Reflexiones sobre la «campaña internacional» de desprestigio contra Francia por el fin del FCAS

Trappier
Tengo el placer de comentar las palabras de este hombre, Vincent Lamigeon —autor del hilo en X (Twitter) que motiva este artículo— sin perder de vista 2 planos: lo que dice (y lo que omite) y desde dónde lo dice (su lugar en el ecosistema francés de defensa, industria y política). Vincent Lamigeon no es un agitador ni un “tuitero de trinchera”: es un analista con oficio, una firma reconocible, acreditada, éso hace que su diagnóstico tenga más valor cuando señala fallas estructurales… y también más impacto cuando, consciente o no, ordena los hechos para que encajen en una narrativa.
Personalmente, creo que su análisis no carece de fundamento, y que tiene razones legítimas para opinar como lo hace, pero, a lo que vamos, si reconoce como defecto el nacionalismo de otros países en los programas internacionales de armamento, al igual que reconoce el francés en el mismo sentido, la razón última es, precisamente, que los egos patrios de varios de los actores concurrentes en esos programas son el mismo cáncer, cada uno con su nombre y apellido, que dinamitan los proyectos. No es excusa el «tú también lo haces«, porque terminamos por dar marchamo de normalidad a un comportamiento pueril que no debería tener cabida en proyectos donde se substancian decenas de miles de millones de euros.
Aquí está el nervio del asunto y, a la vez, el primer mérito de Lamigeon: atreverse a escribir que Francia también padece esos reflejos. Pero, justo por eso, duele más cuando esa autocrítica puede convertirse en una coartada. La autocrítica, cuando es honesta, abre puertas; cuando es instrumental, las cierra. Y en su hilo hay momentos en los que parece querer decir: sí, en Francia también pasa… pero mirad cómo los demás lo empeoran. Es decir: el “tú también lo haces” como sedante moral. No corrige el vicio; lo normaliza.
En el caso de españa, donde el ego industrial es perceptiblemente menor que en sus colegas en prácticamente cualesquiera programas internacionales en que participa, tenemos, efectivamente, un margen menor de culpabilidad en el luto por el FCAS. Lamigeon dice, con toda condescendencia y educación, que se debe, en parte, a la menor capacidad industrial que presenta España en relación a galos y germanos. Es cierto, pero no completamente. En la ecuación de los egos, el ser menos capaz en determinados segmentos tecnológicos e industriales puede ser una razón para permanecer al margen, para no querer obstruir, es cierto; pero no es menos cierto que también hay formas de ser, de conducirse, de una idiosincrasia que favorece lo comunitario cuando se está en un programa multinacional, antes que exacerbar lo propio, lo nacional a toda costa.
Y aquí conviene separar 3 capas que a menudo se mezclan: capacidad industrial real, diseño del reparto y uso retórico del reparto para justificar bloqueos. Que España no tenga el mismo peso que Francia o Alemania en determinados segmentos es evidente; pero reducirlo a un “no estaban preparados” tiene ese sabor paternalista que, aunque se vista de cortesía, desplaza el debate: el problema no es sólo quién “puede” hacer algo, sino quién acepta compartir lo que hace mejor, y quién está dispuesto a renunciar al veto permanente.
Si bien adolecemos de una industria tan pesada como la francesa, o la alemana, tenemos no pocas virtudes tecnológicas que son bien recibidas en otros tantos programas internacionales: ahí están los sensores, los buques, aviones de transporte… Y ésto importa, porque cuando se habla de España como tercero incómodo, se olvida que, en la práctica, muchos ámbitos de la industria española han sido precisamente lo contrario: socio funcional, socio integrador, un actor capaz de aportar sin convertir cada discusión en un pulso identitario. No por virtud moral abstracta, sino por cultura de programa, por hábito de integración, por saber que, en cooperación multinacional, lo comunitario es más valioso que la bandera cuando el objetivo es entregar capacidades y hacerlas disponibles.
Pero mis palabras hoy no vienen para idolatrar nuestras capacidades, ni dejar de reconocer nuestra carencias, sino para denunciar la defenestración de un programa enorme, increíblemente ventajoso para los socios, que se ha visto condenado a muerte por las arrebatos ególatras de otros miembros del club, nunca por españoles. Y da igual quién tenga más o menos culpa, porque de lo que se trata, precisamente, y echando mano de las palabras de Lamigeon, es de que España ha participado en un proyecto industrial y tecnológico de clase mundial, que ha sido malogrado por un puñado de críos demasiado celosos de sus juguetes como para compartirlos.
Lamigeon acierta cuando detecta la patología del “programa definitivo”: 6ª generación, navalizable, superioridad aérea y ataque, portador nuclear, enjambres, nube, remote carriers… La lista se lee como un catálogo de feria: todo a la vez, todo con apellido “soberano”, todo con reparto industrial milimetrado. Pero la pregunta que él roza y no remata es incómoda: ¿quién decidió que éso era lo “definitivo”? Esa hipertrofia no nace sólo del deseo técnico; nace de la política, y la política en estos proyectos se parece demasiado a un banquete de vanidades: cada capital quiere su trofeo, cada ministerio su titular, cada “campeón nacional” su parcela de control.

No hay una campaña internacional que haya acordado cargar las culpas contra Francia. Es falso. En cambio, es tan sencillo como leer tus propias palabras, Vincent: «¿Tiene Francia reflejos nacionalistas en el tema? Sí, mil veces sí.»
Y aquí conviene ser justos con la realidad, ecuánimes con quienes opinan con sentido y conocimiento: no hace falta una conspiración mundial para que se acumule un juicio crítico sobre Francia o sobre Dassault. Basta con un patrón repetido de pulsos, líneas rojas, resistencias al reparto real de autoridad, y una cultura industrial que, siendo brillante, puede volverse impermeable cuando se le pide ceder mando.
Cuando el que suscribe lea a los alemanes afirmar lo mismo, estaré en la misma amable disposición de repetir cuanto he dicho aquí. En todo caso, daré por cierto que ellos, los germanos, también habrán sido guardianes intransigentes de su acervo tecnológico, porque la lógica de lo vivido hasta ahora, la experiencia acumulada del FCAS en estos años de fraternales navajazos, así lo dicta.
Este punto es central: Lamigeon pide “matiz” y lo pide bien, porque la tentación de resumir una crisis sistémica en “los caprichos” de un solo país es cómoda… y muchas veces falsa. Pero el matiz no puede convertirse en un amortiguador que rebaje responsabilidades concretas. Una cosa es admitir que todos tienen reflejos nacionalistas; otra, muy distinta, es convertirlo en “así son las cosas” y seguir como si el contribuyente fuese un pozo sin fondo.
Pero considero improbable -hasta el absurdo- que tantas publicaciones, tantos expertos, analistas, medios y personalidades con voz y categoría profesional más que autorizadas, coincidan en que Francia (Dassault) atesore una gran sedimento de culpa en el fracaso de FCAS por el simple hecho de encontrar absurdamente un culpable, una cabeza de turco fácil sobre la que cargar el muerto.
Aquí está la diferencia entre reputación técnica y reputación cooperativa. El prestigio industrial francés es excelente, incluso envidiable; pero la cooperación exige algo más que excelencia: exige gobernanza, mando claro, y renunciar al veto como método habitual de negociación. El reparto industrial (un tercio, dos tercios) es a menudo síntoma; la enfermedad es el veto permanente y la incapacidad de fijar un liderazgo técnico con mandato y responsabilidades.
Aceptar éso, sería considerarlos a todos ellos, ciegos, reos de un plan oscuro que busque la descalificación y el desprestigio de Francia. Cuando la realidad es que el prestigio industrial francés goza de una salud excelente.
Exacto: no hay que inventar villanos caricaturescos ni campañas globales. Tampoco hay que negar que, si muchos analistas serios y honestos coinciden en señalar un peso francés relevante en el bloqueo, lo más probable es que vean algo que se repite: conflictos sobre el maître d’œuvre, sobre la propiedad intelectual, sobre la autoridad en el diseño, sobre la exportación, sobre quién manda de verdad cuando hay que decidir.
No es tan simple, pero ha sido pueril, y tristemente real, haber asesinado al FCAS por razones impropias de personas con tanta responsabilidad.

Y este es el cierre que más incomoda —y más importa— porque va más allá de Francia, Alemania o España: si el FCAS/SCAF se muere, no se muere solo un avión. Se muere un método de cooperación europea; se muere la posibilidad de que Europa -una parte de ella- evite elegir entre dependencia externa o duplicación interna; y se muere, sobre todo, la confianza de que los adultos estaban al mando. Da igual quién tenga “más” culpa cuando el resultado es el mismo: tiempo perdido, sobrecostes, credibilidad erosionada, y una necesidad operativa que no espera a que los socios resuelvan sus egos, perdiéndose en años de trabajo en gran parte perdidos.
Lamigeon, con su lucidez, lanza una idea pragmática que ya se anuncia por las sementeras: recentrar trabajos en nube de combate, drones CCA, misiles, equipamientos comunes. Tiene lógica. Pero es también una confesión —quizá involuntaria— de que la bandera del “caza europeo único” se ha usado más como relato que como plan ejecutable. Si el punto de llegada es “cada cual con su avión y compartimos nube y municiones”, entonces es como si el matrimonio estuviera pactado con cláusula de divorcio desde el primer día.
Lo trágico es que, en un entorno donde Rusia rearma, China acelera hasta el infinito y EE. UU. ajusta prioridades, Europa no puede permitirse que los proyectos que cuestan decenas de miles de millones dependan de quién se sienta más dueño del juguete. Ese es el cáncer con nombre y apellido —como has escrito— y no se cura con tuits, ni con “matices” usados como excusa. Se cura con reglas de gobernanza que castiguen el veto caprichoso, con liderazgo técnico real, y con una verdad simple: en la defensa compartida, el orgullo nacional no puede estar por encima de la entrega de capacidades. Si se pone por encima, no es orgullo: es irresponsabilidad.
Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

