Sobre las coincidencias y matices entre mi lectura y la de J-B Colbert de Seignelay a propósito del memorando entre Navantia y TKMS

Jorge Estévez-Bujez
La pieza publicada por J-B Colbert de Seignelay sobre el memorando de entendimiento firmado el 15 de abril de 2026 entre tKMS y Navantia merece ser leída con la debida atención. No sólo porque introduce una objeción interesante a algunas de las lecturas que circularon en España tras el anuncio, sino también porque cita expresamente una de las preguntas que formulé en mi artículo «Navantia y TKMS: un memorando para navegar en las dudas», publicado el 16 de abril. A saber: «¿está España comprando carga de trabajo a cambio de aceptar subordinación tecnológica? ¿Asumimos así que la complejidad de un futuro S-90 está resultando un desafío ante el que no queremos embarrancar?». Colbert de Seignelay la toma como formulación explícita de una inquietud manifiesta, la de que el acuerdo pueda desembocar en una relación asimétrica, con Navantia aportando capacidad industrial y tKMS reteniendo la arquitectura de diseño y la primacía tecnológica.
Lea aquí el artículo de J-B Colbert de Seignelay
Hasta ahí, la referencia es, sin duda, correcta. Pero conviene hacer una precisión importante. Mi artículo no presentaba esa hipótesis como una conclusión cerrada, sino como una de las preguntas que el propio memorando obligaba a plantear. De hecho, el texto iba exactamente en esa dirección: no afirmaba una subordinación española como hecho consumado, sino que advertía de que el comunicado era demasiado -necesariamente- vago como para despejar dudas de fondo sobre reparto industrial, propiedad intelectual, transferencia tecnológica o impacto futuro sobre la rama submarina nacional, que además es pública en nuestro caso.

En ese punto, la discrepancia con Colbert de Seignelay es más de grado que de fondo. Su tesis principal es que, contra cierta apariencia inicial, la parte con mayor necesidad inmediata no sería Navantia, sino tKMS. Según su razonamiento, del todo respetable y coherente, la empresa alemana tendría urgencia por ampliar capacidad industrial para sostener su posición en, por ejemplo, el programa canadiense y, al mismo tiempo, atender sus compromisos productivos ya asumidos. Visto así, España no estaría entrando necesariamente desde una posición de debilidad, sino desde una utilidad industrial que da margen de negociación, puesto que la necesidad germana es perentoria.
Es, sin duda, un razonamiento merece consideración. Y, en realidad, no invalida las preguntas que formulé, sino que ayuda a completarlas. Porque una cosa es que tKMS necesite capacidad adicional, y otra muy distinta que esa necesidad se traduzca automáticamente en una cooperación equilibrada para la parte española. La necesidad alemana puede, ciertamente, mejorar la posición negociadora de Navantia; pero no garantiza por sí sola ni acceso y/o disposición relevante a tecnología, ni peso real en el diseño, ni una consolidación de la autonomía industrial española en submarinos.
Ahí está, a mi juicio, el punto central. Aunque lo cierto es que no creo que estemos ante 2 lecturas incompatibles. Colbert de Seignelay acierta al recordar que la urgencia industrial puede estar del lado alemán y que sería simplista describir a Navantia como actor pasivo o resignado. Pero ello no elimina la cautela de partida que sigue imponiendo el propio texto del memorando. Porque mi argumento no era que España estuviera ya subordinada, sino que el comunicado no ofrecía todavía elementos suficientes para descartar una cooperación desequilibrada.
Por eso, más que una rectificación de fondo, lo que propone el articulista francés es un desplazamiento del foco. Donde yo ponía el acento en los riesgos de ambigüedad del acuerdo, él lo pone en la oportunidad que abre la necesidad alemana. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. tKMS puede necesitar a Navantia y, al mismo tiempo, el resultado final de esa relación puede acabar siendo más o menos favorable para España, siempre según cómo se concrete.
Dicho de forma, lo cierto es que no estamos tan en desacuerdo sobre las preguntas, sino sobre el momento desde el que hay que empezar a responderlas. Colbert de Seignelay cree ver en el memorando una posible posición de fuerza española que no debería minusvalorarse. Yo sigo creyendo que, mientras no se aclare qué se fabrica, quién diseña, qué se transfiere, qué aprende cada parte y cómo encaja todo ello en el horizonte del S-90, lo más prudente no es ni celebrar ni lamentar, sino mantener una desconfianza metódica.
Y quizá ahí esté, al final, el terreno común entre ambos textos. Ni el memorando demuestra por sí mismo una victoria industrial española, ni prueba tampoco una claudicación. Lo que sí demuestra es que hay una necesidad mutua y que, en torno a ella, cada parte intentará maximizar su beneficio. Por tanto, y para finalizar, el debate serio arranca en ese lugar… No en la propaganda del anuncio, sino en las condiciones concretas de una cooperación que todavía no ha explicado casi nada.

Jorge Estévez-Bujez
defensayseguridad.es

