Los nuevos ojos y oídos de la Armada para una guerra naval más exigente

Sebastián Hidalgo Pérez
En el astillero de Navantia en Ferrol no se ha terminado otro barco más. Lo que ya flota en su ría es un cambio de paradigma en la construcción naval militar. La fragata “Bonifaz”, la primera de la serie F-110, no destaca por lo que enseña sino por lo que esconde: una nueva forma de entender la guerra naval. A continuación analizaré las características de estas naves y los retos a los que se enfrenta.

Su propósito principal es ver antes de ser visto, y la clave para lograrlo está en su mástil integrado. Sin antenas visibles, concentra radares y sensores en un único bloque de superficies planas. Con ello se consigue que un buque de 6.000 toneladas parezca en los radares enemigos poco más que una pequeña embarcación.
El valor de esta innovación de Navantia es la integración de sistemas que mejoran la fiabilidad, reducen interferencias y permiten operar con una precisión superior. El radar de nueva generación se complementa con sensores infrarrojos y sistemas de guerra electrónica, convirtiendo a la F-110 en una plataforma capaz de detectar amenazas como aviones, buques, misiles o drones. A esto se suma la capacidad de operar en entornos saturados de señales, donde distinguir una amenaza real del ruido es tan importante como detectarla.
Además, España ha apostado por probar estos sistemas en tierra, con una réplica del mástil en la base de Rota. Esto ha reducido muchos riesgos, ha acortado los plazos, evitando errores de programas anteriores y facilitando su validación.
Frente a diseños más especializados, más caros o más costosos, la F-110 ha logrado combinar capacidades avanzadas con una integración coherente y sostenible. No se trata solo de tener un buen radar o un buen casco, sino de que todo funcione como un sistema único.
Otro salto cualitativo es que la nueva fragata es un nodo dentro de una red. La información que capta se comparte en tiempo real con el resto de unidades, ya sean barcos, aeronaves o centros de mando. Esto transforma la operativa naval, pues la flota deja de ser un conjunto de plataformas independientes para convertirse en un sistema coordinado con la ganancia en eficacia que eso significa. En ese contexto el mástil integrado actúa como un sensor adelantado que amplía el alcance de toda la fuerza.
Sin embargo, el verdadero problema para la Marina española es numérico. Cinco fragatas son insuficientes para cubrir las necesidades reales de la Armada. Entre mantenimiento, formación y despliegues, apenas habrá dos o tres disponibles en cada momento. En un entorno internacional más inestable, con mayor presión en el Atlántico, el Mediterráneo y en las misiones de la OTAN, esa limitación pesa.
Ampliar la serie no solo reforzaría la capacidad operativa, también tendría sentido industrial y económico. Más unidades reducirían costes por economía de escala, darían continuidad a la carga de trabajo y consolidarían un ecosistema tecnológico de alto valor añadido en un momento en que se quiere potenciar la industria local de defensa. Además, permitiría mantener y atraer talento en un sector estratégico.
La F-110 demuestra que España puede competir al más alto nivel en tecnología naval. Ahora toca la segunda parte, dimensionar bien. Porque en defensa, como en casi todo, no se trata solo de tener lo mejor, sino de tener lo suficiente. Y en este caso tener más no es un capricho, es una necesidad.
Artículo de Sebastián Hidalgo en murciaeconomía

Sebastián Hidalgo Pérez
defensayseguridad.es

