Trump reabre el F-35A para Turquía, pero el S-400 sigue sentado en mitad de la pista

La cumbre de la OTAN en Ankara ha devuelto al primer plano una negociación que ya había tomado forma en febrero, con energía, sanciones y el expediente turco del JSF como piezas de una misma partida

Redacción

 

Presentación, en su día, del que había de ser el primer ejemplar turco del F-35A, ya con la escarapela de Ankara

 

Las declaraciones de Donald Trump en Ankara siguen sin resolver el problema, pero lo cambian de lugar, acercándolo un poco más al lugar donde lo quiere Erdogan. Hasta ahora, el regreso de Turquía al F-35A era una posibilidad que circulaba entre manifestaciones políticas, señales diplomáticas y tanteos energéticos. Desde la cumbre de la OTAN terminada ayer en la capital turca, el asunto ya no está sólo en los márgenes de la negociación, sino sobre la mesa, según lo expresado por el presidente de Estados Unidos y escuchado por Recep Tayyip Erdogan.

 

«No me preocupa nada relacionado con Turquía. La relación, diría yo, con Turquía ahora mismo es mejor que nunca». Trump

 

Trump fue directo. Afirmó que Estados Unidos va a levantar las sanciones impuestas a Turquía por la compra del sistema ruso S-400 y añadió una frase que resume bien su forma de entender el vínculo con Ankara: «Ya es hora. No queremos sancionar a nuestros amigos». No fue una salida aislada. Apenas día y medio antes, en una declaración que anticipaba el clima político de la cumbre, había afirmado: «No me preocupa nada relacionado con Turquía. La relación, diría yo, con Turquía ahora mismo es mejor que nunca».

Preguntado más concretamente por la posible venta del F-35A, Trump dejó la puerta abierta: «Es un gran avión, el mejor, actualmente el mejor con diferencia. Y ciertamente es algo que consideraremos». La frase, otra más, bastaba para reabrir el expediente, pero, en efecto, aún no para resolverlo.

Seguimos sin estar ante una venta aprobada. Lo que se ha vuelto a reproducir es una reapertura política del caso, acompañada, de nuevo, por un gesto público hacia Erdogan y de una voluntad evidente de rebajar la tensión bilateral. El presidente Trump puede, efectivamente, ordenar revisar sanciones, puede instruir a Estado y Tesoro para preparar una salida y puede bendecir el clima de negociación. Pero el F-35 turco no depende sólo de un gesto presidencial. Depende, sobre todo, de una ley.

Esa ley es la National Defense Authorization Act for Fiscal Year 2020, o NDAA 2020), no la CAATSA, aunque ambas piezas formen parte del mismo bloqueo. La CAATSA fue el instrumento sancionador aplicado por la adquisición del S-400. La prohibición específica de transferir el F-35A a Turquía quedó fijada en la sección 1245 de la NDAA 2020, titulada Limitation on transfer of F-35 aircraft to Turkey. La norma, en efecto, impide transferir aviones F-35, equipos de apoyo, piezas, propiedad intelectual, datos técnicos o apoyo material relacionado con la capacidad turca del avión, salvo certificación conjunta de Defensa y Estado ante el Congreso.

 

El daño a la participación turca en el JSF F-35 fue completo

 

El corazón jurídico del bloqueo está en una condición muy concreta y difícilmente interpretable. La ley exige certificar que Turquía, tras haber aceptado el S-400 ruso, no longer possesses the S-400 air and missile defense system or any other equipment, materials, or personnel associated with such system. Es decir, que ya no posee el sistema de defensa aérea y antimisiles S-400, ni ningún equipo, material o personal asociado a dicho sistema. También exige garantías creíbles de que Ankara no volverá a aceptarlo y de que no ha recibido otros equipos rusos que puedan aumentar el riesgo de comprometer las capacidades del F-35. El problema, por tanto, está ahí, y todavía subyace desde que Turquía no sólo compró el S-400, sino que lo recibió materialmente. Aunque, hay que apuntar, el sistema no ha sido integrado en la red nacional turca de defensa aérea desde su adquisición hace 7 años, su mera posesión mantiene vivo el bloqueo legal. Almacenarlo no equivale a dejar de poseerlo, aunque el hecho de que Ankara no lo haya activado de manera integral junto al resto de sistemas de defensa aérea se ha interpretado como una cautela a tener en cuenta.

En todo caso, la frase de Trump debe leerse con cuidado. Levantar sanciones CAATSA aliviaría una parte de la presión sobre Ankara y sobre su industria de defensa. Pero vender F-35 a Turquía exige atravesar una puerta más estrecha, custodiada por una condición normativa como es la certificación ante el Congreso de que el S-400 ya no está bajo posesión turca, junto con el procedimiento legal previsto en la NDAA 2020. Sin eso, el F-35 seguirá siendo un avión políticamente prometido y jurídicamente bloqueado.

En febrero, DYS ya analizó el posible paquete energético entre Turquía y Estados Unidos como vía para desatascar el bloqueo del F-35. Entonces se hablaba de un posible esquema de cooperación de gran volumen, presentado como una fórmula capaz de crear el clima político necesario para reabrir una negociación que seguía atascada por el S-400 y por el Congreso. Ya entonces señalábamos una fecha de referencia: la cumbre de la OTAN en Ankara, de esta semana, como posible momento para comprobar si aquello era ruido o arquitectura diplomática.

Y la cumbre ha confirmado, al menos, que el calendario no era casual. El paquete energético no puede presentarse como una llave automática del F-35, pero sí como parte del escenario en el que Washington y Ankara han venido ordenando intereses: energía, industria, sanciones, relación bilateral y defensa. En ese sentido, febrero fue la antesala y Ankara ha sido el primer acto visible y verdaderamente cercano al deshielo del caza furtivo de Lockheed Martin.

Turquía llega a esta discusión con la singularidad de su posición. No es un cliente cualquiera que llama a la puerta del F-35. Ankara fue socio del programa Joint Strike Fighter, participó en su cadena industrial y llegó a tener 6 F-35A fabricados para ella, identificados en la propia NDAA 2020 como AT-1 a AT-6. Y fue la ley la que autorizó al secretario de Defensa a trasladar hasta 6 aviones turcos a una localización de almacenamiento en Estados Unidos y a preservarlos en condición de almacenamiento de largo plazo cuando se expulsó a Turquía del programa.

 

Lanzador de misiles de origen ruso S-400. El origen del desacuerdo

 

Tampoco hablamos de una aportación simbólica. Turquía llegó a aportar alrededor de 1.000 millones de dólares al programa, además de contar con empresas integradas en la cadena industrial del JSF. Su salida no fue sólo una cancelación de entregas, sino también una ruptura industrial, financiera y política dentro de un programa en el que Ankara había estado presente durante años.

El agravio turco, por tanto, tiene 3 variables. La primera, obviamente, es militar: la Fuerza Aérea turca se quedó sin un avión de quinta generación que estaba previsto para modernizar su flota. La segunda es industrial: las empresas turcas salieron de una cadena de producción en la que ya tenían trabajo asignado y materializado. La tercera es política: Ankara sostiene que ha sido castigada como aliado, mientras Washington insiste en que el S-400 crea un riesgo de inteligencia inaceptable para un avión tan sensible como el F-35.

Ese riesgo no ha desaparecido porque el sistema ruso no se haya integrado en la red nacional de defensa aérea turca, aunque la no integración ayuda a mantener las vías de negociación, en efecto. Porque el temor estadounidense siempre ha sido que el S-400, operado cerca del F-35A o vinculado de algún modo a la arquitectura nacional turca, pueda recopilar información útil sobre la firma, los perfiles de vuelo o el comportamiento del avión. La posición de Washington desde 2019 ha sido sencilla e inequívoca hasta ahora: el S-400 y F-35A no pueden convivir bajo la misma bandera.

La novedad en la cumbre estaría en que Trump parece dispuesto a separar políticamente lo que la ley mantiene unido jurídicamente. Su mensaje en Ankara apunta nuevamente a levantar sanciones y a considerar el F-35A turco. La sección 1245, sin embargo, exige algo más que buena voluntad. Exige que Turquía deje de poseer el S-400.

Esa es la negociación real. No la frase de Trump, sino la solución material final para el S-400. Si el sistema permanece en Turquía, aunque esté almacenado y no integrado, el Congreso seguirá teniendo un argumento jurídico sólido para bloquear el F-35. Si Ankara acepta desprenderse de él, trasladarlo fuera de su territorio o someterlo a una fórmula verificable que Washington pueda certificar, el problema cambiaría de fase.

El Congreso será el segundo obstáculo. La resistencia a devolver el F-35 a Turquía no procede sólo de inercias burocráticas. Tiene que ver con la confianza, con el comportamiento exterior de Ankara, con las relaciones turcas con Rusia e Irán, con la posición de Israel y con el precedente que supondría permitir el regreso de un socio, expulsado precisamente por adquirir un sistema ruso incompatible con el avión, sin que existan las garantías completas de que el problema ha desaparecido.

 

Desde su expulsión, Turquía ha implementado su arsenal aéreo por otras vías, entre ellas la europea del Eurofighter

 

 El F-35 es un caza con un componente político superior a todos los anteriores

La posición de Israel añade otra variable, aunque no sea el centro jurídico del problema. Una Turquía equipada con F-35A alteraría equilibrios de percepción en el Mediterráneo Oriental y en Oriente Medio. Washington puede sostener que Turquía es un aliado de la OTAN, porque de hecho lo es, y muy importante, y que recuperar su interoperabilidad es positivo para la Alianza, pero tendrá que explicar al Congreso y a sus socios regionales por qué el riesgo del S-400 está realmente cerrado.

Podemos afirmar que Ankara ha conseguido que el F-35A vuelva a discutirse en voz alta. No es poco. Durante años, el expediente parecía clausurado salvo para declaraciones turcas de intención y diplomáticas de oportunidad. Ahora, el presidente estadounidense afirma que quiere levantar sanciones, que la relación con Turquía es mejor que nunca y que considerará el avión. Pero el precio no ha cambiado, porque el S-400 tiene que salir de la ecuación. Sí o sí.

Febrero dibujó el terreno con un escenario donde convergieron energía, defensa y recomposición bilateral. La cumbre de Ankara ha venido a confirmar que la negociación existe. Pero la NDAA 2020 recuerda que no basta con voluntad política. Y el F-35A, como tantas veces, vuelve a ser más que un avión: es una prueba sobre confianza, tecnología, alianza y límites legales. Es, en definitiva, un caza con un componente político superior a todos los anteriores, que condiciona especialmente su exportación.

Turquía puede volver a acercarse al F-35A. Lo que no puede hacer, al menos con la ley vigente, es llegar a él con el S-400 todavía en la maleta.

 

Redacción

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