30 millones de libras y la credibilidad militar británica

El Ejército británico suspende grandes ejercicios para ahorrar unos 30 millones de libras mientras Londres proclama su transición hacia la warfighting readiness. El problema no es la magnitud del ahorro, casi insignificante frente a los 298 000 millones anunciados para Defensa, sino el lugar del que ha sido necesario obtenerlo

Jorge Estévez-Bujez

En ocasiones, determinadas informaciones requieren de un barniz especial que nutran el contenido a fin de hacerlo más atractivo, noticiosamente llamativo. Ésta no. Apenas debemos llegar al segundo párrafo para comprender la dimensión de lo que vamos a tratar.

 

El Challenger británico

 

El Ejército británico ha recibido la orden de suspender buena parte de su adiestramiento colectivo de mayor entidad para reducir gastos, en una decisión que afectará a ejercicios previstos durante las próximas semanas y que, según las informaciones conocidas, pretende conseguir un ahorro del orden de 30 millones de libras.

En efecto, han leído bien, 30 millones.

La cifra resulta casi irrelevante dentro de las dimensiones, al menos nominales, del presupuesto británico de Defensa. Y precisamente por ello resulta difícil encontrar una manera benévola de explicar lo ocurrido. No la hay.

Porque Reino Unido no está anunciando estos días su retirada estratégica, ni una reducción de sus ambiciones militares, ni siquiera una pausa en el proceso de rearme. Está anunciando exactamente lo contrario; y en DYS venimos informando cumplidamente de ello. El Defence Investment Plan, publicado el pasado 30 de junio, contempla nada menos que 298 000 millones de libras de inversión durante los próximos 4 años y tiene entre sus objetivos declarados transformar las Fuerzas Armadas y avanzar hacia la denominada “warfighting readiness”, la preparación para combatir.

Ahora, 2 meses después, algunas de esas Fuerzas Armadas están dejando de hacer precisamente lo que necesitan para estar preparadas para combatir; lo que cualquier unidad armada requiere: entrenar, adiestrarse.

No se ha detenido todo el entrenamiento

En todo caso, y en aras de la verdad, es mejor precisar los hechos, porque son suficientemente graves sin necesidad de caer en la vulgar exageración.

La información fue adelantada ayer, 3 de septiembre, por Jerome Starkey, editor de Defensa de The Sun, y era respaldada al mismo tiempo por el Times. Según el diario, una directiva del Ejército ordenó a las unidades detener el denominado “entrenamiento colectivo”, salvo en el caso de aquéllas que estuvieran próximas a desplegarse operacionalmente.

Los ejercicios con más de 90 militares quedaron así suspendidos con efecto inmediato. Entre las actividades afectadas figura un ejercicio de 6 semanas que debía comenzar en Gales y en el que estaba prevista la participación de carros Challenger 2 y helicópteros de ataque Apache.

Se afirma que, pese a todo, los soldados continuarán realizando instrucción individual y actividades en pequeños grupos. Las tripulaciones seguirán conduciendo sus vehículos, practicando con sus armas y recibiendo formación, entre otras materias, en el empleo de drones.

Pero una tripulación de carro podrá entrenar como tripulación y dejará de hacerlo, según explicaba una fuente militar al diario, como parte de un escuadrón.

Y éso, lo vistamos como lo vistamos, cambia sustancialmente las cosas.

Un Ejército moderno no combate mediante la acumulación de individuos correctamente instruidos. Combate mediante unidades capaces de actuar conjuntamente.

Del mismo modo, una tripulación necesita integrarse en su sección; la sección en su unidad; los carros deben operar con la infantería; ambos con la artillería, los zapadores, la defensa aérea, los helicópteros, los drones, las comunicaciones, la inteligencia y una logística capaz de mantener todo aquello funcionando mientras alguien intenta destruirlo.

Eso se llama adiestramiento colectivo. Y también cuesta dinero, claro. Mucho más que sentar a un soldado delante de un simulador.

El pequeño problema de entrenar un Ejército

Existe desde hace años una cierta fascinación institucional por presentar la digitalización, la inteligencia artificial, los drones y los simuladores como substitutos parciales de actividades militares tradicionales extremadamente costosas.

De acuerdo en que son herramientas magníficas. Pero un Ejército continúa necesitando maniobrar. Necesita consumir combustible. Disparar munición. Desgastar cadenas. Volar helicópteros. Reparar vehículos. Trasladar unidades. Alimentarlas. Coordinar frecuencias. Resolver averías. Equivocarse durante un ejercicio para no equivocarse después cuando sea tarde, en una guerra, frente a un enemigo que no perdona errores.

 

 

Y todo ello, insisto, cuesta dinero. Por lo que, paradójicamente, resulta de todo punto desafortunado que Londres lo esté comprobando apenas unas semanas después de anunciar, el 10 de julio, un contrato por 2000 millones de libras durante 15 años para transformar el entrenamiento de las Fuerzas Armadas mediante inteligencia artificial, analítica avanzada y entornos virtuales.

El programa pretende permitir que hasta 60 000 soldados al año entrenen mediante estas tecnologías y forma parte del Collective Training Transformation Programme del Ejército. El Ministerio de Defensa explicaba entonces que ayudaría a convertir al British Army en una fuerza preparada para la guerra y recordaba, una vez más, los 298 000 millones de libras asociados al Defence Investment Plan.

Nada hay de objetable en ello. Salvo que, 2 meses después, el Ejército tenga dificultades para financiar una parte de su entrenamiento colectivo real.

La inteligencia artificial puede recrear extraordinariamente bien un campo de batalla. El combustible continúa siendo necesario para recorrerlo.

Y quizá no sea éste un fenómeno militar en exclusiva, sino una suerte de error transversal que alcanza a las cosas del comer de manera intensa, grave. Algo extraordinariamente parecido llevamos años contemplando en la enseñanza occidental, progresivamente entregada a toda suerte de modernidades pedagógicas convertidas demasiadas veces en dogma: tabletas que substituyen al cuaderno, pantallas que desplazan al libro, tecnología presentada no como herramienta sino como método y una singular teoría según la cual puede alcanzarse la comprensión prescindiendo primero del conocimiento que permite comprender. Memoria, repetición, escritura, lectura prolongada o esfuerzo parecen haberse convertido en sospechosos vestigios de otro tiempo.

Así, de un largo tiempo a esta parte, parece que avanzar consiste siempre en abandonar aquello sobre lo que aprendimos a sostenernos. En educación como en la guerra, llega un momento incómodo, molesto, en que la realidad recuerda que ningún simulador substituye completamente al terreno. Del mismo modo que ninguna pantalla consigue por sí sola reemplazar al conocimiento, al libro, al papel, al lápiz y a la memoria, el pixel no supera nunca el tacto del fusil.

30 millones de libras

Este es el titular de portada, la cantidad irrisoria, el aspecto más sonrojante de todo el episodio.

La información, publicada, como decía, posteriormente por The Times, coincide en lo esencial con la reflejada por The Sun, lo que da marchamo de certeza a que el Ejército haya recibido esas instrucciones de suspender grandes ejercicios con la finalidad de conseguir aproximadamente esos 30 millones de libras de ahorro.

Por poner en contexto y favorecer la mensura de lo que hablamos, 30 millones de libras representan aproximadamente el 0,01 % de los 298 000 millones recogidos en el Defence Investment Plan para los próximos 4 años. No es una comparación presupuestaria completamente homogénea —una cosa son inversiones plurianuales y otra los gastos corrientes disponibles durante un ejercicio—, pero precisamente ahí reside el problema. Sea como fuere, la escala de lo que representa esa cantidad de pretendido ahorro es suficiente para deslegitimar una medida sin impacto real, y prácticamente nulo a efectos contables.

Parece que Reino Unido puede disponer de enormes programas de inversión destinados a submarinos, misiles, aviones de combate de sexta generación de monstruoso tamaño, inteligencia artificial o infraestructuras y, simultáneamente, sufrir tensiones en las partidas con las que paga el diésel para el funcionamiento cotidiano de sus Fuerzas Armadas.

 

El Ajax británico vuelve a averiarse tras meses almacenado

 

Según The Sun, la dificultad se encuentra precisamente en ese presupuesto operativo, separado de las grandes inversiones dedicadas a los principales programas de armamento.

Es decir, puede haber dinero para comprar capacidades futuras y faltar margen para utilizar adecuadamente algunas de las actuales, lo que, nuevamente, nos lleva a cuestionarnos la capacidad de gestión de las personas al mando de ciertas instituciones, en este caso las Fuerzas Armadas, que, por su propia naturaleza, no debieran admitir la menor torpeza en su dirección y organización.

No sería la primera vez que ocurre en Europa. Pero pocas veces se representa de una forma tan gráfica.

La Royal Navy y la RAF, también deben ahorrar

El problema tampoco parece limitarse al Ejército. Según la misma información, tanto la Royal Navy como la Royal Air Force habrían recibido instrucciones para reducir determinadas actividades con objeto de ahorrar dinero, aunque las consecuencias serían sensiblemente menores que las sufridas por las fuerzas terrestres ,porque la afectación, en este caso, parece ser menor.

Por ahora no se conoce públicamente con suficiente detalle qué actividades concretas quedarán afectadas en ambos servicios.

Probablemente se trate de reducir días de navegación, horas de vuelo, ejercicios internacionales o actividad de determinados sistemas, y todo ello, cómo no, puede tener consecuencias operativas muy diferentes, por lo que sería imprudente ir más allá de lo conocido.

Pero el hecho de que la presión presupuestaria alcance aparentemente a los 3 servicios convierte la cuestión en algo más difícil de presentar como una mera reorganización puntual del calendario de entrenamiento del Ejército.

El Ministerio no lo niega

También resulta significativa la reacción oficial. El Ejército no ha respondido diciendo que la información sea falsa. Su posición ha consistido en señalar que, gracias al Defence Investment Plan, se han anunciado 2000 millones de libras para transformar el entrenamiento del British Army durante los próximos 15 años, y que esa inversión obliga precisamente a priorizar aquellas actividades que contribuyen de forma más directa a la preparación, la capacidad de despliegue y la eficacia operativa.

“El entrenamiento continúa”, viene a resumir su respuesta. Y es cierto. Pero, por otra parte, tampoco parece que nadie haya sostenido seriamente que los soldados británicos hayan dejado de entrenar por completo. La cuestión es otra, y resume en saber por qué uno de los principales ejércitos de la OTAN debe suspender ejercicios colectivos para ahorrar 30 millones de libras cuando su Gobierno acaba de presentar el mayor esfuerzo inversor de Defensa de las últimas décadas.

Sobre éso la explicación resulta bastante menos convincente.

El mismo día

Las casualidades tienen en ocasiones un sentido del humor bastante cruel, especialmente si es británico.

El mismo 3 de septiembre, es decir, ayer; o sea, exactamente el mismo día en que trascendía la suspensión de los ejercicios, el Ministerio de Defensa británico publicó una nota celebrando la recuperación de sus cifras de personal.

Según trascendió, por cuarto trimestre consecutivo habían ingresado en las Fuerzas Armadas regulares más personas de las que las habían abandonado, algo que no sucedía desde 2021.

Durante el último año, la Royal Navy y los Royal Marines aumentaron en 440 efectivos, el Ejército en 170 y la RAF en 840. El número de militares disponibles para apoyar operaciones creció en 1450 y el Gobierno presentó estos datos como prueba de la recuperación de las Fuerzas Armadas después de años de dificultades de reclutamiento y retención.

Magnífica noticia, no cabe duda. Ahora habrá que procurar que puedan entrenar juntos.

Porque aumentar el número de soldados mientras se reduce el adiestramiento colectivo de aquellos que ya existen como tales, que se formaron a su debido tiempo, tiene algo de reconstruir una flota comprando barcos a los que después se restringen los días de mar.

Preparados para la guerra

Las Fuerzas Armadas británicas llevan años sometidas a una tensión difícil de ocultar, exactamente igual que casi el resto de ejércitos aliados de la OTAN.

Pero, en el caso de Londres, es cierto que mantienen una fuerza nuclear estratégica, 2 portaaviones, submarinos de ataque, una fuerza aérea tecnológicamente avanzada, compromisos permanentes con la OTAN, presencia exterior, operaciones de disuasión frente a Rusia y algunos de los programas de modernización más ambiciosos de Europa. Todo ello se sostiene, sin embargo, sobre unas organizaciones que han sufrido reducciones continuadas de personal, disponibilidad y masa.

 

 

La respuesta del Gobierno británico ha sido aumentar la inversión. Y sí, es posiblemente la respuesta correcta. Pero invertir en Defensa no consiste solamente en firmar contratos. Y eso es algo que muy pocos políticos comprenden, importando poco de qué capital europea sean, porque se trata de algo transversal a la clase dirigente en asuntos de defensa.

Una Fuerza Armada no existe en las presentaciones de PowerPoint de los ministerios ni en las notas de prensa con fotografías de nuevos sistemas de armas. Existe cuando podemos desplegarlos, mantenerlos y combatir con ellos.

Y para eso tiene que entrenar. Mucho. Siempre, pero especialmente ahora.

El Defence Investment Plan, en la grandilocuencia al uso en este tipo de documentos, asegura que Reino Unido debe avanzar hacia la “warfighting readiness” ante el deterioro del entorno estratégico europeo. El contrato de entrenamiento anunciado en julio pretendía conseguir un Ejército “más letal” y preparado para las guerras modernas. El Gobierno habla de aprender de Ucrania, fortalecer la OTAN y recuperar capacidades perdidas.

Todo eso suena perfectamente razonable. Hasta que en la ecuación aparecen 30 millones de libras.

Entonces descubrimos que, antes de estar preparados para la guerra del futuro, quizá convendría asegurarse de llenar el depósito de los blindados y poder pagar los ejercicios del mes que viene.

No es una cuestión de titulares. Es una cuestión de prioridades. Y, sobre todo, de credibilidad. Pero, no lo olvidemos, también de respeto por los militares. Demediar la preparación de aquellos a quienes se envía a la guerra tiene un nombre que no voy a reproducir aquí.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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