Airbus sitúa al Typhoon en la carrera para sustituir los F-16 portugueses con una propuesta europea que combina soberanía de uso, cooperación industrial y una posible conexión ibérica con España

Redacción
Portugal empieza a perfilar el que será uno de los expedientes de defensa más relevantes de los próximos años en sus grandes proyectos de futuro: la sustitución de sus F-16. Airbus ha vuelto a colocar al Eurofighter Typhoon en el centro del debate luso, no como una decisión cerrada ni como una candidatura oficialmente elegida por Lisboa, que aún está lejos de eso, sino como una alternativa europea que busca ganar terreno frente a opciones como el F-35 estadounidense, el Rafale francés o el Gripen sueco.
Todo llegaba ayer, después de que Guillaume Faury, consejero delegado de Airbus, defendiera en el Airbus Defence Summit celebrado en Manching (Alemania) la conveniencia de que los países europeos refuercen su base industrial de defensa mediante la adquisición de sistemas desarrollados en Europa. La idea era sencilla, aunque conviene tomarla con prudencia: Airbus no está anunciando un interés de compra portugués, sino insistiendo en que el Eurofighter puede ofrecer a Portugal un grado de autonomía industrial y operativa superior al de una solución plenamente dependiente de proveedores externos al continente.

La propuesta viene de meses atrás. Ya en octubre de 2025, Airbus Defence and Space y AED Cluster Portugal firmaron un memorando de entendimiento para estudiar oportunidades de cooperación industrial ante la futura renovación de la flota de combate portuguesa. Aquel acuerdo abrió la puerta a analizar qué papel podrían desempeñar empresas lusas en torno al programa Eurofighter, desde mantenimiento y soporte logístico hasta posibles trabajos en componentes, servicios o cadena de suministro.
Para Lisboa, el atractivo del Typhoon no estaría sólo en la plataforma, ya de por sí superior en capacidades a sus eficaces F-16. El argumento de Airbus se apoya fundamentalmente en 3 planos: soberanía de uso, integración en un programa europeo ya maduro y retorno para el tejido aeronáutico portugués. En un país con una base industrial de defensa menor que la de España, Francia, Italia o Reino Unido, la posibilidad de vincular la compra de un nuevo caza a empleo cualificado, formación técnica y carga de trabajo local no es un asunto intrascendente.
El Eurofighter es, además, un programa con una arquitectura industrial conocida para Portugal, pese a que no participe en él. Está impulsado por Airbus, BAE Systems y Leonardo, con participación de socios y aliados en defensa, como son sus partícipes: Alemania, Reino Unido, Italia y España. El consorcio lo presenta como una red europea que agrupa a centenares de empresas y a una cadena de suministro de alto valor. Esa realidad no elimina los costes ni las complejidades de un avión bimotor de altas prestaciones, pero sí aporta una ventaja política evidente, que Portugal entraría en un ecosistema de defensa europeo ya consolidado y con usuarios dentro de la OTAN.
Si Portugal optase por el Eurofighter, el componente ibérico sería difícil de ignorar. El Ejército del Aire y del Espacio opera el sistema desde hace años, Airbus realiza trabajos relevantes en Getafe y España, miembro del proyecto, participa en el programa como país socio. Esto, obligado es decirlo, permitiría explorar sinergias en mantenimiento, formación, repuestos, simulación, procedimientos y apoyo logístico, siempre que los gobiernos y la industria lo articulasen de forma realista. No sería una integración automática, pero sí una posibilidad razonable de estrechar ambas industrias y vincular capacidades peninsulares.
La cooperación hispano-portuguesa podría resultar especialmente útil en la transición desde el F-16. Portugal recibió sus primeros F-16 en los años noventa y mantiene una flota modernizada, pero sometida ya a las limitaciones propias de una plataforma veterana. La substitución no será únicamente una compra de aviones. Será un proceso mucho más largo y complejo. Exigirá adaptar doctrina, infraestructura, armamento, entrenamiento, sostenimiento y planificación presupuestaria durante décadas para que el nuevo sistema se desarrolle con las condiciones y las capacidades óptimas que permitan extraerle todo el rendimiento.

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El Typhoon, un caza de capacidades sobresalientes, ofrece ventajas conocidas en defensa aérea, velocidad, techo operativo, carga útil y capacidad de crecimiento. Las versiones más recientes y las modernizaciones en curso han reforzado su papel multifunción, con mejoras en sensores, aviónica, guerra electrónica e integración de armamento. No obstante, una evaluación honesta obliga a señalar también sus retos: coste de adquisición, coste de ciclo de vida, necesidad de una infraestructura exigente y ausencia de baja observabilidad comparable a la de un caza de quinta generación.
Ese último punto explica por qué el F-35 seguirá siendo una referencia inevitable en el expediente portugués. Para muchos operadores OTAN, el avión de Lockheed Martin ofrece una combinación muy potente de sensores, fusión de datos, baja observabilidad e integración aliada. A cambio, plantea preguntas sobre dependencia tecnológica, control del software, acceso a determinadas capacidades y retorno industrial. Es precisamente en ese espacio donde Airbus intenta situar al Eurofighter: menos furtividad, pero más control europeo y mayor margen de cooperación industrial regional.
El Rafale y el Gripen tampoco pueden, quizás, descartarse. Francia cuenta con una oferta madura y políticamente autónoma, mientras Suecia puede presentar una solución más contenida en costes y con buena reputación operativa. Portugal tendrá que ponderar capacidad militar, precio, disponibilidad, calendario, financiación, compensaciones industriales y compatibilidad con sus compromisos en la OTAN. La decisión, cuando llegue, no será sólo técnica.
Por ahora, es razonable hablar de posicionamiento industrial, de movimientos previos de toma de posiciones. Airbus quiere que el Eurofighter sea visto en Lisboa como una opción natural si Portugal decide dar prioridad a una solución europea. El consorcio Eurofighter puede ofrecer experiencia, usuarios aliados y continuidad de desarrollo. España, por proximidad y por peso en el programa, podría actuar como socio de apoyo. Y la industria portuguesa tendría una oportunidad de aumentar su presencia en un segmento de alto valor.
Pero la última palabra será portuguesa. La Fuerza Aérea deberá definir necesidades, el Gobierno tendrá que fijar el marco financiero y el Parlamento, previsiblemente, examinará una inversión de gran alcance. En ese proceso, el Eurofighter parte con argumentos sólidos, aunque no definitivos. Su mejor carta no es prometer una revolución, sino presentar una opción europea viable, de un producto muy capaz, con recorrido industrial y con una lógica ibérica que Portugal debería considerar.
Redacción
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