Estados Unidos prolonga hasta 2030 el servicio del icónico avión caza-carros

Jorge Estévez-Bujez
El A-10 Thunderbolt II, al que casi todo el mundo sigue llamando Warthog, y al que todos (o casi) los aficionados a la aviación adoramos, vuelve a esquivar la retirada. Cuando parecía encaminado a un adiós ya fechado, Washington ha decidido alargar su vida operativa hasta 2030 (al menos por ahora). Se trata de mantener en línea una plataforma veterana, muy discutida, en ocasiones, dentro de la propia Fuerza Aérea de Estados Unidos, pero que conserva una utilidad concreta en una misión muy concreta: el apoyo aéreo cercano.

El anuncio, además, no llegó mediante una gran nota institucional ni una presentación de programa de substitución. La confirmación pública que ha marcado el giro fue una publicación de la cuenta oficial de la Oficina del Secretario de la Fuerza Aérea en X, difundida ayer por el secretario Troy E. Meink. El texto dice así:
“En consulta con @SecWar (Secretario de Guerra), EXTENDEREMOS la plataforma A-10 ‘Warthog’ hasta 2030. Esto preserva la capacidad de combate mientras la Base Industrial de Defensa trabaja para aumentar la producción de aviones de combate. Gracias a @POTUS (Presidente de los Estados Unidos) por su apoyo inquebrantable a nuestros combatientes y su liderazgo rápido y decisivo mientras equipamos a nuestras fuerzas armadas.”
La clave operativa está ahí, bien evidente: preservar capacidad de combate mientras la base industrial norteamericana incrementa la producción de aviones de combate. Es decir, el A-10 no sigue porque haya cambiado de naturaleza ni porque se haya convertido de repente en una solución de futuro, sino porque todavía cubre un hueco en un momento en que la substitución completa no está madura al ritmo que se querría.
La decisión corrige, al menos en parte, la senda anterior. Reuters la describe abiertamente como una marcha atrás respecto a un plan previo que situaba la retirada ya en 2026, mientras Air Force Times recuerda que la NDAA del ejercicio fiscal 2026 mantenía aparatos en servicio hasta septiembre de 2026 y dibujaba una transición hacia la retirada total para 2029. No era, por tanto, un debate cerrado. Era un calendario en discusión, sometido a tiras y aflojas entre la lógica presupuestaria, la modernización de la flota y las necesidades inmediatas de disponibilidad.
Por otra parte, también se han concretado algunas unidades operativas que seguirán vinculadas al modelo. Las informaciones publicadas en Estados Unidos apuntan a la permanencia de al menos 3 escuadrones: uno activo en Moody AFB (Georgia) hasta 2030, uno de reserva en Whiteman AFB hasta 2030 y otro, también en Moody, hasta 2029. Falta aún por ver el detalle del reparto de aeronaves, plantillas y sostenimiento, pero el mensaje es inequívoco: el A-10 no desaparece aún del inventario operativo norteamericano.
La verdad es que todo el asunto de la prórroga del servicio del A-10no deja de ser llamativo porque el A-10 lleva años instalado en una especie de permanente dilación de las decisiones relativas a su jubilación. Es un avión con una reputación formidable entre quienes valoran la resistencia, la sencillez relativa de empleo y la contundencia de su presencia sobre el campo de batalla. Pero, al mismo tiempo, arrastra desde hace mucho las críticas internas: edad, coste de mantenimiento, vulnerabilidad en escenarios de alta amenaza y dificultad para encajarlo en una fuerza que prioriza, como es lógico, plataformas más modernas y de mayor supervivencia en entornos muy defendidos. Reuters resume también esa tensión: para unos es un avión demasiado antiguo y caro de sostener; para otros, sigue sin tener un reemplazo directo que reproduzca del todo su papel.
El A-10 no gana este pulso porque haya resuelto todas sus limitaciones, ni porque se haya impuesto doctrinalmente a las plataformas más nuevas. Gana tiempo porque, en determinadas circunstancias, sigue ofreciendo una capacidad disponible, conocida por las unidades y políticamente defendible mientras la industria acelera, toma impulso y saca adelante las soluciones de última tecnología que dejarán atrás al A-10. Esa es la razón: no se trata de nostalgia, sino de mantener masa de combate en una fase de transición con un aparato altamente eficaz y contrastado.
Así, cuando una plataforma veterana demuestra utilidad en operaciones reales -como es el caso reciente de Irán-, el argumento de su retirada inmediata pierde fuerza, aunque no desaparezcan las objeciones sobre su encaje a medio plazo.
Así que el viejo Warthog sigue. Quizá no como símbolo de una vuelta al pasado, ni como prueba de que la modernización haya fracasado, sino como recordatorio de algo tan prosaico como que, a veces, las fuerzas armadas mantienen sistemas maduros porque el relevo no llega al ritmo previsto y porque el presente exige conservar herramientas que todavía hacen un trabajo útil. En el caso del A-10, la conclusión provisional es esa.
Ha sobrevivido otra vez. Y lo ha hecho por la vía más clásica: porque, con todos sus años encima, todavía hay quien considera que sigue siendo necesario.
Queremos dejaros un vídeo de Sergio Hidalgo sobre el A-10. La pasión y la juventud de Sergio sirven para ilustrar este artículo más que cualquier imagen del A-10.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

