La Royal Navy pone fin a los destructores

El adiós al Type 83 dejará al Type 45 sin relevo natural. Se abre la puerta a una flota híbrida que promete más masa, pero también más incertidumbre

Jorge Estévez-Bujez

La Royal Navy acaba de tomar una decisión que va bastante más allá de una simple substitución de buques. El Reino Unido no prolongará la vida útil de sus 6 destructores Type 45 por encima del calendario previsto y, sobre todo, ha enterrado el programa Type 83, llamado a ser el heredero natural de los actuales destructores de defensa aérea. En su lugar, Londres apostará por al menos 6 Common Combat Vessels —CCV—, buques híbridos concebidos para operar como nodos de mando de sistemas no tripulados en el aire, la superficie y el dominio submarino.

 

Los nuevos conceptos se han impuesto a los viejos conocidos en la Royal Navy

 

La noticia, presentada dentro del Defence Investment Plan, tiene varias perspectivas de análisis; a saber: industrial, presupuestaria y doctrinal. El Ministerio de Defensa británico sostiene que estos nuevos buques permitirán ampliar el alcance, la resistencia y la potencia de fuego de la flota sin aumentar de forma proporcional la tripulación ni el coste. Es la promesa habitual de la guerra distribuida: más sensores, más plataformas, más efectos, pero sin multiplicar en la misma medida el número de grandes buques tripulados.

La cuestión es si ese compromiso llega a tiempo, si llega maduro y si puede substituir de verdad a una capacidad tan exigente como la defensa aérea naval de alta gama. Las dudas son, en todo caso, razonables.

De dónde venimos. A dónde vamos

Los Type 45 han sido, con todos sus problemas, la principal herramienta británica para proteger grupos navales frente a amenazas aéreas complejas. Su sistema Sea Viper y su radar SAMPSON han dado a la Royal Navy una capacidad muy notable, aunque limitada por una realidad conocida: que sólo hay 6 buques, que han sufrido graves problemas de propulsión (entre otros) y que la disponibilidad operativa no siempre ha acompañado al prestigio técnico de la clase. El problema británico no era sólo qué destructor construir después, sino cómo evitar que una flota pequeña terminase siendo, en la práctica, una flota intermitente.

Y ahí surgió el, para muchos, inesperado giro hacia la Hybrid Navy. El concepto no consiste simplemente en poner drones alrededor de un buque tripulado, es bastante más complejo y ambicioso. Se trata de repartir funciones entre plataformas distintas. El CCV actuaría como centro de mando y coordinación; los Type 91 aportarían plataformas no tripuladas portadoras de misiles; los Type 92 cubrirían tareas de detección submarina; los Type 93 serían vehículos submarinos no tripulados de gran tamaño; y los Type 94 operarían como plataformas sensor. Todo ello junto a las 8 fragatas Type 26 y las 5 Type 31 previstas.

Sobre el papel, la idea tiene cierto sentido. Una marina que no puede permitirse docenas de escoltas pesados intenta compensarlo con una red de buques tripulados, sensores remotos, plataformas autónomas y lanzadores distribuidos. En vez de concentrar la defensa aérea en unos pocos cascos muy caros, se pretende crear una arquitectura más dispersa, más difícil de neutralizar y más flexible. El objetivo ya no es que cada buque sea una fortaleza, sino que el conjunto funcione como un sistema.

Pero esa es también la primera gran duda. Un sistema distribuido sólo funciona si sus enlaces, sensores, armas, doctrina y mando funcionan bajo presión real. La guerra naval no perdona lo experimental fuera del tiempo de paz. Una cosa es coordinar plataformas no tripuladas en ejercicios o demostraciones, y otra sostener una burbuja de defensa aérea frente a salvas de misiles, guerra electrónica, interferencias, señuelos, submarinos y ataques simultáneos desde varios dominios.

La cancelación del Type 83 es, por eso mismo, el verdadero leitmotiv del anuncio. Ese programa debía suceder al Type 45 dentro de la lógica clásica (y también actual) de un nuevo gran escolta de defensa aérea, probablemente más capaz, más caro y más complejo. Su abandono indica que Londres no quiere —o no puede— seguir por ese camino. La Royal Navy no está relevando un destructor por otro destructor. Está reemplazando una categoría de buque por una arquitectura de combate. La diferencia no es pequeña.

Innovación como coartada de futuro incierto

Un destructor de defensa aérea ofrece una carta de presentación sobresaliente. Aporta presencia, mando, sensores potentes, misiles en número significativo y capacidad de escolta de alto nivel. Una flota híbrida plantea dispersión, masa y adaptabilidad. Pero hasta que los CCV y sus sistemas asociados estén diseñados, construidos, integrados y probados, la Royal Navy estará cambiando una capacidad existente por una hipótesis de capacidad futura. El Ministerio de Defensa afirma que las entregas se esperan desde principios de la década de 2030, pero el propio diseño debe arrancar ahora bajo el paraguas del Defence Investment Plan.

 

 

HMS Diamond, uno de los Type 45 que no tendrá relevo natural genético

Algún medio establecía una comparación, estos días, que puede venir al caso, y lo cierto es que no está de más mirar a los Estados Unidos. El programa DDG-1000 Zumwalt también nació en su día como ruptura tecnológica. Debía marcar el futuro de la guerra de superficie estadounidense aportando sigilo, automatización, gran generación eléctrica, sensores avanzados y nuevos sistemas de armas. El final, o mejor dicho la concreción final del proyecto, acabó reducida a 3 buques, con costes muy elevados y una misión inicial que fue cambiando con el tiempo. La GAO ya advertía en 2008 de los riesgos de coste y calendario del programa, entonces con 2 buques principales cuyo inicio de construcción se estimaba en 6.300 millones de dólares.

De acuerdo en que el paralelismo no es perfecto, pero sí útil. El Zumwalt fue un buque demasiado ambicioso, demasiado caro y demasiado distinto para convertirse en la columna vertebral de una flota numerosa. La US Navy terminó volviendo a su refugio natural y fiable, los Arleigh Burke, y reconvirtiendo los DDG-1000 hacia nuevas misiones, incluida la integración de armas hipersónicas mediante la retirada de sus montajes artilleros AGS.

La enseñanza para la Royal Navy puede ser valiosa, porque innovar no basta; hay que poder producir, sostener e integrar a escala. Si, finalmente, el CCV se convierte en una plataforma razonablemente contenida, adaptable y construible, puede dar a la Royal Navy una vía realista, pero no exclusiva, para recuperar masa y modernizar su defensa aérea. Si deriva hacia un buque experimental cargado de requisitos de todo tipo, sensores, software, enlaces, drones y compromisos industriales, el riesgo de repetir algunos errores del DDG-1000 estará servido.

Industrialmente hablando, podemos encontrar otra derivada. Londres destaca que los CCV serán construidos en el Reino Unido y que el programa sostendrá empleo, astilleros y capacidades nacionales. El compromiso político del empleo va de la mano de los programas navales. Es una viaja máxima que se procura respetar siempre que es posible. Y también ofrece una dimensión importante, porque la política naval británica siempre se mueve entre 2 necesidades: disponer de buques útiles para la guerra y mantener viva una base industrial que no puede encenderse y apagarse a voluntad. El comunicado oficial incluso vincula los CCV con oportunidades de exportación y con el precedente de las fragatas Type 26 seleccionadas por Australia, Canadá y Noruega.

Sin embargo, el argumento industrial no resuelve el problema militar que pudiera encontrarse en ciernes. Quizás, todo lo más, lo desplaza. La pregunta no es si el Reino Unido debe conservar astilleros, éso parece obvio, sino qué tipo de buques necesita para una Royal Navy que debe operar en el Atlántico Norte, proteger infraestructuras submarinas, escoltar portaaviones, apoyar a la OTAN, responder a una Rusia más activa en el Alto Norte y tener presencia en el Pacífico. El propio anuncio nos encuadra el programa dentro de Atlantic Bastion, Atlantic Shield y Atlantic Strike, 3 líneas destinadas a contrarrestar la actividad rusa, proteger infraestructuras críticas y reforzar la disuasión aliada.

Es precisamente en este momento donde procede introducir una cautela adicional. Como ya señalé en La Royal Navy y la aritmética del deseo. Una flota para después de la flota., la transición hacia una marina híbrida no es sólo una apuesta tecnológica, sino también una respuesta a una escasez estructural que viene de lejos. La idea de pasar de “pocos cascos muy caros” a una red de plataformas tripuladas y no tripuladas tiene lógica, pero también puede convertirse en el nuevo envoltorio doctrinal de una limitación presupuestaria persistente.

La intuición es correcta en parte, porque la guerra naval contemporánea castiga la concentración de valor. Misiles, drones, minas inteligentes y sensores baratos han hecho más peligroso concentrar demasiada capacidad en pocos buques. Pero asumir ésto no equivale a demostrar que esa capacidad puede redistribuirse sin pérdida. La defensa aérea de área, el mando embarcado o la supervivencia en el Atlántico Norte no se improvisan con enjambres ni con arquitecturas conceptuales. Y si el Reino Unido renuncia al gran destructor porque es demasiado caro, pero no logra substituirlo por un sistema distribuido plenamente funcional, el resultado no será una revolución naval, sino una reducción de capacidad decorada por un lenguaje innovador. Como advertía entonces, “una cosa es abandonar el fetichismo de los grandes buques y otra muy distinta creer que pueden ser substituidos alegremente por enjambres”.

En adelante

La Royal Navy no pone fin a todos sus destructores mañana, pero sí parece poner fin a la idea del destructor como sucesor natural del destructor. Después de los Type 45, no habrá Type 83. Habrá CCV, sistemas no tripulados y una red naval que deberá demostrar que puede hacer lo que antes se esperaba de un gran escolta de defensa aérea.

Puede ser una decisión pragmática. Puede ser una huida hacia adelante. Puede ser ambas cosas a la vez.

 

 

Porque el problema de fondo no es que la Royal Navy apueste por buques híbridos. El problema es que lo hace desde una posición de flota ajustada, presupuestos presionados y necesidades crecientes. Como también señalaba en aquel análisis, existe el riesgo de que el futuro se utilice como coartada para no sostener un presente que ya muestra signos de fatiga con escoltas escasos, transición lenta entre clases y una ambición global que no siempre se corresponde con los medios disponibles ni la realidad de los tiempos.

Si el nuevo modelo funciona, el Reino Unido habrá encontrado una fórmula para sostener una marina de primer nivel sin pagar el precio completo de una flota tradicional de grandes combatientes. Si falla, el resultado será un menú de difícil degustación con menos destructores, ningún Type 83 y una transición demasiado larga entre lo que se retira y lo que todavía no ha madurado.

La Royal Navy no está renunciando a la defensa aérea naval. Está, quizá, cambiando el recipiente que la mantiene. Y ahí conviven tanto la novedad como el riesgo. Porque una cosa es retirar un destructor viejo y otra muy distinta retirar la idea misma de que la defensa aérea de flota necesita un destructor nuevo.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

4 respuestas

  1. Querer descubrir el nuevo dreadnought cuando puedes dejar a la marina sin uno de sus grandes referentes, más cuando estás arriesgando con un nuevo modelo en la lucha anfibia.

  2. En mi opinión, el sucesor de un destructor (nuestras fragatas, estrictamente hablando, deberían considerarse destructores, por su tamaño) no puede ser otro que un destructor. Sólo un destructor provee la capacidad antiaérea necesaria para poder sostenerse en un combate y proteger al resto de las unidades.

    Cosa diferente es que, adicionalmente a los destructores, se necesiten buques portadrones.

    La cuestión aquí, en nuestro caso, es si esos buques portadrones deberían ser del tipo LHD -de manera que operen drones aéreos gracias a la cubierta de vuelo, a la vez que drones navales mediante el dique- o si deberían ser de tipo LPD (recordemos aquí la propuesta de Navantia del Smart LPD a Australia).

    1. En cuanto a la pregunta de si LHD o LPD,
      considero que lo mejor será una mezcla de ambos, es decir,
      – para los drones aéreos más capaces (STOL) serán necesarios cubiertas tipo LHD (mínimo 2), junto con las aeronaves tripuladas
      – para el resto de drones (UUV, USV, UAS VTOL….), puede ser más recomendable la propuesta de smart LPD (mínimo 3), aunque 20.000 Tm me parecen muchas

      Por otra parte, es importante que tengamos claro las capacidades que pueden aportar los buques anfibios bien configurados, para cuando no son necesarias o prioritarias las operaciones anfibias

  3. Personalmente considero que son dos cuestiones diferentes con opciones parcialmente similares:

    Por un lado, la defensa aérea de la flota (AAW):
    En este caso, la solución quizás sea una fragata con los sensores y la tripulación, acompañada de buques no tripulados, similares a la propuesta de Navantia UK, el LASV75 (75 metros de eslora y más de 1.000 toneladas de desplazamiento), para actuar como escolta robótico en el perímetro, realizando tareas de vigilancia, guerra electrónica y apoyo táctico, acometiendo con sus misiles los blancos que decida la fragata.

    Para el resto de cometidos (ASuW y ASW):
    Si veo el empleo de esos buques CCV, funcionando como nodrizas y desde donde se operan, mantienen y reaprovisionan el resto de drones, que igualmente apoyarían a las fragatas con cometidos ASW y ASuW.

    En resumen, fragatas con más sensores y menos armamento, que operarían con drones

    No obstante, toda esta idea choca de lleno con la idea norteamericana de los Battleship (Acorazados) clase Trump

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