Alemania acude a Trump con un plan para fabricar armas estadounidenses en Europa, entre ellas, el Tomahwk y el Patriot

Redacción
Alemania está intentando convertir su rearme en una herramienta de negociación con Estados Unidos. Según ha publicado el Financial Times, Berlín presiona a Washington para que permita fabricar más armamento estadounidense en suelo alemán, con el objetivo doble de cubrir carencias urgentes de las Fuerzas Armadas europeas y ofrecer a la Administración Trump un incentivo industrial y político para mantener su compromiso con la defensa del continente.

Patriot español en Turquía
La iniciativa llega en vísperas de la próxima cumbre de la OTAN en Ankara y en un momento delicado para la relación transatlántica, justo cuando Europa quiere reducir su dependencia de Estados Unidos, pero sigue necesitando tecnologías que no puede producir a corto/medio plazo. Alemania, por tanto, intenta una fórmula intermedia donde conjugue más capacidad industrial europea, sí, pero mediante coproducción de sistemas estadounidenses.
La paradoja no necesita mayor interpretación. Berlín habla de reforzar la soberanía europea, pero una parte de esa soberanía pasaría, al menos durante los próximos años, por fabricar en Europa armas diseñadas, controladas y autorizadas por Washington.
Tomahawk, Patriot y la urgencia alemana
Según el Financial Times, las conversaciones entre funcionarios alemanes y estadounidenses incluyen “conceptos de producción conjunta” que podrían abarcar sistemas de gran relevancia, entre ellos misiles de crucero Tomahawk y misiles PAC-3, la variante más avanzada empleada por los sistemas de defensa aérea Patriot.
El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, confirmó la existencia de conversaciones y dejó clara la motivación de Berlín: “Hay sistemas que simplemente aún no tenemos, o que no poseemos en absoluto, pero que necesitamos con urgencia en los próximos cinco a diez años”. Añadió, además, que Alemania está interesada en fabricar ciertos sistemas, o partes de ellos, en territorio alemán, dado que la capacidad productiva de Estados Unidos también está limitada.
El canciller Friedrich Merz rechazó que esta vía contradiga la aspiración europea de mayor autonomía. Su formulación fue pragmática: “Por supuesto que también queremos ser más independientes”, pero Alemania seguirá cooperando con Estados Unidos “siempre que nos convenga”.
Alemania no plantea una ruptura con la industria estadounidense, sino una relación más útil para sus propias necesidades. Quiere más producción en Europa, pero sin renunciar al acceso a capacidades estadounidenses que hoy no tienen equivalente inmediato en el arsenal europeo durante los próximos años.
Una oferta industrial para retener a Washington
Berlín cree que su base industrial puede ser atractiva para Estados Unidos. Alemania dispone de capacidad manufacturera, empresas de defensa consolidadas y un sector automovilístico con presión competitiva creciente, especialmente frente a China. Para el Gobierno alemán, esa estructura puede utilizarse para ampliar la producción de armamento crítico y aliviar cuellos de botella en Estados Unidos.
El argumento es que si Washington no puede producir con suficiente rapidez determinados sistemas, Europa puede ayudar. Y si Europa ayuda a producirlos, también debería poder acceder antes a ellos.
Ya existen precedentes. Rheinmetall fabrica componentes estructurales para el F-35 de Lockheed Martin, y está prevista la apertura de una planta conjunta MBDA-Raytheon para misiles Patriot PAC-2/GEM-T. La novedad estaría en llevar esa cooperación a sistemas más sensibles o de mayor alcance, como el Tomahawk o el PAC-3. Pero esa, precisamente, será la parte difícil.
La caja negra estadounidense
La coproducción de armamento estadounidense no depende sólo de la voluntad alemana. Requiere autorización política de Washington y, en muchos casos, acceso a tecnologías sensibles, propiedad intelectual y cadenas de suministro controladas por Estados Unidos.
El propio artículo del Financial Times recoge cierto escepticismo dentro de Alemania. El diputado Bastian Ernst, miembro de la comisión de Defensa del Bundestag, advirtió que la idea puede ser poco realista: “No creo que los estadounidenses nos permitan examinar su caja negra, con toda su propiedad intelectual y tecnología sensible”.
La comparación con el F-35 es, por supuesto, muy ilustrativa, porque fabricar elementos estructurales de un avión no es igual que acceder a sus sistemas críticos. Ernst lo resumió diciendo que “El fuselaje del F-35 no es más que un conjunto de piezas metálicas; no tiene nada de mágico”. Lo realmente valioso —sensores, software, guiado, propulsión, comunicaciones, guerra electrónica— es justo lo que Estados Unidos suele proteger con más celo.
También hay antecedentes de dificultad. El director ejecutivo de Rheinmetall, Armin Papperger, ya señaló en mayo que un proyecto para coproducir cohetes y misiles con Lockheed Martin avanzaba más despacio de lo esperado por desacuerdos sobre costes, transferencia tecnológica y volúmenes de producción.
El vacío que deja Estados Unidos
El impulso alemán se explica también por una preocupación más profunda que tiene que ver con la posibilidad de que Estados Unidos reduzca parte de su presencia militar en Europa y concentre más recursos en el Indo-Pacífico y el hemisferio occidental; algo que parece ya fuera de toda duda razonable.

Berlín muestra preocupación por el desapego de la administración Trump con respecto de Europa. Foto: portada del artículo DYS cuyo enlace dejamos justo debajo
Según el Financial Times, Berlín quedó especialmente alarmada por la decisión del Pentágono de cancelar el despliegue previsto en Alemania de un batallón equipado con sistemas Tomahawk terrestres. Ese despliegue, heredado de la etapa Biden, estaba concebido como respuesta al refuerzo ruso con misiles de crucero y medios aéreos en Kaliningrado.
Desde entonces, Alemania busca formas de obtener capacidades equivalentes. Ha reactivado conversaciones sobre la compra de Tomahawk y examina alternativas, incluido el misil ucraniano Flamingo u otros sistemas que puedan aproximarse a esa capacidad de ataque de largo alcance.
El presidente de la comisión de Defensa del Bundestag, Thomas Röwekamp, lo expresó en términos muy claros al afirmar: “Necesitamos urgentemente lo que los misiles Tomahawk pueden hacer para defender el continente europeo”. Y añadió que, si Estados Unidos no despliega ni entrega esos misiles, Europa tendrá que encontrar otras vías para garantizar esas capacidades.
¿Autonomía?
La iniciativa alemana muestra bien el momento europeo. Tras años de hablar de autonomía, soberanía tecnológica y base industrial propia, la guerra de Ucrania y el giro político estadounidense han obligado a separar los deseos de las capacidades reales.
Europa quiere producir más, pero no siempre puede producir lo que necesita. Alemania quiere reducir dependencia, pero necesita sistemas estadounidenses para cubrir huecos de defensa aérea, ataque de largo alcance y disuasión convencional.
Por eso, la propuesta alemana no es una ruptura con Washington, sino una negociación con Washington. Berlín intenta convencer a Trump de que una Europa más fuerte industrialmente no tiene por qué ser una Europa menos estadounidense. Al contrario, puede ser una extensión productiva de la base industrial norteamericana, siempre que Estados Unidos acepte compartir parte del trabajo.
La pregunta es ¿cuánto estará dispuesto a compartir Washington? Porque fabricar en Alemania misiles estadounidenses puede fortalecer la defensa europea, pero también consolidar una dependencia tecnológica difícil de superar.
La fórmula tiene lógica a corto plazo si se obtiene más producción, más rapidez, más munición y más capacidad para el flanco europeo de la OTAN. A largo plazo, la cuestión será menos amable y más difícil de explicar en el plano político. Si la soberanía europea consiste en producir bajo licencia armas estadounidenses, Europa habrá ganado capacidad industrial, pero no necesariamente libertad de decisión.
Y esa diferencia, en defensa, como siempre apostillamos, importa.
Redacción
defensayseguridad.es

