Canadá se acerca (más) al Gripen

La posibilidad de que Ottawa estudie reducir la compra de F-35 y abra la puerta a una flota mixta con el caza sueco de Saab gana enteros. Una opción que en DYS ya señalamos como síntoma de la creciente incomodidad canadiense con su dependencia militar de Estados Unidos

Redacción

El debate sobre el futuro caza de Canadá ha dejado de moverse en el terreno del rumor, y se encamina hacia lo que parece una composición de la flota con 2 opciones concurrentes. Según ha publicado La Presse, el gobierno de Mark Carney estaría valorando seriamente una solución mixta para la Real Fuerza Aérea Canadiense: mantener una parte del pedido de F-35A a Lockheed Martin, pero incorporar también el Gripen de Saab como segundo pilar de la futura flota de combate canadiense.

La hipótesis no aparece de la nada, y DYS ya había recogido febrero , a partir de la información de John Ivison en el National Post, que Ottawa estudiaba comprar menos F-35 de los inicialmente previstos y meter al caza sueco en la ecuación. Entonces sonaba a posibilidad remota; ahora, según la información directa canadiense, empieza a parecer una opción política e industrial con sentido y recorrido.

El contrato original firmado entre Canadá y Estados Unidos contemplaba la adquisición de 88 F-35A, con un valor estimado por el gobierno canadiense de 27.700 millones de dólares canadienses, incluyendo aeronaves, apoyo, formación e infraestructuras. Sin embargo, La Presse señala que Canadá sólo estaría jurídicamente comprometida con la recepción de 16 aparatos, prevista a partir del próximo año, mientras que el resto del paquete —72 aviones— aún no estaría cerrado contractualmente.

 

F-35 con la librea canadiense

 

El posible punto intermedio, siempre según las fuentes citadas por el medio canadiense, pasaría por adquirir alrededor de 30 F-35 y completar la flota con unos 0 Gripen. No sería una cancelación frontal del programa estadounidense, sino una reducción parcial acompañada de una apuesta por Saab. En términos militares, supondría aceptar una flota más compleja de operar, sin duda. En términos políticos e industriales, daría a Ottawa más margen frente a Washington.

La clave no está sólo en las prestaciones. El F-35 es un avión de quinta generación, con baja observabilidad, sensores avanzados y una integración muy superior en redes de combate aliadas. El Gripen no compite en ese mismo terreno. Su argumento es otro: menor coste operativo, más sencillez logística, capacidad de operar desde infraestructuras austeras y, sobre todo, una oferta industrial que Canadá podría presentar como creación de empleo y autonomía de decisión.

La Presse vincula esta discusión con la reciente decisión de Ottawa de elegir el GlobalEye de Saab y Bombardier como futura plataforma de alerta temprana y vigilancia aérea, descartando las propuestas estadounidenses de Boeing y L3Harris. El programa, valorado en más de 5.000 millones de dólares canadienses para 6 aeronaves, podría convertir a Canadá en un polo de producción de sistemas de radar aerotransportado, con la posibilidad de fabricar unas cuarenta unidades para terceros países aliados.

Ese hito industrial ha sido leído en Canadá como algo más que una compra de defensa. Es una señal. El gobierno de Carney, como más de una vez ha anunciado, quiere reducir el peso de las empresas estadounidenses en el gasto militar canadiense y elevar la participación nacional en los contratos. La Presse recuerda que actualmente cerca del 75% del gasto canadiense en bienes y equipos de defensa termina en manos de compañías estadounidenses, mientras Ottawa aspira a que las empresas canadienses obtengan el 70% de los contratos.

En ese contexto, Saab ofrece algo políticamente muy vendible para el contribuyente canadiense: no sólo comprar aviones, sino asegurar trabajo industrial en Canadá. Según La Presse, la propuesta sueca incluiría la posibilidad de fabricar Gripen en territorio canadiense, tanto para las necesidades propias como para una eventual producción destinada a la Fuerza Aérea ucraniana. Las cifras citadas por el medio hablan de hasta 9.000 nuevos empleos; suculento para cualquier político y, por supuesto, para la fuerza laboral de cualquier país.

 

El F-18 es todavía el argumento de caza principal de la Fuerza Aérea Canadiense

 

Como decimos, el antecedente que publicamos en DYS ya apuntaba en esa dirección: no se trataba únicamente de comparar el F-35 y el Gripen como máquinas de combate, sino de preguntarse qué grado de dependencia está dispuesto a aceptar Canadá. El F-35 aporta capacidades que el Gripen no puede igualar, pero también implica una relación de largo plazo con Estados Unidos en software, mantenimiento, repuestos, actualizaciones y empleo operativo.

La tensión con Washington ayuda a entender el momento. La Presse sostiene que la revisión del contrato del F-35 fue ordenada por Carney tras su llegada al poder, en plena guerra arancelaria con Estados Unidos. Esa revisión debía durar 3 meses, pero aún no ha concluido. La demora, añade el medio, estaría irritando a miembros de la administración Trump.

Tampoco ayuda el tono de algunas señales procedentes de Washington. En ese sentido, también recogimos las declaraciones del embajador estadounidense Pete Hoekstra, quien advirtió de que una reducción del F-35 obligaría a modificar el NORAD y a que Estados Unidos volase más F-35 en el espacio aéreo canadiense. La frase, lejos de apagar dudas, reforzaba el argumento de quienes consideran que Ottawa debe evitar una dependencia excesiva de un solo proveedor y de un solo socio.

Hay, además, un matiz operativo relevante. La Presse cita al general Gregory Guillot, jefe del NORAD, quien afirmó ante senadores estadounidenses que cazas como el F-35 no eran, “francamente”, esenciales para la defensa de las fronteras de Norteamérica, al estar más orientados a ataques contra objetivos en el exterior. Esa lectura encaja con una posible combinación: F-35 para misiones de mayor exigencia tecnológica y Gripen para tareas de defensa aérea, presencia territorial y disponibilidad diaria.

Una flota mixta no es una rareza en la OTAN. Reino Unido combina F-35B y Eurofighter Typhoon; Alemania ha apostado por el F-35A para parte de su misión nuclear aliada y mantiene al Eurofighter como columna vertebral de su aviación de combate. España fundamenta sus argumentos aéreos en el F-18 y el Eurofighter. El problema, por tanto, no es conceptual, sino práctico: 2 cadenas logísticas, 2 programas de formación, 2 ecosistemas de mantenimiento y 2 arquitecturas de actualización. Complejo, sí; pero razonable y bastante común. Canadá tendría que pagar esa complejidad, pero como otros muchos aliados.

 

Carney ha emprendido un camino de desconexión industrial con Washington (en la medida de lo posible)

 

Pero la realidad es que Ottawa parece estar midiendo el coste de otro modo. La pregunta ya no es sólo qué avión ofrece más capacidades, sino qué compra permite más control político, más retorno industrial y menos exposición a los cambios de humor de Washington. En esa ecuación, el Gripen gana valor sin necesidad de ganar la comparación técnica frente al F-35.

Si la decisión se confirma, Canadá no estaría abandonando el F-35. Estaría rebajando su centralidad. Y eso, en el clima político actual, ya sería suficiente mensaje.

El asunto, según La Presse, estaría prácticamente decidido a falta del momento adecuado para anunciarlo. Incluso se apunta a que Ottawa podría esperar a después de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Si ese calendario se cumple, la compra del Gripen no será sólo una decisión de defensa. Será una declaración de intenciones. Canadá quiere seguir dentro del sistema aliado occidental, pero con menos dependencia automática de Estados Unidos.

Ello explicaría por qué Saab ha pasado de ser una alternativa descartada a convertirse en una pieza cada vez más seria dentro del tablero canadiense.

 

Redacción

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