Ganar capacidad, tecnología y mercado en el sector submarino europeo
Los acuerdos con España e Italia comparten una misma lógica de cooperación industrial y autonomía estratégica, pero dibujan papeles distintos: Navantia aporta capacidad de construcción, una familia submarina propia y margen negociador; Fincantieri, décadas de integración con TKMS y un ecosistema subacuático cada vez más amplio

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Jorge Estévez-Bujez
La firma este 1 de septiembre de un nuevo Memorando de Entendimiento entre TKMS y Fincantieri merece que volvamos la vista atrás, brevemente al menos, hacia la relación que la compañía alemana mantiene en paralelo con Navantia. No son acuerdos idénticos, aunque su lenguaje, su calendario y algunos de sus objetivos generales guardan semejanzas suficientemente importantes como para analizarlos juntos. En ambos casos, TKMS busca transformar acuerdos preliminares en marcos estables de colaboración antes de que termine 2026 y, en ambos, se habla de capacidades complementarias, de ampliar la base industrial disponible, de reducir la fragmentación europea, de abordar oportunidades internacionales y de reforzar una industria naval continental obligada a responder a una demanda que ha crecido mucho más deprisa que su capacidad productiva.

U212 NFS
Pero detrás de esa retórica común aparecen 2 modelos de asociación diferentes. El acuerdo con Navantia parece, a priori, orientado de forma más directa hacia la producción y comercialización de determinados proyectos submarinos; el de Fincantieri, en cambio, presenta una dimensión tecnológica más amplia, extendida al conjunto del dominio subacuático y a la creación de un ecosistema industrial alrededor de él. Vistos conjuntamente, ambos permiten empezar a distinguir con algo más de claridad que TKMS parece estar construyendo una red europea de alianzas, no una sola asociación preferente.
Navantia: de capacidad industrial disponible a una asociación submarina más compleja
La relación entre TKMS y Navantia, mucho más lozana que la del astillero germano con el transalpino, comenzó formalmente el pasado 15 de abril, cuando ambas compañías firmaron un primer Memorando de Entendimiento para explorar vías de cooperación en proyectos navales en Europa, la OTAN y otros mercados internacionales. El elemento más concreto de aquel documento era muy claro, ya que afirmaba contemplar la posible producción de diseños de TKMS, particularmente submarinos, en los astilleros de Navantia en España. Las 2 empresas justificaban aquella aproximación en el fuerte aumento de la demanda naval internacional y en los cuellos de botella existentes en Europa, tanto en capacidad de construcción como en recursos tecnológicos.
En DYS interpretamos entonces que aquel memorando pertenecía más a la categoría de los documentos que anuncian una intención que a la de los que comunican una decisión. Había una posibilidad industrial muy relevante, sí, pero todavía faltaba casi todo lo demás, la concreción de lo evidente, de lo que se espera, es decir, plataformas, clientes, reparto de trabajos, transferencia tecnológica, propiedad intelectual y, por supuesto, el encaje futuro de la propia familia S-80. La pregunta que formulamos entonces era deliberadamente incómoda para España, pues nos cuestionábamos si Navantia podía estar obteniendo carga de trabajo a cambio de aceptar una posición tecnológicamente subordinada y qué podía significar una fórmula semejante para un eventual futuro S-90. No era una conclusión, sino una advertencia frente a la tentación de extraer conclusiones de un documento que todavía no permitía hacerlo.
Pasados 3 meses desde aquel primer hito informativo, el escenario había cambiado. El 24 de julio, TKMS y Navantia firmaron un segundo MoU que ya no se limitaba a estudiar cooperación o a contemplar la fabricación en España de diseños alemanes. Ambas compañías hablaron expresamente de establecer antes de final de año un marco conjunto para la producción y comercialización de determinados proyectos submarinos. Son verbos distintos y, en este caso, importan. La relación empieza a dibujarse como algo más que una reserva de capacidad industrial disponible para TKMS. Ahora, Navantia y la compañía alemana identificaban como objetivos ampliar la capacidad industrial, mejorar los plazos y el rendimiento de las entregas, impulsar una asociación tecnológica de largo plazo y reforzar la capacidad de suministro a clientes internacionales. Además, el segundo documento introduce una salvaguarda de especial importancia para España, ya que cada compañía conservará sus tecnologías y su autoridad de diseño, un matiz que, si bien no resuelve todas las dudas que planteamos en abril, sí contestaba parcialmente una de las más importantes.
La lectura de Colbert de Seignelay: quizá quien más necesita el acuerdo sea TKMS
Pocos días después del primer memorando, J-B Colbert de Seignelay, analista naval francés y colaborador de esta casa, introdujo una lectura particularmente valiosa, que tratamos también en DYS. Su tesis desplazaba el foco y postulaba que frente a la interpretación de que Navantia podía estar entrando en la relación desde una posición subordinada, la necesidad inmediata podía estar, contrariamente, del lado alemán. TKMS debía aumentar capacidad industrial para responder simultáneamente a sus compromisos nacionales, al programa germano-noruego 212CD y a las oportunidades internacionales que se estaban abriendo. En ese contexto, Cartagena no sería un mero receptor de trabajo alemán, sino un activo industrial que TKMS podía necesitar.
Era una observación importante porque invertía el reflejo más sencillo del acuerdo. La cuestión dejaba de ser únicamente cuánto podía necesitar Navantia a TKMS y pasaba a ser también cuánto podía necesitar TKMS a Navantia. En DYS señalamos entonces que ambas lecturas no eran incompatibles. Que la compañía alemana necesite capacidad española mejora indudablemente la posición negociadora de Navantia, pero no garantiza por sí sola una cooperación equilibrada, ni acceso tecnológico suficiente, ni participación significativa en diseño, ni una consolidación automática de la autonomía submarina española. Ese sigue siendo uno de los puntos centrales del análisis, porque la necesidad mutua puede existir y, aun así, el reparto final de valor, tecnología y decisión resultar desigual.
Cartagena dejó de ser una hipótesis
Entre ambos memorandos ocurrió además algo que tampoco debe minusvalorarse. Delegaciones de TKMS visitaron las instalaciones de Navantia en Cartagena, donde se concentra la construcción del S-80 y una parte sustancial de la capacidad industrial y tecnológica submarina española. Destacamos entonces que aquellas visitas trasladaban la relación desde el plano estrictamente declarativo al industrial y, así, cualquier cooperación real tendría que materializarse allí, sobre instalaciones, procesos, personal y capacidades concretas.
Eso tampoco significa que exista todavía un reparto de trabajos acordado. Lo cierto es que lo desconocemos. No sabemos si una futura participación española comprendería bloques, secciones resistentes, módulos, integración de sistemas, ensamblaje final, sostenimiento o una combinación de todo ello, y esa diferencia es sin duda esencial. Fabricar no equivale a diseñar; integrar un sistema no supone controlar la arquitectura del submarino; recibir carga de trabajo no es lo mismo que adquirir capacidad tecnológica soberana. Ese matiz, presente desde nuestros primeros análisis, sigue siendo válido ahora.
Hay, además, un factor posterior que refuerza la lectura de Colbert de Seignelay: Canadá. En DYS ya señalamos que la evolución del programa canadiense convertía el problema de capacidad de TKMS en algo bastante menos abstracto. La posibilidad de asumir una nueva cartera de gran tamaño, añadida a los compromisos de Alemania y Noruega, incrementaba la importancia de disponer de capacidad industrial adicional y de calendarios de producción creíbles.
Ahí, ya sí de forma algo más tangible, Cartagena podría adquirir otra dimensión. Lo que en abril pudo parecer simplemente una oportunidad para que Navantia recibiera trabajo asociado a diseños alemanes, empezaba a poder leerse también como una herramienta de expansión industrial para TKMS. Y eso, de todas, cambia la negociación, porque una cosa es ofrecer capacidad a quien puede prescindir de ella y otra hacerlo a un constructor que necesita aumentar producción para no convertir sus propios plazos de entrega en una limitación comercial que perjudique los contratos. Colbert de Seignelay apuntó precisamente hacia esa segunda posibilidad.
Fincantieri: una alianza que parte de décadas de cooperación
El punto de partida italiano es muy distinto. TKMS y Fincantieri no comienzan ahora a conocerse. Existe una relación industrial prolongada alrededor de los submarinos Type 212A y U212 NFS, y la cooperación entre ambas compañías se apoya en décadas de experiencia compartida. El nuevo memorando firmado este 1 de septiembre pretende elevar esa relación a otro nivel mediante un marco formal de colaboración que abarque no sólo los submarinos, sino el conjunto del dominio subacuático. Es, por tanto, ambicioso y sobre una base muy consolidada de largos años de estrecha relación.
Podemos identificar ya una de las diferencias fundamentales con Navantia. Mientras el documento hispano-alemán habla de producción y comercialización de determinados proyectos submarinos, TKMS y Fincantieri utilizan conceptos como convergencia tecnológica, desarrollo de capacidades a largo plazo, oportunidades comerciales conjuntas y un ecosistema industrial subacuático avanzado. La diferencia no es puramente semántica. Fincantieri llega a esta alianza desde una posición ya integrada en la familia 212* y con una estrategia empresarial que amplía su actividad hacia sensores, comunicaciones, sistemas autónomos, plataformas no tripuladas y otros elementos del entorno submarino. Navantia llega desde otro lugar; desde una capacidad soberana de diseño y construcción recuperada alrededor del S-80 y un astillero que puede aportar capacidad industrial adicional.
*Valga recordar que, pese a esta suerte de alianzas industriales de las que hablamos, hay escenarios de competencia abiertos aún. En ese sentido recordar que Navantia compite con Fincantieri y TKMS (ambos asociados aquí) por el programa de submarinos filipinio, que aquí tratamos no hace muchas fechas. Aquí les dejamos el artículo relacionado:
Dos memorandos y un lenguaje muy parecido
La comparación de ambos documentos muestra, pese a esas diferencias, numerosos elementos comunes. Navantia y Fincantieri aparecen descritos como socios con capacidades complementarias y, en ambos acuerdos, se insiste en mejorar competitividad, aumentar capacidad, aprovechar sinergias y reforzar la base industrial europea. En los 2 casos hay además una precaución explícita que, a muchos, resultará tranquilizadora, ya que no se plantea una fusión ni una adquisición, y las compañías seguirán operando de manera independiente, con sus contratos y programas ya existentes al margen de los nuevos marcos de cooperación.

El Isaac Peral, s-81, de la Armada
Ésto resulta sin duda importante, porque ayuda a entender lo que TKMS parece estar intentando construir, que no es una gran concentración empresarial, ni una absorción progresiva de otros constructores, sino, al perecer, una arquitectura de cooperación flexible, en la que distintos socios aportan capacidades diferentes para proyectos concretos.
Fincantieri aporta continuidad tecnológica. Navantia aporta capacidad industrial independiente. La empresa italiana ya conoce profundamente la familia 212 y forma parte de su historia industrial, lo que reduce fricciones de integración y permite elevar la cooperación hacia un dominio subacuático mucho más amplio, obviando los naturales problemas del comienzo de cualquier relación industrial. Navantia, en cambio, aporta algo que hace especialmente singular su relación con TKMS, que es el disponer de una familia submarina propia, una autoridad de diseño también propia y una infraestructura que no depende tecnológicamente de la alemana.
España, además, ha reforzado institucionalmente esa apuesta con la creación del Centro Tecnológico de Submarinos en Cartagena, concebido para preservar y proyectar la capacidad soberana española de diseñar y fabricar submarinos y para impulsar futuros desarrollos más allá del S-80. Eso, quizás, introduce una tensión que no aparece exactamente de la misma forma en Italia. Navantia y TKMS pueden colaborar y competir al mismo tiempo, fabricar conjuntamente para determinados clientes y enfrentarse en otros, compartir capacidad industrial sin compartir autoridad de diseño y colaborar en programas de terceros sin que ello implique que Navantia abandone la evolución de su propia familia submarina.
¿Competidores o socios? Probablemente las dos cosas
Esta mezcla de competencia y cooperación puede parecer contradictoria, pero probablemente constituye uno de los rasgos más interesantes de la nueva industria europea de defensa. Los grandes constructores ya no necesitan elegir necesariamente entre competir o colaborar. Pueden hacer ambas cosas: una compañía puede competir con otra en una licitación, integrarse con ella en otra, fabricar parte de su diseño en un tercer mercado y mantener, al mismo tiempo, una familia propia que rivalice con ella.
Los memorandos de TKMS con Navantia y Fincantieri encajan perfectamente en ese modelo, y la explicación más sencilla es también la más poderosa: la demanda crece más rápido que la capacidad industrial disponible.
Considerados conjuntamente, los acuerdos empiezan a revelar una estrategia alemana bastante coherente. TKMS parece estar tratando de construir alrededor de su cartera submarina una red industrial europea capaz de aumentar simultáneamente capacidad de producción, profundidad tecnológica y presencia comercial. Con Navantia obtiene potencialmente capacidad industrial adicional, un segundo polo de construcción submarina y acceso a una compañía con tecnología soberana y mercados propios. Con Fincantieri consolida una asociación histórica y se conecta a un ecosistema submarino y subacuático progresivamente más amplio.
El denominador común es TKMS. Podríamos elucubrar acerca de una futura alianza tripartita, pero no hay hasta ahora ninguna pista disponible que lo indique. Lo que sí puede afirmar es que la empresa alemana está estructurando relaciones simultáneas con 2 de los principales constructores navales del sur de Europa, y que los papeles asignados a cada uno parecen diferentes.
Los 2 acuerdos miran explícitamente hacia mercados internacionales. Navantia y TKMS quieren reforzar su capacidad de suministro y comercializar determinados proyectos submarinos conjuntamente, mientras TKMS y Fincantieri anuncian que explorarán oportunidades internacionales que puedan abordarse con mayor eficacia mediante cooperación. Ese es probablemente el dato de mayor trascendencia empresarial, porque ninguno de los dos marcos parece concebido únicamente para satisfacer necesidades nacionales.
El objetivo es competir en un mercado global en el que cada vez pesan más factores que van mucho más allá de las prestaciones puras del submarino. Calendario, construcción local, transferencia tecnológica, sostenimiento, financiación, capacidad de fabricación y garantías de entrega pueden terminar siendo tan decisivos como autonomía, discreción acústica o armamento. En ese contexto, las alianzas aportan algo que ningún fabricante puede multiplicar rápidamente por sí solo: capacidad.
¿Qué puede ganar Navantia?
Para Navantia, la oportunidad tiene varias dimensiones. La primera es industrial, y significa más carga potencial para Cartagena. La segunda es comercial, y tiene que ver con el acceso, junto a TKMS, a clientes y campañas donde la empresa alemana dispone de una penetración histórica mucho mayor. La tercera es tecnológica, y supondría colaborar en determinados ámbitos sin renunciar necesariamente a su propio conocimiento. Y la cuarta es, finalmente, estratégica, en el sentido de formar parte de una eventual reorganización industrial europea sin integrarse societariamente ni entregar de partida su autoridad de diseño.

No es poca cosa, pero, hasta el momento, sólo es una oportunidad, no un éxito asegurado. Por tanto, las preguntas que formulábamos en abril no han desaparecido, simplemente pueden plantearse ahora con mayor precisión. ¿Qué submarinos se producirán conjuntamente? ¿Para qué clientes? ¿Qué parte fabricaría Cartagena? ¿Qué porcentaje de valor correspondería a Navantia? ¿Qué tecnología se compartiría? ¿Qué aprendería cada parte? ¿Quién conservaría la autoridad sobre el producto final? ¿Y cómo afectaría todo ello al desarrollo de un futuro sucesor del S-80?
Es ahí donde sigue siendo válida aquella “desconfianza metódica” que defendimos en DYS al analizar el primer memorando y la lectura de Colbert de Seignelay. Ni el acuerdo demuestra por sí mismo una victoria industrial española, ni permite hablar de subordinación. Si acaso, lo que concede entrever es algo bastante más concreto: que existe una necesidad mutua y ambas partes intentarán convertirla en ventaja propia.
3 grandes industriales ante el mismo problema europeo
Los 2 memorandos terminan describiendo, desde ángulos diferentes, el mismo diagnóstico. Europa necesita más submarinos y más sistemas subacuáticos, pero su industria continúa fragmentada, con fabricantes nacionales, cadenas de suministro separadas y una capacidad productiva que no puede aumentar de un día para otro. Fincantieri y TKMS hablan directamente de integración, competitividad, eficiencia y reducción de la fragmentación industrial; Navantia y TKMS hablan de ampliar capacidad y mejorar entregas.
Las palabras cambian, pero el problema no. Y la solución que empieza a dibujarse tampoco parece pasar, al menos por ahora, por una gran concentración societaria, sino por integrarse por proyectos.
A más de eso, queda todavía por conocer lo más importante. TKMS y Navantia pretenden cerrar antes de final de año su marco conjunto de colaboración, y TKMS y Fincantieri se han fijado exactamente el mismo horizonte. Cuando ambos documentos definitivos estén disponibles podremos saber hasta qué punto estas alianzas son paralelas, complementarias o parcialmente solapadas.
Por ahora, sí puede hacerse una lectura más afinada que la que era posible en abril. TKMS no parece buscar únicamente más clientes. Busca más capacidad para atenderlos y más socios con los que construir una oferta europea capaz de competir en volumen, plazos y tecnología. Fincantieri y Navantia no aportan lo mismo: la italiana ofrece continuidad con la familia 212 y una expansión tecnológica hacia todo el dominio subacuático; la española aporta capacidad industrial, una autoridad de diseño independiente, una familia submarina soberana y, precisamente por eso, una posición negociadora más interesante de lo que inicialmente podía parecer.
En abril, Colbert de Seignelay apuntó que quizá habíamos mirado el acuerdo desde el extremo equivocado y que la urgencia podía estar más en Kiel que en Cartagena. El paso de los meses quizá no demuestre todavía que tuviera razón en todo, pero que sí ha dado bastante más peso a aquella intuición. Y ahí puede estar la verdadera clave de la relación, en que es posible que Navantia no debiera preguntarse únicamente qué puede obtener de TKMS. También debe saber cuánto vale para TKMS lo que España ya posee.
Ese valor —capacidad, instalaciones, personal, tecnología, experiencia y tiempo industrial disponible— será el que determine si la futura cooperación termina siendo simplemente una buena cartera de trabajo o algo bastante más importante para la autonomía submarina española.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

