Los contactos existen, pero una incorporación alemana exigiría resolver aquéllo que los titulares no reparten: trabajo, autoridad y soberanía industrial. Mientras Londres abre la puerta, las reservas recogidas por, al menos, uno de los socios, recuerdan que éstos también tienen las llaves

Jorge Estévez-Bujez ![]()
Cuando las noticias llegan con el paso resuelto de quien conoce el camino y, apenas se les pide que muestren las credenciales, las más de las veces descubrimos que, pese a su osadía, todavía estaban preguntando por la dirección. Con el futuro avión de combate alemán llevamos una temporada de ésas. Hace poco lo advertimos en esta casa. Cada pocos días aparece una posibilidad nueva, o rejuvenece alguna antigua, y de inmediato se le atribuye la consistencia de una decisión que nadie ha tomado.
Esta semana le ha correspondido, de nuevo, al GCAP.

Las tentaciones japonesas con el F-47 también regresan cada cierto tiempo, aunque sean de origen mediático
Los contactos de Alemania con el programa británico, italiano y japonés son reales. Lo ha confirmado Friedrich Merz. Merecen, por tanto, atención, tiempo y, por descontado, análisis. Pero de ahí a considerar que Berlín tiene encarrilada su incorporación media una distancia considerable, sembrada precisamente de las dificultades que menos suelen acomodarse en un titular y más a un menú de consumo rápido.
Yo sigo viendo más razonable —y, por ahora, más probable— una aproximación alemana a España y Suecia. El tiempo se ocupará de poner en uno u otro lugar a quienes frecuentan una de las dos opciones que Berlín tiene sobre la mesa. Errar es de sabios, dicen; pero acertar lo es aún más, aunque la suerte sea el verdadero motor de que la balanza caiga de un lado o del otro.
Es una opinión, naturalmente. No dispongo de asiento en la Cancillería ni de un oído privilegiado bajo la mesa de las negociaciones. Dispongo de lo publicado, de las palabras de sus protagonistas y de algunas razones que prefiero no dar por extinguidas cada vez que Londres vuelve a mostrar una silla vacía e invita a Berlín a ocuparla.
Porque ofrecer asiento resulta sencillo, pero determinar qué derechos acompañan a ese asiento es una trabajo bastante más ingrato.
Lo que ha dicho Merz
Empecemos por la parte que no depende de nuestras preferencias.
La transcripción publicada por el Gobierno alemán recogía que Merz planteó en Japón examinar un posible lugar para Alemania en el GCAP. También dejaba constancia de que la distribución industrial se encuentra avanzada (mucho), de que Berlín estudia todas las opciones y de que los ministros de Defensa abordarán el asunto. El canciller añadió nuevos argumentos favorables a la cooperación, como son evitar nuevos comienzos, reducir la variedad de sistemas y aumentar las cantidades producidas.
No es un razonamiento exento de razones de peso. Empezar otro avión entraña costes y riesgos que Alemania tiene derecho, y obligación, de sopesar. Pero el propio Merz dejó abierta la viabilidad de esa cooperación. Sus declaraciones demuestran, por tanto, una exploración política, pero no anuncian una adhesión.

Merz (EFE) deberá resolver el futuro aeronáutico alemán antes de que la presión de la gran industria alemana le suponga un lastre político y electoral
Por su parte, en la intervención pública difundida por la oficina de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi habló de impulsar la cooperación industrial de defensa en ámbitos complementarios. Y vemos en su medida declaración una franca disposición al entendimiento, lo que, huelga decirlo, no equivale a ofrecer a Alemania una parte del desarrollo del futuro caza.
Mantengamos esa diferencia presente, sobre todo por conservar las riendas y la sensatez ante una actualidad que corre más que los acuerdos.
Una conversación industrial no es un contrato
El Financial Times informó esta semana de una reunión prevista entre Airbus y BAE Systems (la misma BAE sobre la que los funcionarios alemanes recordaban en informe interno desvelado por POLITICO del Ministerio de Defensa alemán lo difícil que fue trabajar con ellos en el Eurofighter) para explorar posibilidades de cooperación en aviación de combate, incluido el GCAP. La información señalaba el indudable carácter preliminar de los contactos y las dificultades de incorporar a la industria alemana a una estructura cuyos socios ya han negociado responsabilidades y propiedad intelectual.
Que ambas compañías conversen resulta perfectamente comprensible. Sería extraño que, en semejante momento de incertidumbre internacional sobre programas aeronáuticos tras la caída del FCAS, dejaran de hacerlo. Ahora bien, el interés por conocer una oferta no supone nada más que eso, y en modo alguno haberla aceptado, en especial cuando no se pueden considerar resueltos los obstáculos que precisamente justifican la conversación.
Mi prevención comienza cuando esos contactos adquieren, en su circulación pública, una apariencia de desenlace. Una posibilidad puede ser auténtica y, al mismo tiempo, recibir una proyección muy conveniente para quien desea hacerla prosperar.
Desde Londres existen razones para mantener viva la opción alemana: ampliar la base económica e industrial del programa y atraer un potencial comprador de considerable importancia. Que ese interés contribuya a dar visibilidad a los acercamientos me parece una interpretación razonable. Afirmar que conocemos una operación informativa concertada sería ir más allá de las pruebas disponibles.
No hace falta tanto para advertir el problema. Basta con preguntarse quién tendría que ceder para que Alemania obtuviera el lugar que presumiblemente querría ocupar.
Japón ha visto la cuenta
La información de Asahi Shimbun del 29 de octubre, firmada por Takashi Ogawa, Mizuki Sato y Yoshikatsu Nakajima, introduce aquí una perspectiva especialmente reveladora, y quizá, deliberadamente obviada en los análisis europeos al respecto en esta semana de final de octubre.
Según el artículo del medio nipón, responsables japoneses temen que una incorporación alemana al desarrollo obligue a revisar el reparto de trabajo y complique los plazos del programa. El periódico señala a un funcionario (algo parecido al caso alemán de la semana pasada desvelado por POLITICO) del Ministerio de Defensa una objeción cuyo sentido resulta difícil de confundir: si Londres desea incorporar a Alemania, que sea Londres quien asuma el coste industrial de hacerle sitio. Es decir, que Reino Unido ceda una parte de su propio porcentaje. La filtración (nótese que siempre están originadas en funcionarios...) deja poco margen a la interpretación favorable de que Japón esté dispuesta a negociar porción alguna de su pastel. De ser cierto que ese es el ánimo de Tokio, poco margen queda para ningún acuerdo, a no ser que, excepcionalmente, Londres entrara en una suerte de enajenación, provocada quizás por una lacerante falta de recursos, que le llevara a ser el único miembro del GCAP que sacrificara parte de su presencia en el programa en favor de un nuevo socio. Poco probable se queda corto para ese planteamiento.

Los ministros de Defensa de Japón y Alemania en una reciente visita oficial en Tokio
Sea como fuere, son preocupaciones recogidas por el medio Asahi entre fuentes gubernamentales; y no constituyen un veto oficial japonés, sino una oportuna filtración de parte. Un aviso a navegantes. Tampoco es necesario presentar a Tokio como un bloque pétreo sin matices. El propio relato que hemos conocido sitúa esas inquietudes dentro de una relación con Alemania que Japón considera, cómo no, importante.
Pero precisamente por eso resultan significativas. Porque una cosa es estrechar relaciones con Berlín y otra revisar, a la baja, las responsabilidades de un programa central para la industria y la defensa japonesas.
A un observador se le puede facilitar información; a un comprador se le puede preparar una oferta; a un socio de desarrollo que reclama capacidades críticas, derechos y autoridad hay que encontrarle espacio dentro de la organización. Y ese espacio, cuando ya está ocupado, tiene dueño.
No parece descabellado que Japón pregunte quién va a entregarlo. Y, para ello, la cortesía diplomática permite abrir muchas puertas. Pero lo que no hace es obligar a regalar lo que hay detrás.
La recomendación alemana sigue donde estaba
El 22 de octubre publiqué en DYS «6ª gen. Alemania mira a Suecia y España. Esta vez, ¿algo ha cambiado?», a propósito de los documentos internos del Ministerio de Defensa alemán revelados por Chris Lunday en POLITICO a que antes hacía referencia.
Aquella información describía una recomendación favorable a explorar una asociación con Suecia y España frente a la entrada en el GCAP. La preocupación central era reconocible, y se refería al margen de influencia que Alemania podría conservar dentro de un programa existente (GCAP) y con velocidad de crucero.
Advertíamos entonces que una evaluación interna no equivalía a una decisión del Gobierno, y la cautela, más de una semana después, sigue siendo válida. Pero también sigue siéndolo su contenido, porque los contactos de esta semana no demuestran que hayan desaparecido las reservas industriales que sustentaban aquella recomendación.
Ni siquiera estamos necesariamente ante noticias incompatibles. Un Gobierno puede estudiar una oferta mientras sus funcionarios recomiendan otra vía. Puede contrastar condiciones, comprobar hasta dónde llega una invitación y descubrir, al hacerlo, que la alternativa inicialmente preferida conserva sus ventajas.
Pero también podría cambiar de criterio. Sería imprudente negarlo. Lo que no procede es interpretar cada conversación como si anulara todo lo anterior. En esta historia, la memoria parece durar menos que una rueda de prensa.
El pastel y el cuchillo
El obstáculo que sigo viendo al acercamiento alemán al GCAP es bastante sencillo de formular, aunque su resolución sea endiabladamente compleja.
Alemania puede aportar muchas cosas, y todas serían bien recibidas en cualquier programa de este jaez. Aportaría recursos, aportaría industria y generaría su propia demanda. Precisamente por todo ello, cabría esperar que reclamara una participación proporcionada a ese esfuerzo. Si ha de comprometer cantidades importantes y orientar durante décadas una parte de su aviación de combate, querrá saber qué puede diseñar, qué puede modificar y sobre qué decisiones tendrá autoridad. Lo contrario, es decir, poner dinero y esperar a los cazas, sería difícil de creer, y mucho más de explicar.
Los socios existentes, por su parte, tendrían razones igualmente legítimas para proteger lo acordado y preservar sus capacidades. Porque, en efecto, el dinero alemán podría ampliar el programa, pero no crear por sí solo nuevas responsabilidades críticas que repartir sin afectar a nadie.
Ése es el pastel al que me refería hace unos días. La dificultad no consiste en sentar a otro comensal, sino en averiguar quién le aproxima su plato cuando llega el cuchillo.
Las reservas japonesas descritas por Asahi dan cuerpo a esa dificultad. Y explican por qué una invitación británica, incluso sincera y políticamente respaldada, necesita bastante más que voluntad de Londres para convertirse en un acuerdo satisfactorio para todos.
Escámez y las dificultades de nuestra alternativa
Ahora bien, decantarse por el eje Berlín-Madrid-Estocolmo no exige pintarlo de un color que todavía no tiene.
Si han leído los dos análisis que Roberto Escámez publicó en DYS, el primero el 27 de octubre en «El eje Berlín-Madrid-Estocolmo», podrán conocer su examen de las posibilidades industriales de una asociación de los 3 países. Su disertación abordaba tanto las capacidades disponibles como las fricciones que podrían aparecer al distribuir responsabilidades entre empresas con intereses propios. Porque sí, la complementariedad no elimina la competencia.
Al día siguiente, el 28, en «El eje Berlín-Madrid-Estocolmo (II)», Escámez puso el acento en, precisamente, esas dificultades: gobernanza, propiedad intelectual, requisitos operativos y propulsión. Son advertencias necesarias que no se prodigan en muchos otros medios especializados, por lo que les invito a que las lean para disponer de otro criterio y una visión más general del momento ante el que nos encontramos. El entusiasmo por una nueva alianza no resolverá nunca quién dirige el diseño ni garantiza que los gobiernos quieran, necesiten y puedan pagar el mismo avión.
Como les decía, me parece que ambos trabajos ayudan a situar el debate donde corresponde. Esta alternativa (Berlín-Madrid-Estocolmo) evidentemente, no garantiza marchamo de éxito, y tendría que demostrar su viabilidad. Pero su ventaja potencial reside en poder negociar desde el origen las condiciones de participación; su riesgo, en no conseguir acordarlas.
Tampoco Suecia debe darse por incorporada por el mero hecho de que su nombre complete bien una combinación europea. Estocolmo tendría que encontrar razones propias para comprometerse. Y España, por su parte, debería acudir con algo más definido que la voluntad de acompañar a Alemania.
«Una alianza necesita socios. Los figurantes sirven para la fotografía»
Sigo mirando hacia España y Suecia
Con todo ello delante, sigo considerando más plausible que Alemania busque junto a España y Suecia una fórmula que le permita negociar desde el comienzo su posición industrial. No porque el camino resulte fácil, ni porque el producto resultante sea mejor que el derivado del GCAP. No se trata de eso. Sino porque responde mejor al problema que parece querer resolver, que es conservar capacidad efectiva de decisión sobre su futuro sistema de combate.
El GCAP ofrece una estructura existente, sólida y la posibilidad de evitar algunos riesgos de empezar de nuevo. Esa ventaja hay que tomarla en serio, porque ya es una realidad en una concreta fase pre-industrial. Pero Berlín tendría que contrastarla con las condiciones reales de entrada, y los socios fundadores tendrían que decidir cuánto están dispuestos a modificar para recibirla (y ya habría uno al otro lado del orbe que no está dispuesto).
Hasta que conozcamos esas condiciones, el acercamiento debe recibir el nombre de acercamiento. Dejemos los titulares como tales, y no como anzuelos sin el respaldo analítico y ponderado que necesitan a continuación.
Es legítimo desconfiar de la lectura que presenta las noticias de esta semana como si Alemania hubiese comenzado a despedirse de las demás opciones. Veo una posibilidad que Londres tiene interés en promover, una Cancillería que la examina y unas reservas industriales que siguen esperando respuesta. No veo todavía los fundamentos de una incorporación encaminada.
Por supuesto, puedo equivocarme. Yo y todos los que pensamos de manera similar. Si aparece un acuerdo que otorgue a Alemania una responsabilidad sustancial y satisfaga a los 3 socios, habrá que analizarlo y revisar lo que corresponda. Las opiniones deben poder corregirse cuando los hechos cambian.
Entretanto, mantengo la mía.
Alemania habla con el GCAP. Japón mide las consecuencias. España y Suecia siguen formando parte de la alternativa. Y entre todo ello, aún falta lo más difícil, la necesidad de que quienes invitan (a Berlín) expliquen qué están dispuestos a ceder de su parte.
Porque la puerta puede abrirla Londres, pero la cuenta tendrán que aceptarla todos.
Jorge Estévez-Bujez
DYS

