París confirma el fracaso de su gran proyecto de carro de combate
El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas francesas reconoce ante la Asamblea Nacional la decisión alemana de abandonar el programa. La ruptura, que compromete el relevo del Leclerc y pone fin a una ambición industrial de casi una década, confirma las advertencias publicadas por Defensa y Seguridad desde comienzos de año y, especialmente, nuestro análisis del pasado 19 de julio


Jorge Estévez-Bujez
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Las solemnes declaraciones de amistad y documentos cuidadosamente redactados sirven, entre otras cosas, para que nadie tenga que reconocer que aquello que se presentó como una empresa común ha dejado, sencillamente, de serlo. El Main Ground Combat System (MGCS), fue, hasta ayer, ese ambicioso programa franco-alemán (al que España nunca fue invitada y para el que no obtuvo respuesta cuando llamó a sus puertas) destinado a proporcionar a ambos ejércitos una nueva generación de sistemas de combate terrestre, (fundamentalmente carros). Y ha tenido que ser el máximo responsable militar francés quien terminara por poner palabras a una realidad que los documentos oficiales llevaban meses insinuando. Algo no muy distinto del funeral en diferido del FCAS al que, todavía hoy (nube de combate mediante) seguimos asistiendo.
El general de Ejército del Aire Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas francesas, comparecía este jueves, 8 de octubre, ante la Comisión de Defensa Nacional y de las Fuerzas Armadas de la Asamblea Nacional gala, presidida por Jean-Michel Jacques, con motivo del examen del proyecto de presupuestos para 2027. La comparecencia ha proporcionado la declaración más explícita hasta la fecha sobre el futuro de uno de los grandes programas de cooperación militar entre París y Berlín.
La frase de Mandon, pronunciada al responder sobre la situación del MGCS, difícilmente necesita mayores interpretaciones:
«Malheureusement, les Allemands ont décidé de quitter le projet».
«Lamentablemente, los alemanes han decidido abandonar el proyecto»
No se trata, al menos por ahora, de la publicación explícita, negro sobre blanco, de un instrumento jurídico que certifique la liquidación de todos los acuerdos industriales, ni de una declaración conjunta franco-germana que sentencie el destino de los trabajos realizados. Se trata de algo distinto, pero de una importancia considerable.

Lo que tenemos es al jefe del Estado Mayor francés afirmando públicamente, ante la representación parlamentaria de su país, que Alemania ha decidido abandonar el proyecto. La trascendencia política y militar del reconocimiento resulta difícil de exagerar o minimizar, aunque, en beneficio de los que aún conservan la fe en los proyectos conjuntos europeos, no lo confundiremos con la desaparición automática de todas las actividades tecnológicas que pudieran continuar desarrollándose entre ambos países con respecto del programa de marras. Por ahora.
Otro fracaso que nadie quería llamar fracaso
Mandon procuró introducir algunos matices en una declaración cuyo contenido esencial ya era suficientemente categórico, periodístico, noticioso y, por supuesto, viral. El general sostuvo:
«Ce n’est pas un échec complet, c’est un choix allemand important».
Es decir, «no es un fracaso completo, es una decisión alemana importante».
También defendió el valor del trabajo llevado a cabo por los ejércitos de Tierra de ambos países durante años de estudios y definición de necesidades operativas:
«Les grands principes du char sont validés, ça n’a pas été un travail vain».
«Los grandes principios del carro están validados; no ha sido un trabajo inútil».
Y, al abordar las consecuencias para las empresas participantes, en un desenfrenado arrojo de sinceridad, reconoció que, desde el punto de vista industrial:
«Ce n’est pas une bonne nouvelle».
«No es una buena noticia».
Estas precisiones, más allá de su obviedad, tienen importancia porque permiten distinguir dos realidades que no son necesariamente incompatibles. Por una parte, la existencia de trabajos técnicos aprovechables, de requisitos militares estudiados conjuntamente y de posibles tecnologías compartidas existen, están ahí, y podría, por qué no, tener su utilidad; por otra, la desaparición del propósito político e industrial que justificó la creación del MGCS, consistente en desarrollar una solución común para sustituir al Leopard 2 alemán y al Leclerc francés, es insoslayable; y lo venía siendo hace meses (como poco).

Comparecencia de Fabien Mandon (izquierda)
En efecto, un programa puede dejar conocimientos, estudios, arquitecturas y resultados tecnológicos sin que ello convierta su frustración industrial en un éxito. Haber aprendido durante años cómo debería ser un carro de combate no significa haber conseguido construirlo conjuntamente, por mucho que la diplomacia de defensa disponga de un vocabulario particularmente generoso para describir estas situaciones.
En lo estrictamente material, operativo, Francia no puede permitirse que la desaparición del horizonte originalmente previsto para el MGCS termine transformándose en un vacío de capacidades. El general recordó la vigencia del combate pesado y de la potencia de fuego de los carros, aunque integrados en un entorno donde la robotización, la inteligencia artificial y los sistemas menos intensivos en personal adquirirán una importancia creciente. Al mismo tiempo, llevó hasta el horizonte de 2038 la retirada progresiva de los Leclerc y planteó la necesidad de iniciar ya en 2027 los estudios correspondientes para preparar su substitución.
Y es que Francia continúa necesitando un nuevo carro de combate, aunque la solución franco-alemana concebida para proporcionárselo haya perdido su fundamento original.
Lo advertimos en diciembre. Lo explicamos en julio. Ahora lo reconoce Francia
La noticia tiene, para quienes seguimos regularmente estos programas, algo de confirmación largamente esperada. No porque fuera inevitable que el MGCS terminara de esta manera, sino porque los síntomas de su descomposición política e industrial estaban a la vista mucho antes de que el general Mandon pronunciara las palabras que ahora ocupan los titulares y darán madera a la hoguera de los medios durante semanas.
En todo caso, el mérito de «verlo venir» no es realmente tal. Lo verdaderamente encomiable era no querer verlo.
Ya en la Navidad pasada planteamos una reflexión sobre la posibilidad de que las disputas industriales del programa aéreo terminaran reproduciéndose en el terrestre, precisamente porque ambos compartían dificultades que tenían menos que ver con la capacidad técnica de sus participantes que con las prioridades nacionales, los repartos industriales y las aspiraciones de liderazgo; en definitiva, con las decisiones políticas.
Al poco de iniciado el verano era considerablemente más fácil atreverse con un vaticinio mucho más certero. En «El MGCS se deshace: cooperación digital y divorcio industrial» examiné el comunicado difundido en esas fechas por el Ministerio Federal de Defensa alemán, después del Consejo franco-alemán de Defensa y Seguridad. Aquel texto, presentado en el marco de una nueva escenificación de entendimiento entre ambos gobiernos (otra vez), contenía una modificación que juzgué determinante: ya no describía la construcción de una familia común de plataformas blindadas, sino el desarrollo de tecnologías independientes de la plataforma y su integración en redes de combate. De nuevo, el aroma a sepelio era inobjetable.
Como viene ocurriendo, el programa podía continuar existiendo administrativamente, conservar determinadas estructuras y mantener trabajos compartidos, pero lo cierto es que aquello que había justificado su creación, el carro, desaparecía.
«Un programa puede conservar su nombre y perder su propósito», sostuve entonces.
Empezaba a ser fácil concluir que asistíamos probablemente al principio, todavía no reconocido oficialmente, del final del MGCS tal como Alemania y Francia habían prometido construirlo.
Cierto que la comparecencia de Mandon no transformará retrospectivamente todas aquellas hipótesis en hechos consumados, pero confirma la dirección fundamental que veníamos señalando, exactamente igual que cualquiera que hubiera estudiado el programa con imparcialidad y asepsia: la divergencia entre las necesidades y decisiones industriales nacionales ha terminado imponiéndose sobre la ambición de construir conjuntamente el sucesor del Leopard 2 y del Leclerc. Otra vez.

Berlín llevaba meses preparando el terreno
Hay un antecedente público alemán, oficial, especialmente ilustrativo, anterior incluso al comunicado de julio. Durante la rueda de prensa del Gobierno federal del 15 de junio de 2026, un periodista preguntó expresamente si Alemania y Francia seguían pretendiendo fabricar un carro común, aunque con configuraciones diferentes, o si se había abierto la posibilidad de desarrollar dos carros distintos.
La respuesta del portavoz del Ministerio de Defensa, recogida en la transcripción oficial, recordó que el planteamiento original del MGCS era desarrollar un sistema multiplataforma destinado a reemplazar los medios existentes, pero evitó aclarar de manera concluyente cuál sería el resultado material de esa cooperación.
Todavía más reveladora resultó la intervención posterior del portavoz del Gobierno, quien trató de zanjar la discusión con una observación nominal:
«Da steht nichts von einem Panzer».
«Ahí no pone nada de un carro de combate».
Una precisión lingüística impecable, desde luego, aunque insuficiente para despejar la cuestión que se estaba planteando, es decir, que si el proyecto concebido para proporcionar a dos ejércitos un sistema común terminaría produciendo soluciones nacionales diferentes. Para entonces, las dificultades del MGCS habían dejado de limitarse a las negociaciones entre fabricantes y comenzaban a manifestarse en el propio lenguaje público del Gobierno alemán, entrando de lleno en el espectro político.
La evolución de los acontecimientos resulta todavía más ilustrativa cuando se recuerda que, en agosto de 2025, las conclusiones oficiales del Consejo franco-alemán de Defensa y Seguridad reiteraban el compromiso de ambos países con el MGCS y contemplaban intensificar los esfuerzos para iniciar una fase de investigación y tecnología debidamente financiada, con vistas a disponer del sistema a partir de 2040. Entre aquella declaración y las manifestaciones de Mandon ha transcurrido poco más de un año. Recuerda, salvando las distancias y tirando de símil deportivo, al viejo aforismo futbolístico que dice eso de «entrenador confirmado tras la derrota, entrenador cesado al domingo siguiente.»
Francia ya conocía el problema
Por supuesto, no es que en París desconocieran el olor a quemado del guiso. El propio Mandon ya había expuesto con bastante claridad las dificultades del programa antes de la comparecencia de este jueves. En una audiencia ante la Comisión de Asuntos Exteriores, Defensa y Fuerzas Armadas del Senado francés, celebrada el 29 de abril de 2026, el senador Patrice Joly aseguró que, tras reunirse con diputados del Bundestag, había entendido que las iniciativas para desarrollar conjuntamente el futuro carro de combate y el futuro avión estaban abandonándose.
La respuesta del general merece recuperarse, porque nos ayuda a comprender las consecuencias militares de lo sucedido y confirma que la discusión, de nuevo, no se limitaba al reparto de contratos. Mandon distinguió la importancia estratégica de ambos programas y reconoció que perder el proyecto terrestre resultaría lamentable, puesto que existía acuerdo militar sobre la conveniencia de operar con sistemas comunes.

Las evoluciones del Leclerc no solventarán su necesidad de reemplazo en pocos años
El general advirtió asimismo de que la existencia de plataformas diferentes debilitaría la familiaridad entre los ejércitos, reduciría las oportunidades de cooperación y haría más lenta su convergencia operativa. ¡Claro que no estaba hablando únicamente de carros y armamento!, sino de las relaciones profesionales y de confianza que se construyen alrededor de programas compartidos.
Y dejó una reflexión que hoy devuelve a la mesa lo que quiere ser el leitmotiv de todos los programas compartidos europeos y lo que, al mismo tiempo, se está convirtiendo en lo único que queda vivo de ellos:
«La boîte noire de demain, c’est le cloud».
«La caja negra del mañana es la nube».
Mandon vino a decir que conservar conjuntamente las normas de conectividad y la arquitectura digital resultaría imprescindible para proteger la soberanía de los sistemas de combate europeos, incluso si los grandes proyectos industriales terminaban recorriendo caminos diferentes, como es el caso.
Quizás tiene razón y esa sea una de las escasas posibilidades de preservar trabajos reales y concretados del MGCS: la cooperación tecnológica en conectividad, sensores, integración de sistemas tripulados y no tripulados y arquitecturas de mando y control, muy probablemente sean los hitos residuales que terminen por ser útiles a futuro en los programas nacionales que surjan a partir de los rescoldos del MGCS. Sin embargo, esa colaboración, por valiosa que pueda resultar, insisto, nunca será igual al programa industrial originalmente anunciado, que contemplaba una familia común de plataformas, con una distribución de trabajos estructurada en pilares tecnológicos e industriales.
Dos países, dos calendarios y una misma dificultad europea
Alemania presenta una posición industrial y operativa muy distinta de la francesa. Su Leopard 2 continúa evolucionando, cuenta con una amplia comunidad internacional de usuarios y dispone de una estructura de producción y modernización que permite prolongar la vigencia del sistema mientras se desarrollan futuras alternativas. Francia, por el contrario, debe afrontar el reemplazo del Leclerc, cuya modernización al estándar XLR no elimina la necesidad de disponer de una nueva capacidad pesada a partir de la próxima década.
La diferencia era conocida, como también lo eran las discrepancias sobre el armamento principal, las responsabilidades industriales y las oportunidades comerciales de los futuros productos. El problema consistía en compatibilizar esas realidades mediante un programa común; precisamente el objetivo que justificó la creación del MGCS y que, a resultas de la declaración francesa, ha dejado de ser viable en sus términos originales.
De modo que sí; puede decirse sin incurrir en un error que quizás sea Francia la principal perjudicada en el fracaso del MGCS. No hace muchos meses que los responsables de Defensa galos situaban el riesgo de ruptura de capacidades francesas hacia 2037, mientras advertían que las decisiones alemanas habían desplazado el horizonte del MGCS más allá de 2045. Ante tal perspectiva, preparar las mimbres por lo que se avecinaba era de sentido común, y comenzaron los estudios de una capacidad intermedia, con varias opciones industriales todavía abiertas y una preferencia tecnológica expresada por una torre basada en el sistema ASCALON.

Dos realidades que necesitan substitutos, aunque la realidad alemana (Leoporad) se sostendrá por más tiempo operativa y optimizada
No sorprende, por tanto, que Francia esté acelerando la reflexión sobre el substituto del Leclerc. Lo verdaderamente significativo es que deba hacerlo después de haber dedicado tantos años a un programa compartido cuyo calendario y configuración nunca terminaron de estabilizarse.
Extramuros: España en el perímetro exterior
España, siempre tras los actos fundacionales de casi cualquier programa europeo conjunto de cierta entidad, manifestó su interés por incorporarse al MGCS, sin que lograra nunca ser llamada a entrar en él, una circunstancia que ya señalamos en DYS al examinar el progresivo vaciamiento de su contenido. Nuestro país contemplaba la posibilidad de participar en un sistema que debía definir una parte importante del futuro combate terrestre europeo, mientras sus promotores seguían discutiendo hasta qué punto estaban dispuestos a compartirlo.
Cabe preguntarse qué habría supuesto para la industria española una incorporación efectiva a un proyecto que ahora termina en fracaso, nunca lo sabremos. Pero lo cierto es que, después de todo, podemos decir que, al menos en este proyecto, no empleamos tiempo y dinero que terminaron perdiéndose.
Un historial de proyectos compartidos y desencuentros
No hace falta subrayar que el MGCS no es, ni mucho menos, el primer programa franco-alemán que termina naufragando entre desacuerdos políticos, intereses industriales y calendarios incompatibles. Abundan los ejemplos. Antes lo hizo el MAWS (Maritime Airborne Warfare System, Sistema Marítimo de Guerra Aerotransportada), concebido para desarrollar una solución común de patrulla marítima, que quedó sin continuidad tras la decisión alemana de adquirir los P-8A Poseidon estadounidenses en 2021. También el CIFS (Common Indirect Fire System, Sistema Común de Fuegos Indirectos), destinado a proporcionar un futuro sistema conjunto de artillería, acabó relegado a un aplazamiento indefinido, sin llegar a materializarse como programa de adquisición. A ellos se suma la modernización del helicóptero Tigre al estándar MkIII, de la que Alemania decidió desmarcarse, dejando a Francia y España continuar por su cuenta.
El caso más significativo por sus dimensiones políticas, económicas e industriales, es el del FCAS/SCAF, el programa de combate aéreo de nueva generación en el que también participa España, y cuyo desarrollo del futuro caza común ha quedado bloqueado, noqueado por las discrepancias entre Dassault y Airbus.
Son nada menos que cinco grandes iniciativas de cooperación franco-alemana, contando el MGCS, que han terminado entre rupturas, abandonos y redefiniciones de sus objetivos originales. Un historial poco edificante para quienes llevan años presentando la cooperación industrial entre París y Berlín como uno de los pilares fundamentales de la autonomía estratégica europea.
Exordio que no debe ser ignorado: el acero, la política y los límites de la cooperación
El MGCS nació con una ambición que iba bastante más allá de construir otro carro de combate, por avanzado que pudiera resultar. Pretendía demostrar que las dos principales potencias industriales de la Europa continental eran capaces de superar sus diferentes tradiciones militares y empresariales para proporcionar a sus ejércitos un sistema compartido, reducir duplicidades y fortalecer una autonomía estratégica que ambos gobiernos invocan con regularidad. No fue así.
Los acontecimientos de los últimos meses ponen de manifiesto hasta qué punto esa aspiración continúa subordinada a las decisiones nacionales y a la competencia industrial. Se puede compartir una definición doctrinal, coincidir en las amenazas y acordar las capacidades que necesitarán los ejércitos del futuro, sin conseguir resolver quién debe producirlas, dirigir su desarrollo y controlar las tecnologías que las harán posibles. Empieza a ser un hábito, una forma de proceder a la europea. Esa es la verdad, por doliente que sea.
Ha tenido que ser Mandon -Francia- el pregonero de una decisión alemana cuya formalización y consecuencias contractuales todavía deberán esclarecerse. Queda por determinar el destino de la sociedad conjunta, de los ocho pilares industriales del programa, de las actividades de investigación contratadas y de la tecnología desarrollada hasta ahora. También habrá que concretar qué fórmula adoptarán finalmente ambos ejércitos para el reemplazo de sus actuales plataformas.
En Europa, semper idem, otro desarrollo conjunto termina en fracaso tras diez años de trabajos. Terminar de otra manera, con otro titular, empieza a parecer milagroso.
Jorge Estévez-Bujez
DYS

