Berlín sopesaría el Yildirimhan y el Tayfun Block 4 mientras Bruselas busca una respuesta a la pérdida de disuasión convencional

Redacción
La decisión de Donald Trump de retirar de Alemania unos 5.000 soldados estadounidenses y cancelar el despliegue temporal de sistemas de largo alcance pactado en 2024 entre Joe Biden y Olaf Scholz ha reabierto una discusión que Europa llevaba años aplazando: ¿qué ocurre cuando la disuasión aliada depende de capacidades que no controla plenamente?
Según ha publicado Die Welt, en una información firmada por Christoph B. Schiltz, corresponsal en Bruselas, la reacción en la OTAN y en la Unión Europea ha pasado del desconcierto inicial a una búsqueda acelerada de alternativas. La pieza del rotativo germano sostiene que Alemania podría desempeñar un papel central en ese proceso, tanto por su posición industrial como por el vacío que deja la retirada de sistemas estadounidenses previstos para reforzar el flanco europeo frente a Rusia.

Presentación del balístico turco en SAHA 2026. Foto: TRTHaber
El problema no está únicamente en los soldados. De hecho, Alemania sigue acogiendo una de las mayores presencias militares estadounidenses en el exterior, con decenas de miles de efectivos según rotaciones y ejercicios. El verdadero golpe, de acuerdo con lo recogido por el diario alemán, está en la revocación del acuerdo que contemplaba el despliegue temporal en suelo alemán de Tomahawk, Dark Eagle y SM-6, 3 sistemas convencionales destinados a mejorar la capacidad de ataque de precisión a larga distancia de la Alianza.
La importancia de esa decisión es evidente. Rusia dispone desde Kaliningrado y otros puntos de profundidad territorial de medios capaces de amenazar infraestructuras críticas europeas. En cambio, Europa carece todavía de una arquitectura propia, madura y suficiente para ejecutar ataques convencionales de largo alcance contra objetivos militares de alto valor en profundidad. Esa asimetría no implica indefensión absoluta, cierto, pero sí reduce el margen político y militar de respuesta sin cruzar el umbral nuclear.
Ahí aparecía el proyecto ELSA, siglas de European Long-Range Strike Approach, una iniciativa impulsada por varios países europeos para desarrollar sistemas convencionales de más de 2.000 kilómetros de alcance. Acerca de él hemos hablado en DYS. Sobre el papel, la lógica tiene sentido: si Europa quiere ser creíble, debe poder producir y sostener sus propios medios de disuasión convencional. En la práctica, sin embargo, el camino será lento, caro y políticamente áspero. Desarrollar un arma de largo alcance no es únicamente fabricar un misil. Exige sensores, mando y control, inteligencia, doctrina, autorización política, integración aliada, cadenas industriales estables y una cultura de empleo que muchos países europeos no han querido discutir en público durante décadas.
La parte más delicada de la información publicada por Die Welt es la relativa a Turquía. Según Schiltz, en Berlín se estudian esfuerzos concretos para adquirir dos sistemas turcos: el Yildirimhan, descrito en la información como un misil balístico aún en desarrollo con un alcance de hasta 6.000 kilómetros, y el Tayfun Block 4, presentado como un misil hipersónico de largo alcance. El primero no podría entregarse antes de 2028 y el segundo llegaría, en todo caso, años más tarde.
Por supuesto, este punto merece especial prudencia. Si se confirma, sería una señal de enorme alcance político: Alemania, potencia central de la UE y pilar europeo de la OTAN, estaría valorando cubrir una carencia crítica mediante sistemas turcos de ataque profundo. No se trataría de comprar munición convencional de uso habitual, ni de reforzar inventarios de corto alcance, sino de entrar en una categoría de armamento asociada a la disuasión de teatro y a la capacidad de golpear objetivos de alto valor a grandes distancias.
La mención al Yildirimhan es particularmente sensible. Un misil balístico con alcance de hasta 6.000 kilómetros, aunque sea convencional, entra en una dimensión distinta a la de los sistemas tácticos o de teatro más habituales en Europa. Un arma de ese alcance no sólo serviría para cubrir el espacio europeo frente a Rusia; también tendría implicaciones políticas sobre escalada, control de armamentos, percepción de amenaza y coordinación dentro de la OTAN. En el contexto europeo, donde durante años se evitó el debate sobre misiles terrestres de largo alcance tras el final del Tratado INF, el mero estudio de una compra de este tipo destaca hasta qué punto se ha deteriorado el entorno de seguridad.

Lanzamiento de un Tomahawk desde un sumergible
Además, la vía turca plantearía obstáculos evidentes. Grecia y Chipre, ambos con relaciones tensas con Ankara, previsiblemente dificultarían cualquier intento de financiar esas adquisiciones a través de instrumentos de la Unión Europea, en particular el programa SAFE, dotado con préstamos de hasta 150.000 millones de euros para inversiones en defensa. Por eso, según la información citada, Berlín baraja 2 caminos: un acuerdo bilateral con Turquía o una coalición más reducida de países dispuestos a financiar conjuntamente esas futuras compras, con Alemania asumiendo la mayor parte del coste.
No sería una decisión cómoda para nadie, y el debate sería sin duda arduo. Para Alemania, supondría reconocer que su industria y, en general, la europea no pueden cubrir a corto plazo una necesidad crítica. Pero es la verdad. Para Turquía, sería una oportunidad de enorme valor industrial y político, al situarse como proveedor de capacidades de largo alcance para socios europeos. Para la UE, abriría un debate que delataría las realidades de pretendidas «soberanías»: cómo hablar de autonomía europea mientras uno de sus principales Estados miembros estudia una solución fuera del marco industrial comunitario, aunque dentro del perímetro aliado de la OTAN.
En paralelo, Berlín y Washington estarían valorando una solución industrial distinta: una empresa conjunta para producir misiles Tomahawk, con participación de RTX, siguiendo una lógica similar a la de COMLOG, la empresa conjunta entre MBDA Alemania y RTX vinculada a misiles para el sistema Patriot. Según la información de Die Welt, en el mejor escenario la producción podría comenzar en 2028, aunque inicialmente en cantidades reducidas.
Esta opción tendría una ventaja clara: reforzaría la base industrial occidental sin depender exclusivamente de los arsenales estadounidenses existentes. También permitiría a Washington aliviar presión sobre sus reservas, en un momento en el que Estados Unidos debe atender simultáneamente Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico. Pero no resolvería el problema inmediato. La disuasión se mide también por tiempos, y si la brecha existe ahora y la producción llega después de 2028, el intervalo cobra mucha importancia.
La reubicación de parte de los efectivos estadounidenses desde Ramstein hacia la base aérea rumana de Mihail Kogalniceanu, cerca de Constanza y próxima al Mar Negro, encaja en otra lógica. Desde el punto de vista militar, acercar infraestructura y personal al flanco oriental puede tener sentido frente a la amenaza rusa. Pero desde el punto de vista político alemán, la señal es dura, ya que Ramstein deja de ser intocable como centro de gravedad de la presencia estadounidense en Europa.
Todo esto ocurre, además, en un clima político deteriorado por el llamado “factor Merz”. Según la información de Die Welt, en Bruselas se considera que las declaraciones del canciller Friedrich Merz sobre la actuación estadounidense en la guerra contra Irán no fueron la causa de fondo de la decisión de Trump, pero sí pudieron servir como justificación del momento elegido. La diferencia es importante, porque no es recomendable confundir detonante político con razón estructural. La razón estructural es anterior y más profunda, ya que Washington quiere que Europa asuma más carga en su propia defensa.

La realidad es que Europa no puede seguir tratando el ataque de largo alcance como una rareza doctrinal o como una conversación reservada a Estados Unidos, Rusia y unas pocas potencias. Si quiere una disuasión convencional creíble, deberá decidir qué capacidades acepta desarrollar, dónde las despliega, bajo qué mando, con qué reglas políticas y con qué grado de integración industrial.
La posible compra de misiles turcos, si finalmente se materializa, no sería una anécdota. Sería un síntoma. Europa ha descubierto que la brecha no está sólo en los presupuestos, ni en los depósitos vacíos, ni en los años perdidos, que son muchos (sobre todo a la vista de los desarrollos que han alcanzado algunos vecinos, como Ankara). Está en la falta de decisión para dotarse de medios que durante demasiado tiempo prefirió no necesitar y que fueran aportados por Washington.
Redacción
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