Primero Ceuta, después Europa

Marruecos ya no necesita convencer a España de que Ceuta constituye un problema. Le basta con conseguir que Europa empiece a pensarlo

Mientras miles de ciudadanos marroquíes continúan irregularmente en la ciudad, aumentan las agresiones y hasta los militares sufren emboscadas, comienza a desplegarse el relato que convierte una agresión contra una frontera española en una discusión europea sobre fronteras, migración, colonialismo y responsabilidades compartidas. No es una cuestión cualquiera, porque cuando cambia la pregunta, empieza a cambiar también la perspectiva y, sobre todo, la respuesta.

Jorge Estévez-Bujez

Hay una forma extraordinariamente eficaz (otra más) de ganar una disputa territorial sin modificar un solo metro de frontera, y es conseguir que los demás empiecen a discutir la frontera. No hace falta convencerlos de que pertenece al reclamante. Ni siquiera es necesario que acepten su versión de la historia. Basta, inicialmente, con destruir la normalidad de lo indiscutible la sensatez de lo existente, transformar una soberanía pacíficamente ejercida durante siglos en una «cuestión», después en una «controversia» y finalmente en un «problema» que, por afectar a terceros, esos terceros se sientan legitimados para ayudar a resolver.

Es, de nuevo y exactamente, el peligro que señalé hace unos días en «Cosoberanía: anzuelo y trampa». Marruecos no necesita conseguir mañana la cosoberanía de Ceuta y Melilla. Le basta con introducir la palabra. Después llegará el diálogo, luego el mecanismo bilateral, más tarde alguna fórmula imaginativa y, sobre todo, la aceptación de que existe algo sobre lo que dialogar. Desde entonces, Rabat ha seguido avanzando. Su ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, ha habló abiertamente de los supuestos derechos históricos y geográficos marroquíes, propuso un mecanismo para discutir el futuro de las 2 ciudades y dejó perfectamente claro cuál debería ser, desde la perspectiva de Marruecos, el final del proceso, que no es otro que su incorporación al Reino. España lo rechazó. Pero Marruecos consiguió nuevamente lo más importante, que en Europa se escuchase la pregunta.

Ahora comienza la siguiente fase. Ceuta debe dejar de parecer un problema entre Marruecos y España para convertirse en un problema entre Marruecos y Europa. O, todavía mejor para Rabat, en un problema que España provoca a Europa.

 

 

El cambio resulta fácilmente perceptible. Desde medios marroquíes se comienza a explicar la crisis de Ceuta mediante conceptos mucho más aprovechables en Bruselas que una simple reivindicación territorial. Ya no hablamos solamente de soberanía, sino de «Fortaleza Europa», de externalización de fronteras, de responsabilidad europea, de memoria colonial, de exclusión y de la necesidad de convertir Ceuta en una suerte de «laboratorio» de cooperación hispano-marroquí-europea. Uno de esos artículos llega a sostener que Ceuta debería dejar de ser entendida exclusivamente como una fortaleza para convertirse precisamente en éso. Otro interpreta lo sucedido como expresión de las contradicciones estructurales del sistema europeo de control migratorio.

Parece una cuestión semántica. No lo es.

Porque en cuanto Ceuta deja de ser presentada como una ciudad española cuya frontera exterior fue violentamente desbordada desde territorio marroquí y comienza a describirse como la consecuencia incómoda de una anomalía histórica, colonial, migratoria o europea, se ha recorrido una distancia política enorme sin que aparentemente haya ocurrido nada. La carga de la prueba cambia de parte. Ya no tendrá Marruecos que explicar por qué decenas de miles de personas pudieron alcanzar en unas horas una de las fronteras más vigiladas, en teoría, del Mediterráneo; ahora España empezará a tener que explicar por qué aquella frontera está allí. Eso es ganar el relato.

Y España está contribuyendo involuntariamente a internacionalizarlo porque, incapaz, o quizás no interesada (comencemos a hablar más claro aún) de resolver con rapidez la situación sobre el terreno, ha terminado llamando a Bruselas. El Gobierno ha solicitado la ayuda de Frontex, Europol y de la Agencia de Asilo de la Unión Europea para identificar, clasificar y tramitar la situación de quienes continúan en Ceuta. Bruselas, naturalmente, debe ayudar: Ceuta es España y España es Unión Europea. Nada hay que reprochar a la implicación de nuestros socios en la protección de una frontera que también es europea. El problema aparece cuando la intervención europea deja de construirse alrededor de la defensa de esa frontera y comienza a edificarse sobre la gestión política de las consecuencias de haber permitido que fuese destruida durante unas horas.

Porque mientras discutimos quién hará el triaje, quién proporcionará intérpretes y cuántos agentes enviará Frontex, varios miles de ciudadanos extranjeros continúan dentro de una ciudad de apenas 80 000 habitantes después de haber entrado irregularmente en España. Y no hablamos ya de la mañana del 31 de julio. Ha transcurrido prácticamente un mes.

Y el tiempo está haciendo exactamente aquello que advertí que haría: pudrir la situación.

El pasado jueves, entre 30 y 40 asaltantes atacaron con piedras un vehículo militar en Benzú. 4 militares resultaron heridos y hubo 12 detenidos. Apenas 48 horas más tarde volvió a producirse otro ataque contra una patrulla de Regulares, esta vez en las proximidades del Foso Real. Un sargento terminó con una brecha en la cabeza y otros 4 ilegales fueron detenidos. Quienes están desplegados para contribuir a mantener el orden en una ciudad española han acabado sufriendo emboscadas dentro de esa misma ciudad, para desgracia de nuestros militares agredidos y responsabilidad de quienes los han destacado sin la menor posibilidad de defenderse.

Podremos discutir largamente sobre terminología, competencias, derechos, protocolos y sensibilidad, porque lo cierto es que es un terreno muy difuso donde, de manera deliberada, la ambigüedad existe. Pero lo cierto es que una patrulla del Ejército atacada mediante una emboscada en territorio nacional no necesita un seminario lingüístico. Necesita Estado.

Pero nada de ésto acaba ahí. Es más, comienza ahora a través de otras variables, otras vertientes tangenciales para la vida de la ciudad. Así, alrededor de esos hechos se acumula una realidad igualmente grave. Los juzgados de Ceuta, por ejemplo, están sometidos a una presión extraordinaria. La Fiscalía había registrado hasta el 27 de agosto 16 agresiones sexuales con 17 víctimas, 16 de ellas mujeres y muchas menores de edad. Y, como es mejor decirlo todo, porque esto no admite utilización miserable alguna, anotar que la Fiscalía señala que 14 de esas víctimas eran también personas en situación irregular llegadas durante la entrada masiva. La inseguridad no distingue pasaportes. Las primeras víctimas de la desaparición efectiva del orden suelen ser precisamente los más vulnerables.

Por eso resulta intelectualmente obsceno reducir lo sucedido a una discusión convencional sobre inmigración. Esto no comenzó como una crisis migratoria española. Comenzó cuando una frontera internacional fue desbordada desde el territorio de un Estado que lleva décadas reclamando la soberanía del territorio situado al otro lado de ella. Después llegaron las consecuencias migratorias, humanitarias, policiales, militares, judiciales y políticas.

Invertir ese orden causal es exactamente lo que interesa a Marruecos. Es exactamente lo que hace.

Primero se borra el origen. Después se universalizan las consecuencias. Y finalmente se presenta a Marruecos no como el Estado desde cuyo territorio se produjo el desbordamiento, sino como un socio indispensable para solucionar el problema que ahora sufre Europa. Magnífico negocio.

La principal lección de lo sucedido también fue advertida en estas páginas, y era precisamente esa: demostrar hasta qué punto resulta posible someter a España a un coste político, policial, militar, humanitario y diplomático extraordinario sin disparar un solo tiro. La zona gris consiste precisamente en eso, en actuar por debajo del umbral que obligaría a responder de una manera inequívoca, multiplicando al mismo tiempo las consecuencias hasta que la víctima empieza a negociar consigo misma.

Después todo fue mucho más sencillo aún para describir lo que estaba ocurriendo, y cómo Marruecos ya dirigía los compases de la gran operación que había orquestado. Ouahbi decidió facilitarnos el trabajo. El ministro marroquí habló de Ceuta y Melilla como territorios cuyo futuro Marruecos continuaba planteando a España. No se trataba ya de interpretar silencios ni de reconstruir conspiraciones. Nos lo estaban diciendo. Pero, cuando parecía imprescindible aceptar que la política española de cautelas, agradecimientos y dependencia había alcanzado su límite, la reivindicación de Ceuta terminó apareciendo incluso en un acto religioso presidido por Mohamed VI.

Así las cosas, si el otro día nos preguntábamos qué más tiene que hacer Marruecos para obtener la respuesta que toda España está pidiendo (a excepción de quienes gobiernan), hoy, quizá, la pregunta deba cambiar.

¿Qué más tiene que hacer España para ayudar a Marruecos a ganar el relato?

Porque hay una batalla paralela que se libra lejos del Tarajal y que sería suicida ignorar por nuestra parte. Se libra en Bruselas, en los medios europeos, en las universidades, en los think tanks, en las organizaciones internacionales y en un ecosistema político extraordinariamente sensible a palabras como «colonialismo», «migración», «derechos humanos» o «Fortaleza Europa». Rabat lo conoce perfectamente. Y también conoce Bruselas; mejor que España.

Y permitan que tome un momento para recordar aquí algo particularmente desagradable, pero rigurosamente documentado, que ayuda a comprender el grado del ascendiente marroquí sobre Europa. El Parlamento Europeo vivió en 2022 lo que él mismo llegó a describir en documentos posteriores como el peor escándalo de corrupción de su historia. El llamado Qatargate dio lugar igualmente a sospechas formales de corrupción vinculadas específicamente a Marruecos. El ex eurodiputado Pier Antonio Panzeri llegó a admitir, según explicó su propio abogado, haber participado en actos de corrupción relacionados tanto con Qatar como con Marruecos. Investigadores belgas indagaron asimismo la posible influencia marroquí sobre responsables europeos y llegaron a interrogar a funcionarios marroquíes. Marruecos, por supuesto, negó cualquier implicación. Es imprescindible conservar esa precisión jurídica para no caer en errores de apreciación, porque, en efecto, hablamos de investigaciones, sospechas y confesiones de uno de los participantes, no de una sentencia que permita condenar indiscriminadamente a Marruecos o a una imaginaria colección de eurodiputados comprados por Rabat. Pero fingir que aquello nunca ocurrió sería todavía más irresponsable.

Porque precisamente cuando Ceuta empieza a trasladarse al terreno europeo, es oportuno recordar hasta qué punto Marruecos ha entendido siempre la importancia de influir sobre quienes fabrican la percepción europea de Marruecos. La política exterior no consiste solamente en mover embajadores y firmar tratados. También consiste en conseguir que el lenguaje del otro empiece a parecerse al propio. Y ese lenguaje está apareciendo.

Ceuta como enclave. Ceuta como reminiscencia colonial. Ceuta como frontera problemática. Ceuta como obstáculo. Ceuta como problema migratorio europeo. Ceuta como cuestión que exige cooperación.

Luego llegará la frase decisiva. Ya se la pueden imaginar: Ceuta como problema que necesita una solución.

Y cuando lleguemos allí habremos perdido exactamente aquello que llevamos semanas intentando explicar. Ceuta no tiene un problema de soberanía que solucionar. Tiene un problema de seguridad que resolver, una frontera que proteger, miles de situaciones administrativas que tramitar urgentemente y un país vecino al que recordar dónde termina su territorio. Nada más.

Las personas que hayan entrado ilegalmente y carezcan del derecho legal a permanecer en España deberán ser devueltas conforme a los procedimientos previstos por nuestro ordenamiento y por las obligaciones internacionales que España libremente ha asumido. Quienes hayan cometido delitos deberán responder previamente ante los tribunales cuando corresponda. Éso no constituye crueldad, venganza ni xenofobia. Constituye LEY: la función elemental de un Estado de Derecho en estas lides, que es determinar quién tiene derecho a permanecer en su territorio, proteger a quienes están dentro y exigir responsabilidad penal a quien delinque.

Y hacerlo deprisa. Porque cada semana que pasa convierte lo excepcional en cotidiano, y lo cotidiano acaba adquiriendo apariencia de irreversible.

España no puede permitir que miles de personas permanezcan indefinidamente en una ciudad minúscula mientras espera que una sucesión de organismos, administraciones y reuniones encuentre la manera menos incómoda de aplicar la ley. Tampoco puede utilizar a sus militares como presencia disuasoria y después contemplar cómo son apedreados sin proporcionarles un marco operativo adecuado. Mucho menos puede pedir paciencia a una población que lleva un mes viviendo una situación que ninguna otra ciudad española toleraría durante 48 horas.

Hace días se viene advirtiendo, y aquí lo hicimos también, de que se acercaba el estallido social. Está más cerca. Y volveré a decir exactamente lo mismo que escribí entonces: cuando llegue (si llega) habrá que impedir que la indignación legítima de los ceutíes degenere en violencia contra inocentes, porque semejante violencia sería moralmente intolerable y políticamente constituiría el regalo perfecto para quienes desean cambiar el relato. Una sola imagen de una turba española atacando indiscriminadamente a marroquíes valdrá más para determinada propaganda que 100 discursos de Ouahbi.

No les entreguemos esa fotografía. Pero tampoco utilicemos el temor a esa fotografía como coartada para perpetuar la situación que terminará produciéndola. Eso sería una irresponsabilidad monumental.

España debe recuperar simultáneamente la legalidad, la seguridad y la iniciativa política. Repatriar a quien legalmente corresponda repatriar. Juzgar a quien corresponda juzgar. Proteger a quien necesite protección, que son, en esencia, los ceutíes. Reforzar la frontera. Dotar adecuadamente a policías, guardias civiles y (llegado el caso) militares. Exigir responsabilidades políticas por lo sucedido. Y explicar en Bruselas, París, Berlín, Roma y Estrasburgo una verdad extraordinariamente sencilla:

Ceuta no es una colonia europea en África. Es una ciudad española en la Europa política.

Su frontera no constituye una extravagancia histórica que Europa deba ayudar a corregir, sino una frontera exterior de la Unión que Europa tiene la obligación de ayudar a defender. Y si a Marruecos le preocupa que esa frontera produzca tensiones, dispone de una fórmula extraordinariamente sencilla para reducirlas: respetarla.

Este debería ser el relato español. Ni complejos históricos. Ni vergonzantes balbuceos timoratos que llaman a no ofender a Rabat. Ni mecanismos bilaterales de soberanía. Ni laboratorios de cooperación territorial. Ni fórmulas imaginativas. Ni una sola palabra que permita confundir cooperación entre vecinos con disponibilidad territorial.

Porque Marruecos lleva semanas diciéndonos qué quiere. Ahora está intentando explicárselo a Europa.

Y quizá haya llegado el momento de que España llegue a Bruselas antes que Marruecos. Pero, quizás sobra decirlo, no lo hará.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

Un comentario

  1. Buenas tardes,
    Mi interpretación es que parte de Europa acaba de descubrir que Marruecos es un problema. Un país con graves problemas sociales, económicos, lleno de familias desestructuradas y una juventud sin futuro que es capaz de jugarse la vida lanzándose al mar.

    Desde el máximo respeto, creo que las sibilinas herramientas de la guerra híbrida marroquí han influido claramente en el autor del presente artículo. El problema no es Ceuta, el problema para Europa es Marruecos y eso se visibilizó claramente en la avalancha humana. Marruecos intenta salir de esta imagen de país «en vía de desarrollo» como puede… También se visibilizó ciertas debilidades españolas, pero Marruecos echo por tierra en 48 horas su influencia diplomática de décadas (no es ese Maquiavelo que domina los espacios cognitivos españoles y europeos a su antojo).
    Se visibilizó que posiblemente es incapaz de dominar las redes sociales de su país, donde el potencial «toque de atención a España por sus relaciones económicas con Argelia» se le fue de las manos.

    Por último, ya era hora que se visibilice que Ceuta, además de frontera española, es frontera europea. Ya vamos con varios años, décadas, de retraso al respecto. Además de la necesidad de modernizar la frontera…

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