Sobre el comunicado de los 2 constructores navales y las cuestiones que deja abiertas e irresolubles hoy


Jorge Estévez-Bujez
Estamos siendo testigos de privilegio de un intenso tiempo de alianzas industriales y políticas. Hoy mismo, ayer, y antes de ayer, lo decíamos (polacos y coreanos; japoneses y australianos, turcos e italianos…). El mundo bulle en post de estrechar lazos, apretar cooperaciones y maniobrar en busca de certezas conocidas cuando alrededor todo parece débil, añoso, y pronto al derrumbe general. Pero, en medio de todo este fértil plantel de nuevas y renovadas amistades fabriles, surgidas al calor del Rearme de Europa y del mundo, cuando hablamos de alianzas industriales, siempre habrá comunicados… y comunicados. Veámoslo.
Hay, en esencia, 2 tipos de comunicados. Están los que anuncian una decisión. Y los que advierten de una intención. El firmado hoy por Navantia y TKMS pertenece sin duda a la segunda categoría. Dosis generosas de solemnidad; palabras de respetable altura; el recurso a Europa (inserto en la transversalidad de todo lo que vivimos); a la OTAN, y, por supuesto, no podía faltar, al nuevo tiempo de la defensa naval. Y, sin embargo, al terminar de leerlo, la pregunta no es qué han firmado, sino qué -demonios- quieren hacer en realidad. No hay más que echar un vistazo a todo lo publicado desde ayer en las webs de referencia europeas, más allá del propio comunicado, que llevamos todos cumplidamente a portada.
En realidad, el propio texto oficial sólo concreta una cosa de verdad: ambas compañías explorarán una cooperación que podría incluir la producción en España de diseños de TKMS, particularmente submarinos, en astilleros de Navantia. Todo lo demás es el envoltorio normal, al uso, con que afianzar la estética de estas situaciones: demanda creciente, cuellos de botella, eficiencia, rapidez, sostenimiento y el habitual repertorio de lugares comunes de la industria de defensa europea.
Pero es esa concreción la que obliga a hacerse varias preguntas, a cual más grave, y quizás incómodas, pero que conviene hacerlas ahora, porque es nuestro deber y, siempre que sea posible, antes de que el argumentario de salón convierta un memorando deliberadamente ambiguo en una prospección industrial que, si bien puede llegar a buen puerto, todavía no existe. Porque la realidad es que, más allá de las teorías que cada cual ya tenemos, no sabemos dónde terminará todo esto; pero queremos saberlo.
Las cuestiones que surgen
La primera de esas preguntas es la más evidente: ¿por qué colaborar con un rival directo? Porque rival lo ha sido. Lo es. No estamos ante 2 empresas complementarias que se descubren por azar y advierten que sus capacidades pueden complementarse en proyectos comunes. Navantia y TKMS llevan años midiéndose, cada una desde su lugar en el mercado (que no es el mismo) en la arena internacional del submarino convencional. Navantia se presentó con L&T al concurso indio P-75I, mientras TKMS y su socio local acabaron quedando como el contendiente que superó las pruebas de campo y avanzó decisivamente en ese proceso. En Canadá, además, TKMS figura entre los suministradores cualificados para el relevo de los Victoria, mientras Navantia no está ya en esa fase final.
Es decir, los que hasta ayer competían por los mismos clientes, hoy nos dicen que van a explorar cómo cooperar. No es imposible. Pero sí exige una explicación más seria que la liturgia de la «autonomía europea», que está bien para lanzar el anuncio, pero merece profundidad.

La segunda pregunta es acaso más delicada: ¿por qué construir en España diseños alemanes, o quizás secciones de ellos, o componentes? Porque eso es exactamente lo que deja por escrito el comunicado. No habla de codesarrollo de una nueva familia de submarinos. Ni de una arquitectura compartida nacida de cero. No habla de una evolución española sobre base propia a la que integrar elementos alemanes. Habla de la posible producción en España de diseños de TKMS. Y en la industria de defensa, como imagino que en el resto, las palabras importan. Mucho. Cuando quien diseña es uno y quien fabrica es otro, la jerarquía industrial rara vez necesita subtítulos; al menos, si es así como está planteado, porque, insisto: tenemos la Ley (el acuerdo), pero nos falta el Reglamento (la concreción, el desarrollo). Por lo que se hace difícil ir más allá si no es con base en elucubraciones.
Tenemos también la tercera cuestión, la que en España nadie debería despachar a la ligera: ¿ésto nace porque no hemos sido capaces de convertir el éxito técnico (sí, éxito, porque al final, pese a todo, ahí está. No es un programa cancelado, está vivo, más allá de que las prestaciones entusiasmen a unos y no tanto a otros) del S-80 en una posición de mercado autosuficiente? En la valoración del S-80 se ha sido de todo, menos ecuánimes; y caemos tan fácilmente en el chauvinismo como en la autoflagelación. El S-80 existe, navega, y Navantia lo presenta como un submarino AIP de referencia, con sistema de combate integrado y capacidad de ataque a tierra. El S-82 fue puesto a flote el 28 de enero de este año. Eso desmiente la caricatura del fracaso permanente. Pero no elimina la realidad de fondo: el programa llegó tarde, costó muchísimo dinero, esfuerzo, y prestigio institucional y todavía no ha generado, a día de hoy, una cartera internacional. Pero una cosa es disponer de un producto avanzado. Y otra, muy distinta, es haber conquistado una posición comercial sólida.
Por todo ello, una hipótesis verosímil no es en modo alguno romántica, sino netamente industrial: TKMS necesita capacidad adicional y Navantia necesita volumen, mercado y quizá tracción comercial en el negocio submarino internacional. Europa tiene un problema real de saturación en capacidad naval militar, y el comunicado lo verbaliza sin demasiados rodeos. Si el movimiento responde al aumento de demanda, a los cuellos de botella de capacidad y los recursos tecnológicos en Europa, esa parte del relato, al menos, parece lógica. La compramos.
TKMS aporta una marca exportadora asentada en submarinos convencionales; Navantia aporta una base industrial en Cartagena que ya construye submarinos y que puede ser útil para acelerar calendarios o absorber carga. Así que, quizás, unos tienen diseño, reputación comercial y cola de clientes; mientras otros tienen instalaciones, mano de obra y necesidad de convertir el músculo nacional en pedidos de verdad, aunque no sea del producto propio.
Todavía anotaría una cuarta pregunta, que enlaza con la anterior y entra de lleno en el terreno político-industrial. Por no traicionar la línea hasta ahora y seguir siendo francos de solemnidad: ¿está España comprando carga de trabajo a cambio de aceptar subordinación tecnológica? ¿Asumimos así que la complejidad de un futuro S-90 está resultando un desafío ante el que no queremos embarrancar? No lo sabemos. Porque una cooperación entre iguales podría ser una noticia excelente. Una cooperación en la que Navantia construye cascos o módulos de un diseño alemán sin acceso relevante al corazón tecnológico del producto sería otra cosa muy distinta. En todo caso, si la respuesta es afirmativa, muy probablemente no nos felicitemos por ello; pero tampoco nos condenaremos. No obstante, sería necio dar la espalda a la realidad, sobre todo si la realidad se empeña en devolvernos a la cara su naturaleza. Imaginemos que es así, que el S-90, todavía en fase de concepción, anuncia el hambre por las sementeras, y ya se muestra fiero en la lidia, terco de marras. Con respecto al S-80, lo cierto es que jugamos con ventaja: aún no hemos cortado el acero, y ni mucho menos cableado el interior de la nave. Es un concepto, acaso un dibujo, poco más. El riesgo queda todavía lejos, y podemos rechazar correrlo antes de meternos en un lodazal. En ese caso, y si esta hipótesis es cercana a la realidad, habremos acertado.
No hay que engañarse. La defensa europea lleva años, desde que Putin comenzó su operación especial (¿cómo serán entonces las campañas sesudas?) ucraniana, abusando de una palabra que, si bien es cierto que suena melódica en los discursos, ha tardado en dar por resueltos los problemas de su concreción en la práctica: soberanía. Se invoca mucho y sólo ahora se concreta algo. Entonces, y con arreglo a ese dogma, si este memorando acaba significando que España gana trabajo, no demasiada arquitectura de diseño, quizás algo de propiedad intelectual, cierta autonomía de mantenimiento evolutivo y, por qué no, algo de peso real sobre el producto final, quizás no estaremos ante una consolidación de la base industrial española independiente. Cierto. Pero sí estaremos ante una versión elegante de la dependencia, barnizada con bandera europea y que garantice una línea de trabajo en sumergibles que pueda proveernos de productos consolidados para consumo interno de la Armada, y de cierto beneficio cara a las exportaciones.

El comunicado de Navantia y TKMS habla de reforzar la autonomía de Europa en defensa. Correcto. Y, a tenor de ello, podemos hacernos una pregunta también pertinente: ¿Si ésto es la autonomía de Europa en abstracto, cuál es la posición de España dentro de esa autonomía europea? Puede que tengamos que describirla como un encaje, forzado por los hechos, que garantice una continuidad matizada en los trabajos de índole submarina, que no nos arroje del segmento, y que, al menos, permita a España sostener un trabajo constante, con garantías, aunque sea de la mano de un tercero.
La quinta cuestión es inevitable, y ya la adelanté antes: ¿cómo afecta al S-90 o a la evolución futura de la rama submarina española? Como en el resto de cuestiones, hoy no hay base para decir que sí de forma concluyente. Existe desde hace años debate doctrinal y técnico en torno a un futuro S-90, incluso en publicaciones ligadas al ámbito naval español, pero no hay anuncio oficial de que este MoU redefina ese camino.
De momento, y pese a todo lo descrito hasta ahora, lo prudente es pensar otra que el memorando no substituye el programa nacional, sino que abre una vía paralela para fabricar o coproducir diseños de TKMS si el mercado, los plazos o la presión política lo exigen. El riesgo de que esa vía paralela termine condicionando la principal está ahí. Pero, como antes decía, antes de que el proyecto sucumba, sería del todo pertinente maniobrar a fin de evitar el descalabro.
En todo caso, no perdamos de vista que el incentivo de Navantia puede ser coherente: entrar en un esquema que le permita aprender, compartir procesos, ampliar red comercial y participar en futuros programas con más peso. Y, puestos a compartir si se comparte de verdad, aunque con límites, compartimentos y contraprestaciones muy definidos, lo cierto es que esos límites no aparecen en el comunicado. Así que, por ahora, hablar de transferencia tecnológica es una conjetura, no una certeza. Lo único real es que el texto habla de explorar cooperación y de posible producción de diseños de TKMS en España. Punto.
También, creo, merece respuesta otra duda en absoluto insignificante: ¿significa ésto dejar de lado a Lockheed Martin? A día de hoy, seguramente no. No hay ni una línea que apunte a una ruptura con la compañía estadounidense. Al contrario: Navantia y Lockheed Martin renovaron en 2024 su memorando de acuerdo para oportunidades en buques de guerra y sistemas de combate naval, y ambas compañías han seguido subrayando su colaboración en programas como la F-110 y el S-80. En la propia documentación de Navantia sobre submarinos se indica que el sistema de combate del S-80 se desarrolló en colaboración con Lockheed Martin. Por tanto, mezclar este MoU con una supuesta salida inmediata de Lockheed del ecosistema naval de Navantia sería, hoy por hoy, precipitado. Pero no seamos cándidos. Porque no puede obviarse que España, como el resto de Europa, quiere ensanchar márgenes propios y reducir vulnerabilidades de dependencia exterior. Es una tendencia general, no una consecuencia demostrada de este anuncio concreto.

Sea como fuere, y para finalizar, un día después del anuncio, no hay programa concreto. No hay país cliente. No hay calendario. No hay reparto de tareas. No hay mención a propiedad intelectual. No hay referencia a sistemas de combate, sensores, integración o armas. No hay compromiso de inversión. Así las cosas, lo razonable no es aplaudir ni alarmarse, sino desconfiar metódicamente y esperar a que los hitos de este acuerdo vayan llegando.
Porque quizá estamos ante una maniobra perfectamente sensata: una forma de ganar tiempo, abrir opciones y enviar al mercado un mensaje de capacidad combinada en un momento en que Europa quiere más buques, más submarinos y más rapidez. Pero también puede ser otra cosa: un movimiento preventivo de TKMS para ampliar huella industrial y una forma de Navantia de asegurarse carga de trabajo y relevancia exterior mientras ordena su propio horizonte submarino. Ambas lecturas son compatibles. Ninguna autoriza aún a vender ésto como una revelación industrial.
Si, finalmente, Navantia construye submarinos de diseño alemán en Cartagena, será porque alguien ha concluido que así se llenan antes las gradas, se atiende una demanda que desborda la capacidad instalada y se aprovecha un momento político favorable al rearme naval europeo. Puede ser razonable. Incluso conveniente. Pero también convendría decirlo así, sin incienso verbal ni coartadas retóricas.
Porque el debate de verdad no es si cooperar con un rival resulta escandaloso. No lo es. En defensa, se compite y se coopera a la vez desde hace décadas. El debate es otro: en qué condiciones cooperas, qué ganas tú, qué cedes, qué aprendes y qué posición ocupas cuando se reparta el valor de verdad. Si Navantia entra en esta relación como astillero solvente con voz, peso tecnológico y acceso a negocio recurrente, bienvenida sea. Si entra como taller premium de diseño ajeno, el aplauso todavía deberá esperar. Lo recomendable, como en todo, pragmatismo.
El comunicado de hoy no es una respuesta. Es un síntoma. Europa quiere construir más y más deprisa. Alemania necesita capacidad. España necesita convertir capacidad en influencia y en solvencia. Y cuando esas 2 necesidades se cruzan, nace un memorando como éste: impecable en la forma, nebuloso en el fondo y lo bastante abierto como para que cada cual proyecte en él sus deseos y sus miedos; sus esperanzas y sus desvelos.
Por eso, a mi juicio, la lectura honesta, hoy, no puede ser triunfal. Pero tampoco dramática. Hay más sombras que certezas, sí. Y no por mala fe del lector, sino por diseño del propio texto. Quien quiera ver aquí una gran alianza industrial europea puede hacerlo, claro que sí. Quien vea una operación de conveniencia entre 2 competidores que se necesitan también. Yo, de momento, veo algo más simple: un comunicado que pide confianza, pero sin ofrecer todavía motivos suficientes para concederla; aunque tampoco para negarla.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


Un comentario
Esto solo es una hipótesis.
Creo que es un intercambio de cromos entre las dos empresas. Por estos motivos
Supuestamente Alemania esta buscando una fragata/destructor con AEGIS.
¿Que compañía europea diseña, fabrica y tiene barcos con AEGIS?,
¿Que país europeo tiene una estructura empresarial y experiencia para montar AEGIS?