No es un ejercicio: Australia, China y el reloj que ya corre

Las advertencias de Michael Pezzullo, recogidas en The Strategist, confirman lo que muchos llevamos tiempo advirtiendo: los preparativos de China para una guerra futura ya están en marcha

Australia empieza a contar el tiempo que le queda

La lectura del extenso y detallado ensayo de Michael Pezzullo, publicado en The Strategist, resulta incómodamente familiar para quienes seguimos con atención la evolución del Indo-Pacífico desde hace años. Bajo el título “Las defensas de Australia deben estar listas en dos años”, el ex alto funcionario de Defensa australiana —y voz con autoridad en estos temas— no advierte sobre una amenaza hipotética, ni formula una especulación alarmista. Pezzullo describe, sin eufemismos, el tránsito de China desde el poder potencial al ensayo operativo para una guerra real. Y lo hace con una claridad que obliga a leer entre líneas no lo que podría pasar, sino lo que ya se está preparando.

El punto de partida es un hecho aparentemente discreto: el despliegue de un grupo de combate naval chino en aguas internacionales próximas a Australia hace meses. Nada nuevo, podría pensarse. Sin embargo, la diferencia radica en la intención atribuida: no fue una simple patrulla, sino una simulación directa de ataque, ensayando el uso de misiles de crucero lanzados desde buques con capacidades ofensivas plenamente operativas, al tiempo que se medía la reacción australiana. El mensaje de Pezzullo es contundente: esto fue un ensayo de guerra contra Australia, no un gesto diplomático disfrazado de rutina naval.

Lo que se plantea no es que Australia esté sola ni que Estados Unidos la vaya a abandonar —una idea descartada—, sino que en un escenario de conflicto abierto con China, el grueso de las fuerzas estadounidenses estaría previsiblemente comprometido en múltiples teatros, dejando a Australia la tarea de su propia defensa inmediata. Una exposición razonablemente parecida a la que se debate hoy en Europa. Y no se trata únicamente de proteger el territorio continental: la lógica defensiva australiana se ha apoyado históricamente en el control de los accesos marítimos y aéreos que la conectan con el sudeste asiático y el Pacífico, un arco insular natural que va desde Sumatra hasta Fiyi. Esa geografía, que antes era una barrera protectora hoy es también una vulnerabilidad expuesta. Porque China, como recuerda el autor, no planifica en función del tono diplomático del momento, sino de la utilidad operativa de cada enclave estratégico.

Pezzullo no plantea una obsesión anti-China ni una alarma abstracta. Lo que describe es un cambio de fase. A su juicio, China ya ha entrado en la etapa de ensayo de una guerra que aún no ha decidido librar, pero para la cual está diseñando las condiciones que le permitan ganarla. Y en esa lógica, neutralizar a Australia antes de que pueda convertirse en plataforma de rearme o retaguardia estadounidense es un objetivo racional para cualquier planificador militar del EPL.

Desde DYS venimos informando desde hace tiempo que el Indo-Pacífico no es un teatro alejado ni un conflicto ajeno. Cada paso que China da en su modernización militar, cada base que negocia en el Pacífico Sur, cada ejercicio naval conjunto con Rusia o patrulla en torno a Japón o Taiwán, se inserta en un esquema más amplio: el de una región que ya se prepara para la guerra, aunque aún no haya comenzado.

En este contexto, la lista de recomendaciones operativas que propone Pezzullo no puede leerse como un simple inventario de capacidades deseables. Se trata de un plan de choque realista, estructurado con una urgencia inconfundible. Desde mejorar el ISR conjunto con EE. UU. (incluyendo radares Jindalee, satélites y drones Triton), hasta reconfigurar doctrinas de mando y adoptar misiles SM-6 para interceptar bombarderos chinos antes de que alcancen la vertical indonesia. Desde adquirir plataformas de largo alcance como los B-1B Lancer armados con misiles antibuque, hasta negociar bases avanzadas con Papúa Nueva Guinea y Filipinas para expandir el control del corredor Guam–Bismarck y contener eventuales maniobras del EPL en dirección sur. En resumen, toda una suerte de ideas razonables y razonadas, que obliguen a Australia a tomar conciencia estratégica amplia de un actor que no puede ser menor, porque sus peligros no lo son, como tampoco sus dimensiones y consiguientes debilidades.

El artículo insiste en que Australia no parte de cero. Tiene doctrina, tiene una estrategia de defensa basada en el control de aproximaciones, tiene alianzas activas y experiencia regional. Pero le falta tiempo y, hasta hace poco, interés. El mismo tiempo que se ha ido perdiendo durante años mientras se postergaban decisiones por la falta de interés. Decisiones clave en nombre de la prudencia diplomática o de la estabilidad de una relación bilateral que hoy ya no es la que era. El paralelismo con la crisis de los misiles de 1962 no es retórico: aceptar bases chinas en el Pacífico Sur equivale, en términos estratégicos, a aceptar una pistola cargada a metros de distancia. Y por eso, la urgencia.

Aun con un lenguaje medido, Pezzullo no esconde el núcleo de su mensaje: si el conflicto por Taiwán estalla en 2027, como muchos analistas creen posible, Australia no puede permitirse llegar tarde otra vez. Las opciones que aún tiene sobre la mesa —inversiones en defensa aérea, flota naval ampliada, expansión acelerada de la fuerza aérea, alianzas reforzadas— siguen siendo viables, pero el margen de maniobra se estrecha cada día.

Y si ese es el caso para Australia, ¿qué cabe decir de Europa? ¿Qué cabe decir de una OTAN que aún está inmersa en su frente oriental, mientras en el Indo-Pacífico se consolidan las condiciones para un choque mayor?

No se trata de asumir que la guerra es inevitable. Se trata de comprender que en los círculos donde se planifican conflictos, la guerra se prepara mucho antes de que se dispare el primer misil. Y hoy, en más de una mesa de mando del Ejército Popular de Liberación, ya se ensayan los mapas, las trayectorias y los impactos de una guerra futura donde Australia, Taiwán, Guam o Hawái no son accidentes, sino piezas de una campaña secuencial.

Como bien señala Pezzullo, si esa guerra llega, lo hará estemos o no preparados. La elección ahora no es entre guerra y paz, olvidemos esa disyuntiva, sino entre previsión o negligencia. Y si algo demuestran los movimientos de los últimos años —desde los ejercicios navales conjuntos chino-rusos hasta la expansión de bases logísticas del EPL en África o el Pacífico Sur— es que la maquinaria se está alineando. La cuestión es si los países que aún se sienten seguros fuera del radio de colisión están dispuestos a salir de su inercia estratégica.

La lección, una vez más, no es nueva: el tiempo perdido no se recupera en medio de una crisis. Y aunque la guerra no llegue, los preparativos nunca serán en vano. Porque en el equilibrio de poder, estar listo es, en sí mismo, una forma de disuasión.

Créditos: The Strategist

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

Un comentario

  1. Muy interesante la información. Lo que no comprendo es que se deje de lado la cuestión nuclear cuando Australia, Japón o Corea del Sur no podrán garantizar su defensa mientras no posean un armamento de ese tipo que EEUU no va a empeñar por ellos. Sin capacidad de respuesta nuclear por parte de esos países, China no necesitará quemar sus fuerzas armadas en una campaña contra todos y le bastará con una pequeña detonación en cualquiera de ellos para que sus contendientes, indefensos, bajen las armas. En el mundo no hay ya seguridad nuclear, en TNP es casi un cadáver y en adelante sólo estarán realmente protegidos en ese terreno aquellos países que puedan responder.

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