Trump, Groenlandia y la OTAN: la victoria que ¿no cambia nada?

Cuando la amenaza máxima se convierte en un acuerdo mínimo y todos proclamarán haber ganado

                                                                                                    Foto: cibercuba

Horas después del anuncio en Davos, ya está claro que el “marco de acuerdo” entre Donald Trump y la OTAN sobre Groenlandia tiene muchas más comillas que sustancia. La escena fue la habitual: el presidente estadounidense asegura que ha conseguido todo lo que quería, Europa suspira aliviada al ver desaparecer la amenaza arancelaria como por arte de magia, y los titulares se llenan con la palabra “histórico”, que en este caso parece significar “vagamente formulado y jurídicamente nulo”.

A primera vista, el anuncio fue recibido como una desescalada importante de tensiones: Trump descartó explícitamente el uso de la fuerza para tomar el control de Groenlandia y postergó las sanciones económicas, y Europa celebró la retirada de la amenaza arancelaria. Pero en realidad lo acordado —si es que se puede llamar así— es una declaración de intenciones sin contenido jurídico vinculante y sin concesiones territoriales claras.

¿Acuerdo, rendición danesa o salvavidas diplomático?

Desde el punto de vista de Dinamarca (y Groenlandia), no ha habido cesión de soberanía ni venta de territorio. El propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se encargó de aclarar que la conversación con Trump no incluyó —ni remotamente— la soberanía de Groenlandia, y que no hay indicios (algo tan evidente como la propiedad y soberanía de una tierra no deberían estar sometidas al escrutinio de lo indiciario, como si de una investigación de comprobación sobre el terreno se tratara) de que Dinamarca haya perdido el control de la isla. Quizás porque nunca estuvo en juego, más allá de los discursos grandilocuentes de Washington. Quién sabe…

Por eso, decir que se trata de una “rendición” danesa sería, como mínimo, perezoso, aunque no tanto. Más bien se parece a una declaración de buena voluntad, cuidadosamente redactada para que todo el mundo pueda decir que ganó algo. Dinamarca mantiene intacta su soberanía. Groenlandia no cambia de bandera. La OTAN evita una nueva fisura interna. Y Trump… Trump puede volver a Estados Unidos diciendo que ha doblado el brazo a Europa sin necesidad de enviar un solo barco.

Él logra lo que buscaba: quitar de la agenda inmediata el tema de los aranceles y la amenaza de coerción económica, y así evita un serio deterioro de las relaciones transatlánticas, ya bastante tocadas. Que los europeos celebren el mero hecho de que no se les castigue económicamente por no vender territorio nacional ya es otra historia, digna de una columna más amarga.

Desde la óptica estadounidense, el resultado se presenta como un “compromiso” político que salva la cara después de semanas de fricciones con Europa y críticas internas. Pero en términos prácticos, lo que hay sobre la mesa es un enunciado de principios sobre cooperación ártica, no un tratado ni un acuerdo formal, ni muchísimo menos un cambio en el estatus jurídico de Groenlandia.

Una narrativa para todos: todos ganan, incluso los que pierden

El marco teórico, tal como ha sido descrito, incluiría mayor cooperación en defensa, inversiones en infraestructuras, acceso a recursos minerales estratégicos y la promesa de excluir a Rusia y China de futuras aventuras empresariales en el Ártico. Todo sin alterar ni un ápice la ya delicada soberanía danesa insular, ni modificar los acuerdos vigentes de defensa firmados en 1951. En otras palabras: Estados Unidos logra “más de lo mismo”, pero reempaquetado con lazo dorado y declaración en horario de máxima audiencia.

La OTAN, por su parte, también respira tranquila. Evita una nueva ruptura con Washington, fortalece su narrativa de unidad frente a amenazas externas y, de paso, mantiene Groenlandia dentro del paraguas defensivo sin tener que justificar una venta colonial en pleno 2026. No está mal para una organización que en los últimos años ha tenido que absorber más tensiones internas que balas en ejercicios conjuntos.

En cuanto a Groenlandia, los representantes groenlandeses ya han dejado claro que cualquier discusión sobre su futuro pasa por ellos. Se han mostrado firmes, y la opinión pública local no da señales de aceptar ninguna forma de tutela exterior que no sea la que ya establece el régimen de autonomía dentro del Reino de Dinamarca. No parece que estén dispuestos a dejarse comprar, ni siquiera con cheques de 6 ceros y promesas de prosperidad made in DC.

Final abierto con decorado de firmeza

Lo anunciado en Davos no cierra la crisis, ni mucho menos, pero sí la pausa. Las amenazas arancelarias desaparecen de momento, las tensiones con Europa se desinflan un poco y la Casa Blanca puede regresar al discurso de “liderazgo responsable” sin demasiada vergüenza. Mientras tanto, los asesores de Trump probablemente ya trabajen en cómo convertir una no-compra en una victoria de Estado, algo en lo que tienen amplia experiencia.

Lo que queda es una declaración política con mucho ruido y pocas nueces. Pero quizá eso era lo único viable en este punto. Las demandas iniciales de Washington —imposibles desde el minuto uno— no eran sostenibles ni dentro de la OTAN ni en el marco del derecho internacional. Y si alguien esperaba ver banderas estadounidenses ondeando sobre Nuuk, tendrá que esperar sentado. O cambiar de canal.

Porque al final, todos ganan. O al menos eso dirán. Incluso los que sólo han conseguido que todo siga más o menos como estaba. Eso también es una forma de victoria. Especialmente si lo anuncias tú antes que los demás.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

 

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