Majestad, le necesitamos

Ceuta ha sufrido el episodio más grave de las últimas décadas mientras Marruecos vuelve a demostrar hasta dónde puede llevar la presión sobre España sin necesidad de disparar un solo tiro. En momentos así, cuando las instituciones deben ser algo más que una arquitectura administrativa y el Estado necesita hacerse visible allí donde sus ciudadanos se sienten más vulnerables, la Corona tiene una función que ninguna otra institución puede desempeñar de la misma manera. Felipe VI necesita visitar Ceuta. Y también Melilla.

Por Jorge Estévez-Bujez

Majestad, le necesitamos.

No es una fórmula retórica. Tampoco una invocación monárquica de circunstancias, ni el socorrido recurso a la Corona cuando la política ordinaria ha dejado de ofrecer respuestas satisfactorias, si es que alguna vez lo hace. Es algo bastante más elemental, porque hay ocasiones en la vida de una nación en las que el Estado necesita adquirir forma humana, hacerse presente, dejarse ver y tocar. Y ésta es una de ellas.

 

Las Murallas Reales de Ceuta

 

A la vista de la presión marroquí; de la invasión de nuestra ciudad, de nuestra tierra; de una estrategia de desestabilización que puede discutirse en sus mecanismos pero difícilmente ignorarse en sus efectos; de las artimañas de un régimen monárquico y autoritario que ha demostrado sobradamente su capacidad para convertir grandes masas de población civil en instrumento de presión contra el país vecino, aun a riesgo de sus propias vidas; de las amenazas, de las reclamaciones constantes sobre nuestro territorio y de la inacción de un Gobierno engrilletado —sabe Dios por qué razones— frente a Rabat, la presencia de la Corona en Ceuta ha dejado de ser una cuestión ceremonial.

Ceuta acaba de padecer una conmoción difícil de explicar a quien no la haya vivido.

Decenas de miles de personas penetraron en una ciudad española en apenas unas horas. Hubo muertos. Hubo caos. Hubo miedo. Hubo familias encerradas en sus casas. Hubo comercios que cerraron precipitadamente y calles en las que, durante algunas horas, el Estado pareció más una aspiración que una realidad. Las cifras comunicadas por España y Marruecos difieren, pero ninguna permite rebajar la magnitud de lo ocurrido. Alrededor de 72 000 entradas, mientras las autoridades marroquíes situaron la cifra alrededor de 40 000. Días después, miles de personas permanecían todavía en Ceuta. Dan igual unos pocos miles más o menos. Ya no estamos en éso.

Llámese crisis migratoria, avalancha, asalto fronterizo o invasión —como quien esto escribe considera apropiado atendiendo a su dimensión material—, el problema fundamental es que una frontera española desapareció durante horas bajo la presión de una masa humana procedente de Marruecos. Y eso no es una cuestión semántica. Es una cuestión de soberanía.

Una ciudad sitiada por el miedo

Hay además una dimensión que las estadísticas jamás alcanzarán a explicar. La de las familias ceutíes.

Muchas han enviado durante estas semanas a sus hijos a la Península, a casa de parientes o amigos, tratando de apartarlos temporalmente de una ciudad sitiada no por una fuerza militar convencional, sino por algo quizá psicológicamente más perturbador: la incertidumbre de no saber cuándo volverá a ocurrir.

Porque ése es precisamente el formidable poder de la zona gris. No necesita blindados. No requiere una declaración de guerra. No obliga a concentrar divisiones al otro lado de la frontera. Le basta con sembrar la duda sobre lo que ocurrirá mañana.

Un rumor en las redes sociales. Una frontera que inesperadamente deja de comportarse como tal. Miles de personas acercándose al perímetro. Una relajación difícilmente explicable de los controles del otro lado. Un mensaje aparentemente espontáneo que se propaga entre decenas de miles de ciudadanos. Una jornada de caos. Después, silencio. Y hasta la siguiente.

El adversario que domina esa clase de maniobra no necesita demostrar que puede ocupar una ciudad. Le basta con demostrar que puede alterar su vida cuando quiera. España, desgraciadamente, no parece particularmente dotada para desenvolverse en semejante terreno.

Como quiera que no se nos da especialmente bien la maniobra en la zona gris o, si fuera al contrario, no la jugamos con igual intensidad por esa serie de obstáculos que todos sospechamos y nadie confirma, tenemos frente a nosotros a un vecino que conoce extraordinariamente bien el lenguaje del hecho consumado, de la presión indirecta, de la amenaza disimulada y del amago de acciones peores.

Marruecos lleva décadas practicándolo. Y nosotros llevamos décadas tratando cada episodio como si fuera el último.

El extraño engrilletado de España

Tal vez algún día sepamos por qué España ha desarrollado frente a Marruecos una política exterior caracterizada tantas veces por una extraordinaria prudencia unilateral. Prudencia en las palabras, en los gestos, en las visitas. Prudencia en los comunicados, al hablar del Sáhara, de Ceuta, de Melilla. Prudencia cuando Rabat protesta, también cuando amenaza. Prudencia cuando reclama. Prudencia cuando deja hacer.

Y prudencia, naturalmente, cuando después vuelve a proclamarse socio estratégico, fiable, imprescindible y amistoso. La diplomacia exige prudencia. Por supuesto. Lo que no exige es pudor en el ejercicio de la propia soberanía; un escrúpulo torticeramente explicado.

Hay una diferencia fundamental entre evitar una provocación y comportarse como si el ejercicio normal de nuestros derechos pudiera constituirla. España no puede construir indefinidamente su política hacia Marruecos sobre el temor a disgustar al propio Marruecos. Porque entonces ocurre algo elemental: quien administra el disgusto termina administrando también nuestra conducta.

Y eso, en relaciones internacionales, tiene otro nombre: dependencia.

La Corona: presencia del Estado

Por eso Su Majestad necesita ir a Ceuta. Y después, a Melilla. No para desafiar a Marruecos ni para organizar una manifestación nacionalista. Tampoco para pronunciar una soflama, ni para convertir la frontera en un escenario teatral. Precisamente por lo contrario.

Para hacer normal lo que nunca debió dejar de ser normal.

Felipe VI es Rey de España.

Ceuta es España.

Melilla es España.

La conclusión requiere poco esfuerzo intelectual.

La Constitución define al Rey como Jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia. No es una ocurrencia doctrinal ni una interpretación sentimental de la Monarquía: así lo establece expresamente el artículo 56. También atribuye al Rey el mando supremo de las Fuerzas Armadas.

Y pocas circunstancias pueden encarnar de manera más nítida esa función simbólica como la presencia del Jefe del Estado en una ciudad española cuyos ciudadanos acaban de preguntarse, quizá por primera vez muchos de ellos, hasta qué punto el Estado era capaz de protegerlos.

 

 

 

Ir allí significa abrazar a sus gentes y visitar a quienes han resultado afectados. Recorrer sus calles, escuchar a quienes tuvieron miedo. Mirar a los ojos a quienes se quedaron. Y también, sí, estar junto a nuestros soldados, guardias civiles, policías y marineros. No para arengarlos en el sentido decimonónico de la palabra, sino para recordarles algo mucho más importante: que representan a una nación que sabe que están allí. Y que esa nación no piensa dejarlos solos.

La visita que incomodará a Rabat

Sabemos lo que ocurriría. Y podemos escribir incluso el guion de algunos de los titulares antes de que se produzcan.

-Rabat protestaría.

-Sus medios hablarían de provocación.

-Aparecerían nuevamente las expresiones acostumbradas: «ciudades ocupadas», «vestigios coloniales», «provocación española», quizá alguna referencia particularmente florida al pasado.

-Algún editorialista descubriría repentinamente que una visita del Rey de España a una ciudad española constituye una intolerable afrenta contra Marruecos.

Bien. Todo eso ya ocurrió. De modo que calma.

En noviembre de 2007, Juan Carlos I y la reina Sofía visitaron Ceuta y Melilla. Marruecos reaccionó con extraordinaria dureza. Su Gobierno expresó su «total rechazo y reprobación»; Mohamed VI condenó personalmente el viaje, lo calificó de lamentable y advirtió sobre sus consecuencias para las relaciones bilaterales. Rabat llegó a llamar a consultas a su embajador.

Y, sin embargo, España y Marruecos no desaparecieron del mapa al día siguiente. Las relaciones continuaron y los embajadores regresaron. Los ministros volvieron a reunirse y los intereses comunes volvieron a imponerse.

Porque así funcionan los Estados.

Marruecos protesta porque considera que debe protestar. Y España debería ejercer su soberanía porque debe ejercerla. Lo paradójico sería que Rabat tuviera perfectamente asumido su papel y nosotros no el nuestro.

Leonor ya nos enseñó el camino

Hace algo más de un año fue la Princesa de Asturias, nuestra heredera al Trono, quien pisó tierra española norteafricana.

Leonor llegó a Ceuta en junio de 2025 a bordo de la fragata Blas de Lezo, dentro de su periodo de formación naval. Participó, entre otros actos, en un Sábado Legionario en García Aldave. La visita no tuvo carácter institucional ni agenda pública, pero poseyó inevitablemente un formidable simbolismo. Era la primera presencia de un miembro de la Familia Real en Ceuta desde la visita de los Reyes en 2007.

Y ocurrió exactamente lo esperado.

 

La princesa Leonor a bordo del Juan Sebastián de Elcano. Foto: abc

 

Las cabeceras marroquíes hicieron saltar los rodamientos de la prensa adepta y descarrilar el verbo en post de elevar la afrenta hasta más allá de lo genuinamente nacionalista.

Era previsible. Lo será siempre.

Por ello, la variable «ofensa al vecino», con ser necesario considerarla para algunos menesteres —muchos— en la siempre tensa relación con Marruecos, no puede contemplarse como elemento pivotal cuando se trata de una indispensable presencia real en territorio español.

Aún menos especialmente ahora. Especialmente en Ceuta.

No es una provocación. Es política de Estado

Hay además algo profundamente equivocado en la idea de que un viaje de Felipe VI pudiera considerarse una escalada. Porque la escalada consiste en alterar la situación existente.

Y aquí no habría alteración alguna. No se mueve una frontera. No se despliega una nueva unidad. No se reclama territorio marroquí. No se modifica el estatuto de las ciudades. No se rompe ningún acuerdo. El Rey simplemente visita España, y España lo recibe, como se recibe a un soberano.

Quizás haya detenerse en la enormidad de tener que justificar algo tan elemental. No debería, pero muy probablemente sea oportuno.

Si la visita del Jefe del Estado español a una ciudad española necesita ser examinada previamente desde la óptica de cómo será recibida por un Estado que reclama esa ciudad, entonces quizá hemos permitido que el marco mental del otro haya penetrado demasiado profundamente en el nuestro.

Porque en la zona gris no sólo se disputan territorios, también se disputan percepciones, el lenguaje, y qué se considera normal y qué extraordinario. Y cuando un Estado consigue que otro considere extraordinario ejercer normalmente su soberanía, ha obtenido una victoria sin mover un soldado ni asumir pérdida alguna.

Ésa es precisamente la razón por la que la visita real, con todo lo que puede despertar más allá de la frontera —quejas airadas, editoriales ofuscados, llamamientos a la ruptura y soflamas impostadas por una ofensa que no puede serlo—, es necesaria y no contraindicada; principal y no accesoria; políticamente arriesgada y, precisamente por eso, capital.

Felipe VI ya ha hablado

El Rey no ha permanecido indiferente. Tras los gravísimos acontecimientos de Ceuta expresó públicamente su preocupación e indignación y reclamó medidas para impedir que algo semejante pudiera repetirse. Posteriormente recibió al presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, en Mallorca.

Es importante, claro. Pero no basta. Porque hay momentos en los que una llamada telefónica pertenece al terreno institucional y una presencia física pertenece al terreno histórico.

Ceuta necesita esto último. Necesita ver llegar al Rey, y que quienes han pasado noches sin dormir puedan verlo caminar por sus calles. Necesita que los niños que han preguntado a sus padres qué estaba ocurriendo sepan que su ciudad no es una remota posesión africana administrada desde Madrid, sino una parte integral de la nación, y que sus militares formen sabiendo que su capitán general está allí.

Necesita que los policías que soportaron aquellas horas reciban el reconocimiento del Jefe del Estado, y que la bandera española no sea una respuesta airada frente a nadie, sino simplemente aquello que siempre fue: la bandera de quienes allí viven.

Ceuta no puede sentirse periferia de España

Hay territorios cuya seguridad depende de los medios militares disponibles, mientras otros dependen además de algo más difícil de cuantificar, como es la certeza íntima de pertenencia.

Ceuta y Melilla necesitan ambas cosas: defensa y presencia.

Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de interpretar la normalidad institucional en ambas ciudades desde el prisma de la susceptibilidad marroquí, por lo que quizá haya llegado el momento de invertir la ecuación.

No preguntar primero qué pensará Rabat, sino preguntar qué necesitan los españoles de Ceuta. No preguntarse qué titular publicará determinada cabecera marroquí. Preguntarse qué mensaje recibirá una madre ceutí que acaba de mandar a su hijo a Málaga porque tenía miedo. Y, claro, no calcular exclusivamente el coste diplomático de una visita, sino el coste nacional de no realizarla. Porque éste existe y puede ser considerable.

Una nación comienza a perder un territorio mucho antes de perder físicamente el control sobre él. Empieza a perderlo cuando quienes allí viven creen que el resto del país los considera lejanos.

Cuando sienten que cualquier gesto de normalidad debe someterse a la aprobación tácita del vecino y que la política nacional sólo los menciona durante las crisis, pesando más la cautela exterior y que la tranquilidad interior, es cuando los ceutíes y los melillenses comienzan a sospechar que están solos. Y nada de todo ello puede permitirse España.

La España que debe cruzar el Estrecho

La visita, además, ofrecería una oportunidad que trasciende la coyuntura.

Que Felipe VI llegue a Ceuta acompañado por la Reina, y se reúna con su sociedad civil, visitando, además, a sus Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad, caminando por sus calles, escuchando y permaneciendo, sin aspavientos ni discursos contra nadie; sin proclamas innecesarias, no hacen falta, créanme. Y con esa sobriedad que probablemente constituye uno de los activos más importantes del actual Rey. Todo ello reúne el mensaje más poderoso. Precisamente aquel que no necesitara pronunciarse: estamos aquí porque esto es España. Nada más, y nada menos.

Marruecos lo entendería perfectamente. Tal vez proteste (muy probablemente lo haga).

Es igual. Pasará una vez. Y otra. Y otra más. Como pasó después de 2007, y como pasó tras la presencia de la Princesa de Asturias. Y como ocurrirá cada vez que Rabat decida convertir un acto normal de soberanía española en un agravio nacional.

Majestad

No corresponde a la Corona gobernar, ni al Rey dirigir la política exterior; tampoco determinar la estrategia española hacia Marruecos. La Constitución es meridianamente clara y así debe permanecer. Pero sí corresponde al Rey representar al Estado y a la Corona simbolizar su unidad y permanencia.

Y sí, existe algo que ninguna disposición constitucional puede explicar enteramente porque pertenece a una esfera anterior a las leyes, y es la obligación moral de la Institución de estar junto a quienes la necesitan cuando las circunstancias adquieren gravedad histórica.

 

 

Los Reyes don Felipe y doña Letizia, acompañados del presidente del Principado Adrián Barbón (d), presiden el desfile del Día de las Fuerzas Armadas ante miles de ovetenses. EFE/J.L.Cereijido.

 

 

Ceuta acaba de atravesar una de ellas y Melilla observa. Marruecos, por supuesto, también, pero de otra manera.

Y España entera debería hacerlo. Quizá alguien sostenga que no es el momento porque es conveniente esperar, rebajar la tensión y contemporizar en aras de intereses superiores… Siempre habrá una magnífica razón para no hacer aquello que exige cierto valor por parte de los políticos.

Pero algunas veces la prudencia deja de ser una virtud cuando empieza a parecerse demasiado al temor. Porque, en ocasiones, el gesto políticamente más arriesgado es también el institucionalmente más necesario.

Los ceutíes no necesitan escuchar que España está con ellos. Necesitan verla y sentirla. Haciéndoles saber que aquellas aguas del Estrecho no separan el centro de la periferia, sino 2 orillas de una misma patria.

Por eso, Majestad, vaya a Ceuta. Vaya después a Melilla. Abrácese a sus gentes. Dé las gracias a sus soldados. Consuele a quienes han sufrido. Mire hacia el otro lado de la frontera sin hostilidad y sin miedo. Y recuérdenos a todos, con la simple fuerza de su presencia, algo que nunca debió ponerse en duda:

Que ningún español está demasiado lejos.

Que ningún rincón de España es negociable.

Y que, cuando una parte de la nación sienta miedo, el Rey no puede estar cerca: tiene que estar allí.

Majestad, le necesitamos. Pero, quédese tranquilo… Por lo que a nosotros respecta, sabemos perfectamente que esta visita no será autorizada por el Consejo de Ministros. Y que, por tanto, de nada valdrán estas palabras, sino para dejar constancia, al menos, de lo que usted sabe que pensamos la mayoría de españoles. En todo caso, gracias, Majestad.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

6 respuestas

  1. A pesar de leer el artículo íntegro, no entiendo de qué manera podría ayudarnos en esta situación la jefatura del estado. Me produce sonrojo la concatenación de pensamientos poco operativos y muy ideológicos, me sorprende la capacidad y argumentaciones técnicas tan interesantes de otros artículos y la simpleza ideológica de éste. Muy alejado de un análisis objetivo, con pocas ideas o soluciones prácticas, invocando a una fe dogmática. Me ha sorprendido negativamente, y me apetecía hacértelo llegar, con ánimo constructivo.
    Un cordial saludo

    1. No debería producirle sonrojo, estimado José. De hecho, sería a mi a quien (no es el caso) debiera producírselo. Pretender encontrar un nexo de unión entre artículos técnicos o, cuando menos, algo más académicamente elaborados, y éste de hoy, es una pretendida correlación sin ninguna utilidad ni virtud evidentes. ¿Por qué deberían todos los artículos seguir una misma línea técnica cuando, obvio es, no se trata, en este caso, de una columna técnica o informativa, sino de un alegato en defensa de la españolidad de las ciudades norteafricanas? ¿Por qué unas palabras en forma de llamamiento para que la máxima figura de la Nación y del Estado haga de su presencia un consuelo a los ceutíes y una reafirmación de posiciones ante Marruecos, en general, con respecto a la seguridad e integridad de España, habrían de ser «operativas»? En todo caso, ha identificado ud perfectamente la intención de mis palabras: «simpleza ideológica». Lo es; es simple, porque algunas acciones no requieren de grandes esfuerzos mentales estratégicos, sino de una acción rápida, directa, esencialmente efectista. No todo en la vida han de ser sesudos análisis, porque no todo en la vida requiere de una profundidad académica. Es algo que vale para todos los órdenes de la vida. Podemos divagar durante horas ideando estrategias en la zona gris para enfrentar la situación; y, del mismo modo, podemos reclamar la presencia de nuestro monarca para dar alivio y transmitir firmeza de Estado, de Nación. Para lo primero hacen falta lápiz, papel, bibliografía, un buen puñado de horas y buena compañía; para lo segundo basta echar mano del sentido común, del sentido de pertenencia, del de supervivencia, incluso, y del sentido de Nación. Gracias por sus palabras. Nunca dudo del ánimo constructivo. Un saludo y buen fin de semana.

      1. Gracias por tu comentario Jorge, y que podamos seguir compartiendo puntos de vista diferentes. Un saludo y buen fin de semana. Te seguiré leyendo, por supuesto, siempre aprendiendo.

  2. El majestad que llama hermanito al majestad de marruecos,le felicita el día de la invasión y manda mensajitos de apoyo con el Cartes de islas baleares detrás,vergonzoso,lo único que necesitamos es que desaparezcan ,más patriotas y menos vendepatrias

  3. Eatimado Jose

    Siempre tendra la línea editorial de Infodefensa, cuya precisión técnica es cada vez menor, y cuyo línea editorial, condicionada por sus imbricaciones institucionales y empresariales (lo que ha matado la calidad técnica de la mayoria de sus artículos) seguramente comparte usted.

    Atentamente

    1. Hola Pepe, NO gracias. Corta y pegas, anuncios publicitarios intencionados. En fin… Un saludo, seguiremos debatiendo.

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