Las palabras del almirante Garat señalan carencias, algunas de ellas largamente aplazadas. Lo cierto es que España tiene una geografía marítima de primer orden, pero no siempre ha querido dotarse de las capacidades para defenderla desde la mar

Jorge Estévez-Bujez
El almirante Juan Rodríguez Garat vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que España lleva demasiado tiempo esquivando, hasta el punto de casi haberla perdido de vista. Grosso modo, antes de comenzar, y poder dar al lector la opción de practicar una retirada a tiempo, adelanto que se trata de un vídeo grabado para El Debate, donde ha señalado que nuestro país ha renunciado a capacidades navales de enorme valor: los misiles mar-tierra de largo alcance, los misiles de defensa contra misiles balísticos y al relevo de la aviación naval de ala fija. Son sólo 3 renuncios, pero cualquiera de ellos es de capital importancia.
Ni es una advertencia, ni tampoco una exageración de marino retirado. Es, más bien, una forma clara, cristalina, de decir lo que casi nunca se quiere decir en público. España tiene una Armada con buques valiosos, buenos profesionales y una industria naval de primer nivel, pero carece de algunas herramientas que otros países de nuestro entorno consideran imprescindibles para operar en escenarios de alta amenaza.
Garat lo resume con llamativa simplicidad, haciéndolo difícil de discutir: “Nosotros hemos renunciado, porque no los hemos querido, a los misiles mar-tierra de largo alcance; hemos renunciado a los misiles de defensa contra los misiles balísticos; y hemos renunciado (al ala fija embarcada, se infiere), aparentemente, porque en este momento no encontramos un relevo para la aviación naval, una vez que el Harrier, que lleva ya volando con nosotros muchos años, desaparezca de nuestras vidas.”
Es cierto que en ningún caso hablamos de una (o varias) carencia técnica imposible de resolver, sino de una sucesión de decisiones, aplazamientos y renuncias. España no ha llegado a esta situación por accidente. Ha llegado porque durante años ha preferido sostener determinadas capacidades en el discurso, en las proyecciones, antes que cerrarlas en los presupuestos, en los contratos, en la munición, en el adiestramiento y en la doctrina.
La primera renuncia del conjunto de su disertación es la de los misiles de ataque a tierra de largo alcance embarcados. España dispone de escoltas modernos, con sistemas de combate avanzados y una tradición de integración naval que no necesita demasiadas presentaciones. Pero esos buques no cuentan con una capacidad de ataque profundo desde la mar. Pueden proteger, escoltar, vigilar y combatir en determinados entornos, pero no ofrecen a España una herramienta creíble para golpear objetivos terrestres a gran distancia desde plataformas navales.
La capacidad de ataque a tierra desde la mar no es una frivolidad ofensiva ni una extravagancia de potencia grande. Es una herramienta de disuasión, de presión política, de respuesta limitada y de apoyo a operaciones conjuntas. Permite actuar sin depender siempre de bases terrestres, sin exponer de entrada aeronaves tripuladas y sin esperar a que otros aliados aporten la profundidad que uno no ha querido adquirir.
La segunda carencia señalada por Garat es la defensa frente a misiles balísticos. Aquí la discusión es todavía más seria, porque afecta a la protección de fuerzas desplegadas, agrupaciones navales, bases, infraestructuras críticas y zonas de paso. La amenaza balística ya no pertenece a un futuro lejano ni a un manual doctrinal norteamericano. Forma parte del paisaje militar actual. La proliferación de misiles de mayor alcance, más precisión y menor coste relativo está alterando el equilibrio en regiones enteras. A pesar de todo, de que el panorama no invita ni siquiera al optimismo más ramplón, España no ha querido dotar a sus buques de una capacidad antimisil balística equivalente a la que podrían ofrecer determinados interceptores embarcados. Y esto tiene consecuencias. Una Armada sin defensa antimisil suficiente puede seguir siendo útil, naturalmente. Pero su margen de actuación se reduce cuando el adversario puede amenazar desde tierra, desde gran distancia y con sistemas difíciles de neutralizar si no se dispone de las herramientas adecuadas. Es nuestro caso.

En el final del Harrier. Imagen: DYS
La tercera cuestión es la aviación naval. Asunto recurrente, no cabe duda, del que es difícil sustraerse. El caso español resulta especialmente doloroso; da igual de qué pierna se cojee o a qué bandería ofrezcamos lealtad: si de la cofradía de la Soberanía aeronáutica plena, de la del F-35B por encima de todo, o de la de con drones basta. Porque la realidad es que la Novena Escuadrilla y los AV-8B Harrier II Plus han dado a España una capacidad singular: operar aviación de ala fija embarcada desde el Juan Carlos I. Y no es una capacidad cualquiera. No se improvisa. No se compra sólo con aviones. Requiere mucho, todo lo cual está en trance de perderse.
Si el Harrier desaparece sin relevo, España no perderá únicamente un modelo de avión veterano. Perderá una capacidad nacional completa. Y, una vez perdida, recuperarla sería mucho más difícil, más cara y más lenta. En defensa, hay capacidades que no mueren de golpe: se dejan morir por falta de decisión, hasta que un día alguien descubre que ya no están.
Garat ejemplifica, precedida de una explicación idiosincrática, uno de los casos en los que la Armada echaría en falta las capacidades a que hemos renunciado. “Se puede decir que España tiene una mentalidad exclusivamente defensiva, y eso no tiene sentido (…), pero incluso aunque lo dijéramos, es que a nuestros buques les faltan también las herramientas para la defensa si llegara el caso que desde el Sahel o el Magreb se tratara de bloquear el Estrecho de Gibraltar”.
La mención al Estrecho de Gibraltar no es retórica. Es geografía. Y la geografía, por mucho que se intente esconder bajo capas de buenismo, turismo o comodidad política, sigue mandando. España se asoma al Atlántico y al Mediterráneo, tiene responsabilidades inmensas sobre Canarias, y también sobre Baleares, Ceuta y Melilla; vive del comercio marítimo, depende de rutas energéticas y ocupa una posición crítica en una de las grandes puertas navales del mundo.
Y, sin embargo, España vive demasiadas veces de espaldas a la mar. No de espaldas al litoral, que eso sería imposible en un país que ha convertido la costa en industria, descanso y postal. Vive de espaldas a la mar como espacio de poder, como vía de comunicación y frontera líquida; como profundidad defensiva y como lugar desde el que se puede proteger, disuadir o, por supuesto, responder.
Garat acierta plenamente, entre otras cosas porque es muy difícil errar. Para muchos españoles, la mar empieza y termina en el ocio de playa. En el verano, el puerto deportivo, la terraza, el paseo marítimo y la postal de agosto. Todo lo demás parece una rareza profesional de marinos, un asunto técnico excesivamente denso, o una conversación demasiado compleja para una sociedad que, en general, tampoco muestra un gran interés por la defensa, excepción hecha del presente, aunque pasajera… lo veremos en unos años.

Las capacidades a que se ha renunciado, y las que se perdieron por el camino, no son ninguna menor. Meroka. Foto: Armada
Pero la mar no desaparece porque no se la mire. Por ella llegan mercancías, energía y materias primas, y también transitan cables, buques, amenazas, intereses y dependencias. Por ella se proyecta ayuda, presencia, fuerza y disuasión. Y desde ella también pueden llegar crisis, bloqueos, presiones, sabotajes y coerción.
La defensa marítima no es una manía de la Armada. Es defensa nacional en sentido pleno, absoluto. Es economía, soberanía, seguridad de rutas, protección de territorios insulares y extra-peninsulares, libertad de navegación y capacidad para que España no dependa siempre de que otros hagan aquello que nosotros no hemos querido preparar.
El problema no está en que España carezca de buenos mimbres. Que los tiene. La Armada conserva una cultura profesional sólida. Y la industria naval española es capaz de diseñar y construir buques complejos. Pero una fragata, por ejemplificar con uno de nuestros navíos más capaces, no es plenamente disuasoria si carece de ciertas armas. Del mismo modo que un portaaeronaves pierde gran parte de su sentido si se queda sin aviación de ala fija. Y así, una defensa aérea naval se quedará corta si no puede responder a determinadas amenazas de mayor alcance. Por tanto, una Armada, por buena que sea su gente, no puede suplir indefinidamente con profesionalidad lo que falta por decisión política.
España lleva años confiando en una especie de equilibrio entre tener unas fuerzas armadas respetables, pero no demasiado armadas; buques modernos, pero sin todas las capacidades que podrían portar; presencia internacional, pero con cuidado de no hablar demasiado de poder; compromiso aliado, pero sin asumir siempre el coste completo de ciertas capacidades. Esa fórmula puede funcionar durante un tiempo. Hasta que la realidad nos apea.
La cuestión es casi siempre la misma. ¿España quiere una Armada para estar, o una Armada para influir? Si quiere buques para mostrar bandera, o buques capaces de imponer costes. Si quiere conservar una aviación naval real, o despedirla con discursos agradecidos. Pero, claro, disponer de una capacidad de primer orden implica, entre otras cosas, la posibilidad política de usarla en un determinado momento.

F-35B
No es serio dejar que los problemas se acumulen durante años y presentarlos luego como inevitables. El relevo del Harrier no ha aparecido ayer, del mismo modo que la defensa antimisil no es una novedad. El ataque a tierra desde la mar lleva décadas siendo una capacidad normal en marinas aliadas; y el endurecimiento del entorno sur tampoco debería sorprender a nadie; menos aún a nosotros.
Lo que Garat ha hecho es ordenar en voz alta una lista de renuncias. Y esa lista importuna porque obliga, como decía, a decidir qué tipo de Armada quiere España para las próximas décadas. Una Armada limitada a proteger lo inmediato puede ser suficiente en tiempos tranquilos. Pero los tiempos tranquilos no se decretan. España no necesita una Armada de fantasía ni una política naval de grandilocuencia. Necesita una Armada proporcionada a su geografía, a sus intereses y a sus responsabilidades. Y eso exige hablar de capacidades concretas, no sólo de programas industriales. Exige decidir si se quieren misiles de largo alcance, defensa antimisil y mantener la aviación embarcada. Si se quiere proteger el Estrecho con algo más que confianza en que nunca ocurra nada grave.
La mar no perdona la frivolidad. Las capacidades navales tardan años en adquirirse, integrarse y dominarse. Cuando una crisis aparece, ya es tarde para comprar doctrina, pilotos, interceptores, misiles o cultura marítima. Todo eso se construye antes, en silencio, con presupuesto, continuidad y una idea clara del país que se quiere defender.
Por eso las palabras del almirante Garat son tan importantes. No porque anuncien una catástrofe, sino porque advierten contra una dejadez. España tiene mar por todas partes, pero demasiadas veces piensa como si sólo tuviera costa. Tiene una Armada capaz, pero no siempre la dota de lo que necesita. Tenemos amenazas posibles en su entorno, pero preferimos discutirlas tarde, poco y mal.
Quizá haya llegado el momento de dejar de mirar la mar únicamente como ocio. De entender que el Estrecho no es sólo una línea que trazamos en el mapa con la esperanza de saber responder a su defensa, llegado el caso. Y de asumir que la aviación naval no se mantiene sólo con el debate.
Garat ha dicho lo que muchos prefieren no escuchar. España ha renunciado a capacidades relevantes. Y cuando un país renuncia demasiado tiempo a mirar la mar como espacio de defensa, acaba descubriendo que la mar, tarde o temprano, sí le mira a él.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


Un comentario
Lo que no dice Garat, que tanto los misiles de largo alcance como el relevo de la aviacion embarcada, nos crea una dependencia enorme de terceros que llega a rozar la sumisión. Es cierto que habría que buscar otras vías para ello en los tres sistemas citados.