Livefist retrata con ironía el dilema de Nueva Delhi: un F-35 sin oferta formal, un Su-57 que devuelve preguntas antiguas y un AMCA cuyo calendario empieza a no resolver la necesidad inmediata

Redacción ![]()
Ciertas bromas (muy caras) explican mejor una política de defensa que una sucesión de comunicados. Livefist abre su artículo «F-35 To India: Look, But Don’t Touch», publicado el 11 de octubre y firmado por su equipo, con una de ellas. Según recoge el medio, el jefe de la Fuerza Aérea India, el mariscal del aire A. P. Singh, respondió así a la pregunta sobre una eventual oferta estadounidense del F-35: «Su gente ni siquiera nos deja acercarnos al avión, ¿y ahora están hablando de vendérnoslo?».

Jefe del Estado Mayor de la Defensa de la India con un F-35 en Aero India 2025. Imagen: Livefist
La escena, situada por Livefist en Jodhpur, al término del ejercicio Tarang Shakti, contiene lo necesario para entender el resto. Seis F-35 estadounidenses en una base india, aviones de ambos países entrenándose juntos y una distancia que las fotografías no alcanzan realmente a mostrar. Singh aclaró, según el artículo, que no existía una oferta formal (al menos hoy: la hubo hace años). El aparato estaba allí; la posibilidad concreta de adquirirlo, todavía no.
Livefist encuentra una frase afortunada para resumirlo: «La proximidad no es lo mismo que la intimidad». En aviación militar, la diferencia puede comprender desde el acceso a una cabina hasta las condiciones políticas, industriales y tecnológicas de una compra. Porque, si compartir un ejercicio exigente de adiestramiento concede observar una capacidad, incorporarla exige bastante más que una invitación a volar cerca.
Veinte años de aproximaciones
Lo ocurrido devuelve a India una parte de la responsabilidad que suele desaparecer en este ya largo debate indio. La pregunta no consiste únicamente en saber si Washington permitiría vender el F-35 (el propio Trump ya abogó por allanar el camino para hacerlo). También importa cuánto interés ha mostrado Nueva Delhi por adquirirlo y qué dependencias está dispuesta a aceptar de los EE.UU. como, en la actualidad, acepta de Francia (Rafale).
Livefist reconstruye una larga sucesión de presentaciones, contactos y propuestas alrededor del avión, mientras los cazas estadounidenses quedaban fuera de las decisiones indias de un pasad reciente. Su formulación es deliberadamente irónica: «El F-35 lleva más de veinte años en camino a la India sin haber llegado nunca». El viaje comercial, al parecer, admite escalas indefinidas.
El artículo señala además una contradicción real en el planteamiento que describe: India ha incorporado transportes, aviones de patrulla marítima y distintas familias de helicópteros estadounidenses. Ahí están los transportes (C-130J y C-17), reconocimiento marítimo (P-8I), helicópteros de ataque (AH-64E Apache), helicópteros pesados (CH-47F Chinook), helicópteros antisubmarinos (MH-60R) y, en un futuro cercano, 31 drones MQ-9B Sea/SkyGuardian. Pero, a pesar del prolífico plantel de material aéreo norteamericano, ha mantenido sus cazas de primera línea fuera de ese ecosistema. Livefist convierte esa diferencia en una observación mordaz sobre una política de adquisiciones capaz de desconfiar de Washington en un extremo de la flota y convivir con él en los demás.
Crítica a la coherencia del criterio
Estamos, por tanto, ante una crítica a la coherencia del criterio, no una demostración de que todas las dependencias militares sean equivalentes. La función de cada plataforma, las alternativas disponibles y las condiciones de adquisición cuentan. Pero la ironía acierta de lleno al exigir que la prevención estratégica se explique con algo más sólido que una preferencia heredada.
Por eso acierta Livefist cuando recupera el anuncio de Donald Trump a que antes hacíamos referencia. Fue en febrero de 2025 cuando afirmó trabajar para suavizar ese camino hacia una eventual provisión del F-35 «en última instancia». Una expresión muy cómoda para quien anuncia y bastante menos útil para quien necesita organizar escuadrones. El futuro diplomático rara vez viene acompañado de un calendario de entregas en firme.
El regreso de una vieja alternativa
El problema se adentra en otra dimensión cuando aparece el Su-57. Según Livefist, Singh confirmó la existencia de una oferta rusa, acompañada de propuestas de cooperación industrial y tecnológica. Eso, a priori, concedería a Moscú una cierta ventaja concreta en la conversación al presentar una opción sobre la que se puede negociar, aunque la realidad sea más compleja que el simple ofrecimiento del furtivo ruso. Porque negociar una oferta no es lo mismo que haber despejado las grandes reservas que existen sobre el avión. El artículo nos refresca la memoria al recordarnos la salida india del programa conjunto FGFA en 2018 y las objeciones que atribuye a la Fuerza Aérea India sobre furtividad, motores, costes y acceso a la tecnología de Moscú sobre el Su-57. Demasiadas dudas sobre un solo caza para asumirlas todas sin evaluar el coste de un fracaso. El regreso de la alternativa rusa obligaría, de ese modo, a recuperar preguntas que el paso del tiempo nunca contesta por sí solo.

El Su-57 provoca expectativas y desconfianzas en India
Así, la urgencia india puede devolver atractivo a una opción descartada sin convertirla automáticamente en una opción mejor, porque la crueldad de la necesidad está en modificar el margen de elección, algo que no certifica las prestaciones del candidato, pero que puede abocar a aceptar un riesgo superior.
El precedente del Su-30MKI, que el medio introduce en su argumentación, ejemplifica por qué una cooperación extensa con Rusia puede resultar familiar para el sistema indio. Pero un precedente industrial ayuda a imaginar un acuerdo, no garantiza su resultado. Cada programa tiene sus dificultades, y la memoria de un éxito tampoco debería servir para archivar las objeciones del siguiente.
La espera también tiene consecuencias
El AMCA sigue siendo la apuesta nacional de largo plazo. Livefist señala así la tercera pieza del dilema: el avión que India quiere desarrollar necesita un tiempo que su situación operativa puede no concederle. Las declaraciones de Singh recogidas en el texto vinculan precisamente ambas cuestiones: impulsar el programa propio y considerar otras decisiones si aparecen retrasos (algo por completo razonable).
Por todo ello, la cuestión merece una lectura cuidadosa. Buscar una solución intermedia no significa necesariamente renunciar al AMCA. Del mismo modo, la defensa del programa nacional no supone dar por resuelta una carencia presente. Entre ambas decisiones habrá costes, recursos y prioridades que deberán encajar en una misma fuerza aérea necesitada de renovar escuadrones a un ritmo vertiginoso si no quiere perder del todo la balanza con Pekín (ni Pakistán).
El interés del artículo consiste en llevar al lector desde una broma sobre el acceso a un avión hasta ese problema de fondo, en absoluto hilarante. El F-35 representa una posibilidad todavía distante; el Su-57, una oferta que exige revisar viejas reservas; el AMCA, una aspiración cuyo desarrollo sigue pendiente. La dificultad de elegir está ahí. Pero no es menos cierto que, al menos, existe la posibilidad de elección.
«Lo que ha cambiado es la capacidad de la India para seguir esperando». Si los interlocutores pueden reírse de un caza que lleva dos décadas aproximándose, la planificación militar, por su parte, tiene menos sentido del humor.
Redacción
DYS

