Los Type 45 quizá no hayan dicho su última palabra

Reino Unido estudiará prolongar la vida de sus destructores mientras intenta resolver una transición hacia la defensa aérea naval híbrida que contiene tantas oportunidades como incertidumbres

Jorge Estévez-Bujez

Hace apenas 2 meses parecía que la Royal Navy había tomado una de esas decisiones destinadas a marcar una generación, dando el pistoletazo de salida a una ambición híbrida total que habrá de modificar por completo la composición de la flota, hasta hacerla irreconocible con respecto al presente.

 

Un Type 45, en este caso, el Duncan (MD británico)

 

Una de las consecuencias de esa nueva arquitectura híbrida fue la desaparición del futuro destructor Type 83, que se desvanecía del horizonte inmediato, ocupando su lugar una estructura bastante más atrevida. Serán, al menos, 6 Common Combat Vessels —CCV—, acompañados de plataformas no tripuladas, sensores distribuidos y otros sistemas capaces de construir una defensa aérea naval mucho menos dependiente del gran destructor tradicional. Hasta entonces, hasta que todo ésto fuera tomando forma, quedaban los Type 45 como garantes de una defensa aérea tan necesaria como pueda suponerse, incluso más que en sus orígenes.

 

Hace poco, en DYS planteábamos una duda bastante evidente. Innovar no era, quizá, el problema. El problema era retirar una capacidad probada antes de demostrar que aquello destinado a substituirla podía realmente hacerlo. La última respuesta parlamentaria del Ministerio de Defensa británico indica que esa preocupación existe también en Londres.

El diputado conservador James Cartlidge preguntó expresamente al secretario de Estado de Defensa si estaba previsto acometer una extensión completa de vida de la flota Type 45. La respuesta del ministro Luke Pollard, publicada este 27 de agosto, merece leerse con detenimiento. El Defence Investment Plan, explicó, ha reservado una partida específica durante esta legislatura para estudiar la transición entre los Type 45 y la futura capacidad marítima de defensa aérea de la Hybrid Navy, incluyendo expresamente si será necesaria una extensión de vida de los destructores. La cuestión deberá evaluarse en el año próximo, 2027 ó, a no mucho tardar, el siguiente.

No es ya una decisión de prolongarlos, ni significa que los 6 buques vayan a mantenerse necesariamente mucho más allá de las fechas actualmente previstas. Pero ya no estamos ante la simple especulación acerca de qué podría hacer la Royal Navy si sus nuevos programas sufrieran retrasos. El Ministerio de Defensa británico está destinando dinero a estudiar precisamente esa posibilidad. Y sería difícil sostener que carece de lógica.

La planificación británica había situado la retirada de los Type 45 aproximadamente entre 2035 y 2038. Al mismo tiempo, el Gobierno anunció el pasado junio que los primeros CCV destinados a relevar su capacidad deberían comenzar a entregarse desde principios de la década de 2030. Sobre el papel puede existir cierto solapamiento. En la práctica, sin embargo, entre entregar un primer buque y disponer de una capacidad de defensa aérea operativa, madura, suficientemente numerosa y capaz de combatir hay una distancia considerable. Mucho más cuando lo que pretende hacer Reino Unido tiene pocas referencias directas y es, en gran medida, un salto tecnológico y doctrinal con un porcentaje de riesgo sustancioso.

 

La futura Hybrid Navy deberá afrontar un desarrollo muy significativo antes de poder considerarse operativamente capaz de resolver sus cometidos

 

El concepto británico no consiste simplemente en cambiar un destructor por otro buque ligeramente diferente. La llamada Hybrid Navy Maritime Air Defence capability pretende distribuir sensores, armas y funciones entre plataformas tripuladas y no tripuladas. Los CCV deberían actuar como nodos principales dentro de una arquitectura en la que aparecerán, entre otros, plataformas Type 91 para armamento y Type 94 dedicadas a sensores. La Strategic Defence Review ya había anticipado la posibilidad de evolucionar desde el Type 45 hacia un sistema de dominación aérea mínimamente tripulado o autónomo, conectado además con la defensa aérea y antimisil integrada británica.

La teoría es sugerente, pero también extraordinariamente exigente.

Un Type 45 concentra hoy radar, dirección de combate, comunicaciones, generación eléctrica, operadores y armas dentro de una plataforma diseñada precisamente para realizar esa misión. Distribuir esas funciones puede aumentar la supervivencia, extender enormemente el horizonte de sensores y efectores y complicar el problema al adversario, pero introduce otras dependencias, otros riesgos. Hay que mantener comunicaciones seguras entre plataformas separadas, compartir una imagen táctica suficientemente precisa, asignar objetivos, autorizar el empleo de armamento y conseguir que todo ello siga funcionando mientras el enemigo intenta interferir, engañar, degradar o destruir la red.

Navy Lookout lo plantea acertadamente cuando expone que el principal desafío quizá no sean los cascos, sino precisamente la integración, la logística, el mando y control y una red de comunicaciones segura y resistente capaz de mantener unido todo el sistema en condiciones reales de guerra.

Es exactamente el problema que ya señalábamos en mayo en La Royal Navy y la aritmética del deseo. La autonomía puede proporcionar masa, sensores, persistencia y nuevas posibilidades tácticas, pero no elimina por decreto las funciones de una fragata o un destructor. Y no debería confundirse sumar plataformas autónomas con disponer de más escoltas. La Royal Navy, como cualquier otra marine de guerra de su entorno, necesita drones y sistemas distribuidos, pero sigue necesitando defensa aérea, guerra antisubmarina, mando embarcado, logística y buques capaces de sostener operaciones oceánicas en cualquier condición.

Esa discusión cobró todavía más importancia cuando Londres confirmó posteriormente el abandono del Type 83 como programa previsto y anunció los CCV. En Reino Unido cambia destructores por buques híbridos avisamos de un escenario particularmente peligroso en que los Type 45 envejecieran, desapareciese su reemplazo convencional y los nuevos sistemas llegasen tarde, insuficientemente armados o sin el ecosistema autónomo necesario para desempeñar verdaderamente su misión. Ahora, poco tiempo después, Londres parece dispuesto, al menos, a estudiar cómo evitar precisamente ese abismo.

Unos destructores viejos, pero cada vez más modernos

Hay, además, un contrasentido que debe mencionarse, porque la Royal Navy está invirtiendo cantidades muy importantes en unos buques que, según el calendario actual, deberían comenzar a desaparecer dentro de alrededor de una década.

Los Type 45 están pasando por el Power Improvement Project —PIP—, una intervención considerable destinada a resolver los conocidos problemas de generación eléctrica y propulsión de la clase y mejorar su disponibilidad. Paralelamente, se están incorporando 24 Sea Ceptor, elevando sustancialmente la capacidad de defensa aérea disponible y llevando el número potencial de misiles de 48 a 72.

El mismo programa Sea Viper está recibiendo otra modernización de entidad. Reino Unido anunció una inversión de 405 millones de libras para evolucionar el sistema, introduciendo mejoras en los misiles Aster 30, el radar SAMPSON, el mando y control y el sistema de gestión de combate. Una fase posterior contempla además el Aster 30 Block 1NT, destinado a reforzar considerablemente la capacidad frente a misiles balísticos. Y todo este esfuerzo de modernización se prolongará aproximadamente durante una década… la década que resta de vida, teóricamente, a los Type 45.

Y hay más. DragonFire, el arma láser británica de alta energía, tiene precisamente un Type 45 como primera plataforma naval prevista. El contrato anunciado en 2025 contempla instalar el sistema en uno de estos destructores, añadiendo otra capacidad completamente nueva a barcos cuya retirada continúa oficialmente prevista durante la próxima década.

Nada de lo anterior constituye por sí mismo una extensión estructural de vida de estos necesarios navíos, porque una cosa es actualizar radar, misiles, generación eléctrica o armamento y otra determinar el estado de los cascos, tuberías, cableado, maquinaria, sistemas auxiliares, habitabilidad, obsolescencias y cadena logística necesaria para navegar durante 5, 8 ó 10 años adicionales. Pero sí plantea una pregunta elemental: ¿tiene sentido invertir tanto en transformar unos destructores capaces de enfrentarse a amenazas cada vez más exigentes para retirarlos poco después de completar esa transformación? Probablemente, y entre otras variables, dependerá del estado de cada unidad.

Una prolongación tampoco tendría por qué afectar por igual a los 6 Type 45. Londres podría concluir que resulta razonable conservar 2, 3 ó 4 de los barcos en mejores condiciones, mientras madura la nueva arquitectura. Podría escalonar sus bajas. Podría mantenerlos como capacidad complementaria durante las primeras fases de despliegue de los CCV. O podría decidir finalmente que el coste estructural de conservarlos supera el beneficio.

Eso es precisamente lo que deberá determinar el estudio del año 27 o el 28.

¿Sería una marcha atrás?

¿Estaría recapacitando la Royal Navy? Quizá sea una forma demasiado rotunda de expresarlo. Sería más apropiado hablar de recuperar margen de seguridad, por acudir eufemísticamente a una expresión que salvaguarde las espaldas.

La apuesta híbrida británica no es absurda y ya insistimos en que, probablemente, contiene buena parte del futuro de la guerra naval. Sensores distribuidos, plataformas no tripuladas, arsenales separados del nodo principal, inteligencia artificial, armas de energía dirigida y redes capaces de conectar diferentes efectores acabarán modificando inevitablemente la composición de las flotas.

La cuestión nunca ha sido esa. La cuestión es cuándo estarán suficientemente maduras esas tecnologías como para asumir una misión tan crítica como la defensa aérea y antimisil de una fuerza naval, y qué ocurre si los plazos industriales, la financiación o la realidad operacional no coinciden con el calendario administrativo de retirada de los buques anteriores.

 

 

Las marinas occidentales conocen demasiado bien ese problema. Retirar primero y substituir después suele ofrecer excelentes resultados en las hojas de cálculo y bastante peores en los estados de fuerza, en las LOBAs.

La Royal Navy dispone hoy únicamente de 6 destructores Type 45. No existe precisamente una abundancia de cascos que permita experimentar con la continuidad de la defensa aérea naval. Cada unidad cuenta, y la experiencia británica reciente con la disponibilidad de escoltas debería aconsejar una prudencia extrema, un escrúpulo mayor que el que pueda imaginarse.

Por ello, una prolongación de los Type 45 no supondría necesariamente renunciar a la Hybrid Navy. Incluso podría ser exactamente lo contrario, convirtiéndola en la forma más sensata de permitir que esa Hybrid Navy nazca sin obligarla a demostrar antes de tiempo algo que todavía no ha demostrado.

Mantener durante algunos años destructores modernizados permitiría probar los CCV, Type 91, Type 94 y sus redes de mando y control mientras continúa existiendo detrás de ellos una capacidad convencional plenamente desarrollada. En lugar de una renovación basada en fechas, se produciría una transición fundamentada en capacidades. Y, sólo quizás, esa diferencia importe mucho.

Los Type 45 no deberían desaparecer cuando lo diga una hoja de calendario, sobre todo sin un sucesor definido y de riesgo contenido. Deberían hacerlo cuando aquello que vaya a substituirlos pueda demostrar que ofrece, como mínimo, la misma capacidad operativa allí donde realmente importa.

Si en 2027-28 Londres concluye que los nuevos sistemas están suficientemente maduros, la extensión podrá resultar innecesaria. Si no es así, mantener una parte de los Type 45 no será aferrarse al pasado.

Será conservar algo bastante más elemental… el sentido común.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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