La selección del 212CD alemán-noruego para el Canadian Patrol Submarine Project abre una nueva lectura del acuerdo entre TKMS y Navantia: Cartagena ya no aparece solo como un recurso industrial posible, sino como una pieza que podría ayudar a absorber una demanda submarina europea y aliada difícil de encajar en los astilleros alemanes

Redacción
Canadá ha elegido a Thyssenkrupp Marine Systems —TKMS— como adjudicatario preferente para su futura flota de submarinos convencionales. Según ha informado Reuters, citando a The Globe and Mail, Ottawa se inclina por la propuesta alemana, desarrollada en cooperación con Noruega, frente a la oferta surcoreana de Hanwha Ocean. La decisión afecta a un programa de hasta 12 submarinos para la Royal Canadian Navy, llamado a sustituir a los veteranos Victoria, una clase cuya disponibilidad ha sido durante años tan limitada como políticamente debatida para un país con 3 fachadas marítimas y responsabilidades crecientes en el Ártico.

No se trata todavía de un contrato cerrado, y esta precisión es necesaria. Lo que se anuncia es, todo caso, la elección de un preferred bidder, un adjudicatario preferente con el que deberán negociarse precio, calendario, sostenimiento, participación industrial y obligaciones de retorno económico. En compras de esta escala, la victoria política precede a menudo a la ingeniería contractual. Pero tampoco hace falta minimizarla, porque en un programa de esta magnitud, ser elegido para negociar no es ganar un mérito sin importancia. Es entrar en la sala donde se decide el futuro submarino de Canadá.
El programa, conocido como Canadian Patrol Submarine Project —CPSP—, busca reemplazar los 4 submarinos clase Victoria por una flota convencional mucho más ambiciosa, capaz de operar en el Atlántico, el Pacífico y el Ártico. Canadá aspira a adquirir hasta 12 submarinos de propulsión convencional, con capacidad de patrulla prolongada y adaptación a condiciones de frío e hielo. El Gobierno canadiense ya había situado oficialmente el objetivo en “hasta 12 submarinos” dentro de un proceso pensado para evitar una ruptura de capacidades submarinas que dejara al país carente de tan vital capacidad.
La propuesta de TKMS se basa en el Type 212CD, un submarino desarrollado con Noruega y concebido por la empresa alemana como futuro estándar OTAN para submarinos convencionales de alta gama. El 212CD ronda los 74 metros de eslora, emplea acero no magnético y presenta una característica forma de casco en diamante, una solución vinculada a la reducción de firma y a la operación discreta en entornos exigentes.

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La alternativa surcoreana, el KSS-III Batch-II de Hanwha Ocean, no era una candidatura pequeña. De hecho, parte del atractivo coreano residía precisamente en lo que en Europa suele faltar, que se resume en ritmo industrial, capacidad de entrega y una agresividad comercial poco habitual en estas latitudes. Canadá estaba escogiendo entre una opción seria y otra igual de firme, sino entre 2 propuestas capaces de cumplir, en teoría, los requisitos operativos. El propio primer ministro canadiense, Mark Carney, había señalado que tanto la opción alemana como la surcoreana satisfacían las necesidades de la marina canadiense y que el resultado dependería en buena medida de los beneficios económicos ofrecidos, en esencia, de los retornos y la soberanía conseguida.
Muy probablemente la decisión canadiense no se explica sólo por el submarino. Se explica por el paquete. TKMS, respaldada políticamente por Alemania y por la cooperación con Noruega, ha construido su candidatura alrededor de una oferta quizás más amplia, incluyendo el reforzamiento de los vínculos transatlánticos, ofrecer retornos industriales, radicar parte del esfuerzo en Canadá y presentar el 212CD como una plataforma OTAN. Reuters informó en enero de que TKMS trabajaba con empresas noruegas y alemanas en un paquete de inversión de gran alcance para Canadá, incluyendo sectores como tierras raras, minería, inteligencia artificial y materiales para baterías.
Un alto funcionario de Berlín declaró a Reuters que una selección de TKMS acercaría Canadá a Europa y tendría una dimensión transatlántica real. Alemania decía entender que el submarino canadiense no es sólo un programa naval, sino un instrumento de relación política, industrial y atlántica en un momento en que Ottawa busca diversificar vínculos y reducir dependencias excesivas.
Para España, la noticia importa más de lo que parece. Como recordarán nuestros lectores, hemos venido elaborando una serie más que respetable de artículos al respecto, donde hemos dado cabida a las posibilidades de negocio que abría la relación industrial surgida entre el astillero alemán y el español. Valga por tanto recordar que, hace apenas unas semanas, Navantia y TKMS firmaron un memorando de entendimiento —MoU— para explorar una cooperación en construcción naval, con especial atención a la posible producción de diseños de TKMS, particularmente submarinos, en astilleros españoles. El comunicado oficial de Navantia fue bastante claro en ese punto, estableciendo que el acuerdo preveía esa potencial producción de diseños de TKMS, especialmente submarinos, como decimos, en las instalaciones de Cartagena.

La relación entre TKMS y Navantia se estrecha
DYS lo formulaba entonces con la cautela debida, titulando «Un memorando para navegar en las dudas». Porque el acuerdo podía interpretarse de 2 maneras. Como una oportunidad para mantener carga de trabajo, capacidades y presencia internacional en el negocio submarino. O como una señal menos cómoda que implicara la posible aceptación de un papel subordinado en diseños ajenos, con Cartagena convertida en plataforma productiva de un tercero mientras España intenta sostener, con mayor o menor fortuna, su propia ambición submarina.
La pregunta que se hacía DYS sigue vigente, pero ahora pesa más: ¿está España comprando carga de trabajo a cambio de aceptar subordinación tecnológica? No es una pregunta antipática. Es una pregunta adulta. La industria naval no vive de proclamas, sino de programas, planos, soldadura, ingeniería, integración y sostenimiento. Y un país constructor de submarinos no conserva ese estatus por haberlo alcanzado una vez, sino por mantener viva la cadena de conocimiento que permite repetirlo, mejorarlo y transmitirlo.
En esos términos nos dejaba su lectura Thibault Lamidel, colaborador de DYS, en su análisis publicado en J-B Colbert de Seignelay. Su tesis es especialmente interesante porque invierte el reflejo habitual. Donde algunos veían una Navantia subordinada a TKMS, Lamidel advierte que quizá el actor más necesitado era precisamente el alemán. Su argumento es sencillo y potente, ya que TKMS necesita aumentar capacidad industrial si quiere atender sus compromisos con Alemania, Noruega y, ahora, Canadá, sin que sus calendarios se vuelvan políticamente tóxicos.
Otro hito industrial fundamental tuvo lugar hace sólo unas semanas, cuando TKMS comenzaba a implantar su relación industrial con socios locales canadienses. Pinche abajo para leer nuestro artículo.
Según Lamidel, el éxito canadiense podría absorber buena parte de la capacidad alemana de ensamblaje de submarinos entre 2027 y 2043, teniendo en cuenta los compromisos del 212CD para Alemania y Noruega y la posibilidad de nuevos pedidos. De ahí que el acuerdo con Navantia no debiera verse únicamente como una concesión española, sino también como una necesidad alemana. Si TKMS no amplía capacidad, su candidatura canadiense se debilitaba precisamente en uno de los puntos que Ottawa no podía ignorar, el calendario.
La elección canadiense da consistencia, sin lugar a dudas, a esa interpretación. Antes, la pregunta era si el MoU entre Navantia y TKMS tenía un cliente real detrás o si quedaría en la conocida niebla de los comunicados europeos de mucha autonomía, muchas sinergias, mucho compromiso, pocas órdenes de trabajo. Ahora el escenario cambia. Si Canadá avanza con TKMS y el 212CD, el problema de capacidad deja de ser una abstracción. Pasa a llamarse astillero, turnos, bloques, secciones e integración.
En ese punto, Cartagena adquiere todo el relieve que podamos deducir razonablemente. Así lo planteamos, con una fórmula directa y sin ambages cuando preguntamos ¿y si Canadá pasa por Cartagena? La idea no era afirmar que Navantia vaya a construir submarinos canadienses, sino señalar que, si TKMS obtenía el programa, el memorando con Navantia dejaría de ser una nube institucional para convertirse en una posibilidad industrial mucho más concreta.
Sea como fuere, la realidad es que todavía no hay confirmación de que Cartagena vaya a fabricar submarinos canadienses. No hay contrato cerrado entre Canadá y TKMS, tampoco reparto industrial publicado, calendario definitivo, ni una definición pública de qué parte podría asumir Navantia si el MoU evoluciona hacia un acuerdo vinculante. Pero ya no estamos ante una especulación sin suelo. Estamos ante una cadena plausible donde Canadá elige TKMS, y TKMS necesita capacidad; Navantia ofrece Cartagena y, en ese punto, el MoU permite estudiar la producción de diseños TKMS en España.
La diferencia es substancial.
Para Navantia, una participación en el programa canadiense tendría varias lecturas, la primera de las cuales es la carga de trabajo. El programa S-80 ha permitido sostener y reconstruir una capacidad nacional de construcción submarina, con todos los dolores conocidos de un proyecto que tuvo retrasos, sobrecostes y problemas técnicos severos, pero que también devolvió a España al grupo de los capaces de diseñar y construir un submarino convencional complejo. Esa capacidad necesita continuidad.
La segunda lectura es técnica. Participar en bloques, secciones, módulos o trabajos de integración de un diseño como el 212CD podría permitir a Cartagena mantener oficio, procesos, especialización y ritmo en la década de 2030. No substituye al S-90, ni debe hacerlo, ni Navantia debe permitir algo parecido. Pero podría servir como puente industrial si España no quiere llegar al futuro submarino nacional con el músculo entumecido, los equipos dispersos y la memoria de ingeniería convertida en archivo.
Y la tercera, por supuesto, es política. Si España acepta producir diseños alemanes sin exigir retornos tecnológicos claros, el acuerdo será de trabajo, pero no necesariamente poder industrial. Si, por el contrario, se negocia una participación que incluya aprendizaje, acceso a procesos, integración, sostenimiento, evolución de capacidades y utilidad para el S-80 y el futuro S-90, el MoU puede transformarse en una herramienta muy útil, muy necesaria. No será soberanía plena, pero sí puede ser una forma razonable de preservar facultades en un mercado donde ir solo es cada vez más difícil.

El S-82 en Cartagena
Esa es, probablemente, la forma más honesta de leer el asunto, a nuestro juicio. El memorando con TKMS no es, en absoluto, una rendición, pero tampoco una victoria. Es una puerta. Y las puertas sirven para entrar, para salir o para quedarse mirando desde el umbral.
Para TKMS, el premio canadiense puede ser enorme. Reuters recogía que algunos analistas estimaban que el pedido podría contribuir a elevar la cartera de TKMS hasta unos 68.000 millones de euros, en un contexto en el que la compañía alemana ya compite por consolidarse como referencia occidental en submarinos convencionales.
Para Hanwha Ocean, la derrota —si se confirma en los términos publicados— no invalida su candidatura ni la fortaleza de la industria surcoreana. Al contrario, la competición canadiense ha servido para mostrar a Europa un rival temible, de una capacidad industrial sobresaliente. Corea del Sur compite con producto, plazo, financiación, agresividad comercial y capacidad de construcción. Europa puede ganar todavía por política, alianzas y estándares OTAN.
La noticia canadiense no cierra nada para España, pero ayuda a dar perspectiva. TKMS ya no negocia desde una hipótesis comercial, sino desde la posibilidad de sumar uno de los mayores programas submarinos occidentales de las próximas décadas. Canadá ya no busca solo submarinos, sino una arquitectura industrial y política de largo recorrido. Y Navantia ya no puede presentar su memorando como una mera exploración elegante: ahora debe explicar qué quiere obtener, qué está dispuesta a ofrecer y qué líneas no deberían cruzarse.
Echando mano de la coherencia de plazos a un futuro cercano, donde la evaluación goce de perspectiva, Lamidel apuntaba a que el acuerdo con TKMS debería analizarse a la luz de los años 2030, del plan de carga de Cartagena, de la evolución del S-80 Plus y de la preparación del futuro S-90.
Lo que Canadá ha puesto sobre la mesa no es sólo una flota de submarinos. Es una pregunta para toda la industria naval europea sobre quién tiene capacidad real para construir, sostener plazos y ser capaz de transformar cooperación en poder industrial. España tiene una respuesta posible en Cartagena. Pero tendrá que escribirla con cuidado, porque no basta con estar cerca de la oportunidad. Hay que saber qué se quiere hacer con ella.
Redacción
defensayseguridad.es


Un comentario
Mi apuesta, solo carga de trabajo.
Pagada con la venta de la tecnología BEST y la obligación de que los futuros S90 sean derivados de los U212 con el consecuente pago de licencias y que parte se contruya en Alemania.
Un Victoria Alemana, que asegura futura carga de trabajo en Alemania y Navantia pierde autoridad de diseño que tanto le ha constado conseguir.