El Estrecho: siempre una baza en la estrategia española

Sebastián Hidalgo
Mientras otros países exhiben músculo militar para proyectar poder, España ha mantenido una posición mucho más discreta, casi acomplejada, respecto a su capacidad real. Sin embargo, existe un elemento que convierte a España en un actor mucho más importante de lo que suele reconocerse: el control del Estrecho de Gibraltar.
Y esa es, probablemente, su arma más poderosa.

El Audaz
El Estrecho no es únicamente una franja de agua entre Europa y África. Es una válvula esencial del comercio mundial. Por allí pasa buena parte del tráfico marítimo que conecta el Mediterráneo con el Atlántico: petróleo procedente del Golfo Pérsico, mercancías asiáticas rumbo al norte de Europa, suministros militares de la OTAN, en definitiva, rutas imprescindibles para la economía occidental. Más de cien mil buques cruzan cada año ese corredor.
Europa busca autonomía estratégica mientras depende de pasos marítimos que otros pueden condicionar en cuestión de horas.
España comparte ese punto con Marruecos y convive además con la presencia británica en Gibraltar, pero geográficamente la posición española es dominante. Las bases navales, los sistemas de vigilancia, el control aéreo y la logística española convierten al país en el actor más importante para garantizar la seguridad del Estrecho.
Mientras Turquía explota constantemente el valor del Bósforo para negociar con Europa y Rusia, España actúa como si el Estrecho fuese poco más que un accidente geográfico. Existe un miedo histórico a parecer demasiado ambiciosos o demasiado conscientes de la relevancia tan importante que le ha regalado la caprichosa geografía.
En un escenario de crisis internacional, el simple endurecimiento de controles marítimos tendría consecuencias inmediatas sobre el comercio internacional y sobre las operaciones navales. España no necesitaría disparar un solo misil para alterar cálculos tácticos de medio mundo, que es precisamente la esencia del poder moderno.

Barcos anclados en la Bahía de Cádiz
La colonia británica, anacrónica en pleno siglo XXI, existe precisamente porque Londres entiende desde hace siglos el valor de ese punto. Gibraltar nunca fue una cuestión romántica ni identitaria para Reino Unido; siempre fue una cuestión militar y comercial. Controlar Gibraltar significaba vigilar el Mediterráneo.
España, en cambio, ha tratado durante décadas el asunto casi exclusivamente desde una perspectiva simbólica o diplomática, evitando integrar plenamente la cuestión gibraltareña dentro de una visión más amplia de soberanía estratégica. El resultado es un país que posee una de las posiciones geográficas más valiosas del planeta pero actúa muchas veces como si fuese un actor secundario.
Quizá el verdadero problema no sea que España carezca de poder. Quizá el problema es que España todavía no ha decidido creerse el poder que tiene.

Sebastián Hidalgo
defensayseguridad.es

