China ya ensaya la guerra contra Estados Unidos

Las réplicas de destructores y aviones norteamericanos empleadas como blancos confirman que Pekín no prepara únicamente una operación contra Taiwán, sino también la neutralización de las fuerzas que podrían acudir en su defensa

Jorge Estévez-Bujez

A estas alturas, la cuestión ya no consiste en determinar si China contempla seriamente el empleo de la fuerza contra Taiwán. La verdadera pregunta es hasta qué punto ha avanzado en la preparación de la guerra que inevitablemente acompañaría a esa decisión.

 

Un Burke de la US Navy y su gemelo en tierra para ensayar su detrucción

 

Las imágenes de satélite publicadas por estos días atrás por The Telegraph muestran algo que ya conocíamos, pero ahora más en detalle: que el Ejército Popular de Liberación emplea reproducciones a escala real de buques de guerra y aeronaves estadounidenses para probar sus sistemas de ataque. Entre los blancos identificados aparece una réplica de un destructor de la clase Arleigh Burke, columna vertebral de la defensa aérea y antimisil de la Marina de Estados Unidos.

No estamos, por lo tanto, ante una preparación exclusivamente dirigida contra las Fuerzas Armadas taiwanesas, que también. China ensaya también la indisociable destrucción de los medios con los que Estados Unidos trataría de impedir una invasión, romper un bloqueo marítimo y/o sostener militarmente a Taipéi. La distinción es fundamental, pero la concurrencia de ambas realidades es, del mismo modo, indiscutible.

Pekín no parece concebir una operación sobre Taiwán como un conflicto aislado, porque no lo será; ni limitado al angosto estrecho físico de su principal escenario, ni resuelto únicamente mediante la superioridad numérica del Ejército Popular de Liberación. Sus preparativos reflejan un escenario mucho más amplio, que tiene como vértices la conquista o sometimiento de la isla y, simultáneamente, la neutralización de la respuesta norteamericana en el Pacífico occidental.

Las réplicas construidas en el desierto de Taklamakán no son, decía, una novedad absoluta. Desde hace años se han localizado en esa región reproducciones de portaaviones, destructores y aeronaves estadounidenses, algunas instaladas sobre raíles para simular blancos en movimiento. Su finalidad aparente es contribuir al desarrollo y validación de sensores, sistemas de guiado y misiles destinados a localizar y alcanzar unidades navales de gran valor.

Lo que realmente importa no es únicamente que China posea poderosos misiles antibuque. Muchas potencias los tienen. Lo significativo es la constancia, la escala y el grado de especialización con el que está estudiando la forma de derrotar a una fuerza naval concreta, en este caso, la estadounidense. Lo que es mucho decir, para ser francos.

Un destructor de la clase Arleigh Burke no es un blanco elegido al azar en los ensayos de Pekín. Estos buques forman parte de los grupos de combate de portaaviones, proporcionan defensa aérea de zona, protección frente a misiles y capacidad de ataque terrestre. También serían elementos esenciales en cualquier despliegue estadounidense destinado a proteger Taiwán o a dificultar las operaciones aeronavales chinas. De modo que ensayar su detección, identificación y destrucción equivale a trabajar sobre uno de los principales obstáculos que encontraría Pekín durante una campaña militar, acaso el más numeroso sobre el mar.

Taiwán y la intervención estadounidense

Se como fuere, China sabe que la invasión de Taiwán no dependería únicamente de su capacidad para desembarcar tropas, controlar puertos o destruir las defensas de la isla. Dependería, sobre todo, de impedir que Estados Unidos y sus aliados (los que vayan, llegado el caso) alterasen el resultado durante las primeras fases de la operación.

 

Himars taiwanes haciendo fuego

 

Por eso, el problema taiwanés y el problema norteamericano son, desde el punto de vista militar chino, una misma cuestión. Porque una ofensiva contra Taiwán exigiría aislar la isla, degradar sus sistemas de mando, inutilizar sus aeródromos, destruir sus defensas aéreas y controlar los accesos marítimos. Pero también requeriría mantener alejados a los portaaviones estadounidenses, amenazar las bases norteamericanas y aliadas en la región y dificultar la aproximación de submarinos, bombarderos y unidades de superficie. La preparación china apunta precisamente hacia ese escenario combinado. Un escenario que, en realidad, se presenta como uno de los más complejos y desafiantes que puedan imaginarse hoy día para cualquier fuerza naval: invadir una isla cuajada de defensas, mientras se trata de impedir el rescate de la marina de guerra más poderosa del planeta.

Junto a las reproducciones de buques y aeronaves estadounidenses, China ha concentrado cerca del estrecho numerosos cazas antiguos J-6 convertidos en aparatos no tripulados. Según un estudio del Mitchell Institute citado por Reuters, más de 200 de estos aviones podrían emplearse como drones de ataque o señuelos para saturar las defensas taiwanesas durante las primeras oleadas de una operación.

El patrón resulta muy difícil de ignorar. Por un lado, Pekín desarrolla la masa necesaria para abrumar a Taiwán. Por otro, perfecciona los medios de precisión con los que pretende mantener a raya o destruir a las fuerzas estadounidenses.

No se trata de 2 programas independientes. Son las 2 mitades de una misma campaña.

Prepararse no significa haber decidido

Sería imprudente afirmar que estas imágenes prueban la existencia de una orden definitiva para invadir Taiwán en una fecha concreta. Pero tampoco vamos a ignorar la resolución y determinación del propio Xi Jinping cuando ordenó tener la capacidad de «reunificación» de China para 2027. Las fuerzas armadas responsables se preparan para distintas contingencias, y disponer de una capacidad militar no implica necesariamente que vaya a utilizarse, pero hay objetivos para los que, una vez preparado, resultará difícil no verse envuelto en su consecución.

 

Carros de combate taiwaneses ensayan la defensa de sus costas

 

La comunidad de inteligencia estadounidense ha considerado recientemente que China no mantiene necesariamente un calendario cerrado para invadir la isla en 2027, aunque continúa desarrollando la capacidad para hacerlo y no ha renunciado al empleo de la fuerza. Pero esa cautela analítica no debe confundirse con indiferencia. China puede no haber decidido todavía cuándo atacar. Lo que resulta cada vez más difícil discutir es que quiere estar en condiciones de hacerlo, y que su preparación incluye desde el principio la posibilidad de combatir contra Estados Unidos.

Las armas no se prueban contra conceptos abstractos. Se prueban contra los enemigos que se espera encontrar.

Cuando un país reproduce en mitad del desierto los destructores, portaaviones y cazas de otra potencia, estudia sus perfiles, calibra sus sensores y ensaya cómo alcanzarlos, no está enviando únicamente una señal propagandística, sino reduciendo incertidumbres operativas para una guerra posible.

La guerra que Pekín espera librar

Durante años, una parte de Occidente ha interpretado el crecimiento militar chino como una consecuencia natural de su ascenso económico. Según esa lectura (también cierta, pero no sólo), la modernización del Ejército Popular de Liberación sería esencialmente defensiva o estaría destinada a proporcionar a China el prestigio correspondiente a una gran potencia. Pero hay muchos síntomas que hablan de algo más, y las instalaciones descubiertas cuentan una historia bastante menos confortable.

Pekín no se limita a ampliar su flota o a desarrollar nuevos misiles. Construye una arquitectura militar diseñada para expulsar a Estados Unidos del entorno de Taiwán, degradar su capacidad de intervención y presentar a Washington una factura humana y material suficientemente elevada como para quebrar su voluntad política. Es la esencia de la estrategia china de negación de acceso y de área: convertir el Pacífico occidental en un espacio donde la entrada de las fuerzas estadounidenses resulte lenta, costosa y potencialmente devastadora.

El objetivo no necesita ser la destrucción completa de la Marina norteamericana, algo que queda muy posiblemente lejos del alcance de China en términos absolutos. Pero sí que bastaría con retrasar su intervención, obligarla a operar desde mayores distancias, hundir algunos buques de gran valor o sembrar dudas en Washington sobre la posibilidad de asumir pérdidas importantes por la defensa de Taiwán.

En una operación de esta naturaleza, el tiempo sería decisivo. China trataría de crear una situación irreversible antes de que Estados Unidos pudiera concentrar fuerzas suficientes. Cada destructor apartado, cada aeródromo inutilizado y cada portaaviones obligado a mantenerse lejos ampliaría la ventana de oportunidad de Pekín.

 

La preparación china para el eventual conflicto taiwanés es concienzuda

 

Por eso, las réplicas del desierto importan. Porque si bien no son la prueba de que la guerra comenzará mañana, lo son la prueba de que China lleva años estudiando cómo librarla. Y también de que, para Pekín, una guerra por Taiwán nunca sería únicamente una guerra contra Taiwán. Sería, desde su primera hora, una lucha por neutralizar el poder norteamericano en el Pacífico.

Quien todavía dudase de que China prepara ambas operaciones al mismo tiempo —la acción sobre la isla y la oposición armada a la respuesta de Estados Unidos— dispone ahora de un motivo menos para seguir vacilando. En realidad, ya lo tenía hace tiempo. Otra cosa es que, efectivamente, nos resulte de todo punto más amable no contemplarlo.

 

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

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