Reino Unido reabre su propia cuestión nuclear

No basta con tener el botón si el resto de la cadena depende de Washington

HMS Victorious

UK Defence Journal nos ha puesto sobre la pista al recoger la propuesta lanzada por Ed Davey este 15 de marzo: que el Reino Unido empiece a trabajar ya en una disuasión nuclear británica plenamente independiente. No parece la típica ocurrencia electoral o un simple golpe de efecto de partido. Y llega, además, en un momento en el que el debate sobre capacidades nucleares soberanas en Europa se ha ensanchado como no veíamos desde hace décadas. Y en DYS lo venimos siguiendo con detalle desde hace meses, precisamente porque la vieja comodidad estratégica europea ha dejado de ser eso: comodidad, para convertirse en algo cerca de convertirse en perentorio.

Lo primero que conviene hacer, antes de que el revuelo político tape lo importante, es separar la consigna del dato. Davey sostiene que la actual disuasión británica no es lo bastante independiente porque los misiles Trident y parte de su sostenimiento siguen ligados a Estados Unidos. El reproche no es inventado. La documentación parlamentaria británica y los propios textos oficiales del Gobierno llevan tiempo describiendo una realidad incómoda, aunque conocida, que el Reino Unido mantiene la independencia operativa de su fuerza nuclear -la decisión de empleo corresponde exclusivamente al primer ministro británico y a una cadena nacional de mando y control-, pero la independencia de adquisición, sostenimiento y parte de la arquitectura técnica dista mucho de ser completa.

Dicho de otra manera: Londres puede decidir por sí solo el uso, pero no ha construido por sí solo todo lo que hace posible esa capacidad. El propio Parlamento británico recuerda que los Trident II D5 proceden de Estados Unidos y que los submarinos británicos acuden regularmente a Kings Bay, en Georgia, para el mantenimiento y reemplazo de esos misiles. Es una dependencia histórica, asumida durante décadas por ser más barata, más cómoda y políticamente aceptable dentro de la “relación especial” que mantienen Washington y Londres. Lo que cambia ahora no es tanto el detalle técnico, sino la lectura política de ese detalle. Lo que ayer parecía una interdependencia racional, hoy empieza a verse como una vulnerabilidad de primer orden.

La ojiva británica sí es soberana. El Gobierno británico lo explica con claridad al señalar que las ojivas Mk4A son de diseño soberano y mantenidas por AWE en Aldermaston, mientras que el programa de reemplazo de la ojiva, Astraea, sigue adelante como componente nacional del esfuerzo de modernización. También es oficial que el sistema misilístico Trident y varios de sus elementos de apoyo son estadounidenses, aunque operados de forma independiente por la Royal Navy. Por tanto, la discusión abierta por Davey no cuestiona tanto la soberanía de la decisión nuclear, ni siquiera la de la ojiva, como la de la cadena de entrega, mantenimiento y reposición. Y ése es un debate serio y que muy difícilmente quede orillado en los tiempos que estamos viviendo.

Por eso la noticia interesa, y mucho, más allá de Westminster. Porque no suma una excentricidad británica al debate europeo, sino una pieza nueva y muy reveladora. Mientras Francia trata de insertar su fuerza de disuasión en una conversación continental sin ceder el control último de la misma, lo que no deja de ser un experimento en el que hilvanar muy fino nunca será suficiente, Reino Unido empieza a escuchar voces que piden justo otra cosa: renacionalizar más a fondo su propia disuasión para que no dependa materialmente del humor político del aliado norteamericano de turno. Son 2 respuestas distintas a un mismo problema: la duda creciente sobre la fiabilidad automática del paraguas estadounidense.

Francia y Alemania han abierto un diálogo más intenso sobre el papel de la disuasión francesa en la seguridad europea, como decimos. Ese movimiento confirma que la cuestión atómica europea ha abandonado el cuarto oscuro de los seminarios y ha entrado de lleno en la agenda política. Ya no hablamos sólo de doctrina, sino de mecanismos, ejercicios, señalización y arquitectura de seguridad.

En ese contexto, lo de Davey tiene más sustancia de la que algunos querrán concederle en atención a su verdadera trascendencia parlamentaria. No pide abandonar la disuasión nuclear; pide hacerla realmente británica. A corto plazo, reclama capacidad nacional para sostener en suelo británico los actuales Trident. A largo plazo, plantea desarrollar un sustituto nacional cuando el sistema actual llegue al final de su vida útil en la década de 2040. Ahí está la clave. Una potencia nuclear no mide su soberanía sólo por la posesión del arma, sino por su capacidad de diseñarla, certificarla, integrarla, mantenerla y reemplazarla sin permiso ajeno.

Ahora bien, que el debate sea legítimo no significa que la solución sea sencilla. Construir un vector estratégico plenamente británico no es apretar un interruptor industrial ni desempolvar la nostalgia de 1952. Exige décadas, miles de millones, tejido industrial, ensayos, certificación, infraestructura, protección física, integración submarina y una disciplina presupuestaria que casi ninguna democracia europea sostiene con alegría cuando toca recortar en otras partidas. Francia demuestra que se puede, sí; también demuestra lo que cuesta. Y el Reino Unido, por mucho músculo tecnológico que conserve, parte de una base en la que la cooperación con Estados Unidos ha sido durante décadas un atajo deliberado, no un accidente.

El Reino Unido ha optado recientemente por ampliar su postura nuclear en el marco aliado con una capacidad aérea vinculada a la misión nuclear de la OTAN, pero lo hace mediante un esquema ligado a armamento nuclear estadounidense, no mediante una capacidad soberana propia. En otras palabras: Londres se refuerza, sí, pero no se emancipa. Ese detalle hace todavía más relevante la pregunta de Davey, aunque la formule desde la oposición y aunque su propuesta esté todavía muy lejos de convertirse en programa de Estado.

En DYS llevamos tiempo sosteniendo que Europa ha entrado en una fase nueva: ya no discute sólo cuánto gasta en defensa, sino de qué dependencias quiere salir y cuáles ya no puede permitirse. Por eso hemos venido abordando el giro francés, la fragmentación de la disuasión continental y la apertura de debates antes impensables. La intervención de Ed Davey se inserta exactamente en esa corriente, ya que no inaugura el debate, pero sí lo refuerza desde uno de los 2 únicos Estados europeos con arsenal nuclear propio. Y cuando el debate lo empuja Londres, la conversación deja de ser teórica.

La cuestión, por tanto, no es si el Reino Unido tiene disuasión nuclear. La tiene. Tampoco si la decisión de empleo es británica. Lo es. La cuestión es otra, que hasta qué punto esa disuasión seguirá siendo creíble como instrumento de soberanía plena si su cadena crítica continúa atada, técnica y logísticamente, a Estados Unidos. Ahí es donde Davey acierta al menos en el diagnóstico. Y ahí es donde Europa, entera, haría bien en tomar nota. Porque la autonomía nuclear no empieza el día en que se pronuncia un discurso; empieza el día en que uno decide quién fabrica, quién mantiene y de quién depende de verdad cuando todo se tuerce.

 

Redacción

defensayseguridad.es

 

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