SILAEM: ¿soberanía tecnológica o «poner la pegatina»?

La elección del LMM británico para el nuevo sistema de defensa de la Armada abre un debate sobre sus requisitos operativos, la logística naval y el alcance real de la autonomía industrial española

Roberto Escámez

El anuncio del acuerdo definitivo entre Indra y Thales España para integrar el misil LMM (Lightweight Multirole Missile) en el futuro Sistema Lanzador Embarcado (SILAEM) de la Armada ha despejado, por fin, la gran incógnita que sobrevolaba el programa desde hace meses. Sin embargo, la resolución de su componente más crítico —el efector que debe destruir las amenazas— no hace más que confirmar el peor de los diagnósticos sobre nuestra política industrial: España sigue prefiriendo la comodidad del catálogo extranjero a la audacia y la visión estratégica necesarias para construir una soberanía misilística real.

El Ministerio de Defensa adjudicó a Indra un contrato de 51 millones de euros para el diseño, la fabricación, la calificación y la integración del SILAEM. Su objetivo es cubrir una de las asignaturas pendientes más graves de la Flota: dotar a unidades tan valiosas como las fragatas de la clase Santa María (F-80), los Buques de Acción Marítima (BAM) y las unidades anfibias de una última capa de protección automatizada (VSHORAD) frente a amenazas asimétricas, enjambres de drones, helicópteros y lanchas rápidas de ataque. Pero, al analizar la letra pequeña del acuerdo, el programa destila el aroma de un modelo industrial perezoso y complaciente, el del gran integrador nacional que diseña el cerebro, pero compra el músculo fuera.

Imagen promocional del sistema SAETA de SMS. El SILAEM de Indra podría guardar cierta similitud con él, aunque aún no se ha mostrado ninguna imagen de este último. Imagen: SMS

 

De la promesa del fire-and-forget a la servidumbre del haz láser

Como bien recordaba recientemente Jorge Estévez-Bujez en su minucioso análisis en estas páginas, los documentos iniciales asociados al programa SILAEM hacían referencia explícita a la necesidad de contar con misiles con capacidad fire-and-forget («dispara y olvida»). Esta característica es vital en escenarios de combate modernos, donde la saturación por drones exige que el sistema de armas pueda atacar un blanco, destruirlo de forma autónoma y pasar inmediatamente al siguiente.

Sin embargo, la elección del LMM británico —denominado Martlet en la Royal Navy— rompe de raíz con este requisito. El LMM es un misil excelente, con una masa de 13 kg y una velocidad superior a Mach 1,5, pero su principio de guiado es el laser beam riding (guiado por haz láser). Esto significa que el misil carece de un buscador autónomo: es la dirección de tiro del buque la que debe mantener el haz láser apuntando con precisión al blanco durante todo el trayecto, hasta el impacto.

Aunque Thales destaca que este sistema es altamente inmune a las contramedidas electrónicas, el precio que se paga en términos operativos es altísimo, porque el canal de fuego queda comprometido durante los segundos que dura el vuelo del misil. En un escenario de ataque simultáneo de múltiples drones o lanchas rápidas (FIAC), la falta de un verdadero sistema fire-and-forget limita peligrosamente la velocidad de respuesta del SILAEM. ¿Por qué se ha aceptado esta rebaja de los requisitos operativos? La respuesta no está en el mar, sino en los despachos industriales.

Una agresión a la lógica logística: el desprecio al Mistral 3

 

El SIMBAD-RC es la solución transitoria hasta la llegada del SILAEM, pero el Mistral 3 es el misil estándar de corto alcance de nuestras Fuerzas Armadas. Imagen: MBDA

 

Para cualquier analista que entienda de costes de ciclo de vida y cadenas de suministro, la elección del LMM introduce una incomprensible esquizofrenia logística en la Armada. Las Fuerzas Armadas españolas llevan años realizando inversiones millonarias para estandarizar el misil Mistral 3 de MBDA como su vector de corto alcance de referencia. De hecho, la propia Armada adquirió recientemente sistemas navales SIMBAD-RC dotados con Mistral 3 para proporcionar una defensa antiaérea de emergencia a las F-80 y al portaaeronaves Juan Carlos I.

Lo lógico, lo eficiente y lo económicamente sostenible habría sido aprovechar esas existencias, ese conocimiento táctico y esa infraestructura logística para integrarlos en la nueva torre automatizada del SILAEM. Al optar por el LMM de Thales, la Armada introduce un efector completamente nuevo en su logística naval y se ve obligada a duplicar repuestos, cursos de formación y necesidades de almacenamiento para dos vectores destinados a cumplir misiones casi idénticas.

Esta desconexión responde directamente al choque de intereses entre Indra y MBDA. El gigante europeo de los misiles rara vez acepta ser un mero proveedor de proyectiles; prefiere vender la solución completa. Para Indra, que lidera el SILAEM y necesita justificar el desarrollo de su propio radar de banda X y su software de mando y control, ceder el control de la interfaz a MBDA era una línea roja. En su lugar, ha preferido asociarse con Thales España, un socio que acepta vender la «flecha» para que Indra construya el «arco» y retenga toda la propiedad intelectual de la solución de integración.

El «Súper-Zorro»: el misil nacional que España no se atrevió a fabricar

 

El FOX de AERTEC podría servir de base para un nuevo misil de mayores capacidades, comparable al LMM de Thales. Imagen: AERTEC

 

Lo verdaderamente trágico de este modelo de integración es que ignora y asfixia el talento y los desarrollos nacionales que sí existen. Hace un tiempo, desde estas mismas páginas, ya insinuamos la viabilidad de un camino alternativo y propusimos un misil derivado de la tecnología del FOX de AERTEC, mucho más capaz, al que denominamos «Súper-Zorro» o «Super FOX».

El Fox I (μASM A-Fox) de la firma malagueña AERTEC es el primer micromisil desarrollado íntegramente en España, con su aerodinámica y su sistema de guiado láser semiactivo (SAL) validados con éxito en campos de tiro nacionales. Escalar ese diseño —que ya ha sido financiado con dinero público— hacia un misil intermedio de entre 10 y 15 kg era un reto perfectamente asumible si se hubieran coordinado de forma efectiva las capacidades de nuestro ecosistema industrial.

Una alianza estratégica entre AERTEC —que aportaría el guiado y la electrónica—, Instalaza —con su contrastada experiencia en motores cohete de combustible sólido y cabezas de guerra—, Escribano —especializada en estabilización y mecánica de precisión— e incluso Sener —especialista en sistemas de actuación de misiles y comunicaciones seguras— habría permitido desarrollar un efector 100 % nacional y plenamente ITAR-free. El presupuesto de 51 millones de euros del SILAEM, sumado a los fondos europeos de defensa (EDF), habría sido más que suficiente para madurar este proyecto. Habríamos obtenido un misil de soberanía real y un producto con un colosal potencial de exportación para patrulleros y fragatas de todo el mundo.

Sin embargo, el ecosistema industrial se reconfiguró en 2025 bajo una lógica de competencia en lugar de cooperación, lo que dinamitó esta posibilidad. Tras completarse la venta de la división de drones de AERTEC (DAS) a Indra por 25,4 millones de euros, las patentes de armamento guiado quedaron en la matriz malagueña, que ahora califica abiertamente al gigante tecnológico de «competidor» en sus planes estratégicos de negocio. Sin el respaldo de una gran empresa tractora para el desarrollo del vector y ante la aversión al riesgo del Ministerio de Defensa, que exige niveles de madurez tecnológica (TRL) ya probados en combate para evitar retrasos, la opción nacional fue descartada en favor del catálogo extranjero.

Aprendiz de todo, maestro de nada

El modelo económico del «integrador global» por el que suspiran los grandes contratistas patrios nos aboca a una soberanía de cartón piedra. Financieramente, resulta muy cómodo evitar el complejo negocio de la síntesis de propelentes, los explosivos y la metalurgia de los misiles. Es mucho más lucrativo diseñar el software de las pantallas, fabricar las consolas, meter el misil extranjero en un contenedor propio y vender el conjunto al contribuyente a «precio de desarrollo nacional».

Pero este esquema es una trampa. Si mañana el país de origen del LMM —Reino Unido, donde Thales UK lo fabrica en Belfast— decide restringir el suministro de piezas, no autoriza una actualización crítica del software de interfaz o veta una exportación del SILAEM a un tercer país porque compite con sus propios intereses comerciales, el flamante sistema de la Armada se convertirá en un costoso pisapapeles estratégico. El verdadero poder en la guerra moderna no lo tiene quien dibuja los datos en la pantalla, sino quien fabrica el efector que destruye el blanco.

Países de nuestro entorno geopolítico como Turquía, con Roketsan, o Corea del Sur asumieron en su día el doloroso peaje de financiar sus primeros misiles propios, cometer errores y aprender de ellos hasta lograr una independencia estratégica real. España, entretanto, se conforma con el mercado de las pegatinas corporativas. Si seguimos gastando los presupuestos históricos de Defensa en vestir con trajes nacionales las patentes ajenas, tendremos sistemas que funcionen a corto plazo, pero habremos renunciado a desarrollar la tecnología que llevan dentro.

ROBERTO ESCÁMEZ DYS

Roberto Escámez

DYS

3 respuestas

  1. Ayer mismo, en la noticia original sobre la eleccion del nuevo misil para SILAEM, los foreros dijimos exactamente lo mismo. Parece que está todo el mundo de acuerdo en lo decepcionante de la falta de ambición y de la incapacidad institucional para promover la integración y colaboración del ecosistema nacional de empresas para el desarrollo de una capacidad verdsderamente nacional de diseño y producción de misiles.

    No solo respecto a los misiles, sino respecto a todo lo demás se da la impresión de que la soberanía nacional y la independencia estratégica están consistiendo en la compra de patentes extranjeras para poner pegatinas a productos foráneos. El actual ministerio está dejando escapar la gran oportunidad española de ganar verdadera independencia industrial y tecnológica.

  2. Vaya, Roberto. Hemos chocado en otros artículos, pero en este coincidimos.

    Pero yo doy un paso más:
    Si la licitación era para un sistema «fire and forget» y la solución desarrollada no lo es, entonces de trata de un fraude. Si contrato un 8×8, pero me entregan un 4×4 por el mismo dinero, está claro que alguien se ha quedado con el dinero de esos cuatro ejes adicionales. Alguien debería denunciar el fraude.

    Excepto si este misil es sólo una pieza del sistema, que incluirá también, por ejemplo, Mistral3, en el mismo lanzador o lanzadores suplementarios. En este caso, con respecto a la denuncia de fraude, habría que callar.

    Si al final se pare un lanzador múltiple, de tipo MPLS/Rampart francés, me callo. En el caso francés combinan cohetes guiados con misiles Mistral (y otros efectores). Si este supuesto lanzador múltiple de Indra incluyese también drones intecerptores de largo alcance, habría que cerrar la boca.

    Que hayan elegido el LMM, no significa que la solución se limite a este efector… aunque puede que así lo sea, lamentablemente.

    En cuanto al LMM con respecto al Fox (o un cohete guiado de 70 mm), habría que analizar cuánta ventaja real supone contra drones de superficie que el misil cabalgué sobre el haz láser, en vez de dirigirse contra el reflejo en el blanco designado, que se podría confundir con reflejos en la lámina de agua. Porque esa -y solo esa- es la ventaja del LMM frente al Fox o un cohete guiado.

    La otra ventaja que tiene el LMM frente al Fox actual (aunque no frente a un cohete guiado) es su espoleta de proximidad, que hace que no sea necesario el impacto directo. Pero eso es algo que entra dentro de las posibilidades de mejora del Fox. Con ese dineral de 51 M por el desarrollo del sistema, con dos prototipos incluidos, bien se podría financiar esa mejora de Aertec.

    Así que, la cuestión es si tecnológicamente se justifica la elección del LLM por su «beam riding», en el caso de lidiar con drones de superficie.

    Volviendo al «fire and forget», si el sistema finalmente no lo incluye, la capacidad de defensa ante drones aéreos se limita a 5 drones por lanzador. Sólo 5 drones. El sexto impactaría contra el buque, si no lo remedian otros sistemas. (Bases del cálculo: alcance del LMM y su distancia mínima, y drones a reacción volando en su fase final a 600 km/h). Es decir, sin «fire and forget», el sistema no está capacitado para proteger al buque frente a enjambres de drones.

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