La Royal Navy y la aritmética del deseo. Una flota para después de la flota

Jenkins y Pollard: autonomía, masa y la sospecha de otra huida hacia delante

Jorge Estévez-Bujez

Hay 2 textos del afamado Navy Lookout de esta semana que merecen (deben) leerse juntos, pero no revueltos. El primero, recoge el discurso del Primer Lord del Mar, general Sir Gwyn Jenkins, en el Combined Naval Event 2026; el segundo, la intervención del ministro Luke Pollard, responsable de Preparación para la Defensa e Industria en el mismo evento, el Combined Naval Event 2026. En ambos late la misma idea. La Royal Navy quiere pasar de una marina de pocos cascos muy caros a una marina híbrida, con buques tripulados, plataformas autónomas, sensores distribuidos y, en definitiva, efectos más baratos. La pregunta que cabe hacerse es si esto es una revolución naval o, simplemente, el nuevo envoltorio doctrinal de una escasez que viene de lejos y apunta a perpetuarse.

 

El D-37 Duncan. Ben Sutton/Ministry of Defence. Vía AP

Primero, Jenkins: el fin de los grandes cascos como religión

Jenkins fue inusualmente claro al advertir que la era de las plataformas “cada vez más grandes y caras” debía terminar. Su fórmula —tripulados donde sea necesario, no tripulados siempre que sea posible, integrados siempre— es, ciertamente, interesante. Es una forma atrevida de decir que el Reino Unido no puede seguir diseñando la Royal Navy como si el Tesoro fuese infinito, los astilleros entregasen sin fricción y la plantilla de marinería creciese por generación espontánea. Navy Lookout situaba esa declaración en el marco de programas en desarrollo, como ATLANTIC SHIELD, ATLANTIC STRIKE, el futuro Type 83/FADS y el MRSS, todos ellos potencialmente afectados por una filosofía de fuerza más distribuida.

La intuición de Jenkins es correcta en cierto modo, pero no definitiva, ni mucho menos general. La guerra naval contemporánea parece estar castigando la concentración de valor, al menos es lo que se predica desde hace años, y especialmente desde hace meses, con la excepción, claro está, de otras marinas, acaso más poderosas, que han vuelto al diseño de mastodontes oceánicos, caso de la US Navy y sus clase Trump. Así las cosas, es una realida, decía, que el misil, el dron, la mina inteligente, el sensor barato y el enlace de datos han hecho mucho más peligroso poner demasiada capacidad en demasiados pocos buques. En eso, la Royal Navy parece haber entendido el mensaje de que la masa vuelve, aunque sea disfrazada de autonomía, modularidad y “sistemas de sistemas”.

Ahora bien, una cosa es asumir que los grandes buques ya no pueden ser fetiches industriales, y otra muy distinta es creer que pueden ser substituidos alegremente por enjambres. La defensa aérea de área, la guerra antisubmarina oceánica, el mando embarcado, la supervivencia en el Atlántico Norte y la presencia sostenida en mala mar no se improvisan con una lancha autónoma ni con muchas diapositivas con flechas azules señalando otros tantos ingenios no tripulados en todas direcciones. Navy Lookout lo apunta con acierto al señalar que ATLANTIC SHIELD pretende distribuir la defensa aérea y antimisil en una red de medios tripulados y no tripulados, pero también reconoce que el futuro destructor Type 83/FADS sigue siendo uno de los conceptos más complejos y caros contemplados por la Royal Navy en una generación.

Aquí nos topamos con lo que podría ser la primera contradicción seria. Si el Type 83 acaba siendo demasiado pequeño, se corre el riesgo de repetir un antiguo pecado: diseñar un buque justo para el presupuesto del momento y descubrir 20 años después que no tiene margen de crecimiento. Si, finalmente, acaba siendo muy grande, la retórica contra los grandes navíos habrá sido más gesto que doctrina. Y si se apuesta por un buque de mando escoltado por barcazas misilísticas autónomas, entonces habrá que demostrar que esas barcazas existen, navegan, comunican, sobreviven, se rearman, se mantienen y combaten bajo guerra electrónica. La autonomía no elimina la logística; muchas veces sólo la desplaza.

 

Jenkins durante su participación en un reciente evento internacional

 

Jenkins también confirmó 115 millones de libras para el programa de armada híbrida y una primera prueba en el Golfo, con equipos autónomos de guerra de minas, especialistas EOD, capacidades adicionales para el HMS Dragon y el proyecto BEEHIVE para vigilancia persistente en un punto de estrangulamiento marítimo. Eso suena sensato de toda sensatez. Empezar por guerra de minas, la vigilancia y la detección es mucho más creíble que prometer de golpe una flota autónoma de combate oceánico. La guerra de minas es precisamente uno de los campos donde lo no tripulado tiene sentido inmediato: reduce riesgo humano, aumenta persistencia y permite escalar sensores.

Pero el discurso de Jenkins deja una sombra, como todos los monólogos proféticos, y es que la Royal Navy lleva años anunciando amplias arquitecturas futuras mientras su presente se estrecha. Fragatas envejecidas, escoltas escasos, problemas de personal, presión sobre la RFA, transición lenta de Type 23 a Type 26/31, y una ambición global que a veces parece heredada de una marina que ya no existe. La visión híbrida puede ser necesaria, pero no debería convertirse en el incienso que tape el olor de lo añoso.

Después, Pollard: una Marina de 1.000 buques y el peligro de enamorarse del titular

El segundo texto de Navy Lookout eleva la apuesta; ya de por sí brava. Pollard habla de una Royal Navy de 1.000 buques, compuesta principalmente por plataformas no tripuladas, y afirma que lo que no funcione en Ucrania no debería comprarse para las fuerzas británicas. La cita del propio ministro afirmando que “If it doesn’t work in Ukraine, I don’t want to buy it” es sin duda poderosa. También peligrosa.

Ucrania ha demostrado de forma brutal que los sistemas no tripulados pueden negar espacio marítimo, dañar buques, condicionar hasta el extremo a una flota superior y alterar el cálculo coste-beneficio de la guerra naval. Pero el Mar Negro no es el Atlántico Norte, como bien se apunta en el artículo. No es el corredor marítimo GIUK (Groenlandia, Islandia Reino Unido). No es el Ártico. No es el Báltico en invierno, aunque ahí sí haya lecciones más transferibles. Navy Lookout lo dice con sobriedad: las operaciones ucranianas ofrecen lecciones extraordinarias, pero no líneas directas para la Royal Navy; muchas plataformas autónomas no reemplazan la presencia sostenida en todo tiempo, la potencia de fuego y la capacidad de mando de una fragata o de un submarino nuclear.

 

F-35B de la Royal Navy

Pollard acierta al exigir que la adquisición mire a la guerra real y no al catálogo. El Ministerio de Defensa británico, como tantos otros, ha comprado demasiadas veces capacidades exquisitas, tardías, caras y con una relación discutible con el combate probable. Pero convertir Ucrania en vara universal de medida puede ser una simplificación excesivamente pueril. Lo que funciona en Ucrania puede no bastar en el Atlántico; lo que fracasa en Ucrania puede ser imprescindible para otra campaña. Un sistema puede ser inadecuado para el Dniéper y necesario para escoltar a un grupo de portaaviones. Puede ser irrelevante en Jersón y decisivo al norte de Noruega.

La cifra de los 1.000 buques tiene además algo de vieja tentación política en tiempos de penuria de números, que es compensar con imaginación verbal y prospectiva incontrolada lo que falta en inventario. Puede significar muchas cosas. Si incluye USV pequeños, sensores flotantes, señuelos, nodos de comunicaciones, embarcaciones de guerra de minas y cargas útiles modulares, no estamos hablando de “buques” en el sentido naval clásico. Estamos hablando de una constelación de sistemas; lo cual, no cabe duda, acabará siendo muy útil. Pero llamar “buque” a todo lo que navega corre el riesgo de crear una contabilidad con una suerte de triunfalismo simplón. No es de recibo sumar drones como quien suma destructores.

Pollard también se refirió a DragonFire, el arma de energía dirigida prevista para un Type 45, presentándola como una forma de derribar amenazas por unos pocos peniques frente a misiles de cientos de miles de libras. Como en todo, la cautela expositiva siempre es necesaria. El Reino Unido ya ha invertido 416 millones de libras en el sistema. La economía por disparo importa, claro. Pero la economía militar no se mide sólo en el coste marginal del disparo; también cuenta el desarrollo, la integración, la generación eléctrica, la refrigeración, la meteorología, la doctrina, el mantenimiento y el número de unidades desplegadas. Un láser barato al disparar, pero caro de llevar al mar y disponible en pocas plataformas, no cambia por sí solo el problema de saturación. 416 millones son muchos peniques. Una cosa es el disparo, y otra el costo que conllevó lograr apretar el gatillo.

La parte más convincente de Pollard quizá no sea la de los 1.000 buques, sino la de eliminar reglas absurdas. El artículo recoge ejemplos casi grotescos, como la obligación contractual de que grandes contratistas informen diariamente al Ministerio si nieva. Ahí sí hay una reforma que puede liberar energía real. Las fuerzas armadas occidentales no pierden eficacia sólo por falta de dinero; la pierden por procesos que convierten cada innovación en una romería administrativa.

Han visto el cambio, pero no está claro que hayan aprendido a gobernarlo

La Royal Navy da señales de haber comprendido que el ciclo histórico ha cambiado. Ha visto Ucrania, el mar Rojo, Ormuz; ha mirado al Báltico y al Ártico; a la presión rusa sobre infraestructuras submarinas, la vulnerabilidad de los grandes activos y la necesidad de recuperar masa. La Strategic Defence Review 2025 ya empujaba en esa dirección al hablar de una “New Hybrid Navy” con submarinos Dreadnought y SSN-AUKUS, buques avanzados, transformación de portaaviones y nuevos medios autónomos para el Atlántico Norte y más allá.

El problema es que detectar el cambio que necesitas introducir no equivale a resolverlo, ni siquiera a darle a ese cambio marchamo de certeza a futuro, aunque sea a corto plazo. Y la Royal Navy transmite, en demasiadas ocasiones, la sensación de vivir en una transición perpetua en la que se retiran capacidades antes de que lleguen sus substitutos, se anuncian conceptos antes de cerrar presupuestos, se estiran buques mientras se prometen arquitecturas, y se invoca el futuro con una fe casi litúrgica. El Plan de Inversión en Defensa, señalado como gran ausente en la intervención de Pollard, es precisamente la piedra de toque: sin dinero, calendario y prioridades, la armada híbrida corre el riesgo de ser una doctrina de algún modo correcta, aseada, al servicio de una flota insuficiente.

 

HMS Victorius

 

La conclusión, por tanto, no debería ser reaccionaria ni entusiasta. La Royal Navy necesita autonomía, sí. Necesita drones navales, guerra de minas no tripulada, sensores distribuidos, munición merodeadora marítima y plataformas que permitan complicar la vida al adversario sin fiar todo en media docena de barcos. Pero también necesita fragatas, submarinos, destructores de defensa aérea, logística, tripulaciones, astilleros que entreguen y una RFA que no parezca una posdata.

El riesgo no es que Jenkins y Pollard miren al futuro. El riesgo es que el futuro vuelva a usarse como coartada para no sostener un presente que languidece acosado por las carencias. Ahí está la línea que separa la transformación de la prestidigitación. Y la Royal Navy, que todavía conserva oficio, tradición y talento técnico, no puede permitirse otra década de planes brillantes para justificar cubiertas vacías amarradas a puerto.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

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