El artículo publicado en El Confidencial retrata con precisión el problema de fondo: que la Armada ha sabido conservar durante décadas una capacidad aeronaval extraordinaria, pero hoy se ve obligada a sostenerla con ingenio, canibalización y prórrogas mientras sigue pendiente una decisión política que no puede retrasarse indefinidamente

Jorge Estévez-Bujez
El artículo de Juanjo Fernández en El Confidencial sobre los Harrier de la Armada merece una lectura atenta, por más que, a poco que se conozca al analista que Juanjo lleva dentro, ya se intuye el final, la moraleja, la advertencia… o lo que se quiera interpretar de sus palabras. Y, sobre todo, merece algo que no siempre abunda en el debate público sobre defensa. Hablo de reconocimiento. Porque el texto acierta en lo esencial, en el tono y en el diagnóstico, por más que su exégesis de la situación aeronaval de la Armada nos lleve a deducir que hablamos de un final que apunta a un solo avión, un solo caza; tan amado como despreciado. Diría que casi a partes iguales, que es como mejor se retrata a dos bancadas irreconciliables.

Juanjo explica con claridad que el problema no es únicamente técnico, ni se reduce a la edad de unos aviones que han prestado un servicio magnífico. El problema es mucho más profundo. España está apurando la vida de una capacidad aeronaval que costó décadas construir y que, si se pierde, no podrá recuperarse de la noche a la mañana.
La historia del Harrier en la Armada es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de cómo una institución militar con recursos limitados, pero imaginación, tesón e ingenio, puede obtener resultados notables cuando existen ideas claras, continuidad y respaldo político. Desde el viejo segundo Dédalo hasta el Juan Carlos I, pasando por el Príncipe de Asturias, la Armada supo entender antes que muchos el valor de la aviación embarcada de despegue corto y toma vertical. No fue una ocurrencia. Fue una decisión meditada, sostenida y ejecutada con una mezcla muy española de ambición, oficio y sentido práctico.
Porque, es cierto, hubo un tiempo en el que se sabía hacia dónde se quería ir, en el que las cortapisas tecnológicas, industriales e incluso políticas (eran otros tiempos, otro régimen, recordémoslo); los peajes soberanos y los retornos, con ser importantes, se supeditaban al interés de la Institución (en este caso, la Armada). Y ella, la Armada apostó por el Harrier cuando hacerlo no era obvio, no tenía que ser evidente, y aprendió a operar con él, construyó doctrina, formó pilotos, adaptó buques y convirtió una plataforma limitada en una capacidad real. Éso no se improvisa. Éso es cultura naval.
El problema es que ahora estamos en otra fase. La Novena Escuadrilla sigue volando, pero lo hace en un morticero escenario de final de ciclo. La retirada del Harrier por parte del Cuerpo de Marines de Estados Unidos no es un dato accesorio, sino el aviso definitivo de que la cadena logística se agota. La compra de aviones, turbinas y repuestos procedentes de los Marines tiene todo el sentido desde el punto de vista práctico. Es una solución inteligente para ganar tiempo. Pero mejor no nos engañemos: vamos a ganar tiempo, pero no a resolver el problema inmediato.

La Armada no necesita más discursos sobre la importancia de la capacidad aeronaval. Necesita, como afirma Juanjo, una decisión. Y esa decisión tiene nombre, coste, calendario y consecuencias. Sin relevo, el final de los Harrier no será solo la baja de una aeronave veterana; será la pérdida de una capacidad que España ha mantenido durante medio siglo y que le ha dado un perfil singular dentro de las marinas europeas. Estar dispuesto a perder esa capacidad, apostar por ello sin ofrecer nada a cambio, sin más opción, pese a que el caza no sea del gusto de alguien (o de muchos), es condenar a la Armada a ser menos, a poder hacer menos, a bajar enteros.
En efecto, se ha hecho lo razonable para estirar la vida del sistema, pero como seguimos sin despejar la cuestión central, la canibalización de aparatos en buen estado, el aprovechamiento de turbinas y repuestos, y la clasificación pieza a pieza de todo lo recuperable son medidas sensatas. Son, incluso, una muestra de profesionalidad. Pero son medidas de resistencia, no de futuro.
Lo más preocupante no es que el Harrier sea viejo. Lo más preocupante es que la Armada pueda quedarse sin ala fija embarcada por falta de decisión, por cálculos políticos. Porque una capacidad militar no está formada sólo por las máquinas que dan forma a su arquitectura. Está formada por pilotos, mecánicos, armeros, cubierta de vuelo, procedimientos, adiestramiento, doctrina y experiencia acumulada. Cuando todo eso se rompa, insisto, reconstruirlo costará años. A veces, décadas.
Por eso comparto plenamente el fondo, el trasfondo y hasta el barniz del artículo de Juanjo. No estamos ante un debate de aficionados al material militar, ni ante una discusión estética sobre aviones o portaeronaves. Estamos ante una cuestión de continuidad operativa. España debe decidir si quiere conservar una capacidad aeronaval propia o si acepta perderla, aunque sea temporalmente; aunque quién sabe si hablamos de una circunstancia temporal. S, por el contrario, decide conservarla, debe asumir las consecuencias con seriedad y responsabilidad. No hay contratos en el mundo de la defensa sin peaje.
El Harrier cambió la Armada. Le dio una dimensión que antes no tenía y permitió a España jugar en una liga que no dependía únicamente del tamaño de su presupuesto, sino de la claridad de sus decisiones. Hoy, el riesgo es justo el contrario. Y estamos en trance de que la falta de decisión termine deshaciendo lo que generaciones enteras construyeron con paciencia y oficio.
Por eso, Juanjo Fernández ha escrito un artículo necesario. Como siempre, serio, documentado y oportuno. Y en lo substancial, no puedo estar más de acuerdo. La prórroga puede comprarse. La continuidad, no. Ésa se decide.
En todo caso, y como hablamos de un asunto que afecta de lleno a la morfología misma de la Armada, les sugiero que se acerquen este fin de semana a nuestras páginas, donde encontrarán (probablemente el domingo) un interesante trabajo de Roberto Escámez, que sigue sumando interesantísimas piezas al futuro del componente aeronaval de la Armada.
Imágenes: Armada

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


4 respuestas
Ésto es darle vueltas y vueltas como un caramelo en la boca de un viejo. Si la compra de f35 se limita a los necesarios para que se operen durante cierto tiempo el el Juan Carlos I no me parece mal. Yo no tengo ninguna fobia ideológica al material americano. Pero si esto implica casarse treinta o cuarenta años con un modelo sujeto a graves restricciones, extendiendose el problema además al portaaviones, si viene, y al ejército del aire, no sale a cuenta realmente. Para mí es mejor cualquier otra solución, aunque durante un tiempo el ala embarcada desaparezca. Y ésta es mi opinión… a partir de ahí lo que diga el ministerio y el ejercito que son los que tienen que elegir.
Recordarle a la Armada, que son funcionarios y como tal, tienen que usar el material que se les asigna.
– el «juguete más chulo» no es lo mejor para los intereses de España.
– hay opciones para que la doctrina desarrollada durante años por la Armada se conserve, pero claro, eso implica dejar de ser una sucursal de la US Navy y mirar a otras armadas del mundo.
– que hayamos desarrollado una política con aviones VTOL que solo 4 países en el mundo han usado debería hacer reflexionar a más de uno y de dos el por qué no ha habido más países que operen el Harrier de forma habitual.
– con 6 F35B (igual que con 6 Harrier que lleva de normal el JCI) vamos a cambiar el curso de un conflicto?, en serio?. A mí me parece que es más influyente y capaz de proyectar poder un CATOBAR con ala fija y 30 aviones y otros tantos drones.
– quiere la Armada seguir siendo un mero escolta de convoys americanos en un conflicto OTAN contra Rusia que ya no se va a dar (porque la OTAN se la ha cargado Trump) o quiere velar por los intereses propios de España, que pasan por proyectar poder en todo el Mediterráneo, el Atlántico medio, Sahel y África occidental y las zonas de interés comercial como LATAM? porque para esto último quizás haya que dejarse de buques LHD y pensar en 2 CATOBAR (te compro incluso si son LHD como el Type076 chino con catapulta)
– si hay que apretarse los machos y perder el ala embarcada 5 años, se hace. Ya montaremos uno o dos grupos navales con CATOBAR y Rafale que nos durarán lo mismo o más que los Harrier y que tendrán relevo en lo que salga del FCAS/Kaan. Perdimos otras capacidades durante años y no se acabó el mundo.
Si el artículo de El Confidencial, o el próximo en esta web de Roberto Escámez van a continuar siendo un decálogo de justificaciones para comprar el F35B o C, mejor nos ahorramos el esfuerzo de leerlo.
Ay, ¡cómo os gusta en este medio obviar el tema!
¿Qué tema? El de los drones de combate (no drones de reconocimiento armado). Drones que son STOBAR, que necesitan cables de frenado (y con ello, si hay salto de esquí en el buque, una pista de aterrizaje oblicua a la de despegue).
«Desde el viejo segundo Dédalo hasta el Juan Carlos I, pasando por el Príncipe de Asturias, la Armada supo entender antes que muchos el valor de la aviación embarcada de despegue corto y toma vertical.»
Y ahora a lo mejor toca cambiar de paradigma y comprender el valor de los drones embarcados, que no son de aterrizaje vertical. ¿Eh? ¿Algún comentario al respecto? Porque artículo tras artículo, la matraca con los Harrier y el F35B, y ninguno, ¡ni uno sólo!, acerca de los drones embarcados.
¿Alguien duda de que los drones, en complemento a los cazas tripulados o incluso en solitario, forman parte del futuro de un aviación moderna? ¿O es que se equivocan los EE. UU. con el MQ25, los autralianos con el Ghostbat, los franceses con el Rafale UCAV, los españoles y alemanes con el Loyal Wingman, los chinos con el GJ21, y los turcos con el Kizilelma y el Anka3?
Drones furtivos, de combate, algunos supersónicos, otros altamente subsónicos. En el caso de las unidades navales, son necesarios los cables de frenado. Ninguno de ellos aterriza en vertical.
¿Y esto a donde nos lleva? A lo principal: ¡Al diseño de los nuevos buques! Dos nuevos LHD tiene previstos la Armada en su plan 2050. ¡El buque, señores!
Y una vez tengamos el diseño del buque, hablamos si el aterrizaje vertical sigue siendo conveniente para nosotros. Pueede que sí (el diseño de ese buque no lo impediría), puede que no.
¡Vaya! A ver si la supuesta decisión política no es tal, sino tecnológica. Algunos sólo quieren el F35B sin importarle lo demás. Luego hablan de innovación… ¡Orejeras! Otros a lo mejor se preocupan de combinar un ala naval que sea también del futuro. Porque sin buque adecuado (el L61 no lo es), no hay futuro.
Así que, vuelvo a preguntar y a lanzar el reto:
¿Cuándo vais a hablar en este medio de los drones navales y qué es lo que eso supone para el buque? Ah, que no mola porque no es un tema político, sino tecnológico.
Curioso, pues de esa empresa que ha ayudado a Indonesia a desarrollar un dron de tipo Sirtap grande, bien que le habéis hecho dos reportajes. Bueno, pues nada. Como, según vosotros, se trata de un tema político, no queda más remedio que suponer que vosotros formáis parte de esa politización.
Pero el reto sigue en pie (y pongo el titular):
Drones de combate aeronavales: su impacto en el diseño del buque y la integración con aeronaves tripuladas.
Menuda pataleta de los politizados.
Excelente artículo. Y un gran trabajo de Juanjo Hernández.
Una pena que todo esté trabajo que empezó en Dédalo con los matadores se vaya a la nada por temas políticos.