Hasta aquí, Marruecos

Ministro, se acabó el juego

Las últimas declaraciones de Abdellatif Ouahbi no constituyen un episodio más en la larga reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla. Llegan después de una entrada masiva sobre territorio español, de semanas de presión sobre Ceuta y de una escalada perfectamente reconocible del relato marroquí. Advertimos que llegaría la cosoberanía, después el diálogo, la comisión y finalmente la pretensión de convertir una reivindicación unilateral en una cuestión negociable. Ya estamos ahí. España debe asumir que la política seguida hasta ahora ha fracasado y suspender sus relaciones con Marruecos durante el tiempo necesario para reconstruirlas desde el respeto a nuestra soberanía

Jorge Estévez-Bujez

Hay un momento en el que una nación debe dejar de interpretar las palabras de quien tiene enfrente y comenzar simplemente a creerlas.

España ha dedicado demasiado tiempo a traducir a un idioma tranquilizador aquello que Marruecos expresa en términos perfectamente comprensibles. Cuando Rabat presiona, hablamos de desencuentro. Cuando amenaza nuestros intereses, recurrimos al eufemismo de las relaciones complejas, difícilmente abordables. Cuando decenas de miles de personas atraviesan nuestra frontera desde territorio marroquí y Ceuta queda durante horas, días y semanas sometida a una situación intolerable, encontramos rápidamente las palabras cooperación, mafias y gestión migratoria. Y cuando un ministro del Gobierno marroquí reivindica territorio español, nuestros reflejos diplomáticos vuelven a conducirnos hacia la serenidad, el diálogo y unas relaciones bilaterales extraordinarias que, a fuerza de ser extraordinarias, han terminado por convertirse en algo difícilmente reconocible como una relación normal entre 2 Estados iguales.

No esta vez.

Abdellatif Ouahbi acaba de volver a hacerlo. Ya no habla solamente de que Ceuta y Melilla permanecen «sobre la mesa», ni de una política marroquí de «largo aliento», ni siquiera de aquello que denominó «nuestros territorios». Ahora reivindica un supuesto «derecho histórico y geográfico», reclama mecanismos de diálogo con España, plantea una «comisión» y exige una «solución definitiva» que conduzca a Ceuta y Melilla de regreso, dice, «al seno de la patria».

No necesitamos interpretar nada. Mucho menos contextualizarlo hasta conseguir que deje de significar aquello que significa.

Lo escribió David Cardero hace apenas unos días en estas mismas páginas: la batalla por Ceuta y Melilla también es dialéctica. Y lo es porque antes de modificar una frontera hay que modificar la percepción de esa frontera; antes de conseguir que una sociedad acepte negociar lo que es suyo resulta extraordinariamente útil conseguir que empiece a considerarlo discutible. Cardero advertía precisamente de la necesidad de no ceder un milímetro frente a una campaña que trata de erosionar mediante la palabra aquello que en ningún caso podría obtener por otros medios. Y tiene razón. La palabra precede muchas veces al hecho político. El relato prepara el terreno sobre el que después alguien propondrá la solución. Es viejo, muy viejo; tanto como España.

Pero nosotros llevamos semanas observando cómo se construye ese terreno.

Lo escribimos antes

El 1 de agosto, cuando las calles de Ceuta todavía trataban de recuperar una normalidad que parecía imposible, escribí «Ceuta: anatomía de una derrota sin guerra». Entonces resultaba prematuro atribuir a Marruecos una operación deliberadamente organizada, de esa entidad, sin la concurrencia de varios actores, y rehusé hacerlo sin todas las pruebas. Pero aquello no impedía observar el resultado. Y si bien era, insisto, prematuro señalar sin la evidencia física de la prueba, no lo era la sospecha, a todas luces con epicentro en Rabat. Otra cosa fue que la entidad del envite se viera sobrepasada por sus propios impulsores. Puede ser. Pero, incluso así, en medio de un desmadre generalizado, Marruecos consiguió domeñar a las masas y dirigirlas contra España.

Una frontera española había sido desbordada desde territorio marroquí. El Estado había empleado horas en reaccionar. Las capacidades policiales, militares, administrativas y asistenciales habían sido sometidas a una presión formidable. Ceuta descubría brutalmente su vulnerabilidad (consentida) y España comprobaba, otra vez, hasta qué punto Marruecos dispone de instrumentos capaces de causarnos un daño enorme permaneciendo por debajo de cualquier umbral convencional de conflicto.

Entonces escribí una frase que hoy resulta bastante menos teórica: una política exterior sin capacidad de imponer costes deja de ser política exterior.

También advertí que el gran error sería superar la crisis, devolver las calles a la normalidad y pasar página. Porque cada episodio de esta naturaleza que no modifica el comportamiento del Estado se convierte inevitablemente en información para quien observa. Enseña qué estamos dispuestos a soportar, cuánto tardamos en reaccionar, qué tememos perder y hasta qué punto consideramos tan imprescindible la relación con Marruecos que cualquier respuesta termina subordinada a conservarla. Nuestra respuesta configura así el libro de estilo marroquí, como si de una clase magistral se tratara.

Después pedí que el Rey viajase a Ceuta.

Lo hice porque entendía —y sigo entendiendo— que aquella ciudad no necesitaba solidaridad administrativa, sino Estado. Necesitaba contemplar físicamente a la institución que representa la continuidad de España allí donde se había producido la agresión contra su frontera. Escribí entonces que ningún rincón de España es negociable.

Tampoco ocurrió.

Más tarde, el propio Ouahbi comenzó a hablar. Y entonces publiqué «Nos lo están diciendo».

Previne que quizá habíamos llegado al momento de cometer la extravagancia diplomática de escuchar a Marruecos cuando Marruecos habla. Ouahbi aseguraba que Ceuta y Melilla continuaban sobre la mesa, explicaba que Rabat planteaba el asunto cada vez que se reunía con los españoles, hablaba de paciencia y describía una política de «largo aliento». Nuestros territorios, dijo.

Aquellas 2 palabras deberían haber provocado una crisis diplomática. No la provocaron.

En aquel artículo todavía defendí algo que hoy debo reconsiderar. Escribí expresamente que no proponía romper nada. Sostenía que España debía utilizar las herramientas del Estado para hacer comprender a Marruecos, definitivamente, dónde terminaban sus aspiraciones y dónde comenzaba nuestra soberanía; que una relación seria exigía cooperación, pero no dependencia; y que Rabat tenía que entender que Ceuta y Melilla no eran asuntos pendientes entre 2 países.

Era una posición firme, pero dejaba abierta una puerta. Pensaba que todavía podía construirse una relación diferente mediante la imposición clara, inequívoca, de límites, pese a que las formas para obrar de tal modo no fueran las más elegantes de los términos diplomático al uso.

Hoy esa puerta debe cerrarse. No porque haya cambiado la geografía, sino porque Marruecos ha seguido caminando exactamente en la dirección que advertíamos.

Después llegó el relato

El 19 de agosto publiqué «Cosoberanía: anzuelo y trampa».

Habían transcurrido menos de 3 semanas desde la entrada masiva y la secuencia comenzaba a adquirir una coherencia difícil de ignorar. Primero, la invasión de la frontera. Después, la crisis humanitaria. Después, miles de personas permaneciendo en Ceuta. Campamentos. Menores. Organizaciones internacionales. Presión asistencial. Imágenes dramáticas. Debate sobre devoluciones. Y mientras todo aquello ocupaba el espacio público comenzaban a regresar, desde Marruecos, conceptos que llevaban décadas esperando su oportunidad: Hassan II, Gibraltar, Hong Kong, cosoberanía, célula de reflexión, integración progresiva.

Advertí entonces de algo particularmente sencillo: el relato cambia; el objetivo permanece.

Y escribí que el verdadero peligro no consistía solamente en que Marruecos reclamase Ceuta y Melilla. Eso lleva décadas haciéndolo. El peligro residía en conseguir transformar una reivindicación unilateral en una controversia bilateral.

Porque el primer triunfo de quien reclama lo ajeno no consiste en conseguirlo. Consiste en lograr que el propietario acepte discutir cuánto está dispuesto a conservar.

Además, en aquella columna dejé también escrita una previsión que apenas ha necesitado unos días para adquirir una actualidad extraordinariamente incómoda. Dije que la cosoberanía volvería bajo otros nombres: gestión compartida, administración conjunta, solución imaginativa, marco transitorio, espacio de cooperación, integración regional, comisión bilateral, realismo geográfico.

Comisión bilateral

2 días después, un ministro del Gobierno de Marruecos apareció en la televisión pública marroquí reclamando precisamente mecanismos de diálogo y una comisión para abordar el futuro de Ceuta y Melilla.

No tengo ningún interés en presentarlo como una profecía. No lo era. Era bastante más sencillo. Bastaba sólo con observar la secuencia. Lo verdaderamente preocupante es que aquello que podíamos reconocer incluso desde una revista española dedicada a Defensa y Seguridad aparentemente no haya producido todavía en el Gobierno de España una rectificación proporcional a la gravedad del proceso.

Ya estamos donde advertimos

Ahora sabemos dónde estamos.

La cuestión migratoria ha servido para mantener Ceuta durante semanas bajo una presión extraordinaria. Miles de personas han sido introducidas ilegalmente en territorio español. Una ciudad española ha soportado sobre sus espaldas una emergencia que nunca debió adquirir esas dimensiones. Paralelamente, la reivindicación territorial marroquí ha abandonado progresivamente los márgenes del debate para expresarse desde un miembro de su propio Gobierno.

Y hemos llegado a la comisión. Al diálogo. A la «solución definitiva». Al supuesto derecho histórico y geográfico. Al «seno de la patria».

Exactamente el camino que advertíamos que no debíamos recorrer. Llegados aquí, continuar haciendo lo mismo ya no sería prudencia. Sería incapacidad para aprender.

España debe romper sus relaciones diplomáticas con Marruecos

No necesariamente para siempre. Los Estados no deberían utilizar el para siempre con demasiada facilidad. Y la Historia demuestra que nada es para siempre, mucho menos en lo diplomático. Pero sí durante todo el tiempo que resulte necesario para que ambos países puedan reconstruir en el futuro una relación sobre fundamentos diferentes, diametralmente opuestos a los que regían hasta ahora. Porque hay relaciones que solamente pueden salvarse después de ser interrumpidas, y hay normalidades diplomáticas que se convierten en parte del problema cuando sirven para transmitir al otro que prácticamente nada tendrá consecuencias.

El embajador marroquí debe abandonar España. El resto de la representación diplomática debe reducirse hasta el mínimo estrictamente imprescindible para atender las cuestiones consulares y humanitarias que no puedan quedar suspendidas. Nuestro embajador debe regresar de Rabat.

La frontera terrestre debe cerrarse, con las excepciones imprescindibles que exijan situaciones humanitarias o jurídicas individualmente acreditadas.

Y España debe iniciar la devolución a Marruecos de todos cuantos penetraron irregularmente en territorio nacional y carezcan de derecho legal a permanecer en él, cualquiera que sea su edad, nacionalidad u origen, mediante procedimientos individualizados, con pleno respeto a nuestra legislación, a las obligaciones internacionales y con todas las garantías debidas. Ser menor no puede convertir una entrada irregular en un mecanismo automático de permanencia; ser adulto tampoco puede privar a nadie de las garantías que establece el Estado de derecho. Ambas cosas son perfectamente compatibles.

No hablo de devoluciones arbitrarias. Hablo precisamente de lo contrario: identificar, resolver y ejecutar. Garantías para todos; impunidad para ninguno.

Y después habrá que revisar todo.

De la A a la Z

Escribí hace unas semanas que España debía reconsiderar su relación con Marruecos de la A a la Z. Ha llegado el momento de hacerlo literalmente.

Relaciones comerciales. Cooperación industrial. Contratos públicos. Inversiones. Interconexiones. Cooperación cultural. Convenios universitarios. Política migratoria. Seguridad. Inteligencia. Política antiterrorista. Pesca. Transporte. Infraestructuras. Relaciones institucionales. Financiación europea. Cooperación transfronteriza.

Todo.

Eso no significa cancelar irresponsablemente en 24 horas aquello que ha tardado décadas en construirse, especialmente lo que funciona sin menoscabo de la integridad e intereses de España. Significa someter cada vínculo a una pregunta elemental: ¿beneficia a España, crea una dependencia española susceptible de convertirse en instrumento de presión o proporciona a Marruecos una ventaja estratégica que nuestro vecino no está dispuesto a corresponder con el respeto debido a nuestra soberanía?

Habrá consecuencias. Por supuesto que las habrá.

Empresas españolas perderán contratos. Sectores económicos sufrirán. Ceuta y Melilla deberán adaptarse a una frontera diferente. Determinados flujos comerciales tendrán que redirigirse. La cooperación policial y migratoria necesitará alternativas. Habrá presiones sobre Canarias, sobre el Estrecho y probablemente sobre otros intereses españoles. Rabat posee herramientas y las utilizará.

Precisamente por eso hay quien lleva años advirtiendo contra la dependencia.

No puede argumentarse eternamente que España no puede modificar su relación con Marruecos porque Marruecos dispone de demasiada capacidad para hacernos daño. Si ésa fuera realmente nuestra situación, constituiría la demostración definitiva de que esa relación debe ser modificada.

Habrá que tomarse tiempo. Diseñar alternativas. Reforzar nuestras fronteras. Aumentar capacidades policiales y militares. Diversificar relaciones en el Magreb. Recuperar autonomía en ámbitos sensibles. Preparar a Ceuta y Melilla para soportar una frontera cerrada durante meses si fuera necesario. Ayudar a nuestras empresas. Trabajar con nuestros socios europeos. Explicar a Bruselas que la frontera española del norte de África también es frontera exterior de la Unión.

Costará dinero, esfuerzo. Y posiblemente costará políticamente.

Ése es el precio de haber permitido que una interdependencia se convierta paulatinamente en dependencia. Retrasar nuevamente la corrección sólo conseguirá aumentar la factura.

Señor Ouahbi

Y ahora sí es momento de responder al ministro.

Señor Ouahbi, Ceuta no volverá al seno de su patria porque nunca ha formado parte de ella. Melilla tampoco.

No existe ninguna comisión que España necesite crear para decidir qué hacer con 2 ciudades españolas. No existe ningún conflicto territorial que deba resolverse mediante una fórmula imaginativa. No existe una soberanía pendiente, compartida, transitoria o sometida a revisión.

Existe España. Y al otro lado de su frontera existe Marruecos. Así de sencillo.

Usted puede reivindicar lo que desee. Puede hacerlo durante 10 años, durante 50 o durante 200. Puede hablar de geografía, Historia, diálogo, paciencia y soluciones definitivas. Está en su derecho de expresar las aspiraciones de su Gobierno.

España está igualmente en el suyo de extraer consecuencias.

Y quizá ése sea el error cometido hasta ahora: Marruecos ha aprendido que reivindicar territorio español tiene un coste extraordinariamente pequeño. Debe dejar de tenerlo.

No hay más normalidad que defender

Durante semanas hemos exigido serenidad. Hemos evitado atribuciones que no podían probarse. Hemos diferenciado cuidadosamente hechos de intenciones. Hemos reconocido la necesidad de cooperación entre 2 países condenados por la geografía a permanecer donde están. Incluso cuando pedíamos revisar de arriba abajo nuestra política hacia Marruecos insistíamos en que la solución no consistía necesariamente en romper relaciones, sino en modificarlas.

Eso terminó. No por un arrebato. Por acumulación. Y modificarlas significa mutarlas por completo.

Porque después de la entrada masiva, de la invasión, llegó la reivindicación. Después de la reivindicación llegó la paciencia. Después aparecieron la cosoberanía y el relato. Después la comisión. Ahora la solución definitiva.

Siempre hay una última concesión que se presenta como imprescindible para conservar una relación cuya conservación exige inmediatamente la siguiente.

El juego debe terminar.

Y debe terminar también una forma de entender la política española hacia Marruecos en la que cualquier exigencia de firmeza es inmediatamente contestada con una enumeración de todo aquello que Rabat puede hacernos si se enfada.

Un Estado no puede vivir bajo esa lógica. Y un Gobierno tampoco puede gobernar condicionado por ella.

Circulan desde hace años rumores, sospechas y especulaciones sobre supuestos peajes políticos, compromisos personales y razones nunca suficientemente explicadas que condicionarían la relación entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Mohamed VI. No disponemos de pruebas que permitan convertir esas sospechas en hechos, y por tanto no lo haremos. Pero precisamente por eso corresponde al Gobierno despejar cualquier duda comportándose como corresponde al Ejecutivo de una nación soberana: los intereses de España deben prevalecer sobre cualquier relación personal, compromiso desconocido, cálculo partidista o temor a la reacción de Rabat.

Pese a quien pese. Porque la dignidad nacional no es una abstracción reservada para los discursos del 12 de octubre. Es la capacidad cotidiana de un Estado para demostrar que sus fronteras se respetan, que sus ciudadanos están protegidos y que reclamar una parte de su territorio tiene consecuencias, cuando menos, diplomáticas.

Demasiadas palabras. Demasiadas explicaciones. Demasiados agradecimientos. Demasiadas cautelas.

Marruecos necesita saber qué ocurre cuando convierte una parte de España en objetivo declarado de su política exterior. Y España necesita descubrir que es capaz de vivir durante un tiempo sin Marruecos antes de volver a relacionarse con Marruecos de otra manera.

Después hablaremos. Dentro de unos meses, dentro de unos años o cuando resulte necesario.

Pero primero habrá que recuperar algo que nunca debimos permitir que se deteriorase: la decencia moral para con nuestros ciudadanos del norte de África.

España no necesita una comisión para discutir Ceuta y Melilla. Necesita un Gobierno dispuesto a defenderlas.

El tiempo de arrastrar nuestra dignidad para conservar una supuesta normalidad ha terminado. El tiempo de insultar la decencia de todo un país mediante reclamaciones territoriales sin consecuencia alguna también. Ahora le corresponde al Gobierno poner fin a este drama y recuperar la cordura. Y si no puede hacerlo, deberá hacer paso a quien pueda devolverla.

Un deseo: que el estallido social en ciernes de los ceutíes no nuble nuestro buen juicio. Va a ocurrir, está previsto, ha sido provocado, alentado imprudentemente por quienes idearon esta situación de extrema gravedad; lo que no le resta legitimidad, pero añade carga política de justificación a quienes están al otro lado de la verdad y la justicia. Por tanto, cuando llegue, que llegará, no podremos permitir que se use como coartada para no tomar las decisiones que hay que tomar.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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