El eje Berlín-Madrid-Estocolmo (II)

Gobernanza, propiedad intelectual, requisitos operativos y el fantasma del FCAS

El pragmatismo de Saab y la madurez del Gripen son piezas clave en una eventual alianza tripartita, pero plantean dilemas de liderazgo, gobernanza y compatibilidad de requisitos frente a Alemania y España

ROBERTO ESCÁMEZ DYS Roberto Escámez

En el análisis anterior (“El eje Berlín-Madrid-Estocolmo: un posible caza de 6.ª generación”) exploramos la viabilidad técnica e industrial de una alianza tripartita entre Alemania, España y Suecia tras la cancelación del NGF del FCAS. Allí proponíamos un reparto de pilares realista que aprovechara las fortalezas de Saab, Hensoldt, Indra, Airbus, ITP Aero y el resto de la industria de los tres países. Sobre el papel, las capacidades se complementan y la ventana de oportunidad está abierta. Sin embargo, la historia de los grandes programas de defensa europeos está llena de proyectos “lógicos” que se desangraron no por falta de tecnología, sino por fallos de gobernanza, disputas de propiedad intelectual, incompatibilidades de requisitos operativos y calendarios irreales. El fantasma del FCAS —y antes el del propio Eurofighter en sus fases más conflictivas— planea sobre cualquier nuevo intento.

El eje Berlín-Madrid-Estocolmo

Les dejamos aquí arriba el enlace al primer artículo de este análisis

Este análisis no pretende enterrar la opción tripartita, sino señalar con precisión los puntos de fallo críticos y las condiciones mínimas que España debería exigir, desde el primer día, para no repetir errores. La experiencia del NGF demuestra que los problemas de liderazgo industrial, control de la propiedad intelectual y divergencia de requisitos nacionales pueden ser más letales que cualquier obstáculo tecnológico.

Gobernanza: el verdadero campo de minas

El mayor riesgo no es técnico, sino político-industrial y estructural. En este ecosistema, la gobernanza sitúa en tensión constante la soberanía nacional y la eficiencia operativa. Saab aporta una agilidad pragmática demostrada al haber diseñado, integrado y exportado un caza completo (Gripen) con presupuestos acotados y plazos ajustados. En el extremo opuesto, Airbus y Alemania representan una escala industrial masiva, un peso financiero dominante y una burocracia compleja asociada a programas multinacionales.

El choque entre la mentalidad ágil de Estocolmo y la escala pesada de Berlín genera una dinámica compleja donde España debe ejercer de factor equilibrador. La pregunta clave es quién manda realmente. Si se repite el esquema de “pilares” del FCAS sin un liderazgo de diseño claro, el programa se convertirá en un interminable tira y afloja. Saab no aceptará ser un mero subcontratista de aeroestructura o sensores; su valor diferencial es precisamente la arquitectura completa del sistema. Por el contrario, Berlín no tolerará que el futuro caza de la Luftwaffe se perciba como un “Gripen grande” con componentes alemanes.

La experiencia del FCAS es aleccionadora. El programa naufragó en gran medida por la incapacidad de Francia (Dassault) y Alemania/España (Airbus) de acordar un modelo de liderazgo industrial y de propiedad intelectual. Dassault insistía en un “prime contractor” claro con autoridad de diseño, argumentando que los comités producen diseños de compromiso y retrasos, mientras que Alemania defendía un reparto más equilibrado y la protección de su base industrial. Las disputas sobre workshare e IP se prolongaron años y terminaron por hacer inviable el NGF.

 

El reparto de roles industriales: evitar el esquema de ‘pilares’ que paralizó el NGF será la prueba de fuego del nuevo consorcio.

 

La incompatibilidad de requisitos operativos

A este dilema de liderazgo se suma otro, igual de estructural y frecuentemente subestimado: la incompatibilidad de requisitos operativos entre los tres países.

-Alemania: busca un caza pesado de largo alcance y gran capacidad de penetración (“penetrador”) optimizado para el teatro centroeuropeo, con elevada carga útil, autonomía y capacidad de ataque profundo en un entorno de alta intensidad.

-Suecia: prioriza un avión más ligero, dispersable, de alta disponibilidad y operable desde carreteras e instalaciones improvisadas, siguiendo la doctrina Bas 90 y la filosofía del Gripen: supervivencia mediante dispersión, turnaround rápido con equipos pequeños y bajo coste operativo.

-España: necesita autonomía y permanencia en zona para el Atlántico y el Mediterráneo, con fuerte énfasis en el ataque naval y la proyección de fuerza en escenarios marítimos.

Estas diferencias no son menores. Un diseño optimizado para operaciones dispersas y pistas cortas (Suecia) tiende a ser más ligero y con menor carga útil máxima. Un diseño orientado a la penetración profunda y la superioridad aérea de largo alcance (Alemania) tiende a ser más pesado y exigente en términos de infraestructura. España se sitúa en un punto intermedio, pero con un sesgo claro hacia la autonomía y el alcance. Sin un proceso de definición de requisitos muy disciplinado y con cesiones reales por parte de los tres, el programa corre el riesgo de nacer ya lastrado por un diseño de compromiso que no satisfaga plenamente a nadie.

Un sistema modular (con diferentes configuraciones de combustible, carga útil y sistemas de misión) o la aceptación explícita de que el avión saldrá más orientado a las necesidades del socio con mayor peso financiero e industrial (Alemania) son las únicas vías realistas para gestionar esta tensión. Ignorarlo sería repetir uno de los errores que contribuyeron al fracaso del NGF, donde las divergencias de requisitos (incluido el componente nuclear y de portaaviones francés frente a las prioridades alemanas de defensa territorial) nunca se resolvieron de forma convincente.

En esta encrucijada, España corre el riesgo de quedar atrapada en el medio si no consolida su papel a través de Indra y el consorcio nacional. Aunque cuenta con un peso industrial real (Indra, ITP Aero, Airbus España, Aernnova, GMV, Sener), su capacidad de veto puede verse comprometida frente al músculo germano-sueco. El modelo de decisión debe definirse antes de cualquier contrato marco. Un consorcio igualitario al 33 % es atractivo políticamente, pero históricamente ineficaz. Más realista sería un sistema de “arquitecto de sistema” rotatorio o un liderazgo dual (Saab en diseño de vuelo y sigilo, Airbus en integración y producción) con derechos de veto nacionales en áreas críticas de soberanía, garantizando que el bloque español no quede desequilibrado.

Sin reglas claras de gobernanza y de definición de requisitos escritas desde el día uno, el programa puede morir en la fase de definición de requisitos, exactamente como ocurrió con el NGF.

Propiedad intelectual y derechos de exportación

Este es el segundo gran cementerio de programas europeos, centrando la batalla en el control del software de fusión de datos y la Combat Cloud. Quién posee el software de control de vuelo de triple redundancia, la arquitectura de fusión de sensores distribuidos, los algoritmos de guerra electrónica cognitiva o el ciclo variable del motor determinará no solo el retorno industrial, sino la capacidad real de exportar el avión.

 

La Combat Cloud y la arquitectura de sensores: la soberanía de software de Indra e ITP Aero exige garantías de uso y exportación no sujetas a vetos unilaterales. (Imagen IA)

 

El punto crítico radica en el severo contraste entre las normativas de exportación. Alemania mantiene un historial de restricciones y vetos parlamentarios estrictos, mientras que Suecia abandera una filosofía de diseño ITAR-free orientada a la autonomía y la exportabilidad sin interferencias de terceros. Si el núcleo del software o del motor queda bajo control alemán, Berlín podrá vetar ventas por motivos de política interna, limitando drásticamente el mercado global. Para evitar esto, las empresas españolas (Indra, ITP Aero, GMV y Sener) deben asegurar salvaguardas contractuales y garantías explícitas que aseguren la propiedad intelectual compartida y la libertad de exportación y modificación no sujeta a decisiones unilaterales.

El riesgo para Indra e ITP Aero es claro: desarrollar tecnologías clave y ver cómo, bajo presión del socio mayoritario, esas tecnologías se “europeizan” o se diluyen en estructuras de propiedad que impiden su explotación autónoma en futuros programas. La experiencia del FCAS, donde las disputas sobre la IP generada en las fases de estudio se convirtieron en un obstáculo central, debe servir de advertencia.

Calendario, madurez tecnológica y el cuello de botella del motor

Un caza de sexta generación no es solo un avión; es un sistema de sistemas donde la madurez tecnológica dictará los plazos reales. El desafío propulsivo es colosal: desarrollar un motor de ciclo variable (VCE) de tres flujos partiendo de la arquitectura del EJ200 requiere introducir una tercera corriente de aire para optimizar tanto el empuje a velocidades supersónicas como el consumo en crucero. Además, la necesidad de integrar la generación eléctrica en el rango del megavatio para alimentar radares de gran potencia, sistemas de energía dirigida y la Combat Cloud implica una reingeniería térmica y eléctrica sin precedentes en Europa.

1. Soberanía industrial y fundición monocristalina

Se argumenta a menudo la falta de un integrador de ciclo completo como Safran en este eje. Sin embargo, la brecha técnica no implica una ausencia absoluta de capacidades. MTU Aero Engines (Alemania) posee capacidad demostrada en el desarrollo de superaleaciones y componentes monocristalinos (single-crystal / LEK94) para las etapas de turbina de alta presión (HPT). Por su parte, ITP Aero (España) domina las turbinas de baja presión (LPT) y el diseño de toberas vectoriales, mientras que GKN Aerospace (Suecia) lidera en estructuras estáticas y fan.

El riesgo real no es la falta de tecnología base, sino la ausencia de un motorista soberano único que controle la totalidad de la cadena de suministro sin depender de licencias externas.

2. La gobernanza de Eurojet y el papel de Rolls-Royce

Aquí aparece el verdadero cuello de botella político-industrial del motor. El análisis anterior proponía una evolución del EJ200 repartida entre MTU (núcleo de alta presión), ITP Aero (turbina de baja presión y tobera) y GKN (estructuras y fan). Sobre el papel es viable. En la práctica, sin embargo, Alemania y España acumulan aproximadamente un 46 % de Eurojet, mientras que Rolls-Royce ostenta un 33 % y es el socio con mayor peso tecnológico real (el 21 % restante pertenece a Avio Aero). Es muy poco probable que Londres acepte contribuir activamente a un motor que compita directamente con el que está desarrollando para el GCAP junto a Avio Aero e IHI.

Rolls-Royce ha descrito el motor del GCAP como una “estación de energía volante” capaz de gestionar cargas eléctricas y térmicas sin precedentes. El consorcio GCAP avanza hacia pruebas de demostrador en tierra y considera este propulsor uno de los pilares de su ventaja tecnológica. Apoyar en paralelo una evolución ambiciosa del EJ200 para un caza rival europeo generaría una clara competencia interna de recursos, tecnología y mercado de exportación. Sin la colaboración real de Rolls-Royce (o sin una alternativa de motorista de peso), el camino de evolucionar el EJ200 hacia un propulsor de sexta generación se complica enormemente, tanto técnica como contractualmente. Este factor, más que la capacidad de MTU o ITP, es el que puede convertir el desarrollo de la planta motriz en el principal riesgo de calendario y de soberanía del programa.

 

 

El desarrollo de un motor adaptativo de ciclo variable representa uno de los mayores saltos tecnológicos y riesgos de calendario para la década de 2030. (Imagen: Eurojet)

 

A estos retos del sistema principal se suma la absoluta dependencia de habilitadores tecnológicos clave. El éxito operativo depende de la integración fluida de los Remote Carriers (los drones acompañantes no tripulados) y de la disponibilidad de semiconductores avanzados de nitruro de galio (GaN). En este último aspecto, el desarrollo de capacidades nacionales canalizadas a través del PERTE Chip resulta crítico para asegurar que la industria española fabrique los componentes de microelectrónica necesarios para los sensores AESA de nueva generación sin depender de cadenas de suministro no europeas.

El riesgo de “deslizamiento del calendario” es alto y suele acompañarse de sobrecostes y pérdida de apoyo político. La experiencia europea muestra que los programas multinacionales sin un motorista de ciclo completo y con dependencias de socios con intereses cruzados (como Rolls-Royce en este caso) tienden a sufrir retrasos estructurales.

Costes, workshare y sostenibilidad política

El workshare (reparto de trabajo) no puede volver a basarse de manera rígida en la contribución al PIB o en cuotas políticas puras. Para evitar ineficiencias, debe articularse en función de la capacidad técnica demostrada y la especialización industrial de cada socio, asignando responsabilidades claras a los líderes de cada pilar técnico. El modelo de juste retour del Eurofighter, aunque políticamente necesario en su momento, generó ineficiencias y sobrecostes que deben evitarse.

Para sostener este esquema a largo plazo, el programa requiere la firma de acuerdos presupuestarios plurianuales vinculantes que protejan la financiación frente a los vaivenes políticos o electorales de cada país. Asimismo, la arquitectura legal del consorcio debe contemplar cláusulas de salida estructuradas y penalizaciones escalonadas en caso de retrasos graves, sobrecostes no justificables o incumplimiento de los hitos técnicos comprometidos.

La sostenibilidad política es otra amenaza. Alemania atraviesa un ciclo de rearme intenso, pero los presupuestos no son infinitos y la competencia interna con otros programas (misiles, defensa aérea, submarinos) es fuerte. En España, cualquier sobrecoste significativo o retraso visible puede erosionar el apoyo parlamentario. Suecia, con una tradición de pragmatismo industrial, abandonará el barco si percibe que el programa se convierte en un “empleo industrial” alemán más que en un sistema de armas prioritario.

Condiciones mínimas que debería exigir España

Para que la alianza sea viable y no se convierta en un FCAS 2.0, Madrid debería fijar desde el inicio varias líneas rojas:

  1. Gobernanza con derechos de veto nacionales en áreas de soberanía tecnológica (software de vuelo crítico, arquitectura de sensores y Combat Cloud) y en la definición de requisitos operativos clave.
  2. Propiedad intelectual compartida o, como mínimo, derechos irrevocables de uso, modificación y exportación de los desarrollos españoles, con salvaguardas frente a vetos unilaterales de exportación.
  3. Compromiso presupuestario plurianual vinculante de los tres países antes de la fase de desarrollo a gran escala.
  4. Arquitectura abierta que permita a España mantener y evolucionar de forma autónoma los sistemas bajo su responsabilidad.
  5. Hitos técnicos claros y verificables, con cláusulas de salida o reequilibrio si se producen desviaciones graves de calendario o coste, especialmente en el desarrollo del motor.
  6. Claridad desde el inicio sobre el grado de colaboración (o no) de Rolls-Royce y las alternativas realistas para la planta motriz.

El eje Berlín-Madrid-Estocolmo tiene potencial real. Las capacidades industriales existen y la ventana de oportunidad está abierta. Pero el éxito no dependerá de quién fabrica más piezas de fibra de carbono o quién diseña la antena AESA más potente. Dependerá de si los tres países son capaces de diseñar, antes que el avión, un sistema de gobernanza, de propiedad intelectual y de definición de requisitos que evite los errores del pasado.

Sin ese blindaje previo —y sin una solución realista al problema del motor y a las divergencias de requisitos operativos—, el supercaza de sexta generación corre el riesgo de convertirse en otra gran oportunidad europea que se diluye en disputas internas. Y esa es, probablemente, la amenaza más seria a la que se enfrenta hoy.

Roberto Escámez

DYS

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