La preocupación que llega desde Grecia afecta al programa EPC/MMPC, pero en clave nacional y no necesariamente al conjunto del proyecto, mientras España e Italia sigan adelante

Redacción
El programa de la European Patrol Corvette, hoy denominado MMPC —Multi Modular Patrol Corvette—, atraviesa uno de esos momentos en los que los proyectos europeos podrían comenzar a enseñar sus costuras. La iniciativa nació en el marco de PESCO para desarrollar una corbeta europea modular, interoperable y adaptable a distintas necesidades nacionales. Sobre el papel, la idea sigue siendo razonable. En la práctica, empieza a pesar la pregunta de cuántos países terminarán comprando realmente el buque.

Un reciente análisis griego firmado por Christos G. Ktenas plantea precisamente esa inquietud. El texto no niega la utilidad del programa, pero advierte de un enfriamiento progresivo. Francia, sabido es, habría dejado de tener un papel comprador y constructor claro; Rumanía estaría cubriendo sus necesidades por otras vías; Noruega reduce urgencias al modernizar sus clase Skjold, y Grecia, pese a su participación formal, afronta un problema de prioridades presupuestarias. La frase que resume la inquietud del artículo es directa: “la incertidumbre sobre el futuro del programa es considerable, ya que cada vez son menos los países interesados en adquirir la corbeta”.
Pero el programa no está muerto. De hecho, OCCAR mantiene la gestión de la MMPC, cuya primera fase cuenta con un valor de 87 millones de euros, de los que 60 millones proceden del Fondo Europeo de Defensa y 27 millones de los Estados participantes. La segunda fase, seleccionada por la Comisión Europea en 2024, cubre el periodo 2025-2029 y busca completar la revisión crítica de diseño y avanzar hacia la producción de al menos 2 prototipos, uno por cada versión prevista: Full Combat Multipurpose y Long Range Multipurpose.
La arquitectura del programa es conocida. La versión Full Combat Multipurpose sería la más cercana a una corbeta de combate completa, con mayor valor para marinas que buscan una unidad de escolta ligera pero armada con seriedad, muy al estilo de la Avante 2200 que pudimos ver salir a la mar el jueves, en San Fernando, para la Marina Real saudí. La Long Range Multipurpose apunta más a patrulla oceánica reforzada, presencia, vigilancia y misiones de baja o media intensidad. Ahí empieza, también, una parte del problema, pero que no necesariamente ha de ser decisivo: bajo un mismo paraguas europeo conviven necesidades navales distintas, presupuestos diferentes y culturas operativas que no siempre quieren exactamente el mismo barco.
La preocupación griega tiene lógica. Atenas ha invertido mucho capital político, militar e industrial en su relación con Francia durante los últimos años, especialmente por la adquisición de las fragatas FDI (aunque no sólo: ahí están los Rafale). Si Francia pierde interés práctico en la EPC/MMPC como cliente, el programa queda menos atractivo para Grecia desde el punto de vista político-industrial. No porque Grecia no pueda trabajar con Italia o España, sino porque el anclaje francés ofrecía continuidad con una línea naval ya asumida por la Marina Helénica.

El análisis griego recuerda además que Grecia ya estudió corbetas al margen de la EPC, precisamente con la Gowind francesa, así como con la FCX-30 italiana como candidatas fuertes. El problema fue el coste: alrededor de 700 millones de euros por buque con armamento, según el texto citado. En una marina que tiene por delante la modernización de las MEKO, la recepción y sostenimiento de las Kimon, la actualización de los misiles de las Roussen y, sobre todo, un futuro programa de submarinos de varios miles de millones, la corbeta empieza a competir con demasiadas urgencias al mismo tiempo.
Por eso tiene sentido que el ministro griego Nikos Dendias haya apuntado a mantener algunas fragatas Kortenaer/Elli como solución transitoria. No es una gran noticia para una armada que necesita rejuvenecer su flota, pero sí es una señal presupuestaria bastante clara. Cuando una marina alarga la vida de buques antiguos para cubrir misiones de corbeta, normalmente no lo hace por entusiasmo doctrinal, sino por razones mundanas con todo el peso del mundo, es decir, porque el dinero no alcanza para todo.
Ahora bien, hay otra lectura posible. Que el grupo de compradores se reduzca no tiene por qué condenar la EPC. Puede incluso simplificarla. En demasiados programas europeos, el exceso de socios, requisitos cruzados, equilibrios industriales y cautelas nacionales ha terminado por convertir lo común en inmanejable. A veces, menos participantes significan menos bandera, menos protocolos particulares y más posibilidad de cerrar un diseño que realmente pueda construirse.
Ese es el punto donde Navantia y Fincantieri parecen escenificar de un tiempo a esta parte. Ambas compañías firmaron en febrero de 2026 un memorando para reforzar su cooperación en el programa EPC/MMPC, coordinar la ejecución industrial y avanzar en una propuesta común. Navantia explicó entonces que el proyecto seguía en la primera fase y que la convocatoria de 2023 del Fondo Europeo de Defensa había asignado 154 millones de euros a la siguiente fase, dedicada al diseño y al inicio de la creación de prototipos.
Como ya hemos explicado en DYS: Navantia y Fincantieri no necesitan la EPC para saber construir corbetas. España e Italia tienen capacidad industrial suficiente para desarrollar buques de este porte sin tutela europea. La razón de participar no es técnica en sentido elemental, sino política, financiera e industrial: acceder a fondos europeos, compartir riesgos, empujar una cierta estandarización naval y disponer de una plataforma común con más recorrido exportador.

Para España, la cuestión es especialmente interesante, no tanto por la corbeta europea en sí, sino por la clase de buque de que se trata. Porque la EPC puede ser una oportunidad para recuperar un escalón perdido desde la retirada de las Descubierta, siempre que no se deslice hacia el viejo vicio nacional de llamar corbeta a lo que en realidad acaba siendo un patrullero más o menos armado. Con el paso de los años, éso parece descartado, toda vez que la versión Full Combat Multipurpose es la que se habría impuesto para dotar a la Armada.
La salida práctica de Francia, si se confirma a todos sus efectos, puede restar peso político al programa, es cierto; pero también elimina uno de los triángulos industriales más delicados. Naval Group, Fincantieri y Navantia podían sumar mucho, pero también podían multiplicar las tensiones. Si la EPC queda más claramente en manos de Fincantieri y Navantia, el programa pierde una gran bandera, sí, pero puede ganar en conducción industrial. No sería la primera vez que un proyecto europeo mejora cuando deja de intentar contentar a todos.
El riesgo, sin embargo, sigue ahí. Si España e Italia se quedan prácticamente solas como compradores de peso, deberán preguntarse si les conviene de verdad sostener el programa con financiación europea, plazos europeos y compromisos industriales europeos, o si acabarían avanzando más rápido mediante soluciones nacionales coordinadas. La respuesta no es evidente. Dependerá del diseño final, del coste por unidad, del armamento, de la arquitectura de combate y de la capacidad de evitar que cada marina quiera una corbeta distinta bajo el mismo nombre.
Grecia, desde fuera o desde una participación cada vez menos entusiasta, está señalando el problema, ya que la EPC/MMPC sólo tendrá futuro si deja de ser un ejercicio de cooperación y se convierte en un barco convincente. Un barco que cueste lo que debe costar, que llegue cuando debe llegar y que no sacrifique capacidades para sobrevivir políticamente.
La buena noticia es que el programa aún tiene una base real. La OCCAR, los fondos europeos, empresas importantes, 2 versiones definidas, una fase de diseño en marcha y al menos 2 astilleros de primer nivel empujando. La mala noticia es que ningún programa naval vive eternamente de estructuras. Al final, alguien debe comprar unidades, armarlas, mantenerlas y ponerlas en la mar.

Botadura de la corbeta saudí el pasado jueves, 18 de junio, en San Fernando. Imagen: Jorge Estévez-Bujez
La Eurocorbeta no se ha hundido. Todavía no. Pero ha entrado en una fase en la que es mejor hablar menos de “autonomía europea” y más de desplazamiento, precio, sensores, misiles, guerra antisubmarina, defensa aérea, tripulación, mantenimiento y calendario. Lo demás sirve para abrir conferencias. Los barcos, en cambio, se prueban navegando.
Para España, la conclusión debería ser sencilla: seguir en el programa, sí; hacerlo con criterio, también. La EPC será especialmente útil si permite recuperar una corbeta de combate real, interoperable, exportable y bien armada. No lo será si termina convertida en una concesión de mínimos para cuadrar discursos europeos. En ese caso, si el proyecto languideciera, España no estaría en el mismo trance que ante la pérdida del NGF del FCAS, ni mucho menos. Hay opciones con sello nacional para salir airosos con prontitud (Avante).
Por tanto, la preocupación griega puede no ser una mala noticia. Puede ser justo la advertencia que necesitaba un programa que todavía está a tiempo de elegir entre terminar siendo un buque, o perderse en el marasmo burocrático de los instrumentos europeos de cooperación. Salir cuanto antes de la fase de diseño puede ayudar a algunos países dubitativos a posicionarse en favor de continuar con un proyecto de colaboración.
Redacción
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