“No sé lo que ganas, ni me importa, pero, hijo mío, tú eres rico. Alguien que disfruta tanto de su trabajo sin duda lo es”

Jorge Estévez-Bujez
Hay hombres que abandonan el servicio activo, pero no terminan nunca de marcharse del todo. No porque vivan atrapados en una suerte de nostalgia de cuartel, o porque necesiten vestir de nuevo el uniforme para reconocerse ante el espejo, sino porque ciertas formas de mirar, de callar, de aguantar y de responder por otros no se desmovilizan con una firma administrativa de excedencia. Sebastián, más conocido en redes como Fortachi, pertenece, creo, a esa clase de españoles que explican poco y dicen mucho; de los que convierten una frase seca en una biografía y una broma en trinchera.

Legionario, contratista de seguridad y observador áspero, lúcido y a menudo hilarante de la actualidad militar y civil, Fortachi ha construido en X una comunidad considerable alrededor de una voz que no parece fabricada para gustar. No hay en él el barniz impostado de un veterano de escaparate ni la afectación del que confunde la dureza con la pose. Hay, más bien, una mezcla reconocible de oficio, memoria, mala leche medida, escrúpulo emocional y un humor castrense español que sirve tanto para no llorar, como para no ponerse demasiado solemne cuando el exceso de boato desborda.
Esta conversación, concedida de grado, como si Sebastián no tuviera nada mejor que hacer, no viene a glorificar la guerra, ni convertir la milicia en literatura de bazar. Tampoco a envolver la experiencia del soldado en una épica de consumo rápido. No es nuestro estilo en DYS, ni tampoco el mío al frente de ella. Al contrario. Busca acercarse, con respeto y sin dramatismos, a lo que queda cuando el toque de diana silencia, el del cuartel, porque el de la vida sigue su soniquete mientras el Altísimo lo disponga. La Legión, el contratismo de seguridad, las misiones, la camaradería, la compasión, la violencia, el regreso, la familia, la memoria y esa forma tan nuestra —tan seca y tan poco sentimental, en apariencia— de cargar con lo vivido sin pedir o dar demasiadas explicaciones.
Hoy charlo con Sebastián Fuertes, “Fortachi”, en las redes, para DYS desde esa frontera impropia donde el civil pregunta, el soldado mide, el veterano recuerda y el hombre decide hasta dónde puede contar sin traicionarse. Porque hay entrevistas que se hacen para obtener titulares, y otras que, si salen bien, permiten escuchar durante un rato el sonido de fondo de una vida, acaso más interesante que las de la mayoría, o acaso sólo distinta. Dependerá del grado de vivencias de cada cual y de la intensidad de lo vivido.

Preguntas y respuestas
Jorge E-B: Sebastián, antes de hablar de guerras, contratos, misiones, veteranos, banderas, permisos, patrullas y noches malas, o muy malas, si es que llegamos siquiera a hablar de todo ello, empecemos por lo sencillo, que casi siempre es lo más difícil: ¿Quién eres tú cuando no llevas encima uniforme, arma, boina, personaje, ni cuenta de X?
Sebastián F.: Pues quiero pensar que soy el mismo, o muy parecido, al que se percibe de uniforme o en X. Soy un hombre que, a punto de alcanzar la cincuentena, puede decir que ha tenido la vida que ha querido y que ha sido feliz. Quizás, por esa proverbial austeridad del infante, tampoco mis aspiraciones eran inalcanzables.
Estar orgulloso de mi trabajo, luchar o trabajar por cosas elevadas, servir a mi patria, aventura… eso me lo dieron mis 27 años de milicia.
Esta nueva etapa me está dando nuevos retos, me está haciendo aprender en campos que antes no había tocado y también tiene su dosis de aventura y acción. Hace bastantes años, estando en el Tercio, mi padre me dijo: “No sé lo que ganas, ni me importa, pero, hijo mío, tú eres rico. Alguien que disfruta tanto de su trabajo sin duda lo es”. Estoy seguro de que, si ahora pudiera contarle mis experiencias y lo que hago, volvería a decirme lo mismo.
También soy esposo, muy mejorable, pero que se esfuerza en corresponder a la suerte que tuve al encontrar a la que es mi mujer. Porque realmente es ella quien sufre mis ausencias.
Soy algo hedonista: me gusta comer y beber bien y disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Mi mujer siempre dice que, si a Sebas le tocara la lotería, ni cambiaría de coche —tengo un Skoda Spaceback comprado de segunda mano— ni de móvil —un Samsung de 200 euros—. Y es cierto: aunque habría otras señales, seguro que en las tiendas gourmet y en los mejores restaurantes me conocerían por mi nombre.
Por último, creo que, sobre todo en X, sí que hay algo de personaje, aunque es cierto lo que has dicho de “mala leche medida”. Sebas es más dialogante y comprensivo que @Fortachi1932. Aunque tanto uno como otro son intransigentes de más en lo relativo a la patria, la milicia y mi Real Zaragoza.
Y también creo que lo has clavado con lo del “escrúpulo emocional”. Será porque así nos lo enseñaron a los de mi generación, pero no soy una persona sentimental o, más bien, no muestro mis sentimientos. Otra cosa que se me achaca, con razón, es que no comparto mis problemas. No sé si es un defecto o una virtud, pero mis penas son mías y solo mías.

Jorge E-B: Has escrito alguna vez, de hecho, muchas, que legionario “se es siempre”. Es una frase bonita, pero también peligrosa, porque compromete mucho. ¿Qué queda de la Legión cuando uno ya no forma para bandera, pero sigue mirando el mundo como si aún tuviera que responder por el compañero de al lado?
Sebastián F.: Creo que en esta respuesta igual me extiendo de más; lo siento, pero eso te pasa por preguntarme por mi amada Legión.
Queda lo más importante: su alma. Porque el Credo Legionario es el alma y el porqué de todo en la Legión.
Todas las etapas de tu vida, seas militar o civil, imprimen carácter y dejan huella. Ya sea el instituto, la universidad, un nuevo trabajo o cualquiera de tus destinos en el caso de los militares. Imprimen carácter porque suponen vivencias, penas, alegrías, problemas y nuevas personas en tu vida; algunas de ellas se quedan para siempre en forma de amistad indisoluble.
Todo eso también te lo da la Legión, amplificado por sus particularidades de sufrimiento y dureza, pero no es algo completamente distinto a otras etapas de la vida. Lo que ocurre es que, además de todo eso, te da el mejor regalo: el Credo Legionario.
El Credo es un código de conducta para la milicia y para la vida, sustentado en los más elevados valores y sentimientos: la amistad, el compañerismo, el sufrimiento, el valor, el honor, la disciplina y el amor a la patria, a la Legión, al combate e incluso a la muerte.

Y, como código de conducta que es, se aplica. No son frases bonitas y profundas escritas solo para ser recitadas. La meta de todo legionario debe ser cumplir fielmente y hasta las últimas consecuencias el Credo.
Eso no significa que ante cada disyuntiva de la vida uno se pare a pensar “¿qué dice sobre esto el Credo?”. No. Pero, tras pasar por el Tercio, lo tienes tan interiorizado que, inconscientemente —o en ocasiones obligándote a hacerlo porque sabes que es lo correcto—, ese Credo acaba marcando las líneas de tu manera de actuar y vivir.
Si me preguntas cómo me gustaría morir, te diría que, dentro de muchos años, ya anciano, porque no temer a la muerte no significa tener prisa por reunirse con tan leal compañera.
Así que, siendo un viejo que corre hacia un peligro del que casi todos huyen mientras en mi cabeza recito el Espíritu de la Muerte. Muy cinematográfico, lo sé. Pero estoy seguro de que casi todos los “legías”, si no todos, que lean esto te lo comprarían.
Porque, si lo piensas detenidamente, en esa situación cumplirías con gran parte de los espíritus del Credo.
Y esto último te lo digo como ejemplo de lo que te explicaba antes: que el Credo no es solo para la Legión, sino para todos los momentos de tu vida, incluso siendo un anciano que casi ya no recuerda que un día sirvió en ella.
Jorge E-B: ¿Por qué dejaste el servicio? Sólo en un puñado de palabras. Sin expediente, sin literatura, sin parte administrativo. Lo que se pueda decir mirando de frente.
Sebastián F.: Por desencanto y pérdida de ilusión ante lo que me ofrecía el presente y, sobre todo, el futuro en la milicia (oficina). Y quiero ser sincero: también por dinero. Posiblemente, estando soltero, el dinero no habría sido un factor determinante, ni mucho menos, pero cuando lo que ofreces en casa es estar a 3.000 km, en un sitio complicado, durante siete meses al año, tiene que haber una compensación.
Pese a que me has pedido brevedad, me gustaría explicarme. Parte de la culpa de que pidiera la excedencia la tiene la propia carrera militar, con las expectativas y puestos para brigadas y subtenientes; y parte la tengo yo y mis circunstancias familiares. Mi mujer no contemplaba moverse de Zaragoza, así que mi abanico de opciones era muy reducido. Te aseguro que, si hubiera estado destinado en el Tercio, ni me habría planteado dar los pasos que di hasta conseguir mi actual puesto.

Jorge E-B: Ahora trabajas como contratista de seguridad. Mucha gente cree que sabe lo que significa esa palabra porque ha visto demasiadas películas y no pocos vídeos editados por gente que no ha pasado calor ni frío de verdad, tampoco miedo. ¿Qué preguntas no se le hacen a un contratista de seguridad?
Sebastián F.: “¿Qué haces exactamente?”. Y no por lo que algunos piensan: que vas arrasando pueblos por orden de oscuras multinacionales. En el mundo de los contratistas, solo una parte se dedica al combate, y a esos no les gusta que andes preguntando qué hacen exactamente, por motivos obvios.
Otros se dedican a la mentorización, adiestramiento e instrucción de personal o unidades; a esos tampoco les gusta demasiado la pregunta, porque no siempre se instruye a unidades, digamos, convencionales.
Por último, otros nos dedicamos a la seguridad corporativa en lugares donde, por sus circunstancias, es necesaria la presencia de personal de seguridad. A nosotros tampoco nos gusta esa pregunta por las particularidades de la seguridad corporativa, que obligan a guardar muchas reservas a la hora de dar información sobre nuestro trabajo.
Así que puedes hacerla, pero creo que nadie de cualquiera de las tres ramas te dirá toda la verdad, así que mejor no incomodar con una pregunta que, además, probablemente no van a contestarte.

Jorge E-B: Y, al contrario: ¿cuál es la pregunta que sí habría que hacerle a un contratista, pero que casi nadie se atreve a plantear porque obliga a mirar un poco más allá del chaleco, de la barba y el parche, y nos fuerza a abordar cuestiones a las que somos del todo ajenos a esta parte del Mediterráneo —al menos por ahora—?
Sebastián F.: “Cuéntame la realidad de donde estás”. Normalmente, un contratista está en países jodidos, de los que muchos tienen una idea superficial, y eso solo les permite hacer análisis de trazo grueso que apoyen sus pensamientos o incluso su ideología sobre temas como inmigración, pobreza en el tercer mundo o religión.
Piensa que un contratista pasa mucho tiempo —normalmente años— sobre el terreno. Habitualmente, su equipo está formado por locales con los que crea un vínculo. Te cuentan sus problemas reales como a ti te los cuenta tu compañero de trabajo.
El contratista no vive en una jaula dorada, como puede hacerlo personal no militar o policial de organizaciones internacionales (ONU, UE…) o de muchas ONG. A estos últimos les parece que, por ir un mes y hacerse cuatro fotos con niños en un entorno controlado, ya conocen toda la realidad del país que visitan.
El contratista se mueve a diario por ese país y conoce su realidad porque parte importante de su trabajo es saber en todo momento cómo está la situación.

Jorge E-B: La destreza marcial tiene aplicaciones prácticas evidentes: sobrevivir, proteger, imponerse, disuadir, reaccionar, obedecer, mandar. Pero la destreza humana —la compasión, la contención, el criterio, incluso la ternura bien escondida—, ¿pierde enteros a medida que la marcial crece, o simplemente aprende a estar de lado, en silencio?
Sebastián F.: Sinceramente, creo que no se pierde; se gana callo. Y cuando digo callo no es porque uno deje de sentir, sino porque aprende que hay sentimientos que están muy bien, pero no solucionan el problema que los provoca.
Cuando te enfrentas a la maldad humana puedes llorar, entristecerte, cabrearte e incluso ignorarla, pero el problema seguirá estando ahí. La milicia y las vivencias que conlleva te enseñan a orillar esos sentimientos para que no te impidan actuar. No sé si podríamos decir que ese cabreo o esa tristeza siguen ahí, pero aprendes a utilizarlos como combustible para intentar cambiar las cosas dentro de tus posibilidades.
Una vez, estando en Afganistán, trajeron a un bebé a nuestra base avanzada con el cuerpo abrasado por agua hirviendo. Tenía unas quemaduras terribles. La cura fue de las cosas más duras a las que he asistido. Nuestros médicos dijeron que tenía pocas posibilidades de sobrevivir, pero aun así estas pasaban por hacerle curas diarias.

Juanito, una criatura amenazada por terribles quemaduras, en brazos de su abuelo
El intérprete dijo que sospechaba que no iban a volver. Ahí tienes varias opciones: llorar de impotencia por su segura muerte, maldecir esa cultura a la que tan poco parece importarle la vida de un bebé o incluso pensar que no es tu problema; todas igual de respetables, y cuando digo todas también incluyo la última.
O puedes hacer como hizo el mejor suboficial que he conocido: apretar los puños y decir “Fortachi, conmigo”. Y detrás de un BMR, él y yo, con ayuda del intérprete, dejarles al abuelo y al padre del bebé meridianamente claro que no les convenía ni a ellos ni a los varones de su familia que ese bebé faltara ni un día a las curas.
Pues vinieron todos los días y ese bebé no murió, o por lo menos no de esas quemaduras.
Creo que esta situación es un buen ejemplo de lo que te explicaba al principio.

Padre y abuelo de Juanito
Jorge E-B: Hay algo que me interesa especialmente. El hormigón que barniza a un soldado español, a Sebastián; esa coraza de silencio, mala leche bien administrada y aguante pétreo, casi mineral, ¿entierra su factor humano en la guerra o lo protege para que no se pudra?
Sebastián F.: Creo que enterrar tu factor humano es casi imposible, así que diré que lo protege. Pero no tanto por esa coraza de silencio o esa mala leche administrada, sino por las propias particularidades del trabajo militar.
Es un trabajo duro, a veces desagradable, sustentado en la jerarquía y la disciplina, y eso hace que las relaciones entre militares y su forma de ser sean distintas a las de los demás.
Cada uno lo gestionará a su manera. Yo, por ejemplo, en la misión de Afganistán de 2008 escribía. Aquella misión fue dura psicológicamente: incontables horas de BMR, jornadas maratonianas con gran amenaza de IED (artefacto explosivo improvisado, por sus siglas en inglés) y unas condiciones de vida más que suficientes para un legionario, pero que se pueden catalogar de poco cómodas.
Así que no me preguntes por qué un día, sin razón aparente, cogí un cuaderno estando en Delaram y empecé a escribir. Desde ese día, casi todos los días sacaba unos minutos para hacerlo.
No soy muy de fotos, pero hay una que me dolió perder. Estaba en Golestán, de noche, lleno de polvo y sentado en el suelo con la espalda apoyada en la “altus”, el fusil y el casco al alcance de la mano, escribiendo agotado y concentrado en un cuaderno. No recuerdo quién la hizo, sin yo darme cuenta, ni si aún existe, pero me gustaría tenerla.
Lo que escribía no era un diario, ni reflexiones, ni recuerdos. Tenía algo de todo eso, pero sin ningún orden. Creo que esos minutos de soledad e introspección me ayudaban muchísimo tras un día duro y sabiendo que el siguiente sería igual o peor.
Por unos minutos, el Sebas de España aparecía mientras el agotado sargento Fuertes escribía cosas sin ningún orden, tirado en el polvoriento suelo afgano.
No había vuelto a pensar en ello. Quizás hasta tenga ese cuaderno en alguna caja; lo buscaré por curiosidad.

Juanito, dormido mientras los sanitarios españoles le curan las heridas
Jorge E-B: Adentrémonos en lo desagradable, porque el horario y la edad que vamos teniendo dan para que lo toquemos todo. Hablemos de compañeros, aunque sean de otras banderas, de otros países. Desde Yugoslavia hasta Ucrania, hemos visto a soldados de distintos ejércitos cometer tropelías y bellaquerías indescriptibles. La guerra es jodida y pervierte en cuanto uno la enfila sin criterio, sin templanza o sin mando. Sin embargo, existe la percepción de que la milicia española, con sus defectos y miserias, como todas, ha sido recordada en muchos teatros con respeto, con agradecimiento por la población local. Un amigo bosnio me decía hace apenas un par de semanas que nadie en Mostar, su ciudad natal, ha olvidado a los españoles y su paso por allí. Me ha preparado un par de visitas especiales a la ciudad y algún que otro encuentro con personas que quieren contar algo de lo que vivieron bajo la presencia española. Imagino que es sólo un ejemplo. ¿Hay algo específicamente español, no digo exclusivo, no idiosincrático, pero sí, de alguna forma, connatural, en esa forma de estar armado sin convertirse en una bestia?
Sebastián F.: Debe de haberla, porque es cierto que en muchos teatros y en distintas épocas se nos ha reconocido esa humanidad. No sabría especificar cuál es exactamente, pero creo que tiene que ver con nuestro carácter y, digo nuestro, español —y no latino o mediterráneo—, porque otras naciones de nuestro entorno no tienen esa fama.
Tengo cientos de imágenes de compañeros, jefes y subordinados sonriendo con cara de bobo a una niña o a un anciano en medio de la barbarie. No me extraña nuestra fama; lo que me extraña es que, por lo visto, sea la excepción y no la norma.
Creo que a un español le costaría mucho aislarse hasta el punto de que no le importaran las miserias de quienes le rodean.

El soldado español es distinto en eso y en otras muchas cosas. A mí los propios locales me dijeron en Mostar que era la ciudad más cara de Bosnia, más incluso que la capital. Los “mostarenses” nos culpaban de ello por ser súperbuenos pagadores y de pagar por la cerveza y por lo que fuera lo que pidieran sin protestar.
Piensa que fue la primera misión y la primera vez que muchos veían un sueldo así en la milicia, con lo que eso supone para un Soldado español, pero piensa también que eso solo ocurrió en Mostar. En otras ciudades con otros ejércitos y sueldos muchísimo más altos no pasó.
Así que creo que se puede afirmar que el soldado español es distinto y especial en humanidad… y en muchas otras cosas.
Puedes preguntar en tu visita si eso fue así.
Jorge E-B: Tenéis lugares comunes en el Ejército: Afganistán, Irak, Bosnia o cualquier otro sitio donde un soldado aprende que el mundo no cabía en el telediario de las tres. ¿Qué se trae uno de una misión que no cabe en una medalla, ni en una anécdota de bar, ni en un hilo de X? Algo que no pensarías contar en ninguna situación susceptible de ser contada; tampoco en ésta, pero me atrevo a que no respondas.
Sebastián F.: Parece una frase manida, pero “la íntima satisfacción del deber cumplido”. Porque solo tú sabes lo que te ha costado finalizar esa misión; solo tú sabes los malos momentos que te ha tocado vivir.
En ocasiones, alejados de los que alguien que no ha estado allí podría imaginar, puedes haber estado días viviendo situaciones complicadas que, en principio, podrían dejarte tocado y no lo hacen; y, de repente, un hecho aparentemente trivial hace que te dé un gran bajón.
Tampoco tengo muy claro si una cosa es causa y la otra efecto o si simplemente te afectan cosas distintas de las que hubieras pensado, pero así, al menos, me ocurre a mí.
Otra cosa importante que me traje es demostrarme a mí mismo que valía para la vida que había elegido. Por supuesto, la vida diaria y la instrucción hacen que lo imagines, pero hasta que no recibes fuego no puedes estar completamente seguro de ello.
Jorge E-B: El humor militar español es una cosa muy seria. Sirve para no llorar, o quizás para pinchar al fantasma y hacerlo menos terrorífico; también para recordar que la épica, mal administrada, empacha. ¿Tu humor es defensa personal, disciplina, vicio de veterano o una forma de seguir patrullando por dentro?
Sebastián F.: Herencia. De una cosa de la que me enorgullezco es de que mucha gente me diga: “Tienes el mismo sentido del humor que tu padre”. Mi padre era muy serio, de maneras, de aspecto e incluso en las formas, y tenía un humor socarrón e irónico que, con esa cara seria suya, hacía que hasta que te dabas cuenta de que estaba de broma llegara a imponer bastante e incluso a acojonar.
Por lo que dicen algo de eso he sacado yo, aunque cuando digo que era muy serio es porque yo, a su lado, parezco un oso amoroso de gominola.
También el humor es una gran herramienta. El otro día escribía sobre eso, magníficamente, como siempre, el general Érice. En los peores momentos hay que saber reír y hacer reír. En la milicia te va a tocar penar mucho y, además, es innegociable; no existe la opción de no penar. Por eso soy de la opinión de que siempre es mejor estar jodido, pero contento; que jodido y maldiciendo tu suerte.

Eso es típico de la Legión y creo que es uno de los motivos por los que el Tercio es la unidad para la que nací. Como decía el fundador, “la alegría legionaria”, no es alegría tal y como la entiende cualquier persona, sino un acto voluntario de respuesta al peligro, la fatiga e incluso la posibilidad de morir. Esto hizo, entre otras muchas cosas, que me enamorara del Tercio.
Jorge E-B: En redes tienes una comunidad amplia, muy militar, muy patriota, pero también muy dada al ruido, al exceso y al verbal brusco, sin seguro puesto. ¿Cómo se mantiene uno auténtico sin convertirse en caricatura de sí mismo? ¿Dónde acaba Fortachi y empieza el personaje que los demás esperan que Fortachi sea?
Sebastián F.: Muy buena pregunta y complicada de contestar. Yo mismo lucho por no caer en la caricatura y no sé si siempre lo consigo.
La verdad es que nunca fui de redes sociales; de hecho, nunca he tenido otra que X, pero reconozco que el viejo Twitter me gusta. Yo creo que lo importante es que lo que pongas sea porque es tu opinión, tu vivencia o la tontería que se te ocurre porque así te lo pide el cuerpo, y no por buscar likes ni aprobación.
Aunque mentiría si dijera que no me alegra cuando algún hilo o publicación tiene impacto, lo miro más como un experimento sociológico. Me sigue llamando la atención que, a veces, algo que escribes y piensas “joder, lo he clavado” no tiene más de tres o cuatro likes y, en otras ocasiones, algo que pones casi sin pensar acaba teniendo miles de interacciones.
Ahora me he autoimpuesto ser “xero discontinuo”. Cuando estoy en España no toco X e intento dedicarle todo el tiempo posible a mi gente, pero también me estoy dando cuenta de que tomar distancia me viene bien para seguir teniendo claro que X no es el mundo real.
Y respecto a tu segunda pregunta, quiero pensar que no cambio mucho, la verdad. Intento que las cosas que hago, tanto en un ámbito como en otro, sean porque creo que deben hacerse así y no por la aprobación de los demás.
En las cosas importantes soy bastante autoexigente y, en las poco importantes, quizás demasiado poco autoexigente. Se me da bastante bien relativizar y diferenciar lo importante de lo que no lo es.
Jorge E-B: Si algún día vuelves al servicio, como has dejado caer más de una ocasión, ¿qué tendría que pasar para que dijeras: “ahora sí”? Y, sobre todo, ¿volverías por España, por la Legión, por los compañeros, por ti mismo o por ese tipo de deuda íntima que uno nunca termina de explicar del todo?
Sebastián F.: En mi cabeza está volver, aunque solo sean dos o tres años, a modo de despedida. Cuando me salió esta oportunidad todo fue muy rápido: desde que me llamaron para entrar en el proceso selectivo hasta que cogí la excedencia pasaron apenas cuarenta días y no tuve tiempo de asimilar que estaba diciendo adiós —o, más bien, hasta luego— a la milicia.
¿La Legión? Ojalá. Pero, como te he dicho, las circunstancias en casa hacen complicada esa vía.
Con lo de la deuda lo has clavado. Es un sentimiento extraño. Me encanta lo que hago e incluso estoy orgulloso de mi desempeño, pero es un orgullo totalmente distinto al que sentía allí. No es lo mismo hacer las cosas por España que por los motivos que te expliqué en mi primera respuesta.
De vez en cuando, al hablar con antiguos compañeros, siento un pequeño pinchazo. No sé si de vergüenza conmigo mismo por haber abandonado el barco o de envidia hacia ellos, que siguen cumpliendo la palabra que empeñaron.
Te voy a contar algo: dentro de dos años mi promoción, la XXVIII de la AGBS, celebrará sus bodas de plata. Aunque las Reales Ordenanzas permiten a los militares en excedencia vestir el uniforme en actos de especial relevancia, tengo claro, y con gran dolor de mi corazón, que yo iré de civil.
Creo firmemente que el honor de portar el uniforme del Ejército español hay que ganarlo día a día y, en mis circunstancias actuales, no me considero merecedor de ello.
Los motivos para volver son claros. Por supuesto, si España entrara en un conflicto volvería ese mismo día. Y cuando lo haga será porque soy militar y porque amo a España. Sé que decirlo en mis circunstancias actuales quizá les quite fuerza a mis palabras, pero es así.
Por último, Jorge, agradecerte esta entrevista. Me ha gustado mucho y me ha sorprendido la profundidad de las preguntas. Espero haber estado a la altura.
También quiero agradecerte la introducción; ojalá más gente me vea con tu mirada.
Y, para terminar, decirles a los lectores, por aquello del personaje, que en esta entrevista quien ha hablado, intentando hacerlo con toda la sinceridad y honestidad posible, ha sido el militar que soy: el Brigada en excedencia Fuertes.
El autor quiere expresar su profundo agradecimiento al brigada Fuertes, un entrevistado leído, de verbo ágil, locuaz, y más cercano de lo que el oficio y el rudo aspecto marcial invitan a suponer. Él me dijo que le agradaron mucho las preguntas, pero, lo que de verdad le sedujo para responderlas es la intensa aventura que es su vida, y que, a fe mía, no debe quedar desconocida tras los paramentos de su propia existencia. Gracias, Sebastián.


Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es
Todas las fotografías son propiedad de Sebastián Fuertes. Prohibida su reproducción sin la autorización expresa de su propietario.

