La nube de combate no resucitará el FCAS: mejor dejar de esperar a París y Berlín

La arquitectura digital del combate aéreo europeo será imprescindible, pero resulta difícil creer que Francia y Alemania puedan salvar mediante ella una cooperación destruida por los mismos problemas políticos, industriales y nacionales que acabaron con el NGF

Jorge Estévez-Bujez

La nube de combate será uno de los elementos fundamentales de cualquier sistema aéreo avanzado que aspire a sobrevivir en los escenarios operativos de las próximas décadas. Sobre eso caben pocas dudas. La conexión entre sensores, plataformas, armas, sistemas no tripulados y centros de mando no es un complemento accesorio del combate moderno, sino una de sus condiciones esenciales.

Una cosa es reconocer esa realidad y otra muy distinta aceptar que Francia y Alemania están en condiciones de construir conjuntamente la arquitectura digital que debería vertebrar el futuro poder aéreo europeo.

 

 

Una docena de investigadores franceses y alemanes ha defendido, en un artículo publicado por Challenges con motivo del Consejo de Ministros franco-alemán de hoy, 17 de julio, que París y Berlín deben asumir la desaparición del avión de combate de nueva generación —el NGF— y concentrar sus esfuerzos en preservar la nube de combate del FCAS.

Los firmantes parten de una constatación difícilmente discutible: el NGF, concebido como pieza central del Sistema Aéreo de Combate del Futuro, ha dejado de ser un proyecto conjunto viable. A partir de ahí, proponen conservar la arquitectura digital, la conectividad y los efectores como núcleo de una cooperación renovada.

El planteamiento es intelectualmente atractivo. También parece razonable sobre el papel. Sin embargo, cuesta creer que vaya a cuajar.

No porque la nube de combate carezca de sentido. Tampoco porque los autores de la propuesta no posean prestigio, talento o capacidad. No es eso lo que se enjuicia. La duda esencial es mucho más sencilla: ¿por qué habrían de funcionar ahora, en el ámbito más sensible y estratégico del sistema, unas relaciones políticas e industriales que no han sido capaces de sostener la plataforma alrededor de la cual debía construirse todo lo demás?

Rescatar prosperidad entre los escombros

La tesis franco-alemana pretende separar el fracaso del NGF de la posible supervivencia de la nube. Se abandonaría la aeronave común, pero se conservaría la arquitectura digital compartida que permita conectar aviones nacionales, drones, sensores y efectores dentro de una misma red operativa.

El problema es que ambas dimensiones nunca estuvieron realmente aisladas.

La nube no es una pieza neutra que pueda extraerse del proyecto como quien rescata un componente intacto de un edificio derrumbado. Determina quién controla los datos, quién fija los estándares, quién certifica las interfaces, quién accede al código, quién integra las armas y quién decide qué empresas participan en la evolución futura del sistema.

Es, en muchos sentidos, el verdadero centro de poder del conjunto.

Si Francia y Alemania no lograron acordar de manera estable el liderazgo industrial, el reparto de tareas, la propiedad intelectual, las necesidades operativas y la gobernanza del NGF, no parece razonable suponer que todos esos problemas desaparecerán cuando llegue el momento de decidir quién controla la arquitectura digital que conectará las capacidades aéreas de ambos países.

La propuesta sostiene que el fracaso anterior debe servir para comenzar de nuevo sobre bases sólidas, con una gobernanza clara, objetivos compartidos, responsabilidades estables y normas técnicas comunes. Naturalmente. El problema es que eso mismo era necesario en el FCAS desde el principio y jamás llegó a consolidarse.

Si creen que de un proyecto sepultado por los egos franco-alemanes puede rescatarse algún escombro con apariencia de prosperidad, la posibilidad es, cuando menos, bastante dudosa.

No es imposible construir una nube de combate europea. Lo que resulta difícil de admitir es que quienes no consiguieron estabilizar los fundamentos políticos e industriales del sistema completo vayan ahora a ponerse de acuerdo precisamente sobre su parte más delicada, transversal y soberana.

El problema nunca fue únicamente el avión

Los firmantes aciertan al explicar que el combate aéreo moderno ya no depende exclusivamente de las prestaciones de una plataforma individual. La superioridad se construye mediante un ciclo integrado de detección, identificación, decisión y ataque.

 

La nube de combate lidera las propuestas a futuro de la aviación de combate interconectada

 

En ese entorno, un avión extraordinario conectado a una red deficiente puede resultar menos eficaz que una combinación de plataformas más modestas, pero capaces de compartir información en tiempo real, distribuir objetivos y coordinar sus armas.

La nube de combate será el tejido que una aviones tripulados, aeronaves de combate colaborativas, drones desechables, satélites, radares, sistemas terrestres y efectores de largo alcance. Quien controle ese tejido controlará, en buena medida, la arquitectura operativa y tecnológica del conjunto. Precisamente por eso resulta ingenuo pensar que la nube quedará al margen de las disputas que destruyeron el resto del programa. El conflicto no se limitó a decidir qué empresa diseñaría una parte del avión. Detrás se encontraban 2 concepciones nacionales, 2 culturas estratégicas, 2 ecosistemas industriales y 2 pretensiones de liderazgo europeo que nunca terminaron de reconciliarse.

Nada indica que esas diferencias desaparezcan cuando la discusión pase de las superficies aerodinámicas, los motores o los sensores a los protocolos de datos, la inteligencia artificial, la autonomía, los sistemas operativos y la autoridad de diseño de la red. Podría ocurrir justamente lo contrario.

España, mencionada cuando conviene y ausente cuando se decide

El artículo recuerda en uno de sus párrafos que Francia, Alemania, Suecia, España y otros países necesitarán capacidades avanzadas de combate aéreo. Sin embargo, cuando llega el momento de formular una propuesta política concreta, el llamamiento se dirige esencialmente a París y Berlín, con la posibilidad de invitar posteriormente a Suecia y a otros socios europeos. Y tiene sentido, el origen es el eventual y armónico consejo de ministros galo-germano. Por lo que el llamado debe ser, por fuerza, concentrado en los 2 actores que representan sus voluntades a través de sus acuerdos bilaterales. Nada que objetar desde ese punto de vista.

Pero, sea como fuere, la ausencia española no deja de ser significativa, por más que ya nos hayamos hecho a ella. Máxime tratándose del que fuera tercer socio del FCAS. Porque España fue ese tercer Estado del FCAS, participó en su financiación, asumió compromisos industriales y políticos y presentó el programa como una de las principales apuestas de su futuro poder aéreo. Sin embargo, una vez descompuesto el proyecto, el debate sobre lo que todavía podría salvarse vuelve a plantearse como una conversación franco-alemana.

España aparece en el inventario de países que necesitarán la capacidad, pero no en el núcleo político que pretende definirla. No es una novedad, insisto. Es algo habitual y a lo que estamos acostumbrados.

Resulta especialmente revelador que se hable de construir una arquitectura europea abierta mientras se atribuye nuevamente a Francia y Alemania la capacidad de decidir primero qué se conserva, cómo se organiza y a quién se invita después.

Europa no puede confundirse indefinidamente con la prolongación de un acuerdo bilateral entre París y Berlín. Mucho menos cuando ese acuerdo acaba de demostrar su incapacidad para mantener unido uno de los principales programas de defensa del continente.

España no debería permanecer a la espera de que 2 antiguos socios determinen qué parte del proyecto muerto merece ser salvada, bajo qué condiciones y con qué reparto industrial.

La cooperación será necesaria, pero no cualquier cooperación

No se trata de rechazar la cooperación internacional. Todo lo contrario. Será más necesaria que nunca. El coste, la complejidad y la velocidad de evolución de las tecnologías asociadas al combate aéreo conectado hacen difícil que un país europeo pueda desarrollar de manera aislada todas las capas necesarias: comunicaciones seguras, inteligencia artificial, fusión de sensores, guerra electrónica, autonomía, mando y control, enlaces satelitales, integración de armas y capacidad de operación en entornos degradados. España necesitará socios.

Pero necesitar socios no significa aceptar cualquier estructura de cooperación, ni esperar indefinidamente a que Francia y Alemania recompongan una relación que ya ha consumido años, recursos y oportunidades.

Tampoco obliga a que todos los componentes de una nube de combate tengan que ser desarrollados desde una única autoridad supranacional. La interoperabilidad puede alcanzarse mediante estándares compartidos, interfaces abiertas, pasarelas seguras y protocolos comunes, sin que cada nación renuncie al control de sus capacidades más sensibles.

Caben imaginar fórmulas de cooperación con países que compartan necesidades operativas, plazos, intereses industriales y una voluntad efectiva de avanzar. España puede explorar acuerdos bilaterales o multilaterales, fortalecer sus capacidades nacionales y participar en marcos europeos sin entregar desde el principio la dirección política y tecnológica del proyecto. Lo que no debería hacer, nunca, bajo ninguna circunstancia, es detenerse.

El riesgo de convertir otro fracaso en entretenimiento

Los artículos, declaraciones y propuestas que intentan preservar alguna parte del FCAS no han dejado de sucederse desde que la ruptura del programa comenzó a parecer irreversible. Es comprensible. Ningún gobierno quiere reconocer sin matices que años de negociaciones, anuncios y financiación han terminado sin el resultado prometido. Siempre existe la tentación de salvar un pilar, redefinir el alcance o presentar una nueva fase como continuidad de la anterior.

Sin embargo, existe también el riesgo de que la nube franco-alemana se convierta en otro entretenimiento estratégico, en una nueva sucesión de reuniones, estudios, declaraciones de intención y debates industriales que consuma un tiempo del que Europa ya no dispone.

La urgencia no puede utilizarse únicamente como argumento para justificar la cooperación. También obliga a comprobar si esa cooperación es realmente ejecutable. En ese sentido, Francia y Alemania pueden, por descontado, seguir conversando, escribiendo, anunciando y proyectando cuanto deseen. Tal vez logren superar sus diferencias. Quizá consigan establecer una arquitectura compartida. Sería positivo. El tiempo dirá si agarran la fortuna por la mano y llegan a buen puerto. Pero España no tiene por qué esperar a conocer el desenlace.

Tomar las de Villadiego

En la inteligencia de que esta iniciativa no sea más que otra distracción que engrose, todavía más, el tiempo perdido, España haría bien en tomar las riendas de su propia nube de combate, sola o en compañía de quienes de verdad estén dispuestos a evolucionar en ese segmento.

No se trata de levantar una arquitectura cerrada e incompatible con nuestros aliados. Se trata de comenzar a desarrollar soberanía tecnológica, capacidad de integración, estándares nacionales, interfaces interoperables y una hoja de ruta industrial propia que permita negociar en el futuro desde una posición de fuerza.

España cuenta con empresas, centros tecnológicos, universidades y capacidades militares suficientes para no limitarse al papel de observador o socio subordinado. Posee experiencia en comunicaciones, sensores, guerra electrónica, mando y control, inteligencia artificial, plataformas aéreas y sistemas no tripulados.

Lo que necesita es dirección, financiación sostenida y una definición clara de sus prioridades.

A la vista del escaso o nulo interés en que siquiera el nombre de España aparezca entre quienes pretenden conservar el rescoldo vivo de un proyecto del que formamos parte, quizá haya llegado el momento de tomar las de Villadiego y ponerse manos a la obra. Más valdrá adelantar trabajo que esperar a que otros nos señalen, otra vez, qué hacer.

La nube de combate europea será necesaria. La cooperación internacional también. Pero ninguna de esas 2 afirmaciones obliga a creer que Francia y Alemania puedan reconstruir en el ámbito digital la confianza, la gobernanza y la comunidad de intereses que fueron incapaces de mantener en el FCAS.

España debe estar preparada para colaborar. Pero, sobre todo, debe estar preparada para avanzar sin ellos, y sí con quienes realmente estén dispuestos a una asociación seria y leal.

Jorge Estévez-Bujez

defensayseguridad.es

Un comentario

  1. «¿Por qué habrían de funcionar ahora, en el ámbito más sensible y estratégico del sistema, unas relaciones políticas e industriales que no han sido capaces de sostener la plataforma alrededor de la cual debía construirse todo lo demás?»

    Pues porque la nube de combate la lidera Airbus Alemania (que aun así no deja de ser unaa una empresa franco-hispana-alemana), y, sobre todo, porque como socios están Indra por parte de España y Thales, por parte de Alemania.

    Dicho de otra manera, porque aquí no hay conflicto entre Dassault y Airbus Alemania. En ningún momento hemos escuchado a quejas de Thales con respecto a Indra o viceversa, tampoco con respecto a Airbus Alemania en este pilar.

    Y porque la nube de combate tiene mucho que ver con el programa ESSOR (European Secure Software Defined Radio). No es lo mismo, pero están muy relacionados. Las empresa que desarrollan el ESSOR son: Indra, Thales, Leonardo, Saab, Rohde&Schwarz, Radmor (Polonia) y Bittium (Finlandia). ESSOR facilita la forma de onda para los enlaces de datos de la nube de combate, mientras que esta se centra en el formato de los mensajes. En cualquier caso, de nuevo, aquí no está Dassault y sí están franceses, alemanes y españoles.

    Y hay otro proyecto europeo relacionado: el programa SHIMBAD (SHIpborne MultiBand AESA Demonstrator), liderado por Indra, en el que también participan Hensoldt, Leonardo, Saab y ONERA. Es cierto que no está Thales, pero ONERA es el centro de investigación aerosepacial francés. El objetivo de este programa es un radar naval multibanda, pero la tecnología que se desarolle puede aplicarse a los radares de los cazas para facilitar que establezcan un enlace de datos con los drones, complementario al de otras antenas que lleve el caza.

    En resumen: sin la conjunción de los dos gallos de pelea -Dassault y Airbus- en ese pilar del SCAF, con la colaboración aparentemente armoniosa entre Thales e Indra, sí que hay posibilidades de que la nube de combate común salga adelante. O no…

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