España, sin permiso ni penitencia

Después de todo, este día sigue siendo un gran día

Jorge Estévez-Bujez

Existen naciones a las que sus desgracias han enseñado a reconocerse, y otras que parecen haber obtenido de ellas la extravagante convicción de que sólo merecerán un lugar decoroso en el mundo cuando hayan terminado de negarse. España, tan pródiga en ambas experiencias, lleva demasiado tiempo concediendo a los administradores de su descrédito una autoridad que rara vez les exige justificar sus actos y sus palabras. Basta la acusación, basta el ademán displicente, basta arrojar sobre cinco siglos (como poco) una sentencia aprendida en cuatro líneas, para que lo español comparezca de nuevo ante un tribunal donde el veredicto precede al examen y la absolución constituye, por lo visto, una falta de buen gusto.

Y así llegamos, otro año, al 12 de octubre. Una fecha que debiera permitirnos cierta concordia, al menos estética, en torno a cuanto hemos sido y a cuanto todavía podemos hacer juntos, pero a la que se obliga a soportar el acostumbrado inventario de impugnaciones. No faltará quien encuentre en ella el origen de todos los males; quien confunda la severidad del juicio histórico con el desprecio a sus compatriotas; quien considere intolerable una bandera española y perfectamente saludable cualquier otra que se levante contra ella. La peculiaridad de esta censura consiste en que nunca termina de pedir cuentas al pasado: necesita que el presente se declare culpable, una vez, y otra, y otra más, mientras la existencia de cualquier rastro de lo hispano permanezca en este mundo.

El fundamento de la conmemoración es evidente, y lo seguirá siendo, por más que lo hagan desaparecer sepultado bajo la barahúnda de tropelías que le endosan, pero la legitimidad de quienes lo celebramos nos permite no retroceder sin plantear batalla, por mucho que resulte más rentable discutir contra una caricatura.

Ahora bien, ninguna celebración bastará para sostener aquello que una sociedad haya consentido en vaciar de significado. Ese es nuestro verdadero problema. Hemos permitido que el nombre de España se trate con una cautela y unas servidumbres que no se exigen a los nombres de sus partes; que la pertenencia común deba explicarse, justificarse y disculparse, mientras cualquier identidad que pretenda desentenderse de ella recibe, por adelantado, el certificado de autenticidad y el marchamo de bondad. La nación entera queda así bajo sospecha; el fragmento, por el mero hecho de proclamarse distinto, adquiere virtud de linaje e idiosincrático mito fundacional. Curiosa contabilidad moral, ésta, en la que cuanto reúne debe defenderse y cuanto separa tiene derecho a celebrarse.

 

 

Nunca ha sido un asunto menor, ni una simple disputa de símbolos. Cuando se consigue que la comunidad política resulte vergonzante, se debilita también la obligación de responder ante ella. Quien reduce España a una ficción molesta tendrá menos dificultades para presentar sus instituciones como botín, su soberanía como moneda y la igualdad de sus ciudadanos como un estorbo negociable que, hace tiempo, comenzó a amortizar. La operación admite muchos envoltorios, algunos de apariencia exquisitamente técnica, pero su resultado es bastante prosaico, porque lo que pertenece a todos acaba dependiendo de quienes reclaman una excepción para sí.

La defensa de este día requiere, además, afrontar el argumento histórico con algo más sólido que una reacción airada. La conquista de América tuvo violencia, sometimiento, explotación y sufrimientos cuya existencia ningún patriotismo solvente necesita discutir, acaso el nacionalismo lo haga, lo escenifique, pero nunca un patriota sensato. El orgullo que depende de ocultar una víctima es tan endeble como la condena que necesita ocultar todo lo demás. Porque hubo mucho más. Hubo fundaciones, instituciones, misiones, lenguas y gramáticas, adelantos técnicos, circulación de conocimientos, creación artística, mestizajes y una transformación duradera de las sociedades a ambos lados del Atlántico. La magnitud de aquella experiencia, que empequeñece a todas menos a una -Roma-, obliga a estudiarla en sus contradicciones. Convertirla en una estampa edificante puede adjetivarse de pueril, pero reducirla a una secuencia uniforme de crímenes es intelectualmente fraudulento, históricamente burdo, y dialécticamente agotador.

Por fortuna, la propia Historia española contiene elementos que incomodan al punto de sarpullido a quienes necesitan despacharla mediante una acusación sin matices. Recapitulemos en un solo episodio:

La controversia de Valladolid, en 1550 y 1551, enfrentó a Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda en torno a la legitimidad de la guerra contra los pueblos indígenas. Aquella pionera discusión no borró los abusos, ni convirtió el dominio imperial en una empresa inocente. Lo que hizo -nunca antes de nosotros, y nunca después repetido- fue que la reflexión sobre sus fundamentos morales formara parte de aquel mismo mundo. Los españoles que denunciaron la injusticia pertenecen a la Historia de España con tanto derecho como quienes la cometieron. Expulsar a los primeros del balance para cargar exclusivamente contra los segundos constituye una selección interesada, no una interpretación rigurosa.

Hay también una arrogancia particularmente confortable en juzgar a los muertos con todas las certezas que los vivos han adquirido después de ellos. Ello permite sentirse superior sin exponerse a ninguna de sus incertidumbres, condenar decisiones sin reconstruir las alternativas y dictar lecciones de humanidad desde una época, la nuestra, que tampoco ha conseguido librarse de la guerra, de la explotación o de la matanza. La distancia histórica no impide el juicio moral; le exige trabajo. A quien se proclama tan escrupuloso con las víctimas del pasado cabría pedirle, cuando menos, un escrúpulo equivalente al examinar las responsabilidades de su propio tiempo; si es que es capaz de ello, y si es que el madrugar y remangarse para tan arduo trabajo no le supera.

Se me antoja igualmente indigno defender España mediante la indulgencia plenaria hacia sus gobernantes. Nuestra Historia ofrece demasiados ejemplos de hombres que cumplieron hasta el agotamiento mientras quienes debían proporcionarles medios, dirección y amparo se extraviaban entre sus cálculos.

Cuando me pierdo en estas disquisiciones, a fe mía que pródigas en nuestro pasado y también en nuestro presente (Ceuta), siempre acudo a El Caney, cuyo recuerdo conserva una dolorosa grandeza que ayuda a comprender bien esa distancia entre la entrega de unos y la responsabilidad de otros. Porque honrar a quienes combatieron allí no obliga a santificar la política que los condujo al desastre. Antes bien, cuanto mayor fue su sacrificio, menos derecho tenemos a envolver en su gloria los errores de quienes lo hicieron inútil.

Una patria que sólo sabe pedir heroísmo a sus hijos, y nunca competencia a sus dirigentes, termina convirtiendo la lealtad en una brutal forma de expolio. También por ello, el 12 de octubre debe servir para algo más que contemplar uniformes, entonar el canto por los caídos y archivar fotografías. Los hombres y mujeres que encarnan la defensa de España merecen medios adecuados, continuidad en las decisiones y una dirección política que comprenda las consecuencias de sus omisiones. El homenaje resulta mezquino cuando permite al homenajeador sentirse satisfecho sin haber cumplido su parte.

No debiéramos aceptar que la Defensa Nacional quede reducida al tramo solemne de una mañana de otoño. La soberanía reclama capacidades, medios; la seguridad merece previsión; la oportunidad requiere decisión; y el compromiso con quienes sirven exige presupuestos ejecutados y responsabilidades asumidas. Porque mientras una bandera puede presidir un acto impecable, detrás de ella se acumulan carencias y errores que nadie quiere explicar. Y una nación tiene pleno derecho a reclamar de sus autoridades algo más que una expresión conmovida cuando llega el momento de recordar a sus muertos.

Todo ello forma parte de la defensa de España. La crítica al poder, la exigencia de igualdad, la protección del patrimonio común y la voluntad de preservar la independencia de decisión pertenecen a una misma obligación. Lo veremos en breve, porque estamos de lleno en ello, que resulte demasiado fácil apropiarse de la patria para una campaña electoral y desatenderla después en el despacho; invocarla cuando proporciona votos y rebajarla hasta el lodo cuando dificulta un acuerdo. Quien utiliza España como recurso retórico habrá de aceptar que se le juzgue por lo que hace con ella. La solemnidad no puede conceder inmunidad, del mismo modo que el ejercicio del poder no necesita de la impunidad.

Después de todo, este día sigue siendo un gran día. Lo es por la continuidad de una Comunidad con afán de universalidad que ha conocido guerras, derrotas, victorias, fracturas y gobiernos indignos sin agotar su capacidad de rehacerse una y otra vez, al punto de lo inverosímil. Lo es porque la Historia que compartimos excede con mucho la angostura y la estrechez de quienes quieren convertirla en un argumento de partido y en un subproducto residual. Y lo es porque todavía podemos exigirnos un porvenir a la altura de nuestros mejores esfuerzos, sin necesidad de fingir que el pasado fue irreprochable, porque no lo fue, porque ninguna obra humana lo es y porque, mal que les pese, ésta es universal.

España no necesita una inocencia retrospectiva para merecer lealtad. Necesita ciudadanos capaces de conocerla sin servilismo, defenderla sin pedir disculpas y exigir a quienes la gobiernan que respondan por su suerte. Celebrar el 12 de octubre significa también asumir esa carga. Hay algunos dispuestos a pronunciar su nombre cuando conviene y a esconderlo las más de las veces. En cambio, son demasiado pocos los dispuestos resueltos a sostener lo que ese nombre obliga, que es mucho.

Cuando el privilegio se presenta como reparación y cada renuncia del conjunto se exige como prueba de tolerancia, al cabo, la tolerancia queda reservada a quienes ceden, mientras los demás administran sus beneficios.

Hoy sigue siendo un gran día. Y precisamente por eso, España merece algo más que sobrevivir a quienes viven de ella.

Jorge Estévez-Bujez

DYS

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