Algo se mueve en Moscú

John Ratcliffe, director de la CIA, visita Moscú en medio de un secretismo que invita a la incertidumbre

Redacción

No hubo agenda pública, comunicado conjunto ni explicación oficial acerca del contenido de las conversaciones. Ratcliffe estuvo el martes 25 de agosto en la capital rusa, mantuvo reuniones con responsables de los servicios de inteligencia y abandonó el país sin encontrarse con Vladímir Putin. El Kremlin, sin embargo, anunciaba que el presidente ruso fue informado inmediatamente del resultado de las conversaciones.

 

Ratcliffe. Bloomberg

 

Es la primera visita conocida de un director de la CIA a Rusia desde la realizada por William Burns en noviembre de 2021, cuando Washington intentaba advertir al Kremlin de las consecuencias que tendría una invasión de Ucrania. Sólo este precedente debería bastar para no considerar demasiado convincente la definición empleada por Donald Trump, que ha calificado el desplazamiento de Ratcliffe de «semi-rutinario». En las relaciones actuales entre Washington y Moscú hay muy pocas cosas rutinarias y menos aún que el máximo responsable de la inteligencia estadounidense viaje personalmente a la capital de la Federación Rusa.

También resulta significativo que Washington avisara previamente a Kiev de que una delegación estadounidense viajaría a Moscú y pidiera a Ucrania evitar ataques durante la presencia de Ratcliffe en Rusia. Financial Times y otros medios estadounidenses aseguran que Kiev aceptó la petición. Es una precaución de seguridad comprensible, pero proporciona una medida bastante adecuada de la importancia concedida al viaje.

La OTAN, primera hipótesis

La explicación más concreta, y al tiempo la más preocupante, procede de Estados Unidos. The Wall Street Journal informó de que Ratcliffe viajó para trasladar a Moscú una advertencia inequívoca contra cualquier intento de atacar o poner a prueba a un miembro de la OTAN. En ese sentido, CBS News confirmó posteriormente esa información citando a varias personas conocedoras de las conversaciones. Según estas fuentes, las evaluaciones de inteligencia estadounidenses consideran posible que Rusia trate de comprobar hasta dónde llega realmente la voluntad de Washington de defender a sus aliados europeos mediante acciones situadas deliberadamente por debajo del umbral de una guerra abierta, en el espectro conocido como operaciones híbridas, ciberataques, sabotajes o provocaciones limitadas.

Este punto es probablemente el que debe tomarse más en serio. No porque sepamos que Moscú haya decidido atacar a la Alianza, sino porque si Washington ha considerado necesario enviar personalmente al director de la CIA para transmitir una advertencia, la percepción estadounidense del riesgo merece atención.

La paradoja es que Trump lo ha negado. Preguntado precisamente por esas informaciones, aseguró que el viaje no estaba relacionado con una eventual prueba rusa de la OTAN. El presidente señaló, en cambio, sus esfuerzos para poner fin a la guerra de Ucrania y afirmó que «puede salir algo» de las conversaciones mantenidas por Ratcliffe. El Kremlin, como era de esperar, tampoco ha revelado su contenido.

Estamos, por tanto, ante 2 explicaciones que no necesariamente se excluyen. Una misión de inteligencia de este nivel puede perfectamente transportar varios mensajes simultáneamente.

Ucrania sigue estando en la habitación

Resultaría difícil imaginar que Ucrania no estuviera presente. La guerra continúa, y se acerca a su 5º año, las iniciativas diplomáticas permanecen estancadas y Rusia mantiene la presión militar sobre el Donbás. Moscú, se rumorea, estaría además preparando su capacidad para absorber una nueva movilización mientras Kiev asegura que el Kremlin pretende incorporar otros 300 000 hombres después de las elecciones parlamentarias de septiembre. La visita de Ratcliffe se produce precisamente cuando la posibilidad de una solución rápida parece alejarse cada día más, haciendo desaparecer cualquier rastro de esperanza de un final próximo del conflicto.

Trump insiste en que intenta cerrar la guerra. Ratcliffe podría, por tanto, haber utilizado un canal que históricamente ha sobrevivido incluso a las peores etapas de la relación ruso-estadounidense: el contacto directo entre servicios de inteligencia.

Estos canales no sirven únicamente para negociar. Sirven también para evitar errores de cálculo, transmitir líneas rojas, comprobar las intenciones del adversario y asegurarse de que determinados mensajes llegan sin intermediarios ni interpretaciones diplomáticas. William Burns recurrió a ellos después de iniciada la invasión para hablar con sus interlocutores rusos sobre el riesgo de escalada nuclear. Que hoy vuelvan a adquirir protagonismo puede significar negociación, pero también exactamente lo contrario, como que Washington considere necesario gestionar un nivel de riesgo creciente.

Y está Irán

Existe además un segundo escenario que no debemos relegar. CBS News asegura que Ratcliffe planteó igualmente la cuestión iraní y advirtió a Moscú de nuevas sanciones si no se reabre el estrecho de Ormuz. Rusia mantiene una estrecha relación con Teherán, desarrollada durante años alrededor de la cooperación militar, tecnológica y de inteligencia, mientras Washington, por su parte, intenta aumentar la presión sobre Irán.

Trump también ha negado que ése fuera el motivo de la visita. Pero nuevamente una cosa no excluye necesariamente la otra. Desde la perspectiva estadounidense, Rusia conecta hoy 2 crisis distintas, la de Ucrania y Oriente Medio. Moscú necesita a Irán, pero conserva al mismo tiempo canales con Israel y puede desempeñar algún papel como interlocutor. Washington tiene razones para conocer con exactitud hasta dónde está dispuesta Rusia a llegar en su respaldo a Teherán.

Hay incluso opciones menores que tampoco deben descartarse completamente. La CIA ha participado anteriormente en conversaciones discretas relacionadas con ciudadanos estadounidenses detenidos en Rusia. El pasado 11 de agosto Putin indultó por razones humanitarias al antiguo marine estadounidense Robert Gilman después de gestiones de Washington. No existe, sin embargo, información fiable que permita sostener que una nueva negociación sobre detenidos haya sido el objetivo de este viaje, por lo que conviene mantener esa posibilidad exactamente donde corresponde: entre las hipótesis secundarias.

El otro visitante de Moscú

Y entonces aparece una coincidencia particularmente interesante. Y es que, mientras el director de la CIA llegaba a Moscú, también se encontraba allí Paul Richard Gallagher, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, es decir, el principal responsable de la diplomacia vaticana. Gallagher permanece en Rusia entre el 24 y el 28 de agosto y se ha reunido con Serguéi Lavrov, con representantes del Patriarcado de Moscú y con Yuri Ushakov, asesor de Putin para política exterior.

Gallagher no es exactamente el «enviado papal para Ucrania». Esa función corresponde al cardenal Matteo Maria Zuppi. Pero tampoco estamos ante una visita religiosa sin contenido político. Gallagher es uno de los principales responsables de la política exterior de la Santa Sede y ha acudido a Moscú declarando expresamente que la guerra debe terminar y que deben crearse las condiciones para una negociación política y diplomática. Con Lavrov abordó asimismo iniciativas humanitarias y posibles vías para restablecer un mínimo de confianza entre las partes.

 

Paul Richard Gallagher, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales. Imagen: ANSA

 

Hay más. El embajador ruso ante la Santa Sede, Ivan Soltanovsky, anunció ya el 8 de agosto que Moscú estaba preparando tanto la visita de Gallagher como una nueva invitación a Zuppi para septiembre. El cardenal ya estuvo en Moscú en 2023 y 2024 desarrollando la misión humanitaria encomendada originalmente por Francisco y continuada ahora bajo León XIV.

¿Existe alguna relación entre la presencia simultánea de Ratcliffe y Gallagher? Por descontado que no hay ninguna prueba que permita afirmarlo. Y sería un error convertir una coincidencia temporal en una operación coordinada. Pero sería igualmente poco prudente ignorar el contexto y no establecer la relación, por más que no se pueda, en efecto, confirmar.

Tenemos que 2 canales extraordinariamente discretos —el de los servicios de inteligencia estadounidenses y el de la diplomacia vaticana— han desembocado prácticamente al mismo tiempo en Moscú. Uno habla con los servicios rusos y hace llegar sus conclusiones inmediatamente a Putin. El otro habla con Lavrov y con Ushakov y prepara el terreno para una nueva visita del enviado pontificio.

Quizá no exista detrás de todo ello ningún gran acuerdo en preparación. De hecho, esa es probablemente la interpretación más cautelosa. Las posiciones de Rusia, Ucrania, Estados Unidos y Europa siguen demasiado alejadas como para imaginar una solución inminente.

Pero las guerras no terminan únicamente en las mesas donde finalmente se firman los documentos. Antes suele abrirse este tipo canales secundarios, intercambiarse mensajes, comprobarse posiciones y establecerse límites. Inteligencia, diplomacia reservada, interlocutores religiosos, países mediadores y contactos indirectos comienzan a trabajar mucho antes de que exista algo que pueda anunciarse públicamente.

Por eso quizá la pregunta correcta no sea qué fue a negociar John Ratcliffe a Moscú. Puede que todavía no haya nada que negociar. La pregunta realmente interesante es por qué Washington consideró necesario enviar ahora al director de la CIA, por qué Moscú quiso escucharle y por qué, mientras aquello ocurría, la diplomacia vaticana estaba llamando a las mismas puertas.

No sabemos todavía qué se está moviendo. Pero algo se mueve.

Redacción

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