CEUTA Y MELILLA: UNA BATALLA, TAMBIÉN DIALÉCTICA

La ofensiva diplomática marroquí contra Ceuta y Melilla requiere una respuesta firme por parte de España, también por la palabra

David Cardero Ozarín

“Nosotros seguimos aferrados a nuestros territorios. Y es un tema que solucionaremos.”

Las declaraciones del ministro de justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi, en una entrevista en la cadena de televisión saudí Asharq News no dejan lugar a dudas: para el Reino de Marruecos la incorporación de las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla es una cuestión esencial en la política exterior del país, paso clave, junto a la consolidación de los territorios ocupados del Sáhara Occidental, para la cimentación del Gran Marruecos, el gran proyecto irrendentista del país norteafricano.

En estas intensas semanas de crispación entre Rabat y Madrid tras la crisis migratoria ceutí el 30 de mayo, es interesante analizar el relato en redes sociales por parte de cuentas afines a Marruecos (muchas de ellas bots) para poner en duda la soberanía española de Ceuta y Melilla, cuanto no amenazar con más hordas de migrantes hasta su cesión a Marruecos. Es imprescindible mantener la solidez en el debate y desmontar las falacias difundidas por los agentes del Régimen Alauita: la batalla por la soberanía de Ceuta y Melilla también reside en el frente dialéctico.

La primera mentira: Ceuta y Melilla son vestigios coloniales españoles en África

Por supuesto, el primer mito a desmontar es la tesis marroquí de que Ceuta y Melilla con colonias ilegales de España en África, legado de una época ya superada de imperios coloniales europeos en África. Esta mentira, que incluso traspasa las fronteras españolas para enturbiar la visión de los países europeos fruto del desconocimiento requiere una respuesta cuidadosa.

Para empezar, Ceuta y Melilla en ningún caso han sido colonias. Han pertenecido a la Corona española durante siglos: Ceuta concretamente desde 1668, tras el Tratado de Lisboa firmado con Portugal, tras la decisión de los ciudadanos del territorio de permanecer fieles a la corona hispánica tras la independencia de Portugal. Melilla, otrora taifa independiente, sería incorporada por Castilla en 1497, en plena reconquista.

Como vemos, las dos ciudades fueron incorporadas a la soberanía española en épocas muy anteriores a los proyectos coloniales europeos en el continente africano. De hecho, ciudades de nueva fundación en América, como Ceuta del Agua, en Venezuela, o Melilla, en la periferia de la capital uruguaya de Montevideo, demuestran que las dos ciudades eran perfectamente españolas en la idiosincrasia española de la época. Ceuta y Melilla siempre tuvieron un estatus igualitario con respecto a las urbes peninsulares, y son parte integrante del territorio nacional -artículo 1.2 de la Constitución Española y estatutos de autonomía-

Al contrario que Gibraltar y el Sáhara Occidental, Ceuta y Melilla nunca han formado parte de la lista de territorios pendientes de descolonizar según las Naciones Unidas. En el Derecho internacional moderno no existe obligación alguna que haga de Ceuta y Melilla colonias: los principios de integridad territorial y de autodeterminación aplican aquí a poblaciones españolas ya ciudadanas, no a provincias coloniales.

La lógica colonial sí que aplica, más que le pese a Rabat, con los territorios del Sáhara Occidental, que el Reino Alahuita explota, y con el “muro de la vergüenza” (Al Yidar), una serie de fortificaciones de más de 2.700 kilómetros que segrega y divide a las poblaciones saharauis: la segunda frontera erigida por el hombre más larga del mundo tras la Gran Muralla China. El auténtico agravio colonial en la zona es el de Marruecos con el Sáhara, permitido por la complacencia de España tras la marcha verde de 1975.

La segunda mentira: Ceuta y Melilla constituyen una “anomalía” geográfica que impide la continuidad de Marruecos

Otra de las grandes mentiras de la narrativa marroquí es el supuesto de que Ceuta y Melilla constituyen geográficamente territorios marroquíes (siguiendo esa tesis, Puerto Rico es una anomalía estadounidense en el Caribe, y Guayana un cuerpo extraño francés en Sudamérica)

Nunca, en la relación bilateral entre España y Marruecos se puso en duda la españolidad de Ceuta y Melilla. En el Convenio de Fez de 1767 Marruecos y España formalizarían las fronteras adyacentes a Ceuta y Melilla. Y tras el Tratado de Fez se establecerían los protectorados francés y español en Marruecos, en los cuales Ceuta y Melilla no formarían parte, puesto que eran destinadas a permanecer ciudades españolas.

Ni Ceuta ni Melilla eran posesiones del sultanato alauita de 1956 del que parte el Estado Marroquí moderno propiamente dicho tras declarar la independencia de Francia. Los tratados de 1956 (Declaración de Madrid) no incluyeron a ambas ciudades como parte del nuevo Marruecos independiente. El “derecho histórico” invocado carece de base jurídica: en 1956 España simplemente abandonó el Protectorado (Dar al-Majzén).

Jurídicamente, Marruecos renunció tácitamente a cualquier reclamación cuando España obtuvo el visto bueno internacional para la cesión de protec­torado sin condiciones adicionales. Además, los análisis de fuentes históricas presentes en Archivos como el de Simancas avalan que los reinos de Taifas musulmanas peninsulares (que incluyeron figuras del Norte de África) eran entidades independientes, no parte integral de un hipotético “Marruecos anterior”. En definitiva, la historia feudal y colonial no confiere derechos soberanos a Marruecos sobre territorios que no administró.

Tercera mentira: todos los territorios de Ceuta y Melilla, así como el legado de la antigua Al-Ándalus y los nazaríes forman parte de Marruecos

Otra de las grandes falacias esgrimidas por los nacionalistas marroquíes son los mapas de la Al-Ándalus durante el Imperio Almorávide. La dinastía Alauita se considera la heredera histórica de aquellas tribus bereberes (de hecho, las aspiraciones territoriales del “Gran Marruecos” frente al Sáhara, Argelia, Mali y Mauritania “beben” de la extensión de aquel imperio) pero la civilización andalusí se desarrolló bajo reinos de Al-Ándalus cuyos sucesores finales fueron los reinos nazaríes de Granada.

Ni estos reinos ni los territorios bereberes controlados por los almohades o almorávides eran extensiones del “Marruecos” de entonces (que, de hecho, existía como territorio fragmentado). Los sultanes marroquíes posteriores nunca reivindicaron Andalucía porque desapareció de forma permanente como dominio islámico en 1492; Granada no pasó a Marruecos, sino a Castilla. Tras la Reconquista, las poblaciones musulmanas emigraron hacia el norte de África, pero eso influyó en la sociedad marroquí — no al revés.

La batalla también se libra a través de la palabra

Como se ha expuesto en este artículo, la soberanía española de Ceuta y Melilla, así como su irrenunciable españolidad, es indiscutible desde el punto de vista histórico, jurídico y social. Una eventual pérdida de estas localidades a manos de Rabat privaría a España de su posición estratégica en el estrecho de Gibraltar y el Mediterráneo Occidental.

Además, sería el primer paso para replicar la estrategia de Marruecos con el archipiélago Canario: primero (como ya sucede de hecho) por la delimitación arbitraria de las aguas territoriales canarias y del Sáhara Occidental, para posteriormente poner en duda la soberanía española de Canarias.

La batalla por defender los derechos de los ciudadanos españoles de Ceuta y Melilla exige no ceder un milímetro frente a la campaña marroquí. Y esa batalla también se lucha a través de la palabra.

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David Cardero Ozarín

artículo original en Leaders Radar

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