Rabat ha llevado ya su reivindicación sobre Ceuta hasta una ceremonia religiosa presidida por Mohamed VI. Después de la invasión a través de la frontera, las amenazas, el «derecho histórico», la comisión bilateral y el «retorno al seno de la patria», España continúa buscando palabras suficientemente prudentes para no molestar a quien lleva un mes demostrándonos que nuestra prudencia le importa nada

Jorge Estévez-Bujez
La indignación empieza a resultar insuficiente, porque para indignarse todavía es necesario conservar alguna capacidad de sorpresa y lo ocurrido durante estas últimas semanas ha conseguido algo bastante difícil, como el hecho de normalizar lo que hace apenas un mes habría provocado una crisis diplomática de extraordinaria gravedad entre 2 países europeos cualesquiera.
Con Marruecos, sin embargo, todo parece caber, todo concurre como si de la más natural de las posibilidades se tratara. Cabe que decenas de miles de personas atraviesen nuestra frontera desde territorio marroquí y conviertan durante horas una ciudad española en el escenario de una emergencia nacional; y que nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad queden desbordadas; también que haya muertos; y que el Ejército tenga que desplegarse y que miles de españoles sientan miedo dentro de España, y que docenas de ellos, sino cientos, se marchen de Ceuta o tengan previsto hacerlo. Cabe después que un ministro marroquí llame públicamente a Ceuta y Melilla «nuestros territorios», invoque un supuesto «derecho histórico y geográfico», reclame una comisión para hablar de ellas y termine refiriéndose a su devolución «al seno de la patria».
Y cabe, ahora, que otro ministro del Gobierno de Marruecos, Ahmed Toufiq, titular de Habices y Asuntos Islámicos, construya ante el mismísimo Mohamed VI, su príncipe heredero y la cúpula del Estado marroquí un discurso religioso e histórico en el que Ceuta aparece asociada a la memoria islámica y a la movilización para la «liberación de las ciudades ocupadas».
Todo parece caber menos una respuesta española proporcionada.
Por eso uno empieza a preguntarse, con bastante menos ironía de la que sería deseable, qué demonios tiene que hacer Marruecos para que el Gobierno de España considere llegado el momento de enfadarse seriamente o, al menos, que lo parezca.
Del «incidente migratorio» a la religión
Hace unas semanas escribíamos que convenía escuchar a Marruecos cuando Marruecos habla. No parecía una exigencia revolucionaria: no era necesario imaginar intenciones ocultas, reconstruir conspiraciones palaciegas ni interpretar señales esotéricas procedentes de Rabat. Bastaba con prestar atención a las declaraciones públicas de sus ministros. Y vaya si han hablado.
Primero, Abdellatif Ouahbi nos explicó que Ceuta y Melilla continuaban sobre la mesa. Después llegaron los derechos históricos y geográficos, la necesidad de diálogo, la propuesta de una comisión bilateral, la búsqueda de una solución definitiva y, finalmente, el retorno de las ciudades «al seno de la patria». No se trata, por tanto, de declaraciones aisladas que debamos recoger una a una como quien contempla accidentes diplomáticos inconexos, sino de una secuencia perfectamente reconocible que va construyendo un mismo relato. Todo ello, por supuesto, advertido, con antelación, con tiempo suficiente para mover ficha.
Y ahora llegamos a Ahmed Toufiq, quien no habló en una tertulia, ni en una entrevista perdida, ni ante una asociación ultranacionalista, ni siquiera en una mezquita cualquiera. Lo hizo en el Palacio Real, durante el Mawlid, la celebración del nacimiento de Mahoma, y con Mohamed VI delante, el mismo monarca que ostenta además el título de Comendador de los Creyentes y cuya legitimidad religiosa constituye uno de los pilares centrales de la monarquía alauí.
El ministro evocó al cadí Ayyad y a Al-Azafi, 2 figuras estrechamente vinculadas a la Ceuta medieval, e incorporó a su discurso la memoria de la movilización para la «liberación de las ciudades ocupadas». Naturalmente, podemos pasarnos las próximas semanas convocando historiadores, arabistas, diplomáticos y especialistas en derecho medieval magrebí para determinar qué quiso decir exactamente. Quizá dentro de 6 meses consigamos fabricar una interpretación suficientemente tranquilizadora como para regresar a nuestra posición favorita: aquí no ha ocurrido nada. Circulen.
Pero existe una alternativa mucho más sencilla: escuchar.
Esta vez estaba el Rey delante
Detengámonos en un detalle esencial. Mohamed VI estaba allí. Y debemos hacerlo porque en España parecemos empeñados en contemplar Marruecos como si funcionara igual que una democracia parlamentaria occidental, donde un ministro puede improvisar una barbaridad, recibir una reprimenda del presidente y convertirse al día siguiente en un cadáver político. Y, claro, los parámetros, el marco, no son los mismos. Marruecos no funciona así.
No necesitamos atribuir al Rey cada sílaba pronunciada por cada miembro de su Gobierno; hacerlo sería intelectualmente tramposo. Pero tampoco hace falta insultar nuestra inteligencia para comprender que las palabras pronunciadas durante una ceremonia oficial en el Palacio Real, ante Mohamed VI y dentro de un acto de enorme carga religiosa e institucional, poseen una dimensión política muy distinta a la de una declaración improvisada a la salida del Parlamento.
Mucho más cuando esas palabras se insertan con asombrosa naturalidad en una secuencia que dura semanas. Tras la invasión, el desbordamiento, la construcción del relato y la inacción gubernamental española, ahora aparece también la dimensión religiosa. Cerramos el círculo hasta el siguiente exabrupto.
Advertimos el 19 de agosto que el relato cambiaría de nombre, pero no de propósito. No era una profecía. Era leer lo que Marruecos estaba diciendo.
La valla cayó primero. Lo razonable vino detrás
La capacidad de sorpresa empieza a agotarse quizá porque lo razonable fue pisoteado hace semanas con aproximadamente la misma intensidad con la que fue pisoteada la frontera de Ceuta. Desde entonces vivimos instalados en una anomalía que, de tan repetida, amenaza con parecernos normal. Y exactamente éso es lo que está consiguiendo Rabat.
Una nación extranjera reclama públicamente parte de nuestro territorio; uno de sus ministros lo hace de forma reiterada y otro incorpora ahora Ceuta a una construcción histórico-religiosa en la que aparecen las ciudades ocupadas y su liberación. Todo ello ocurre después del mayor desbordamiento de una frontera española en nuestra historia reciente y, mientras tanto, España, nuestro gobierno, continúa explicándonos que Marruecos es un socio esencial, extraordinario, fiable, necesario y estratégico.
A estas alturas únicamente falta agradecer que las reivindicaciones territoriales se pronuncien con suficiente antelación para poder subtitularlas.
El problema, seamos honestos, es España, o más exactamente la convicción que hemos conseguido trasladar a Rabat de que prácticamente cualquier comportamiento puede ser absorbido por nuestra relación bilateral sin provocar consecuencias verdaderamente incómodas.
Cada crisis termina de una manera parecida (excepto Perejil): España recibe el golpe, pide calma, invoca el diálogo, recuerda la importancia estratégica del vecino, agradece la cooperación y anuncia tarde o temprano una nueva etapa en las relaciones (dinero para Rabat). Marruecos observa, aprende y toma nota.
Y así, hasta la siguiente.
¿Dónde está la protesta?
Después de todo lo ocurrido, el Ministerio de Asuntos Exteriores seguía ayer sin convocar formalmente a la embajadora de Marruecos.
Y no hablamos todavía de expulsarla, retirar al nuestro, cerrar la frontera, suspender relaciones ni adoptar las medidas que defendí hace apenas 2 días en «Hasta aquí, Marruecos». Estamos hablando del escalón diplomático más elemental, que es convocar a la representante de un Estado extranjero, sentarla delante de nuestras autoridades y transmitirle formalmente que un miembro de su Gobierno no puede integrar territorio soberano español en semejante discurso sin que ello afecte a las relaciones entre ambos países.
Nada. Ni eso.
Y entonces la pregunta sobre los límites deja de ser ya retórica. Porque si tampoco ésto basta, quizá el Gobierno debería explicarnos qué considera exactamente necesario para reaccionar. Reclamar Ceuta no ha tenido consecuencias apreciables. Llamarla territorio marroquí tampoco. Pedir su retorno, hablar de derechos históricos, plantear una comisión bilateral o relacionarla ante Mohamed VI con ciudades ocupadas y liberación tampoco parecen haber alcanzado el umbral suficiente.
Sería conveniente saber dónde está. Más que nada para no seguir descubriéndolo a medida que Marruecos avanza.
Robles ha dicho algo importante
Sería injusto, sin embargo, meter a todo el Gobierno en el mismo saco. Margarita Robles pronunció ayer algunas de las palabras que llevábamos demasiado tiempo esperando. Pidió disculpas a los ceutíes que se hubieran sentido abandonados y afirmó algo tan elemental como necesario: cualquier agresión contra Ceuta y Melilla es una agresión contra España entera.
También reconoció que quizá algo se había hecho mal. Cuando una ciudad española queda sometida a una situación semejante, su población se siente abandonada, la frontera desaparece durante horas y semanas después seguimos intentando averiguar quién sabía qué y en qué momento, la hipótesis de que «algo» salió mal parece razonablemente sólida.
Pero, siento insistir, señora ministra, sus palabras abren precisamente la cuestión fundamental. Si una agresión contra Ceuta constituye una agresión contra España, ¿qué consecuencias tiene agredir a España?
Porque precisamente de eso trata todo. Las palabras sin consecuencias terminan convirtiéndose en decoración institucional, en marchamo de laxitud. Marruecos no necesita otra declaración española explicándole que Ceuta es española. Lo sabe perfectamente. Precisamente por eso la reclama. Lo que necesita descubrir es qué precio paga por convertir esa reclamación en una política sostenida de presión contra España. Y ese precio, hasta ahora, es muy poco.
No nos respetan porque hemos enseñado que no hace falta
Quizá, sólo quizá, Marruecos no se comporta así a pesar de nuestra política, sino como consecuencia de ella.
Los Estados aprenden. Observan las reacciones del adversario o del socio, calculan costes, prueban límites y adaptan su comportamiento en función de lo que encuentran. España lleva años ofreciendo a Rabat un extraordinario curso práctico sobre la elasticidad de los nuestros y el resultado parece evidente, ya que Marruecos ha aprendido que España teme más una crisis con Marruecos que Marruecos una crisis con España. Y a partir de ahí todo resulta mucho más sencillo; todo resulta nítido, cristalino.
Cuando tu interlocutor comprende que preservar la relación constituye para ti un objetivo superior a castigar aquello que la deteriora, deja de existir una relación verdaderamente equilibrada. Existe una dependencia política que el otro puede explotar. La diplomacia española parece haberse convertido así en el arte de demostrar cada pocos meses que no importa cuánto empeore la relación porque haremos cualquier cosa para evitar reconocer que ha empeorado y aparentar que es magnífica, saludable, óptima en grado genuflexo.
Resultaría admirable si no fuera nuestro país el que paga el precio.
¿Qué falta?
Después de todo lo ocurrido, cuesta imaginar cuál es exactamente el siguiente escalón. ¿Que Ouahbi dibuje un mapa? ¿Que Toufiq pronuncie el discurso desde Ceuta? ¿Que una televisión pública marroquí retransmita una cuenta atrás? ¿Que el Parlamento marroquí vote una resolución? ¿Que Mohamed VI abandone cualquier ambigüedad y pronuncie personalmente las palabras?
¿Cuál es el punto exacto en el que España deja de considerar la firmeza una provocación? ¿Existe ese punto? Creo francamente que sí, y que ese punto llegará. Todo límite que no se defiende termina siendo explorado, y cada ausencia de respuesta reduce el espacio que queda hasta el siguiente. Eso es precisamente lo que llevamos semanas intentando explicar.
A comienzos de mes decía que una política exterior incapaz de imponer costes deja de ser política exterior. Después, tras pedir la presencia del Estado, insistí en que escucháramos las declaraciones marroquíes, advertí sobre la cosoberanía y sobre la comisión bilateral y, finalmente, sostuve que había llegado el momento de suspender temporalmente las relaciones diplomáticas.
Marruecos continúa haciendo exactamente aquello que convierte en inevitable el siguiente artículo. Ésa es quizá la conclusión más desoladora, y es que no estábamos siendo alarmistas. Nos estábamos quedando cortos.
España no puede continuar así
No necesitamos otra nota diplomática tautológica declarando que Ceuta y Melilla son españolas, ni otro comunicado celebrando el carácter extraordinario de nuestras relaciones con Marruecos, ni otra explicación sobre la enorme importancia de la cooperación migratoria con el mismo país desde cuyo territorio acaba de producirse un desbordamiento masivo de nuestra frontera.
Necesitamos política exterior y necesitamos consecuencias.
La embajadora marroquí debería ser convocada; nuestro embajador debería regresar a Madrid para consultas y Rabat debería comprender que reclamar territorio soberano español desde su propio Gobierno deteriora materialmente sus relaciones con España. Cada nueva declaración tendría que elevar el coste diplomático, y cada contrato, cooperación, concesión, ayuda europea o privilegio bilateral debería comenzar a examinarse desde el único criterio relevante en semejante situación: los intereses nacionales de España.
Y Felipe VI debería viajar a Ceuta y Melilla. Precisamente ahora.
Porque si un ministro marroquí puede hablar de Ceuta ante Mohamed VI en el Palacio Real, resultaría grotesco que el Rey de España siguiera sin aparecer como Rey en una ciudad española por temor a incomodar a Marruecos. Algún día tendremos que decidir quién tiene derecho a sentirse incómodo.
Marruecos ya ha avanzado demasiado, pero lo verdaderamente grave es que España ha retrocedido prácticamente la misma distancia. Y llegará un momento en el que no quede dónde retroceder. Entonces alguien descubrirá, con enorme sorpresa, que Marruecos llevaba años diciéndonos exactamente lo que pretendía.
No podremos decir que no lo sabíamos. Nos lo dijeron, lo escribieron, lo repitieron después de desbordar nuestra frontera, lo proclamaron desde su Gobierno y lo envolvieron después en historia, derechos supuestamente heredados y propuestas de negociación. Ayer dieron un paso más y llevaron Ceuta hasta lo sacro.
¿Qué más necesitan?
La pregunta ya no debe dirigirse a Rabat. Marruecos está siendo extraordinariamente claro. La pregunta es para Madrid, para Moncloa.
Señor Sánchez, señor Albares: ¿qué tiene que hacer Marruecos para que ustedes defiendan España como si verdaderamente les importara que siguiera entera?

Jorge Estévez-Bujez
defensyaseguridad.es

