Europa asiste a una sucesión de incursiones, sabotajes y amenazas rusas mientras los efectos de la guerra de Ucrania se aproximan cada vez más a las fronteras de la OTAN. Lejos de la afirmación de que una guerra abierta sea inminente, no resulta en absoluto prudente continuar tratando cada episodio como un accidente aislado. Al fondo, Taiwán y la posibilidad de que Moscú y Pekín obliguen a Occidente a atender dos escenarios simultáneos

Por Jorge Estévez-Bujez
Europa, y por extensión la OTAN, vuelve a encontrarse en uno de esos trances históricos en los que resulta difícil discernir si los acontecimientos forman parte de una sucesión de episodios inconexos o si, por el contrario, comienzan a exponer con claridad el contorno de algo mucho más grave en ciernes. Durante años hemos podido observar la guerra de Ucrania, al menos desde buena parte del continente, como una enorme tragedia librada en su extremo oriental; cercana, desde luego, pero todavía separada del resto por una frontera política, militar y hasta psicológica que parecía razonablemente segura para el resto de europeos. Esa frontera se está volviendo cada vez más tenue y, en según qué teatros y qué ocasiones, imperceptible.
Drones rusos que penetran en el espacio aéreo aliado, vuelos militares que tantean los sistemas de vigilancia, sabotajes contra infraestructuras, incendios en instalaciones industriales, campañas de desinformación, ciberataques, agresiones contra las comunicaciones submarinas y operaciones encubiertas aparecen ya con inusitada frecuencia como para seguir recurriendo, una y otra vez, a la explicación del accidente, la casualidad o la iniciativa particular de algún exaltado.
No se trata de alimentar el alarmismo y, sobre todo, es apropiado discernir correctamente la gravedad de lo que está ocurriendo, con la exageración que nos impida emitir un juicio certero. Pero tampoco estamos ya, en sentido estricto, ante la paz que durante décadas disfrutó la mayor parte de Europa. Entre ambas situaciones se ha abierto un territorio ancho, resbaladizo y extraordinariamente peligroso, donde las acciones hostiles se suceden sin alcanzar, al menos de manera inequívoca, categórica, el umbral que obligaría a los aliados a responder conjuntamente con herramientas de poder en el sentido más común de la palabra.
Es, de nuevo, el viejo oficio de tantear la muralla sin acometer todavía el asalto.
En ayuda de estas palabras, acudo al análisis The Russian Military Campaign Against Europe: Defining the Threat, publicado el 16 de septiembre por el Institute for the Study of War, que resulta particularmente severo al respecto de la situación. El centro no se limita a advertir sobre el lenguaje, sino que sostiene que el Kremlin desarrolla campañas cinéticas y no cinéticas coordinadas contra objetivos europeos, no una mera sucesión de provocaciones o incidentes inconexos. Advierte, además, de que calificativos como provocación, incidente híbrido o acción por debajo del umbral pueden terminar sirviendo para disminuir artificialmente la gravedad de lo ocurrido. En efecto, el lenguaje no es una cuestión accesoria. El ISW acierta, porque la forma de nombrar una agresión condiciona la respuesta política que estamos dispuestos a darle.

Si un sabotaje es presentado como un mero episodio híbrido, la tentación, llevada en parte por el vértigo, será archivarlo como un asunto cuasi policial. Si la violación del espacio aéreo se atribuye de antemano a un error de navegación, cualquier reacción militar parecerá desproporcionada. Y si un ataque contra una infraestructura crítica es considerado siempre inferior al umbral del artículo 5, Rusia conocerá anticipadamente hasta dónde puede avanzar sin provocar una respuesta aliada contundente. Hilar fino será siempre una cuestión peliaguda.
Es oportuno, en todo caso, introducir aquí una concreción para aclarar que ni un sabotaje, ni la entrada de un dron aparentemente accidental quedan jurídicamente excluidos de antemano del artículo 5. La eventual aplicación de la defensa colectiva dependería de la naturaleza, gravedad, efectos y atribución de la acción; de que los aliados llegaran a considerarla un ataque armado y, finalmente, de la correspondiente decisión política. Ese es, precisamente, uno de los espacios de incertidumbre que una estrategia hostil puede intentar explotar.
El problema no reside sólo en la naturaleza de cada acción, sino en el efecto acumulativo de todas ellas. La estrategia —una de tantas— puede consistir, precisamente, en convertir lo excepcional en ordinario; acostumbrar a Europa a un goteo de agresiones suficientemente limitado como para no justificar la guerra, pero lo bastante intenso como para desgastar sus defensas, dividir a sus gobiernos y hacer dudar a sus poblaciones.
En tal escenario, el éxito ruso no exigiría la formidable empresa de ocupar Berlín, Varsovia o las repúblicas bálticas. A Moscú le bastaría con demostrar que la OTAN es incapaz de alcanzar un acuerdo cuando la agresión no adopta la forma clásica de columnas acorazadas cruzando una frontera. El objetivo sería político antes que territorial, y consistiría en golpear la credibilidad del artículo 5, la certeza de su vigencia, sembrando dudas acerca de la solidaridad entre aliados y obligando a cada Estado a preguntarse si los demás acudirían realmente en su auxilio.
La advertencia que lanzaba hace sólo dos días el primer ministro polaco, Donald Tusk, abunda en esa posibilidad. Si la información compartida por Varsovia es veraz, Rusia podría estar preparando ataques con drones o misiles contra países del flanco oriental que sostienen a Ucrania, procurando que parezcan fortuitos. Se trata de una evaluación de las autoridades polacas, no de un ataque ya materializado, pero la hipótesis encaja, inquietantemente, con una estrategia destinada a examinar la reacción de la Alianza sin proporcionar a ésta una causa sencilla, primitiva e indiscutible para responder.
Polonia, persuadida por lo que considera una amenaza real, cierta, ha modificado por ello su postura de defensa aérea. Sus aeronaves operan preventivamente mientras Rusia ataca objetivos situados en Ucrania, incluso cuando éstos se encuentran todavía alejados de la frontera. La aparición de drones más veloces ha reducido el tiempo disponible para detectarlos, clasificarlos y decidir si deben ser abatidos. Mantener cazas, helicópteros, radares y sistemas antiaéreos en alerta durante periodos cada vez más largos impone, además, un coste muy apreciable, por muy nutridas que sean las arcas para estos menesteres, que de ello lo son en el caso polaco.
Y, sin pretenderlo, llegamos a otra de las claves del problema. Rusia, en última instancia, no necesita disparar contra cada país aliado para obligarlo a desgastar el material y consumir recursos. Al otro lado del mundo, japoneses, surcoreanos y taiwaneses son expertos en esas lides: las incursiones aéreas y navales, los ejercicios de fuerza y las alertas repetidas obligan a mantener radares, aeronaves, buques y tripulaciones en una vigilancia costosa y permanente, incluso sin que llegue a producirse un enfrentamiento abierto.
Cada salida de un caza lleva aparejadas horas de mantenimiento, combustible, personal y repuestos. Cada alerta obliga a activar centros de mando, radares y unidades terrestres. Cada dron barato que se aproxima a un espacio aéreo protegido puede forzar el empleo de medios cuyo coste es muchas veces superior. La guerra contemporánea no se libra únicamente destruyendo las capacidades del enemigo, sino también obligándolo a agotarlas, dispersarlas o mantenerlas permanentemente ocupadas en un desgaste continuado que mella material y moralmente.
La cuestión de los suministros se vuelve así principalísima, porque mientras Europa ha anunciado importantes planes de rearme, buena parte de sus resultados —de los que finalmente lleguen a buen puerto— sólo aparecerán al final de la década. Mientras tanto, continúa dependiendo de existencias limitadas de munición, defensa antiaérea, repuestos, aeronaves cisterna, transporte estratégico, inteligencia espacial y otros medios que, en gran medida, proporciona Estados Unidos.
La previsión
El informe Heed the Warning: How NATO Can Find and Fill the Gaps in Its Warning Systems, publicado por el NATO Defense College el 7 de septiembre, introduce otro elemento de importancia. La realidad en el mundo de la información es que los fallos de inteligencia rara vez consisten en la ausencia absoluta de aquélla. Con frecuencia, los datos existen, pero llegan tarde; no llegan a quien debe decidir; lo hacen fragmentados; son quizá interpretados bajo categorías antiguas; o chocan con la resistencia política a aceptar una conclusión desagradable.
Europa conoce bien ese problema. Antes del 24 de febrero de 2022 había información suficiente sobre la concentración rusa alrededor de Ucrania. Lo que faltó en no pocas capitales, por no incluirlas a todas, fue la voluntad de admitir que Moscú podía hacer algo tan costoso, brutal y aparentemente contrario a sus propios intereses como finalmente hizo. Era difícil advertir a la opinión occidental sobre lo que iba a ocurrir. Y se confundió la irracionalidad que nosotros atribuíamos a la invasión con la imposibilidad de que Putin la ordenara. Y la orden llegó. Y llegó porque hay centros de poder que no tiemblan, y para los que el curso de su propia historia se escribe a golpe de fuerza demostrable, incluso si las consecuencias van más allá de las bondades del plan inicial y terminan costando cientos de miles de muertos, como está siendo el caso en Ucrania,
Ahora, casi cinco años después, el riesgo es semejante. Que Rusia no disponga de fuerzas suficientes para conquistar Europa no significa que carezca de capacidad para ejecutar una operación limitada, ocupar una pequeña porción de territorio, golpear una instalación militar o promover una entidad separatista sostenida por fuerzas no identificadas, a la manera de los llamados “hombrecillos verdes” de Crimea. Moscú no necesita obtener una gran victoria operacional si una acción reducida provoca una derrota política de la OTAN.
Una penetración limitada en Narva, una sucesión de ataques contra instalaciones vinculadas al apoyo a Ucrania o la destrucción encubierta de una infraestructura crítica podrían plantear precisamente esa disyuntiva. Son escenarios hipotéticos, no acciones cuya ejecución esté públicamente confirmada. Y en eso andan los analistas de medio mundo durante las últimas setenta y dos horas. ¿Responderían todos los aliados del mismo modo? ¿Aceptarían atacar objetivos en territorio ruso? ¿Considerarían suficiente la atribución obtenida por los servicios de inteligencia? ¿O comenzarían las discusiones acerca de si el incidente fue deliberado, limitado o insuficientemente claro?

La guerra en Ucrania continúa siendo, por ello, la primera línea defensiva de Europa. Las operaciones ucranianas de alcance intermedio contra la logística, el combustible y la guerra electrónica rusas han permitido recuperar elementos de maniobra táctica. Ya no se trata únicamente de destruir carros de combate, que también. Atacar los depósitos y generadores que alimentan los sistemas de interferencia puede abrir brechas para los drones propios y facilitar el avance de las fuerzas terrestres.
El combate moderno exige integrar inteligencia, fuegos de largo alcance, guerra electrónica, drones, defensa aérea, operaciones terrestres y protección logística. Porque ya no basta con adquirir plataformas excelentes por separado. Deben formar parte de un sistema capaz de continuar operando cuando los satélites fallen, las comunicaciones sean interferidas, las bases sean atacadas y las líneas de suministro sufran interrupciones.
Rusia ha aprendido en Ucrania pagando un precio espantoso, inasumible para la sociedad europea actual, pero ha aprendido. Sus unidades han adoptado tácticas de infiltración, han multiplicado el empleo de drones y han creado organizaciones especializadas como el centro Rubikon, donde prueban drones, ensayan procedimientos, forman a los efectivos y se comunican con la industria. Presentar al Ejército ruso únicamente como una fuerza exhausta, inepta y detenida en el barro sería tan peligroso, tan equivocado, como describirlo como una maquinaria invencible. No es ninguna de las dos cosas. Es una fuerza castigada, con graves limitaciones, pero curtida durante años de guerra y todavía capaz de adaptarse, movilizar recursos y aceptar un volumen de pérdidas para el que buena parte de las sociedades europeas no está política ni socialmente preparada.
En España, pese a la distancia física con el frente ucraniano y a que el interés estratégico principal se concentra, y con razón, sobre las cosas del meridión, los estudios menudean desde hace mucho, y ya nadie puede tenerse por lego en la materia si de veras no quiere serlo. Analistas como Javier Jordán vienen explicando hace años que la zona gris busca alcanzar objetivos estratégicos mediante una combinación de presión política, operaciones encubiertas, coerción económica, ciberataques y manipulación informativa, evitando ofrecer al adversario un motivo inequívoco para recurrir a la guerra abierta. Lo verdaderamente peligroso no es sólo la agresión que cruza el umbral, sino la que consigue modificar la realidad mientras seguimos discutiendo dónde se encuentra ese umbral.
Por su parte, otro de los analistas de nuestro recetario nacional, Jesús M. Pérez Triana, añade una precisión conceptual especialmente válida para comprender lo que ocurre en Europa: no toda combinación de sabotaje, desinformación, coerción económica, ciberataques y presión militar constituye, propiamente, una guerra híbrida. En sus palabras, la zona gris es “el espacio entre la guerra y la paz absoluta”, donde potencias revisionistas actúan de forma agresiva y sostenida, recurriendo a herramientas no militares, la ambigüedad y la negación plausible para alterar el statu quo. La finalidad consiste en intimidar al adversario y acumular pequeñas ganancias sin proporcionarle un casus belli inequívoco; de tal manera que, llegado el momento de responder, la víctima pueda aparecer ante la opinión internacional como quien actúa de forma desproporcionada y no plenamente justificada. Por otra parte, Pérez Triana advierte del peligro de contestar mediante concesiones sucesivas, porque el apaciguamiento, de sobra lo conocemos en España, ofrece soluciones cortoplacistas, pero puede permitir que la suma de avances aparentemente menores termine componiendo una victoria estratégica del adversario, la conocida como “estrategia del salami”.
A pesar de todo lo anterior, habrá quien crea que España puede mantenerse razonablemente al margen de un escenario de conflicto geográficamente ubicado a miles de kilómetros de nuestra frontera. Se equivoca. España forma parte de las redes logísticas, navales, aéreas, espaciales y de comunicaciones de la Alianza. Sus puertos, bases, astilleros, cables, aeropuertos, centros de mando y empresas de defensa entrarían inevitablemente en el cálculo ruso. La geografía puede alejarnos del frente terrestre, pero no de la guerra electrónica, el sabotaje, la desinformación o las operaciones contra el tráfico marítimo. En la estrategia moderna, Cádiz, Rota, Cartagena, Torrejón o Canarias no se encuentran tan lejos de Estonia como sugiere el mapa.
China en la estrategia rusa, o Rusia en la de China
Hace años vengo sosteniendo que la relación entre una eventual crisis en Taiwán como resultado de una agresión china sobre Formosa y una escalada rusa en Europa en el corto plazo no serán hechos inconexos. En todo caso, bien es verdad que tampoco se puede presentar como un acuerdo de facto entre Moscú y Pekín. Como es natural, no disponemos de confirmación alguna que nos permita afirmar la existencia de un plan conjunto para abrir dos frentes simultáneos. Pero sería igualmente imprudente que las democracias occidentales no estudiaran esa posibilidad. Hay quienes lo tienen muy presente al otro lado del orbe.
El secretario general de la OTAN más mediático de su historia, Mark Rutte, ya advirtió con crudeza de tal escenario al sugerir que si China decidiera actuar militarmente contra Taiwán, Pekín podría beneficiarse de que Rusia aumentara al mismo tiempo la presión sobre Europa. Moscú, lo venimos diciendo, no tendría necesariamente que lanzar una invasión general. Bastaría con materializar alguno de los escenarios anteriormente contemplados, como intensificar la guerra en Ucrania, provocar una crisis en el Báltico, atacar las líneas de suministro o multiplicar las acciones en la zona gris. El propósito sería obligar a Estados Unidos y a sus aliados a repartir fuerzas, inteligencia, municiones y atención política entre dos teatros separados por miles de kilómetros.
Ésa sería una verdadera forma de “liberar de presión a China”.
En una crisis taiwanesa, las líneas de comunicación volverían a ser determinantes, y el mundo entero acusaría las consecuencias. Estados Unidos, si damos por descontada la respuesta armada frente a China, en demanda de Taiwán, necesitaría trasladar municiones, combustible, aviones, buques y personal a través del Pacífico. Europa tendría entonces que decidir hasta qué punto puede respaldar ese esfuerzo mientras sostiene a Ucrania y protege su propio flanco oriental.
Rusia, por su parte, encontraría una ocasión extraordinaria para aumentar la tensión allí donde los aliados dispusieran de menos reservas y menor capacidad de reacción.
La escasez sería el hilo conductor de ambos escenarios: interceptores antiaéreos, misiles de largo alcance, munición naval, aviones cisterna, transporte estratégico, satélites, inteligencia y personal especializado. Ningún país occidental dispone de existencias ilimitadas, apenas suficientes, puede decirse. Tampoco las líneas industriales pueden multiplicar de la noche a la mañana aquello que durante décadas se adquirió en cantidades exiguas.

La respuesta de la OTAN no puede consistir en anunciar una guerra inevitable. Las profecías grandilocuentes son tan inútiles como la complacencia. Debe consistir en elevar el coste de cualquier agresión, reducir la ambigüedad que Rusia pretende explotar y garantizar que los aliados puedan reaccionar incluso antes de alcanzar una unanimidad política perfecta.
Eso exige reglas claras para interceptar drones, procedimientos comunes de atribución, protección de infraestructuras, reservas de munición, defensa aérea en capas, capacidad de reparar puertos y aeródromos, rutas alternativas para trasladar fuerzas, comunicaciones seguras y rápidas, y una industria preparada para aumentar la producción durante la crisis. Y demanda también explicar a las sociedades europeas que la defensa no empieza cuando el enemigo rompe la frontera, sino mucho antes, cuando trata de convencernos de que defendernos sería una provocación.
Contención no es más que cautela, pero en absoluto inacción
No es momento para el pánico. Rusia no se encuentra en disposición de emprender una conquista general de Europa y la disuasión de la OTAN continúa siendo formidable. Pero la disuasión sólo conserva su valor mientras el adversario crea que será empleada. La disposición y determinación son en política la voluntad de vencer en lo marcial. Si Moscú concluye que las divisiones políticas occidentales, la lentitud industrial o el temor a la escalada impedirán una respuesta, la superioridad material de la Alianza servirá de poco.
Hace un par de días, David Cardero Ozarín, uno de nuestros mejores y más brillantes analistas, me confesaba que le provocaba terror tener razón en alguno de sus planteamientos sobre el peligro de una escalada rusa en Europa. Le respondí con alguna de las expresiones de Guillaume Lacroix, del Parti radical de gauche (PRG–Le Centre Gauche que, en ese preciso momento, hacía sólo unos minutos salía de la noticiosa reunión que el presidente francés, Macron, convocaba de urgencia, el día anterior, en el Palacio del Elíseo. Lacroix, cuyas palabras están accesibles en la red social X, decía así: “A mis 50 años rara vez he sentido tal vértigo. Vértigo de la gravedad de las situaciones en Oriente Medio y en Ucrania, de la locura depredadora que lleva al mundo al caos. Vértigo de los riesgos y consecuencias sobre nuestra seguridad, nuestra economía y nuestro poder adquisitivo.” (…) “Más que nunca, lucharé, desde mi modesta posición, para Francia no ceda su destino a los egos delirantes, a los belicistas de salón, a los pacifistas de pacotilla y a los sumisos de la facilidad y el miedo.”
Europa vive, pues, un tiempo de vísperas; quizá no las de una guerra cierta, pero sí las de una prueba de voluntad. Lo que Rusia parece examinar no es únicamente la resistencia de nuestros radares o la velocidad de nuestros cazas, sino la firmeza de nuestros gobiernos, la cohesión de nuestras sociedades y la disposición de los aliados a reconocer que una agresión limitada sigue siendo una agresión.
En las antiguas guerras, el enemigo aparecía al otro lado de la frontera con sus banderas desplegadas. En las nuevas, procura llegar antes de que sepamos que ha partido. Y cuando finalmente distinguimos su presencia, tal vez lleve años recorriendo nuestros cables, nuestras redes, nuestros puertos, nuestras conciencias y nuestros temores.
La guerra abierta quizá no haya comenzado. Es posible que incluso escapemos temporalmente a ella. Pero la disputa por las condiciones en las que habría de librarse ya está plenamente en marcha, y la disculpa para no enfrentarla puede terminar siendo la razón para que nos veamos envueltos en ella.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

