Haraga Ceuta

Una nueva convocatoria difundida desde Marruecos vuelve a situar a la ciudad española ante la posibilidad de otro pulso fronterizo el próximo 15 de agosto

Jorge Estévez-Bujez

Haraga no es propiamente un grito de guerra. Tampoco es el nombre de una organización ni la denominación de una estructura jerarquizada. Es algo más difuso y, precisamente por ello, más difícil de contener. Hablamos de una identidad compartida, una palabra de convocatoria y una bandera digital bajo la que miles de jóvenes pueden reconocerse, sin siquera conocerse entre sí. No es necesario.

El término procede del árabe magrebí y se utiliza para designar a quienes intentan alcanzar Europa irregularmente, “quemando” fronteras, documentos y etapas. Sin embargo, en las movilizaciones organizadas en torno a Ceuta ha adquirido un significado adicional. Expresiones como “Haraga Ceuta” o “Haraga Marruecos” sirven para identificar cuentas, páginas y grupos dedicados a difundir rutas, horarios, consignas y posibilidades de entrada.

 

 

Un BMR en la anterior entrada masiva a Ceuta (2021). Imagen: El Faro de Ceuta

 

No es un ejército y no necesita serlo.

La noche del 30 al 31 de julio demostró que una multitud movilizada mediante rumores, vídeos y mensajes en redes sociales puede convertirse, en cuestión de horas, en una amenaza grave para la seguridad de una ciudad. Decenas de miles de personas se desplazaron hacia Fnideq, la antigua Castillejos española, convencidas de que la frontera española estaba abierta o de que podrían entrar sin documentación.

La ausencia de uniformes, armas o una cadena de mando visible no resta gravedad al episodio. Acaso la añade. Una masa humana puede carecer de dirección formal y, al mismo tiempo, producir efectos políticos, territoriales y estratégicos perfectamente aprovechables por un Estado.

Ahora vuelve a circular una fecha: el 15 de agosto

Una investigación publicada por maldita.es asegura haber localizado 4 grupos de WhatsApp, 10 grupos de Facebook y más de 50 cuentas de Instagram en los que se habla de organizar un nuevo cruce desde Marruecos hacia Ceuta. Facebook sirve para convocar, Instagram para amplificar el mensaje y WhatsApp para intercambiar detalles. En algunos de esos espacios se mencionan el Tarajal, diferentes puntos del perímetro fronterizo y la posibilidad de actuar durante los días anteriores.

La información, no obstante, debe manejarse con prudencia. Pertenecer a un grupo no significa acudir a la frontera. Una interacción en Instagram no equivale a un participante, y una convocatoria puede fracasar, desinflarse o ser neutralizada antes de materializarse. Especialmente ahora que comienza a conocerse. Pero prudencia no significa pasividad, del mismo modo que ausencia de una orden escrita no significa ausencia de conocimiento.

El Majzén siempre observa

Marruecos no es un Estado en el que los grandes acontecimientos políticos, territoriales o de seguridad se desarrollen al margen del poder. El Majzén no constituye únicamente una administración pública. Es una red de autoridad articulada alrededor de la Corona, el Ministerio del Interior, las fuerzas de seguridad, los gobernadores territoriales y unos servicios de información con una reconocida capacidad de vigilancia interior (y exterior).

La Dirección General de Vigilancia del Territorio, la DGST, tiene precisamente como misión anticipar actividades potencialmente desestabilizadoras dentro del país. Su director, Abdellatif Hammouchi, dirige además la Dirección General de Seguridad Nacional, lo que concentra bajo un mismo mando la inteligencia interior y buena parte del aparato policial marroquí. Mucho poder, en todo caso, concentrado en unas manos.

Por ello cuesta aceptar que lo del otro día fuera casual. Que decenas de miles de personas puedan desplazarse hacia Fnideq, concentrarse durante horas y aproximarse a una de las fronteras más sensibles del reino sin que el aparato territorial y de inteligencia marroquí conozca lo que está ocurriendo no es admisible, en modo alguno y a pesar de cualquier explicación en ese sentido.

Una cosa es que Rabat no organice directamente cada grupo de WhatsApp y otra muy distinta sostener que ignora una movilización pública, anunciada durante días y dirigida hacia un espacio fronterizo sometido a permanente vigilancia policial.

Entre la organización directa y el desconocimiento absoluto existe un territorio mucho más amplio: el de la tolerancia, la permisividad selectiva, la intervención tardía o la decisión de no impedir un movimiento hasta que haya producido el efecto político deseado.

Marruecos demostró después de la avalancha que tenía capacidad para detener desplazamientos, dispersar concentraciones y ordenar el retorno de quienes se habían dirigido hacia Ceuta. Esa capacidad posterior obliga a que nos planteemos la pregunta inevitable: «si podía frenarlo después, ¿por qué no consiguió impedirlo antes?» No es una acusación gratuita. Es una deducción política que nace de los hechos.

 

 

El propio discurso marroquí posterior ha tratado de endosar a España la responsabilidad por lo sucedido, atribuyendo la movilización a una interpretación de una resolución judicial española, a las redes sociales y a las organizaciones de tráfico de personas. Rabat insiste en que no relajó sus controles y recuerda el despliegue de miles de agentes en el norte del país.

Pero esa explicación contiene su propia contradicción. Cuanto mayor es la capacidad de vigilancia que Marruecos reivindica, menos verosímil resulta que un movimiento de semejante dimensión pudiera desarrollarse sin ser detectado y contenido a tiempo. Si a ello sumamos las imágenes de estos días del lado marroquí, la coartada se cae antes incluso de tratar de sostenerla.

¿Un serial de pulsos?

La convocatoria del 15 de agosto nos fuerza a considerar una posibilidad con marchamo de crisis mayor a corto plazo: que los hechos de julio no hayan sido un episodio aislado, sino el comienzo de una sucesión de pulsos fronterizos de intensidad variable.

No sería necesario repetir cada vez una avalancha de decenas de miles de personas. Bastaría con convocatorias periódicas, concentraciones menores, rumores sobre aperturas fronterizas, aproximaciones nocturnas o intentos coordinados en distintos puntos. Cada episodio tendría varios efectos.

Mantendría a Ceuta en un estado permanente de inquietud. Obligaría a España a desplegar recursos humanos y materiales durante periodos prolongados. Permitiría observar tiempos de respuesta, protocolos y vulnerabilidades. Y recordaría periódicamente que la tranquilidad de la ciudad depende, en buena medida, de que Marruecos decida ejercer plenamente el control sobre su propio territorio y, en definitiva, de que le apetezca hacerlo.

Ese es el verdadero poder del mecanismo. Rabat no necesita abrir formalmente la frontera. Le basta con administrar el grado de presión que existe antes de llegar a ella. Lo lleva haciendo años. Lo seguiré haciendo.

La frontera puede permanecer jurídicamente cerrada mientras, en la práctica, miles de personas avanzan hacia ella. España queda entonces obligada a reaccionar sobre su propio suelo, mientras Marruecos conserva el margen de presentarse después como socio indispensable para restaurar el orden que previamente no consiguió —o no quiso— garantizar.

Una convocatoria frustrada también es útil. Obliga a movilizar recursos, desgasta políticamente al adversario y conserva viva la expectativa de que la próxima vez el paso será posible, aunque no sepamos cuándo.

Por eso Haraga Ceuta puede ser algo más que una expresión utilizada en redes sociales. Puede convertirse en la marca informal de una presión recurrente, capaz de activarse, apagarse y reaparecer sin necesidad de asumir oficialmente su autoría.

El heredero y los objetivos del reino

Existe, además, un contexto que España no debe ignorar, porque nada de lo que ocurra al otro lado de la valla nos debe ser ajeno.

El príncipe heredero Moulay Hassan está adquiriendo progresivamente mayor visibilidad pública, institucional y militar. Durante los últimos meses ha asumido nuevas funciones y ha intensificado la preparación para suceder a su padre, Mohamed VI. Su creciente exposición forma parte de un proceso natural, ordenado, de incorporación a las responsabilidades del Estado y de familiarización con las estructuras centrales del reino. Es la manera de conducirse de la mayoría de familias reales, y la alauita no es una excepción.

 

El heredero puede tener ante sí el propósito histórico de su próximo reinado. Thibault CamusAP

 

¿Puede establecerse una relación entre la cercana llegada al trono del príncipe heredero y la creciente presión en torno a las ciudades españolas norteafricanas? Desde luego, no existe prueba de que las recientes crisis de Ceuta estén dirigidas a preparar su llegada al trono. Afirmarlo como hecho sería aventurado. Pero sí es legítimo preguntarse qué herencia estratégica está construyendo el Majzén para el próximo monarca.

Mohamed VI ha situado el Sáhara Occidental en el centro de su reinado. Ha convertido el reconocimiento internacional de la soberanía marroquí sobre el territorio en la gran causa de su política exterior y ha empleado para ello todos los instrumentos disponibles: diplomacia, economía, cooperación migratoria, inteligencia y presión bilateral.

Cuando esa batalla se considere suficientemente consolidada, ¿cuál será el siguiente gran objetivo nacional?

La doctrina territorial marroquí no termina en el Sáhara. Ceuta y Melilla permanecen en el imaginario político del reino, aunque Rabat module sus reclamaciones según la coyuntura y evite plantearlas formalmente cuando la relación con España aconseja moderación. La cuestión no desaparece porque se silencie. Sólo permanece en reserva, latente.

Cabe preguntarse, por tanto, si el Majzén está preparando algo más profundo que una crisis migratoria: la normalización de Ceuta y Melilla como territorios disputados en la conciencia de una nueva generación marroquí.

Las redes sociales desempeñan aquí una función esencial. Presentan las ciudades como lugares accesibles, fronteras artificiales o espacios cuya entrada puede conquistarse mediante la acumulación de personas. Cada vídeo, cada convocatoria y cada episodio de desbordamiento erosiona la imagen de normalidad territorial española y refuerza la idea de que ambas ciudades constituyen una cuestión pendiente. Y una cuestión pendiente, en clave internacional, es muchas cosas: es miel sobre hojuelas para estar en el candelero, pasto de titulares, punto del día de conferencias y debate en televisiones. Todo lo que España no necesita, y todo lo que Marruecos anhela: el eco internacional para su «causa» anticolonial.

El heredero podría recibir así no una orden concreta, sino un horizonte político para su reinado.

La marroquinización y el reconocimiento internacional del Sáhara en favor de Rabat habría sido la gran empresa exterior del reinado de Mohamed VI, como la expulsión de España lo fue de su padre, Hasan II. Ceuta y Melilla podrían ser presentadas algún día como la tarea histórica reservada a Moulay Hassan.

No sabemos si esa es la intención. Pero España cometerá una nueva imprudencia si se niega siquiera a examinar la posibilidad.

La frontera empieza antes del Tarajal

Tras los acontecimientos de julio, España ha reforzado durante estos días la vigilancia. Se han desplegado medios policiales y militares e instalado nuevas barreras en el entorno marítimo del Tarajal. Es una respuesta necesaria, pero esencialmente defensiva. Una barrera puede dificultar el paso, pero en ningún caso neutralizar una estrategia de presión sostenida.

Hay que trabajar teniendo presente que la frontera ya no comienza en la valla. Empieza en una publicación de Facebook, en un vídeo difundido desde Tánger, en un mensaje reenviado por WhatsApp o en una cuenta que asegura que España permitirá entrar a quienes alcancen la playa.

Pero también comienza mucho antes, en la decisión política de las autoridades marroquíes de intervenir, dejar hacer o actuar cuando la crisis ya ha cruzado al lado español.

España necesita medios policiales, inteligencia, barreras físicas y capacidad militar. Y lo cierto es que dispone de todo ello, por eso, porque hemos visto el desarrollo de los acontecimientos, porque conocemos las capacidades de nuestras FAS y FCSE, es consistente pedir que se deje de pecar en lo más elemental, que es tratar de hacernos creer la ficción de que cada episodio es espontáneo, imprevisible y completamente ajeno al contexto político bilateral. No lo es. Lo sabemos.

No todo lo que ocurre en Marruecos es ordenado personalmente por el rey. Pero muy pocas cosas de esta dimensión ocurren sin que el Majzén las conozca.

Y cuando el poder conoce un movimiento, posee medios para detenerlo y, sin embargo, este alcanza la frontera española, el desconocimiento deja de ser una explicación suficiente.

Haraga es la palabra. Ceuta es el objetivo inmediato. La vulnerabilidad española es el mensaje.

El Estado tiene hasta el 15 de agosto —y probablemente menos— para demostrar que ha comprendido lo ocurrido. No se trata de alimentar el alarmismo, sino de impedir que la serenidad institucional vuelva a confundirse con una espera irresponsable.

La convocatoria puede fracasar. Puede ser neutralizada. Puede incluso no pasar de las redes sociales. Pero ya existe.

Y si las convocatorias comienzan a encadenarse, España tendrá que reconocer que no afronta únicamente un problema migratorio. Estará entrando en un serial de pulsos sucesivos, concebidos para desgastar, medir y acostumbrar. Alegar sorpresa por segunda vez sería difícil de justificar. Hacerlo una tercera demostraría que España no está interpretando la amenaza, sino limitándose a padecerla.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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