El VCR 8×8 parece haber recuperado ritmo industrial, pero el debate no puede reducirse al conteo de unidades. Hasta que no haya aceptación formal, entrega clara y capacidad operativa declarada, el programa seguirá arrastrando las mismas preguntas

Jorge Estévez-Bujez
El VCR 8×8 Dragón, desarrollado por TESS Defence para el Ejército de Tierra, vuelve estos días al centro del debate. Se habla de entregas, de ritmo industrial, de vehículos que avanzan por la línea y de una recuperación que algunos presentan ya como si el programa hubiera dejado atrás sus peores momentos. Como siempre, es más acertado celebrar lo celebrable. Porque, en efecto, que un programa se mueva es mejor que verlo parado, bloqueado o condenado a la ceremonia de la promesa en letargo.

Pero interesa, también, no confundir los términos. No se puede hablar con propiedad de vehículos en dotación si no han sido aceptados, ni, por supuesto, declarados operativos formalmente. Una cosa es celebrar que el programa haya cogido, al fin, ritmo de producción o de salida industrial, y otra vender la noticia como un éxito de la industria y, más concretamente, del programa.
En DYS ya hemos venido marcando esa diferencia desde hace meses. En julio de del pasado año, al analizar las previsiones de Indra y TESS Defence, recogíamos que la industria aspiraba a cerrar el año con entre 60 y 80 unidades entregadas, mientras 22 vehículos estaban entonces listos para pasar pruebas de aceptación por parte del Ejército. No lo han hecho. La misma información recordaba, sin embargo, que hasta entonces sólo 11 vehículos habían sido entregados formalmente y que el programa acumulaba retrasos frente al calendario previsto.
Esa es la distinción que todavía importa. Estar listo para pruebas no es estar aceptado. Estar en línea no es estar entregado. Estar producido no es estar operativo. En programas de defensa, esas diferencias no son caprichos, son la frontera entre la realidad técnica y el relato.
Muchas veces hemos manifestado aquí nuestra oposición a que un programa con tantos sobresaltos siguiera adelante como si nada hubiera ocurrido. No por desear su fracaso. Todo lo contrario. Lo deseable habría sido que el Dragón hubiera salido adelante como estaba previsto, por supuesto también para quien firma estas líneas, pese a todos los peros que pudieran añadirse al vehículo. El problema es otro. Porque todavía se trata de un proyecto difícilmente rectificable, al menos si se observa la trayectoria completa y no sólo la fotografía del último porte a Viator.
El Dragón arrastra innumerables problemas, no sabemos si resueltos debidamente o no; carencias sobrevenidas, como las derivadas de la tecnología israelí; un apreciable desfase temporal debido al tiempo transcurrido desde su concepción hasta su entrega; y unas evidentes complejidades de gobernanza industrial que han lastrado su progreso, también desde sus orígenes.
La cuestión no es en absoluto despreciable, porque el programa no ha sufrido una única incidencia ni un simple retraso administrativo. DYS publicó en octubre de 2025 que responsables técnicos se negaban a firmar la aceptación de los vehículos mientras no estuvieran solucionadas las incidencias pendientes, con referencias a problemas en la transmisión, el grupo motopropulsor, la torreta y el sistema de combate. Aquello no era una anécdota, sino la señal más grave sobre la confianza técnica en el estado del programa.

Interior de un Dragón
Después, ya en marzo de este año, DYS volvió sobre el asunto al analizar nuevas informaciones relativas a problemas en el entorno del grupo motriz, vinculados a SAPA Placencia, con bloqueos durante ensayos y con una línea que podía seguir ensamblando vehículos sin que eso equivaliera necesariamente a completarlos, validarlos y entregarlos en condiciones. Por eso, si se monta pero no se completa, si se integra pero no se valida, si se produce pero no se entrega en condiciones, el atasco (aunque ahora aliviado), y el problema existen aunque se les cambie el nombre.
A partir de ahí, lo que finalmente se acabe entregando, se acepte y se declare operativo habrá que, efectivamente, aceptarlo. Porque serán parte de las monturas sobre las que desempeñarán su oficio nuestros militares. Y habrá que estar ahí, precisamente ahí, para pedir que se les ofrezca lo mejor para la supervivencia en el desempeño en sus misiones.
Esa es la razón principal de la crítica. No el gusto por la objeción, ni la manía contra un programa, ni el rechazo a la industria española. Acusaciones, todas ellas, carentes de rigor y sobradas de peso comercial publicitario. La crítica es legítima, necesaria, obligada y moralmente deseable. Es un ejercicio aseado de imparcialidad y decoro; en este como en el resto de programas donde la suerte que corran nuestras Fuerzas Armadas está indisociablemente ligada a la calidad del material con que las proveemos.
Si esa no es razón suficiente para ejercer el derecho a la oposición, no sé qué más puede serlo. Asentir porque sí no es una opción plausible, ni siquiera éticamente recomendable.
Se puede ser partidario del concepto, de la idea en torno al Dragón, de sus bondades y de sus virtudes, que las tiene. España necesitaba substituir plataformas veteranas, disponer de una familia 8×8 moderna, mejorar movilidad, protección, comunicaciones y capacidad de maniobra. El concepto, en abstracto, tenía sentido. Lo que no es razonable es obviar la realidad que lo rodea.
Y esa realidad incluye el oscurantismo en que se ha introducido cualquier información sobre sus problemas y las soluciones ofrecidas, así como una comunicación pública casi inexistente para todo lo que no sea compartir, por un disimulado y silencioso canal mediático, el conteo de entregas que se vienen sucediendo.
Hay ejemplos en los que mirarse. Echen un vistazo al Ajax británico y díganme si, a pesar de toda la tormenta en que navega el blindado de cadenas con genes españoles, no es meritorio el esfuerzo comunicativo por parte de las Fuerzas Armadas de Su Majestad albiona. Se ha explicado mucho sobre lo que le ocurre al vehículo. Se ha informado —seguramente menos de lo que realmente padece, pero algo es algo— de sus defectos, de sus problemas de integración, vibración, resistencia y operatividad. Se ha hecho en sede parlamentaria y ejecutiva, como debe ser.
Y ni siquiera todo ello es meritorio. Es, sencillamente, algo parecido a lo que debiera ser la normalidad.
En España, el Dragón ha vivido demasiadas veces entre la foto institucional, la filtración periodística, la respuesta incompleta y la ausencia de una explicación pública suficiente. El resultado es una desconfianza que, quizás, en parte, no nace de la mala fe, sino de la reiteración. Cuando durante años se acumulan retrasos, incidencias, cambios de calendario y dudas sobre aceptación, lo mínimo exigible es una comunicación clara, periódica y verificable.

Barcaza de un Dragón
En su día recordamos que el programa había llegado a un punto en el que no bastaba con hablar de “paradas” o “no paradas” de línea. La pregunta seria era otra, como qué impacto real tienen las incidencias en las entregas, en qué variantes, durante cuánto tiempo y con qué plan de corrección. Si el problema estaba acotado, debía decirse. Si no alteraba calendario, debía demostrarse. Si quedaban hitos pendientes, había que explicarlos.
Ese es el centro de todo. El Dragón no necesitaba otra escenografía; necesitaba continuidad industrial, madurez técnica y un calendario creíble. Y, sobre todo, necesitaba una narrativa honesta. No una narrativa derrotista, ni una propaganda inversa, ni una demolición gratuita. Honesta.
Porque lo que finalmente llegue al Ejército no será la nota de prensa, sino un vehículo. Lo manejarán soldados. Lo mantendrán mecánicos. Lo integrarán unidades. Lo desplegarán mandos. Y, llegado el caso, lo sufrirán o lo agradecerán quienes se sienten dentro.
Por eso no basta con decir que el programa ha cogido ritmo. Puede haberlo hecho. Bienvenido sea. Pero el éxito no se proclama desde la cuenta de resultados ni desde el entusiasmo comunicativo sin preguntas. El éxito se demuestra con vehículos aceptados, entregados, sostenibles y operativos.
El Dragón puede acabar siendo útil. Puede incluso terminar convirtiéndose en una plataforma razonable si se corrigen sus defectos, se estabiliza su configuración, se ordenan sus variantes y se dota de un sostenimiento serio. Ojalá ocurra. Nadie sensato puede desear lo contrario cuando está en juego la seguridad de nuestras unidades.
Pero, para llegar ahí no puede exigirse fe. Debe ofrecerse información. No puede pedirse adhesión, fe. Debe ganarse confianza. Y, sobre todo, no puede venderse como éxito industrial lo que todavía está pendiente de aceptación militar plena.
El programa se ha presentado demasiadas veces como la columna vertebral de una modernización terrestre que siempre parecía a punto de cuajar. Pero, después de tantos sobresaltos, la carga de la prueba ha cambiado de lado. Ya no corresponde a los críticos demostrar que hay motivos para dudar. Corresponde al programa demostrar, con hechos y transparencia, que esas dudas han quedado atrás. Mientras tanto, y hasta que eso ocurra, la posición más razonable será celebrar que el Dragón avance, y que la industria produzca. Desear que el Ejército pueda recibir, algún día, un vehículo maduro y bien sostenido, también. Pero no confundamos avanzar con llegar, fabricar con aceptar, ni contar vehículos con cerrar un problema.
Porque el Dragón no será juzgado por el número de unidades que se anuncien, sino por la calidad de las que se entreguen. Y, sobre todo, por la confianza que merezcan cuando los soldados españoles suban a ellas.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es


4 respuestas
Estoy de acuerdo en que falta mucha transparencia, en este proyecto y en otros. Envidiae da, por ejemplo, una agencia como la GAO americana, que analiza, entre otras cosas, la disponibilidad de los cazabombarderos y saca a relucir las vergüenzas cuando es necesario. O el informe del parlamento británico acerca de su F35B, por ejemplo. Aquí no tenemos nada similar.
Pues mejor que no, ya que estaría politizada y solo serviría para alimentar a inútiles
También tienes razón, aquí, en España.
Me gustaría, si es posible, que comentasen acerca de la noticia de la que se hace eco otro medio, referente a que «La Brigada Aragón I recibirá antes del fin de este año una treintena de blindados 8×8 Dragón para remplazar a los VEC-25»
¿Significa esto que hay previsión de declarar esos Dragones VCI operativos para finales de este año?
Si van a reemplazar a unidades operativas, lo lógico es pensar que así es. Significaría un avance muy importante en el programa.