Más planes de la UE para desfragmentar el mercado. La Unión promete simplificar el mercado militar mientras arrastra décadas de burocracia

Jorge Estévez-Bujez
I. Bruselas contra su propia criatura
La Comisión prepara otro plan. Otro más. Uno destinado a reducir la fragmentación del mercado interior militar de la UE, armonizar recursos y programas, aminorar la carga burocrática, impulsar proyectos conjuntos, reducir barreras administrativas y, de paso, convencernos de que esta vez sí, de que ahora sí, de que en esta ocasión el elefante comunitario bailará claqué sin pisarse la trompa. Tomemos aire.

Porque estos intentos de la UE vienen ya muy de lejos, y seguimos, en la práctica, igual. Ha habido avances, pero insuficientes para lo que se pretende. La Agencia Europea de Defensa lleva desde 2004 tratando de empujar la cooperación militar europea; la Directiva 2009/81/CE quiso ordenar la contratación pública de defensa; la Directiva 2009/43/CE prometió facilitar las transferencias de productos militares dentro de la Unión; luego llegaron el Fondo Europeo de Defensa, EDIRPA, ASAP, EDIP, SAFE, Readiness 2030 y el rosario habitual de siglas que en Bruselas substituyen con frecuencia a la pólvora. Es normal hasta cierto punto, porque hablamos de órganos creados para crear marcos jurídicos y llevarlos a efecto. La Comisión presume ahora de querer elevar las compras colaborativas, impulsar la producción y utilizar el instrumento SAFE, dotado con hasta 150.000 millones de euros, para compras conjuntas y capacidades prioritarias. Sobre el papel, no suena mal. Sobre el papel tampoco ardía el FCAS por los 3 costados, ni se eternizaban los programas, ni se multiplicaban versiones nacionales de casi todo.
El problema es que la primera razón, reducir la carga burocrática, el alambre de espino administrativo que la UE ha creado, es contrario a su esencia, porque su razón de ser, al menos una de ellas, es precisamente la producción normativa, la densidad legislativa en grado superlativo, porque de ninguna otra manera podría justificarse si no la existencia del colosal aparato administrativo que es la UE. Bruselas pretende ahora adelgazar el monstruo que lleva décadas alimentando con reglamentos, anexos, comités, subcomités, agencias, excepciones, procedimientos, criterios de elegibilidad, mecanismos de certificación, cláusulas de origen, controles de transferencia, auditorías, taxonomías y demás literatura de trinchera administrativa.
Y si alguien quiere llamar a esto antieuropeísmo, adelante. Si ello significa que pueda tildárseme, en efecto, de anti-europeísta, es algo que me preocupa tanto como el ganador de la Copa de la Liga en Birmania. La reductio ad absurdum del término europeísta para que sólo una forma de serlo quepa en él no ha hecho más que vaciar de contenido y adscritos a una Unión que hace mucho traicionó sus pilares fundamentales, a saber: libertad de circulación de mercancías mediante la eliminación de aranceles y restricciones comerciales. Libertad de circulación de personas, como el derecho de los ciudadanos de los estados miembros a trabajar y residir en otros países de la CEE. Libertad para ofrecer servicios a través de las fronteras. Libre movimiento de capitales —inversiones y dinero—. Ahora díganme cuáles de ellas se mantienen en pie, y cuáles apenas se sostienen desde su coherencia fundacional hasta el despropósito actual de su mutación. Pero ese es otro asunto, acaso más propio de otros medios. La propia UE sigue definiendo el mercado único por esas 4 libertades: bienes, servicios, capitales y personas. Precisamente por eso chirría tanto que, en defensa, el continente siga comportándose como una suma de feudos industriales con himno propio, fábrica protegida y requisito técnico irrepetible. Pero, insisto, es de todo punto natural que sea así.
Nacho Alarcón, en su línea, tiene un par de ideas aprovechables sobre el asunto en su columna de ayer, en El Confidencial. El expatriado belga del medio madrileño resumía con acierto que la industria europea de defensa tiene 2 problemas: coste y escala. Como diagnóstico, vale. Pero no es suficiente para la entidad de lo que realmente hay que valorar. Coste y escala son síntomas. Cierto. Pero el principal es otro: el político. El problema de la UE es político, porque no puede ser de otra manera cuando se habla de un par de docenas largas de Gobiernos legítimos y otros tantos países asociados. Cada capital quiere soberanía, retornos industriales, empleo local, control de exportaciones, doctrina, calendario propio… Luego se convoca una rueda de prensa y se llama a eso “Europa de la defensa”.

Puma alemán
II. Ucrania no es la Biblia de todas las guerras
El resultado es conocido: series cortas, programas lentos, poca normalización real y precios que harían sonrojar a un anticuario veneciano. El Parlamento Europeo ha vuelto a insistir en la necesidad de construir un mercado único de defensa, simplificar reglas y reducir burocracia. La Comisión, por su parte, ha incluido en Readiness 2030 la necesidad de reforzar capacidad industrial, cerrar carencias y alcanzar mayores niveles de contratación conjunta. Muy bien. Pero llevamos demasiados años escuchando lo mismo para fingir sorpresa ante la partitura. Si no termina siendo otra impostura, no será porque no llevan años intentándolo.
La novedad retórica está ahora en otra parte. La idea de pasar de material caro y sofisticado a material barato y efectivo. Es decir, menos catedral y más ermita; menos unicornio tecnológico y más enjambre; menos lujo y más producción de guerra. La guerra de Ucrania ha enseñado que un dron barato puede obligar a cambiar tácticas y que una guerra larga no la sostienen los prototipos, sino las fábricas. Pero cuidado con convertir una lección cierta en un dogma idiota.
Con respecto a la perspectiva de acelerar producción de armas, sistemas y municiones, y sobre el debate de tratar de imponer lo barato, por abundante, sobre lo caro, por escaso, no debe en modo alguno reducirse a una pretensión generalista de que todo sea así. Porque no lo es, y estaríamos mintiendo. La guerra de Ucrania no es, no debe ser, el espejo de todas las guerras futuras, ni la enciclopedia exclusiva en que fundamentar todo nuestro conocimiento para ahormar nuestra estructura industrial y nuestro planteamiento de las fuerzas armadas del presente. No todas las guerras serán como la de Ucrania, y los novedosos conceptos salidos de ella, con serlo, y ser merecedores de incorporarlos a nuestras capacidades, no serán los últimos en llegar, y caerán en las obsolescencia, como tantos otros antes que ellos.
Por eso quiero traer la frase, atribuida estos días al ministro británico de Defensa, John Healey, de que si algo no ha funcionado en Ucrania, no lo quiere. Como lema para sacudir ministerios adormecidos puede tener gracia. Como principio rector casi único de adquisiciones militares es una barbaridad. El Reino Unido, cierto es, ha hecho de Ucrania uno de los ejes de su política de defensa reciente y ha anunciado paquetes de apoyo con drones, radares, minas anticarro, mantenimiento y reparación de material, además de insistir en que la guerra debe informar sus decisiones industriales. Pero, pese a la oportunidad política de sostener a Ucrania, la afirmación de tal cosa, el no lo quiero si no lo han probado antes en Kiev, no deja de ser una aseveración peligrosa, tanto, que alguien cercano, alguien que le asesore con franqueza, debiera advertirle de la insensatez de la proclama. A no ser, claro está, que el previsible escenario de conflicto en el Indo-Pacífico guarde una relación especial con Bajmut o con la refinería de Lisichansk.

Porque una cosa es aprender de Ucrania y otra convertir Ucrania en catecismo. Ucrania enseña mucho sobre drones, artillería, dispersión, guerra electrónica, defensa aérea de corto alcance, logística de munición, adaptación táctica y resistencia nacional. Y tardaremos años en agradecer lo suficiente no sólo su resistencia, sino la forma en que nos ha ilustrado al resto. Pero no enseña todo sobre guerra submarina, el combate aeronaval de largo alcance, las operaciones expedicionarias, la superioridad aérea contra un adversario par, la defensa de rutas marítimas, la guerra en archipiélagos, un mando espacial o una campaña sostenida en un océano. Todo es blanco es tan peligroso como todo es negro. Lo barato es necesario, pero lo caro no es accesorio.
III. Lo barato llena huecos; lo caro cambia mapas
Otro ejemplo es el de Irán y sus drones Shahed, que se ha convertido en comodín de tertulia. Se afirma que Irán ha puesto en serios apuros a Estados Unidos e Israel con su modestia armada de drones Shahed. Y ello es en alguna medida cierto, pero, en confianza: ¿quién ha llegado a las fronteras iraníes con sus portaaviones y destructores, sus submarinos y sus AWACS? ¿Ha sido Irán el que, con su humildes levas de drones ha llamado a la puerta de la costa atlántica norteamericana? ¿O han sido los Estados Unidos e Israel los que, con su carísimo y casi inalcanzable arsenal nuclear y no nuclear, han desplazado la guerra a las puertas de su objetivo y traspasado las defensas aéreas de Teherán casi a placer?
Ahí está la cuestión (o una de ellas). El dron barato satura, desgasta, distrae, golpea y obliga a gastar interceptores caros. Pero el portaaviones desplaza poder. El submarino nuclear altera cálculos. El AWACS ordena el cielo. El misil de largo alcance abre distancias. El satélite ve. El bombardero persuade. La defensa antimisil protege centros políticos y militares. La fragata escolta tráfico, impone presencia y da continuidad. Lo barato llena huecos; lo caro cambia mapas, trayectorias y estrategias.
Lo caro, con ser menos, aporta un plus de calidad, de alcance, de persuasión, de poder, que pocas veces logrará alcanzar lo barato. Necesitamos masa, sí. Y la verdad es que siempre la necesitamos, antes y ahora, pero no a costa de sacrificar lo caro, lo que aporta el elemento diferenciador de calidad. Esa debe ser la premisa. No una Europa de drones de bazar ni una Europa de joyería militar incapaz de reponer un mes de consumo. Las dos caricaturas son peligrosas. Una porque confunde abundancia con poder. La otra porque confunde excelencia con disponibilidad.
La UE quiere ahora reducir fragmentación, acelerar compras, armonizar normas y producir más. Bienvenida sea la intención, aunque llegue vestida con 40 años de retraso y 10 kilos de expediente. Pero mejor no olvidar que la fragmentación europea no es sólo industrial ni administrativa. Lo decía antes, es política. Mientras no exista una verdadera voluntad de renunciar a parcelas nacionales en favor de compras comunes, estándares comunes y cadenas de suministro compartidas, seguiremos viendo grandes comunicados y pequeñas series. Seguiremos con programas “europeos” que son, en realidad, tratados de paz entre ministerios, industrias y electorados. Ésto no va de quién está a favor o en contra del avance hacia la integración, va de que, si queremos fabricar de manera integrada, debemos pensar de manera integrada. ¿Es posible? Difícilmente. ¿Por qué? No olviden: más de 2 docenas de países. Prueben a difuminar fronteras y unificar ejecutivos en Bruselas y verán dónde acaba todo.

Programas europeos con distinta perspectiva: Pandur y Dragón
Bruselas quiere cortar el alambre de espino administrativo que ella misma ha tendido. Quiere simplificar sin dejar de regular, acelerar sin dejar de supervisar, integrar sin molestar demasiado a las capitales, financiar sin ofender a los socios externos, europeizar sin tocar el nervio soberano de la defensa. Quiere masa, pero también control. Quiere mercado, pero también excepción. Quiere urgencia, pero también procedimiento.
Puede salir algo útil de todo esto. De hecho, debe salir. Europa necesita munición, drones, defensa aérea, guerra electrónica, sensores, misiles, repuestos, mantenimiento, fábricas y contratos plurianuales. Necesita gastar mejor, comprar antes y fabricar más. Pero también necesita portaaviones donde correspondan, submarinos donde sean imprescindibles, satélites, aviones, defensa antimisil, sistemas de mando, superioridad tecnológica y disuasión creíble.
Porque cuando llegue la próxima guerra —si llega— no preguntará a Bruselas si el expediente estaba cerrado. Tampoco se parecerá exactamente a Ucrania. Y entonces descubriremos, quizá demasiado tarde, que entre lo barato que abunda y lo caro que decide no había una contradicción, sino una obligación: tener ambos.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


Un comentario
Interesante reflexión, con la que comparto muchas de las dudas que expone.
En cierta medida todo el mundo lo tiene claro, respecto al diagnóstico, pero y respecto al tratamiento más adecuado? (dando por hecho que todos los tratamientos tienen efectos secundarios indeseados).
Cuál es la solución que sugiere el autor?: el Eurofighter, la eurocorbeta, el Patria 6×6?
Teniendo en cuenta que aumentar la inversión en defensa implica detraer recursos económicos de otras áreas, es lógico que los más de dos docenas de gobiernos pretendan envolver dicha inversión con un nuevo impulso industrial que de aporte empleo de calidad, y todo ello rematándolo con un lazo en nombre de la soberanía nacional.
Está claro que para los sistemas ya en producción es difícil aplicar medidas, salvo las bilaterales, país a país, que se negocien; pero no lo debería ser para los nuevos sistemas que se desarrollen, siempre y cuando se financien claramente con fondos europeos y se contemple desde un principio esa bonificación en el precio para todos los que se unan y una producción colaborativa.