«Groenlandia, tierras raras y seguridad en el Ártico». Washington vuelve al norte
Sobre el informe de Meredith Schwartz y Gracelin Baskaran en el CSIS (Center for Strategic and International Studies).

Cuando el presidente Trump, un día después de la operación en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, afirmó que «necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional», no fue sólo la mera provocación a la que el mundo asistió boquiabierto. Fue un reflejo del regreso de una narrativa que lleva años latente en Washington: Groenlandia no es una periferia congelada, sino una pieza central en el tablero ártico del siglo XXI. Y no por su paisaje, sino por lo que hay bajo el hielo.
El informe firmado por Meredith Schwartz y Gracelin Baskaran, investigadoras del CSIS, radiografía con precisión el renovado interés estadounidense en Groenlandia, en particular por su potencial minero en tierras raras (TRE), un recurso crítico cuya escasez y concentración en China hace tiempo inquieta a las capitales occidentales.
Groenlandia posee 2 de los mayores yacimientos de TRE del planeta: Kvanefjeld y Tanbreez. En teoría, su explotación podría cambiar el equilibrio global en la cadena de suministros de tecnologías críticas para defensa, energía y electrónica. Pero en la práctica, no hay extracción activa alguna. Las razones son múltiples: clima hostil, infraestructura deficiente, oposición social y, sobre todo, la presencia de uranio asociado, que bloquea el desarrollo de algunos proyectos como el de Kvanefjeld.
La administración Trump, lejos de abandonar el frente, ha redoblado su apuesta. En junio de 2025, el Banco de Exportación e Importación de EE. UU. ofreció 120 millones de dólares a Critical Metals Corp para financiar la mina Tanbreez, marcando lo que sería la primera inversión directa de Washington en la minería groenlandesa. No es un gesto baladí: es parte de una política exterior centrada en seguridad de recursos.
China, por su parte, no ha renunciado a su estrategia. Bajo la bandera de la Ruta de la Seda Polar, se presenta como “estado cercano al Ártico” e intenta desde 2018 ganar terreno con inversiones en infraestructura, expediciones científicas y acuerdos con empresas locales. Aunque la mayoría de sus proyectos se ha estancado —por presión de Dinamarca y EE. UU.—, sigue siendo un actor presente. Shenghe Resources, por ejemplo, mantiene su participación en Kvanefjeld.
El dilema es, por tanto, meridianamente claro: Groenlandia necesita inversión, pero no quiere dependencia. Y mientras Washington refuerza la cooperación con socios como Arabia Saudita, Japón y Australia para diversificar el acceso a TRE, el Ártico se transforma en una frontera geoeconómica tan delicada como disputada.
Del recurso a la geopolítica
El informe recuerda que la Base Espacial Pituffik (antigua Thule), en el extremo norte de Groenlandia, sigue siendo una de las piezas clave del sistema de alerta temprana de EE. UU. Su valor militar, sumado al derretimiento del hielo que abre el Paso del Noroeste, convierte a la isla en una bisagra entre defensa, comercio y control de rutas marítimas. Y en ese marco, el dominio sobre recursos como las tierras raras ya no es un lujo: es una necesidad estratégica que aúna implicaciones para la industria tecnológica mundial tan graves como pueda imaginarse.

De ahí el interés estadounidense por Tanbreez. Si bien sus leyes de mineral (0,38%, es decir, el porcentaje de elemento útil contenido en la roca extraída, lo que determina la viabilidad económica de su procesamiento) son más bajas que en otros yacimientos globales, su alto contenido en tierras raras pesadas (27%) lo vuelve atractivo para aplicaciones en defensa. A diferencia de Kvanefjeld, Tanbreez no está asociado a uranio y ya cuenta con licencia de explotación, un detalle crucial en un país donde las protestas ambientales han sido capaces de derogar legislaciones en cuestión de meses.
En Kvanefjeld, el partido Inuit Ataqatigiit logró en 2021 prohibir toda actividad minera que supere las 100 ppm (partes por millón) de uranio, una unidad que indica la concentración de un elemento en una mezcla o compuesto. Una ley que, según Energy Transition Minerals, constituye una expropiación por la que reclaman 11.500 millones de dólares en compensación —4 veces el PIB de Groenlandia.
Este choque entre explotación y oposición se ha traducido en un freno real al desarrollo minero. Sólo 2 proyectos mineros están activos hoy en la isla. Las carencias son evidentes: Groenlandia tiene apenas 93 millas de carreteras y 16 puertos menores, siendo el de Narsaq —cercano a los yacimientos clave— el más importante en el sur, pero con una capacidad ínfima frente a lo que exige la minería industrial.
La generación eléctrica no alcanza ni siquiera para abastecer a proyectos piloto. Tanbreez se encuentra a casi 300 millas de la principal central de Nuuk, lo que obliga a inversiones multimillonarias en transmisión, almacenamiento y transporte.
Infraestructura, regulación y capital político
El informe de Schwartz y Baskaran propone una hoja de ruta ambiciosa y pragmática. Entre sus recomendaciones más importantes dstacamos:
- Crear corredores mineros prioritarios con planificación centralizada y regulación estable que evite duplicidades y reduzca el riesgo de inversión.
- Implicar activamente a la DFC (U.S. Development Finance Corporation) y al EXIM Bank para financiar infraestructuras básicas como puertos, energía y carreteras.
- Coordinarse con la Unión Europea para actuar con herramientas comunes de financiación, compra y regulación, como ya ocurre con el yacimiento de grafito Amitsoq, designado “Proyecto Estratégico” por Bruselas.
- Mejorar la claridad regulatoria en Groenlandia, especialmente en torno al contenido de uranio y a la gestión de residuos, a fin de recuperar la confianza inversora.
- Fomentar la participación comunitaria, como hizo en su momento Tanbreez con entrevistas, audiencias públicas y el compromiso de contratar localmente hasta el 90% de su fuerza laboral.
Los autores subrayan que, sin una licencia social sólida para operar, cualquier proyecto minero es inviable a largo plazo. Y que los beneficios deben ser visibles y tangibles antes de la producción, con acuerdos comunitarios claros, programas de capacitación y distribución de regalías a nivel municipal.
¿Y ahora qué?

Fuente: Graphics News
La apuesta estadounidense en Groenlandia ya no se mide sólo en bases militares o visitas diplomáticas, que también. La inversión minera es ahora el campo de batalla clave, y el control sobre tierras raras se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional. Pero este dominio no se logrará con adquisiciones forzadas ni declaraciones provocadoras, tal y como viene sucediendo en las últimas semanas. Como recuerda el informe: “materializar este potencial requiere más que sólo financiación: exige un compromiso a largo plazo con la infraestructura, una auténtica participación comunitaria y coordinación diplomática”.
Groenlandia, en definitiva, no debería ser conquistada por la fuerza: tendría que ser convencida. Y ese proceso —económico, político y social— ya ha comenzado.

