Reino Unido cambia destructores por buques híbridos

El DIP lleva a la Royal Navy hacia la guerra con drones y desata la polémica naval en Gran Bretaña

La publicación parcial del Defence Investment Plan apunta a una decisión de gran calado: abandonar el destructor Type 83 y las fragatas Type 32 para financiar buques comunes de combate, sistemas autónomos y una Royal Navy menos numerosa en casco tradicional, pero más orientada al control de plataformas no tripuladas

Redacción

El término correcto es Defence Investment Plan, con siglas DIP. No es accesorio remarcarlo, porque ocupará buena parte de los debates programáticos sobre defensa en el continente durante los próximos días. En todo caso, y si se confirma en los términos adelantados por el Gobierno de Londres, no estamos ante un ajuste cualquiera del calendario naval londinense, sino ante una de las decisiones más importantes para la Royal Navy desde el pasado reciente hasta la próxima década: el Reino Unido abandonaría los planes de sustituir sus destructores Type 45 por el futuro Type 83 y dejaría fuera también la financiación de las fragatas Type 32, desviando recursos hacia drones, sistemas autónomos y una nueva clase de Common Combat Vessels —CCV—. Toda una apuesta no exenta de riesgos muy serios.

Según adelantó The Sunday Times, el plan de inversión en defensa que el Gobierno británico prepara para presentar antes de la cumbre de la OTAN en Ankara sacaría del documento el presupuesto para hasta 8 destructores Type 83 y 5 fragatas Type 32. Horas después, ayer mismo, se confirmó que el Ministerio de Defensa británico prevé adquirir al menos 6 Common Combat Vessels, concebidos como buques híbridos capaces de coordinar sistemas no tripulados en el aire, la superficie y el ámbito submarino.

 

 

Los nuevos desarrollos conceptuales deberán alcanzar un estado de madurez razonable si Londres quiere que logren entrar en servicio en un tiempo razonable que evite pérdida de capacidades, masa y disponibilidad

 

La decisión se presenta como una adaptación a la guerra que viene. El secretario de Defensa, Dan Jarvis, defendió que los nuevos buques darán a los marinos británicos plataformas híbridas preparadas para las amenazas crecientes, construidas en el Reino Unido y orientadas a la guerra moderna. El Ministerio de Defensa británico sostiene que estos buques actuarán junto a fragatas tripuladas y otras plataformas autónomas, con entregas previstas desde comienzos de la década de 2030.

El cambio, sin embargo, tiene una lectura menos cómoda que ha desatado la polémica en las Islas británicas. El Type 83 debía ser el sucesor natural de los 6 destructores Type 45, cuya retirada está prevista hacia finales de 2038. Era el programa llamado a sostener la defensa aérea de área de la Royal Navy, proteger el grupo de portaaviones y dar continuidad a una capacidad que, en una marina de ambición global, no es ornamental. Ahora, esa misión pasa a apoyarse en una arquitectura más distribuida, donde los CCV deberán combinar sensores, mando y control, sistemas no tripulados y probablemente efectores embarcados o distribuidos.

La clave está en que el Type 83 nunca llegó a madurar como programa cerrado. UK Defence Journal había informado esta misma semana de que el Ministerio de Defensa reconocía haber heredado un concepto “underdeveloped” (por debajo de desarrollo) y que en los 3 últimos ejercicios apenas se habían gastado alrededor de 1 millón de libras en diseño específico de plataforma, dentro de unos 6,9 millones asociados al trabajo más amplio del Future Air Dominance System —FADS—. Es decir, el destructor llevaba años en el discurso público, pero todavía no estaba en absoluto cerca de convertirse en un programa sólido de construcción.

La fragata Type 32 se encontraba en una situación parecida. Anunciada en 2020 como parte de la ampliación futura de la flota, nunca pasó de una fase conceptual clara. Su papel se había asociado precisamente a la operación de sistemas autónomos, guerra de minas y misiones distribuidas. Pero en la práctica, la Royal Navy afronta una escasez de escoltas lacerante, mientras los buques más antiguos se retiran antes de que sus reemplazos entren plenamente en servicio. El riesgo no es sólo cancelar un nombre de programa; es que la masa naval disponible siga estrechándose mientras se promete una flota híbrida cuya arquitectura aún debe probarse.

 

La propuesta de Navantia de buque autónomo para la Royal Navy

 

El Gobierno británico intenta presentar el giro de guión como una decisión doctrinal, no como una retirada presupuestaria. Y sí, razones no faltarían.  Otra cosa es que lo justifiquen todo por sí mismas. La guerra de Ucrania ha demostrado que los drones, los sistemas autónomos, la guerra electrónica, la inteligencia artificial y la producción rápida de plataformas prescindibles están cambiando el campo de batalla. La propia Strategic Defence Review 2025 británica afirma que la tecnología está transformando la guerra y sostiene que quien consiga poner nuevas capacidades antes en manos de sus fuerzas tendrá ventaja.

El problema es que la tecnología no elimina la necesidad de buques. Acaso la desplaza, la transforma o la complementa. No es la primera vez que lo apuntamos en DYS: un dron puede ampliar la vigilancia, multiplicar sensores, saturar defensas, actuar como señuelo, portar cargas útiles o reducir riesgos para las tripulaciones. Pero alguien debe desplegarlo, controlarlo, sostenerlo, protegerlo, integrarlo en una red táctica y mantener presencia en la mar. Ahí aparecería el concepto de Hybrid Navy, una flota donde plataformas tripuladas y no tripuladas operan juntas. En sede parlamentaria, el ministro Luke Pollard ya había explicado que el Gobierno buscaba invertir más en autonomía y sistemas híbridos, y que la Royal Navy estudiaba cómo los sistemas no tripulados podían navegar junto a los tripulados para proporcionar una “air defence bubble”, una burbuja de defensa aérea.

El concepto tiene lógica. La duda es si el Reino Unido está diseñando una nueva Royal Navy o si está vistiendo de modernización una limitación de recursos. Esa es la cuestión central del DIP. Según The Sunday Times, Jarvis habría logrado entre 1.000 y 1.500 millones de libras adicionales respecto a la oferta que recibió su predecesor, John Healey, pero el acuerdo total rondaría los 15.000 millones, lejos de los 28.000 millones que se estimaban necesarios para la modernización plena. The Guardian, por su parte, sitúa el debate en torno a una financiación de al menos 14.000 millones y recuerda que Healey dimitió tras no lograr los recursos que consideraba necesarios.

La apuesta por drones y autonomía no es equivocada por sí misma. Al contrario: probablemente sea imprescindible. Lo discutible es que se utilice como sustituto de capacidades principales antes de que esas nuevas arquitecturas estén suficientemente definidas, probadas, financiadas y desplegadas. La Royal Navy no puede permitirse una transición en la que los Type 45 envejezcan, el Type 83 desaparezca, el Type 32 no nazca y los CCV lleguen tarde, poco armados o sin el ecosistema autónomo que debe darles sentido. El riesgo es extremo.

El debate británico está servido, y la tormenta no ha hecho más que desatarse hace unas horas. Y, como siempre en estas lides, el temor a Moscú apareció para ejemplificar la carencia de medios que arrastra la Marina británica. Rusia ha incrementado su actividad submarina y la protección de infraestructuras críticas bajo el mar —cables, energía, comunicaciones— se ha convertido en una prioridad atlántica. The Sunday Times sostiene en ese sentido que la Royal Navy dedicó más de un tercio de su tiempo el año pasado a responder a amenazas submarinas rusas. En esas circunstancias, los sistemas no tripulados de superficie y submarinos pueden aportar vigilancia persistente y presencia distribuida, pero no resuelven por sí solos la necesidad de escoltas, defensa aérea, guerra antisubmarina, logística y mando naval.

 

El Príncipe de Gales podría verse acompañado, en un futuro cercano, por medios autónomos principales entre su escolta

 

La crítica más dura la ha formulado el almirante retirado Sir Tony Radakin, antiguo jefe del Estado Mayor de la Defensa. Según The Guardian, Radakin ha advertido que el Reino Unido debe superar el llamado “Moscow test”: la pregunta de si Londres parece ante Moscú un aliado fuerte, una potencia nuclear creíble y un socio fiable de Estados Unidos y la OTAN. También alertó de que el Reino Unido aparece en una posición muy baja dentro de una clasificación de capacidades de la Alianza.

La advertencia, viniendo de quien viene, es importante, porque sitúa el DIP en su verdadera escala. No se trata sólo de comprar o cancelar barcos. Se trata de saber si el Reino Unido puede sostener simultáneamente la disuasión nuclear, el grupo de portaaviones, la defensa del Atlántico Norte, el apoyo a Ucrania, la modernización terrestre, la aviación de combate, la ciberdefensa, los sistemas autónomos y la presencia global. Chatham House ya planteó la pregunta de fondo cuando se cuestiona si el DIP será capaz de alinear recursos reales con objetivos militares creíbles, o si Londres seguirá prometiendo más de lo que puede sostener.

En paralelo, el plan mantiene compromisos de gran peso. The Sunday Times señala la continuidad del GCAP, el programa de avión de combate de nueva generación con Italia y Japón, así como la adquisición prevista de 12 F-35A con capacidad para portar armas nucleares tácticas y una partida de 500 millones de libras para la UK Commando Force, incluidos drones y lanchas rápidas. Es decir, el DIP no sería una retirada general, sino una reasignación de prioridades dentro de un marco presupuestario todavía insuficiente.

Para la industria naval británica, la decisión abre una incertidumbre considerable; probablemente la más intensa de todas. El Type 83 era una expectativa natural para BAE Systems en Escocia, mientras que la Type 32 podía ofrecer continuidad y volumen a otros astilleros y cadenas de suministro. Los CCV, si se construyen en Reino Unido, pueden sostener empleo y abrir una línea de producto nueva, pero aún falta saber qué tamaño tendrán, qué sensores integrarán, qué sistema de combate usarán y si estarán armados como escoltas de combate o como nodos de mando con defensa limitada.

BAE Systems había mostrado en DSEI 2025 conceptos de buques de mando de guerra aérea y plataformas adaptables con tripulaciones reducidas, mientras Babcock había propuesto soluciones basadas en la Type 31 y sistemas autónomos de superficie dentro de su concepto ARMOR Force. La pregunta es si esas ideas se convertirán en programas financiados o si quedarán como otro catálogo de intenciones.

Desde una lectura estrictamente naval, el drástico cambio británico tiene 2 virtudes y 2 riesgos. La primera virtud es reconocer que la guerra en la mar ya no puede entenderse sólo como una suma de grandes cascos tripulados. La segunda, intentar acelerar la entrada de sistemas autónomos en una Royal Navy que necesita más ojos, más persistencia y más presencia sin multiplicar tripulaciones. El primer riesgo es, quizá, confundir distribución con reducción: una flota híbrida necesita buques, no sólo drones. El segundo es convertir la innovación en coartada presupuestaria.

Ayer mismo también tuvimos la oportunidad de leer en redes muchas opiniones, muy interesantes algunas de ellas, sobre la que fue noticia del día. Queremos dejar representada aquí la opinión de un reconocido analista, por lo demás experto en el tema, Gabriele Molinelli, especialmente crítico con la posible sustitución del Type 83 por buques orientados al mando de sistemas no tripulados. Su argumento era que la misión de defensa aérea de área y defensa antimisil exige, antes que cualquier otra cosa, radares de gran potencia, interceptores de altas prestaciones y una arquitectura de combate capaz de enfrentarse a amenazas aéreas, balísticas e hipersónicas. Para Molinelli, el Type 83 no era simplemente un nuevo destructor, sino el futuro núcleo de la capacidad británica de guerra aérea: un radar flotante y una batería embarcada de misiles de alto rendimiento. Incluso aceptando que los buques no tripulados puedan aportar algo a esa misión, advertía de que no existe hoy una solución basada en “drone ships” capaz de sustituir esa función, y dudaba, además, de que resulte más barata. Su razonamiento es sencillo: el gran radar seguiría siendo imprescindible en el buque tripulado de mando, mientras que los sistemas no tripulados necesitarían también sensores propios, enlaces, integración, energía, redundancias, mantenimiento y protección. Es decir, el coste no desaparece al retirar tripulación; se desplaza hacia una red técnica más compleja. La advertencia de fondo es que el Reino Unido podría estar confundiendo modernización con pérdida de capacidad, justo en el momento en que necesita preparar el relevo de los Type 45.

 

Algunas capacidades se verán incrementadas notablemente. Foto: Royal Marines Commandos

 

La Royal Navy ha vivido históricamente de una tensión permanente entre ambición global y recursos limitados. Esa tensión no desaparecería con el DIP. Puede decirse que, antes bien, se reescribe. Hasta hace relativamente poco el dilema era cuántos destructores, fragatas y submarinos podía sostener el Reino Unido. Ahora la pregunta es cuántos buques tripulados necesita para que una red de drones tenga sentido militar real. Y esa respuesta no puede darse sólo desde el Tesoro.

Si el Common Combat Vessel nace como un buque bien armado, bien conectado, con sensores potentes, capacidad real de mando y control, integración con drones aéreos, de superficie y submarinos, y margen de crecimiento, puede convertirse en una plataforma notable para la guerra naval de los próximos años 30. Si nace como un sustituto barato del destructor de defensa aérea que no se pudo pagar, el problema aparecerá justo cuando los Type 45 comiencen a salir de servicio y las carencias se vuelvan lacerantes.

El DIP británico parece asumir que la próxima guerra no se parecerá en casi nada a la anterior. Es una conclusión razonable. Pero hay otra igualmente importante: la próxima guerra tampoco se ganará con promesas tecnológicas si no hay masa, munición, sensores, astilleros, personal, mantenimiento y dinero suficiente para sostenerlas.

La decisión británica puede ser el inicio de una Royal Navy más distribuida, más conectada y más adaptada a la guerra con sistemas autónomos. O puede ser el síntoma de una marina obligada a llamar modernización a la pérdida de reemplazos convencionales. La diferencia entre una cosa y otra no estará en el nombre del buque, sino en su financiación, su calendario, su armamento, su integración y su número.

Por ahora, el mensaje es claro: entran los drones, salen los destructores. Lo que aún no sabemos es si también entra una capacidad naval superior, o sólo una forma más refinada de administrar la escasez.

 

Redacción

defensayseguridad.es

 

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