena medida de la actuación marroquí.

Eso es un hecho geográfico y también un hecho estratégico. España comparte con Marruecos 2 fronteras terrestres extraordinariamente sensibles, y la capacidad marroquí para impedir que miles de personas se aproximen a ellas tiene consecuencias inmediatas sobre Ceuta y Melilla. Lo vimos hace apenas unos días.
Por eso, cualquier insinuación de que esa capacidad de contención puede variar en función de las políticas adoptadas por España merece toda nuestra atención. No porque debamos concluir automáticamente que exista una amenaza, algo fuera de toda duda, sino precisamente porque un Estado responsable no espera a que las amenazas sean explícitas para estudiar sus vulnerabilidades.
El 30 y el 31 de julio
Hace menos de 2 semanas ocurrió algo que jamás debería volver a ocurrir. Decenas de miles de personas entraron en Ceuta, la frontera fue desbordada, asaltada; el Estado decidió ser incapaz durante horas de controlar plenamente una parte de su territorio, miles de ciudadanos sintieron miedo, comercios cerraron y las Fuerzas Armadas tuvieron que intervenir.
España descubrió de manera particularmente dolorosa algo que la mayoría llevamos años sosteniendo: Ceuta no es únicamente una frontera migratoria. Es una frontera estratégica.
Han pasado las semanas, y tanto las advertencias, como las recomendaciones, así como las reservas que sobre el peligroso derrotero que comenzamos a transitar a mediados de julio hemos hecho con el mayor sentido de Estado posible, parecen haber caído en saco roto. Nada sorprendente. Era de esperar. Nunca lo hicimos con la esperanza de ofrecer consejo, sino de enarbolar denuncia y dejar testimonio.
En Ceuta: anatomía de una derrota sin guerra escribí sobre las características de la zona gris: acciones cuyo autor, propósito o naturaleza permiten mantener siempre suficiente ambigüedad como para evitar una respuesta convencional. En Haraga Ceuta advertí que no deberíamos observar las convocatorias migratorias únicamente como un fenómeno social. Y en Majestad, le necesitamos defendí que la presencia del Estado en Ceuta debía expresarse también desde la más alta institución que representa su continuidad histórica.
Hoy conocemos un dato nuevo. Un ministro marroquí nos dice que Ceuta y Melilla permanecen en la agenda de su país y que Marruecos tiene paciencia.
No hace falta añadir mucho más.
Cooperar no significa olvidar
Lo habrán escuchado ustedes hasta la saciedad estos días: «España necesita a Marruecos y Marruecos necesita a España.» «Nuestros países están condenados por la geografía a entenderse y deberían hacerlo siempre que sea posible.» «Tenemos intereses económicos comunes, seguridad compartida, terrorismo, inmigración, comercio, pesca, infraestructuras, energía y millones de vínculos humanos entre ambas orillas.» La probabilidad de error en la atribución del entrecomillado es nula, aunque no individualicemos las expresiones. Y, sí, deberían ser verdad. Porque 2 países vecinos necesitarían hacer todo eso, y mucho más. Yo también lo he sostenido. Pero quienes insisten en que la realidad nos apee de cualquier consideración sensata en esos términos lo han dejado claro.
Marruecos, que rara vez yerra en la pose diplomática que interpreta, ha vuelto a ser claro; y con su clarividencia, con su rotundidad en las declaraciones del ministro de Justicia, nos advierte del error si seguimos abriendo columnas y cerrando entrevistas con la dogmática genuflexión de la «colaboración», el «entendimiento» y los «intereses comunes».
Esas herramientas (de Estado) son útiles de labor, diseñadas para construir con precisión y transparencia; proyectadas para ofrecer certezas sobre la determinación propia y favorecer el entendimiento de nuestra contraparte. Su uso no genera caos, lo domestica; somete el peligro, asegura la libertad y restablece la quietud. Son utensilios de Estado, legales, disponibles y preceptivos.
No propongo romper nada. Propongo exactamente lo contrario: construir una relación sólida entre 2 Estados que sepan perfectamente dónde empiezan y terminan sus respectivas soberanías. Pero, hete aquí, que la construcción de esa sólida relación necesita de algunas aclaraciones por parte de España. Aclaraciones sin las cuales Marruecos nunca podrá comprender la verdadera postura general, mayoritaria, de la sociedad española, en especial la ceutí, así como la melillense; y que han de ser explicadas por medio de herramientas de Estado todavía vírgenes, envueltas en el plástico y con olor a nuevo. Esas herramientas son útiles de labor, diseñadas para construir con precisión y transparencia; proyectadas para ofrecer certezas sobre la determinación propia y favorecer el entendimiento de nuestra contraparte. Su uso no genera caos, lo domestica; somete el peligro, asegura la libertad y restablece la quietud. Son utensilios de Estado, legales, disponibles y preceptivos.
Porque la amistad auténtica no exige que uno de los amigos finja no escuchar lo que dice el otro. España puede mantener unas relaciones extraordinarias con Marruecos y simultáneamente dejar absolutamente claro que Ceuta y Melilla no son negociables. Ni hoy, ni dentro de 10 años, ni dentro de 100.
Y debería ser posible afirmar esto sin convertir Marruecos en enemigo, igual que Marruecos reivindica públicamente las ciudades sin considerar por ello que deba romper relaciones con España. Esa es precisamente la normalidad entre Estados: cada uno defiende sus intereses. Y nosotros vamos a empezar a hacerlo, por aquello de sostener la igualdad de condiciones que nuestro interlocutor.
Una cuestión nacional
Desterremos para siempre que Ceuta es un problema de los ceutíes y Melilla lo es de los melillenses. Son España. Son nuestro problema cuando alguien lo convierte en tal.
Lo que ocurre allí ocurre en territorio nacional. Una vulnerabilidad de su frontera es una vulnerabilidad de nuestra frontera. Una reivindicación sobre Ceuta es una reivindicación territorial sobre España. Y cuando un miembro de un Gobierno extranjero habla de una parte de España como «nuestros territorios», la respuesta institucional debería ser tan educada como inequívoca.
Insisto, no hace falta gritar, amenazar o convocar embajadores cada semana. Hace falta algo mucho más importante: tener una política de Estado.
Una política que sobreviva al Gobierno de Pedro Sánchez, al siguiente y al que venga después; que sea compartida por las principales fuerzas nacionales; que blinde jurídica, económica, militar, diplomática y socialmente Ceuta y Melilla; que incremente su conexión con la Península y con Europa; que garantice una presencia suficiente de las Fuerzas Armadas y que considere estas ciudades no como una incómoda peculiaridad fronteriza, sino como lo que son: 2 piezas esenciales de España en el norte de África.
Nos lo están diciendo
Ayer, mientras el ministro español de Asuntos Exteriores se encontraba en Ceuta agradeciendo la cooperación marroquí y destacando la disposición de Rabat para facilitar el retorno de quienes entraron irregularmente, un ministro del Gobierno alauita explicaba públicamente que su país continúa reivindicando Ceuta y Melilla. Difícil dejarse retratar de manera tan inmediata sin sentirse desairado. Aunque tal parece.
Por eso, el problema no es que Marruecos tenga una estrategia. El problema es que España no tenga la suya, al menos en lo político.
Ouahbi ha hablado de paciencia. Tengámosla también nosotros, pero acompañada de memoria, inteligencia, presencia, inversión, Defensa y Estado. Y, sobre todo, de una convicción que no debería necesitar repetirse nunca pero que quizá hoy sea conveniente dejar escrita:
Ceuta y Melilla no son asuntos pendientes entre España y Marruecos. Son España. Y España no está pendiente de negociación.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es



Un comentario
Ahhhhh. es que en algún momento ha cambiado la hoja dé ruta? Lleva siendo así desde los tiempos de Hassan ll. Recupero con la independencia el protectorado, se apropió del Sahara ambos con la dictadura española y lleva décadas detrás de Ceuta y Melilla. Y sí algún día lo consigue, cosa que no creo, porque es más fácil que hubiera una implosión en Marruecos como por ejemplo la independencia del Rif, acabar con la monarquía….El siguiente paso es Canarias. Es lo que tiene querer formar el Gran Marruecos. Ahora aparte de jugar las bazas de la fuerza y el económico que las
tenemos. Tenemos un aliado maravilloso que es Argelia. Habría que tocar mejor ese baza.